Me gusta contemplar la costa. Acantilados rocosos, altos, profundos, con huecos misteriosos. Atardeceres plateados con reflejos sobre las olas ondulantes, envueltas en blanca espuma. El crep�sculo cayendo suave acariciando y susurrando calma, para la lucha diaria de la vida.
La mirada de un ni�o feliz, la paz que irradia la sabidur�a del abuelo, con su mano endurecida labrada con piedra y fuego.