MARÍA

Autora:Amama Oca


María, sentada en su mecedora favorita, miraba, sin ver, a los transeúntes que pasaban bajo la densa lluvia. Todos llevaban prisa, como había cambiado todo hasta la casa de enfrente, vieja y desconchada parecía triste.
Solo había pasado un mes, desde el trabajo de Carlos la llamaron por teléfono, Carlos se sintió mal, le ingresaron en urgencias y para cuando ella llego había terminado todo, un infarto le dijeron.
Todo paso tan rápido como en una película.
Entre el toma esta pastilla, bebete esta tila, que si papeles, pólizas, seguros, su hija llego con su marido haciéndose cargo de todo.
-Tú no te preocupes de nada, mamá, que ya estamos Juan y yo. Estate tranquila.
Poco a poco todo fue volviendo a la normalidad.
Su hija quería que fuera por unos días a su piso. -Ya sabes que tenemos poco sitio pero Merche puede dormir en el salón. Ella no quiso marcharse de su casa, pero no sabia si podría soportarlo por mucho tiempo.
El invierno avanzaba y los días eran cada día más fríos y grises. El moho de las paredes iba en aumento. También el cuerpo de María acusaba la dureza del frío. Aquella tos que no la dejaba descansar por las noches.
Su hija la acompaño a la consulta del médico.
Al salir a la calle corría un aire fresco aún se veían hojas secas, amarillentas envueltas en el barro, un escalofrió le recorrió la columna vertebral.
El doctor, después de un exhaustivo reconocimiento, decidió ingresarla. Le Diagnosticaron pulmonía, después de unos días de gravedad se fue recuperando.
Mercedes se la llevo a su piso. Tú, mamá, no puedes estar sola, yo te cuidare. El verano fue como un bálsamo para ella, comenzó a salir al parque a pasear por debajo de aquel árbol donde tantas tardes las había pasado con su pequeña.
Los días transcurrían lentos. Ahora también iba al parque por las mañanas. Un día al regresar a casa Mercedes le dijo.
-Siéntate que Juan y yo tenemos que hablar contigo. Hemos entregado la llave de tu piso ya que solo eran gastos, la renta no es mucha pero la luz, el agua, todo sube y tu pensión es muy pequeña.
A continuación un silencio se apodero del salón. María percibió cierta expectación. Se pregunto si su hija quería comentarle otro problema.
-También quería hablar contigo de otra cosa. Nos hemos informado en una residencia que hay a cinco kilómetros de aquí, es preciosa. Tendrás una habitación con vistas al mar y estarás con amigas de tu edad, nosotros iremos todos los domingos a verte, te llevaremos de paseo.
Las dos guardaron silencio inmersas en cavilaciones. María no podía creer lo que le estaba pasando. Sus piernas no dejaban de temblar, advirtió que su hija evitaba su mirada llena de tristeza.
Fue durísimo adaptarse a las normas de la residencia, los primeros días estaba desorientada no conseguía memorizar en que dirección tenía que ir al comedor, las auxiliares tuvieron mucha paciencia con ella, aún se le ponía un nudo en el pecho al recordar como su hija salio por la puerta del jardín sin volver la mirada para decirle adiós.
Los tres primeros domingos fue a visitarla, pero cuando llevaba una hora se ponía nerviosa y con una disculpa se marchaba.
Que largos se hacían los días, comenzó a pasear por el jardín, le gustaba un banco retirado al que le daba el sol de última hora. Aquel domingo no vino Mercedes a verla. Sentada en su banco favorito lloro con desesperación, enfadada con su marido ¡Carlos como me has hecho esto! Tan metida estaba en su dolor que no sintió los pasos que se le acercaban hasta que escucho una voz suave.
-Es bueno llorar, desahoga y calma los nervios.
Era un señor con el pelo completamente blanco, le miro entre lágrimas y se apresuro a secarse los ojos.
-Al principio es duro pero no se esta tan mal, yo salgo todos los jueves al pueblo, me gusta ir al cine y hacer una primitiva, ya me he dado cuenta de que no ha tenido visita, los hijos también tienen sus obligaciones, yo no tengo hijos así es que no espero a nadie, llevo seis meses aquí.
Esa fue su primera amistad.
Los domingos fueron pasando, los demás residentes tampoco tenían muchas visitas.
Al llegar la primavera, parecía que volvía la vida a su cuerpo, los dolores le iban desapareciendo poco a poco, las comidas sin sal le eran favorables para la circulación de las piernas, su paladar se fue acostumbrando.
Un jueves Eduardo le comento si le apetecía acompañarle hasta el pueblo para dar un paseo y hacer una primitiva, se quedo indecisa, pero pensándolo se dijo ¿Por qué no? Fue a su habitación, se puso mejor vestido y chaqueta y aún recelosa pidió permiso, no tuvo ningún problema.
Que tarde más bonita habían pasado, Eduardo la invito a un descafeinado después de hacer la primitiva. El tiempo pasaba y continuaba sin recibir visitas, ya llevaba un año le parecía mentira, un año, esa tarde no le apetecía acompañar a Eduardo, se quedo leyendo una revista, ahora le pesaba no haberle acompañado, sentía dolor en la espalda, recostándose en el respaldo del sofá cerró los ojos, gracias a Eduardo se sentía serena y en paz, sintió unos pasos acelerados acercándose repitiendo su nombre.
-¡María, María!
-¿Qué pasa?
Eduardo la cogió de la mano llevándola a un extremo del salón.
-No te puedes imaginar me ha tocado la primitiva, pero muchos millones, no me acuerdo de cuantos, pero muchos.
Los días siguientes pasaron vertiginosamente, un abogado se hizo cargo de todo, en unos días estaban viviendo en un apartamento con todas las comodidades, una señora viuda se hizo cargo de atenderles, viviendo con ellos.
Por fin la tranquilidad y la paz les acompaño el resto de sus vidas.



Autora:Amama Oca



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