LA PISCINA

Autora:Silvia Andres Cabrero


Irene esperaba impaciente el consentimiento de su madre para poder zambullirse en las azules aguas de la piscina. Sentada en una toalla de colores alegres y dibujos imposibles de reconocer, su mirada no se apartaba de los ba�istas; se mor�a de ganas de ser uno de ellos.
El ce�o fruncido dejaba ver lo contrariada que se sent�a; y, si bien su mirada estaba concentrada en el agua, no dejaba de vigilas los movimientos y gestos de su progenitora. Sentada. A su lado, en una silla de playa, su madre le�a un libro sin dejar de observar a su impulsiva hija. Cada cinco minutos Irene preguntaba: ��Falta mucho, mam�, y, cada cinco minutos, su madre contesta: �no, cari�o, enseguida te podr�s ba�ar�.
Irene sab�a que su madre, que para otras cosas era m�s bien blanda, se volv�a intransigente en cuesti�n de respetar los horarios entre la comida y los ba�os, oblig�ndole a guardar tres horas de digesti�n sin acercarse al agua. Muchas veces hab�a intentado escabullirse pensando que no la ver�a, pero pudo comprobar que ni la perd�a de vista, ni bromeaba, y m�s de una vez se qued� sin ba�o.
La madre levant� los ojos del libro y sonri� a su hija. �Cu�nto hab�a crecido en el �ltimo a�o! Con diez a�os Irene rebosaba entusiasmo y vitalidad. Su cuerpo alto y esbelto no dejaba de moverse en un sin fin de posturas, sentada, tumbada. Boca arriba o boca abajo: con las piernas cruzadas o extendidas, de medio lado. El pelo negro recogido en dos coletas enmarcaban unos ojos negros y brillantes. La piel, blanca durante el invierno, ten�a ahora el color saludable del verano. Una sonrisa traviesa dejaba entrever el hueco producido por la ca�da del �ltimo diente. Se hac�a mayor y el ratoncito P�rez ya no volver�a m�s. Por fin. Consult� el reloj y mir� hacia la piscina, Irene conten�a la respiraci�n sin apartar los ojos de ella. La sonrisa y el gesto afirmativo actuaron de resorte.
Como una flecha, corri� hacia el borde de la piscina, se gir� para mandarle un beso a su madre y se zambullo en el agua.
Le encantaba bucear, era su pasi�n. All� abajo rodeada del agua y alejada de los ruidos exteriores se sent�a a salvo. No hab�a obst�culos ni dificultades, todo era suave, ligero como una pluma, todo era tan f�cil que no ten�a que esforzarse, s�lo dejarse llevar, dejarse atrapar por la suavidad del agua. Pod�a hacer todo lo que en tierra le daba miedo, el pino, dar volteretas� Se sent�a libre y al mismo tiempo protegida como un bebe en el vientre de su madre. Escuchar el silencioso sonido del agua le ayudaba a olvidarse de todo. Tal era su pasi�n que se olvidaba del tiempo; all� las horas, minutos y segundos no exist�an. De hecho, los minutos se convert�an en horas y siempre sal�a del ba�o arrugada como una pasa, tiritando de fr�o y recibiendo la ya rutinaria bronca por parte de su madre, af�nica de tanto llamarla y cansada de esperar para ir a casa.
Aquella ma�ana Irene buceo hasta llegar a la mitad de la piscina. Cuando sali� a la superficie, busc� con la mirada a sus amigos; el sol se reflejaba en el agua lanzando destellos plateados y le imped�a ver con claridad. Los encontr� en el otro extremo, donde la profundidad era mayor. Como siempre estaban haciendo cabriolas y ret�ndose sobre quien aguantaba m�s tiempo debajo del agua. Calculo la distancia y decidi� que podr�a llegar hasta all� buceando, as� que se sumergi� de nuevo. Con brazadas precisas, r�pidas y suaves atraves� la piscina. Cuando a�n le faltaban unos pocos metros, sinti� que sus pulmones estaban a punto de explotar, ya casi no le quedaba aire. Un impulso m�s y habr�a llegado. Disfrut� por anticipado de la envidia que sentir�an sus amigos cuando vieran que hab�a conseguido atravesar todo ese recorrido sin pararse ni un solo segundo para coger aire.
Sus pies dieron el �ltimo impulso hac�a arriba, necesitaba desesperadamente respirar. Cuando estaba casi rozando la superficie y a punto de abrir la boca, una mano le sujet� la cabeza y la empuj� hac�a abajo. Irene empez� a tragar agua. Agitaba los brazos y las piernas, sacud�a la cabeza intentando liberarse. El miedo se agolp� en su mente: �Mam� ay�dame! Su madre la ver�a , siempre la estaba vigilando, seguro que se hab�a dado cuenta de lo que pasaba y llegar�a en unos segundos. Pero �y si no llegaba? � no quiero ahogarme, por favor, Se�or s�lvame�. El coraz�n le golpeaba tan fuerte que dol�a. En sus pulmones ya no quedaba aire. La cabeza le daba vueltas. El ruido del exterior, los gritos y las risas parec�an alejarse de ella hasta ser un leve murmullo. Cuando todo parec�a perdido, la misma mano que le manten�a prisionera, la saco del agua.
Irene se sent� al borde de la piscina tosiendo y respirando, respirando y tosiendo sin fuerzas ni para insultar al gracioso de su amigo que se hab�a excedido en la broma.
Desde entonces y a pesar de su amor por la nataci�n, raras veces se atreve a sumergirse y bucear. Siempre que nada mantiene la cabeza fuera del agua, como si esperara revivir aquel terrible momento y quisiera estar alerta para poder evitarlo. Y solo lo hace en las primeras horas de la ma�ana, cuando no hay nadie m�s que ella y una intensa luz resplandece en la piscina. Vuelve a escuchar las risas, chapoteos y risas de placer de los ni�os. Oye mecerse las ramas de los �rboles, siente la brisa del verano acariciar su cuerpo y tambi�n el deseo de fundirse con el agua. Preparada para zambullirse no puede evitar girar la cabeza y enviar un beso con la mano a su madre que, sonriendo, siempre la vigila desde su silla de playa. Entonces vuelve a ser la ni�a de diez a�os que siente el placer de bucear y escuchar el silencioso sonido del agua.



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