Son las 11 de la noche, de un sábado invernal, he tenido una tarde ajetreada y me siento cansada. Voy a darme un baño para relajarme. Envuelta en mi pijama con un libro entre mis manos, noto que mis párpados se cierran.
Espero dormir profundamente…
Pasadas unas horas mi cuerpo siente un escalofrío intenso. Mis manos inspeccionan sin cesar todo mi cuerpo: acaricio mi cara y noto que una barba poblada la semicubre, busco la protuberancia de mis pechos y encuentro algo parecido a un par de botones pegados a mis pectorales peludos, dando forma a diminutos pezones.
La experiencia de la transformación vivida en este ajetreo mental me desvela para el resto de la noche y después de superar la desazón que ello me produce, pienso serena y claramente que me encanta y quiero ser mujer.