Eguski�e viv�a en un caser�o rodeado de montes, pinos encinas y muchas campas verdes. Est� casada y tiene dos hijos.
En su larga vida ha tenido noches y noches de insomnios, unas por preocupaciones, otras por amores y desamores, varias por enfermedades y alguna por que sus gastos superaban a sus ingresos.
Pero el insomnio de esa noche fue peculiar. Se acost� con una insignificante preocupaci�n de poca importancia. Su cabeza, con la oscuridad de la noche, empez� a trabajar y predispuso su estado mental en situaci�n critica aumentativa y progresiva.
Empez� a dar vueltas en la cama, las sabanas le picaban, el embozo se hab�a quedado corto y le tapaba la cara, se le puso encima de las narices y no la dejaba respirar. El camis�n le hacia arrugas y le molestaba, el tic tac del reloj sonaba como campanas locas en sus sensibles o�dos, el mosquito de turno se puso pic�n, la puerta del armario, que era corredera, se abri� sola como si se tratara de un sarc�fago.
Pero su preocupaci�n inicial fue un peque�o grano que se palpo debajo del escote, en el momento de acostarse. En principio no le dio ninguna importancia, pero fue pasando el tiempo y cada vez se hacia m�s grande, duro y caprichoso.
La preocupaci�n fue subiendo decibelios en su mente, hasta tal punto, que se le convirti� en una gran pesadilla, caus�ndole un molesto insomnio.
Mientras tanto, todos en su casa dorm�an placidamente. Su marido, I�aki, resoplaba entre las sabanas como un cordero reci�n nacido, ajeno a todo lo que ocurr�a a su alrededor, y como siempre no se enteraba de nada.
Eguski�e pens� que el grano pod�a ser peligroso, o que quiz�s derivara en un tumor en el pecho.
La angustia la oprimi� la garganta y un sudor fr�o le mojo la frente. Trat� vagamente de levantarse de la cama sin hacer ruido. Hubiera querido flotar sobre las s�banas, pero la tela adherida sobre la piel mojada son� con el roce como un latigazo.
La ventana de la habitaci�n estaba abierta, el resplandor de la luna perfilaba perfectas siluetas de perros salvajes que bajaban por la cresta del pico Bikirrio. Los espinazos cortaban la luz de la luna como cuchillos sobre los flacos lomos ahuecados por el hambre. En aquel momento record� la pena que le hab�a causado la muerte de su perra Laika, que hab�a estado junto a ella durante catorce a�os. Le vinieron a la cabeza todas las im�genes y record� cada uno de los sitios en que hab�a estado jugando con ella y este sentimiento le arranc� de su mente un peque�o poema:
La sangre cerca, crece
como un ancho arroyo,
sumando muerte y m�s muerte.
El perro: cuatro patas heridas de silencio.
No hay m�s. Solo silencio.
Y por la boca abierta,
los dientes ya sin furia,
a lengua sin ladridos
y el perro ya sin perro.
Se acost� de nuevo e intent� olvidarse de todo y reconciliar el sue�o, tomo un tranquilizante, se abraz� a I�aki, cerr� los ojos y durmi� un rato. Con las primeras luces de la ma�ana se levant� deseosa de explorar el maldito grano fantasma que se hab�a instalado en su pecho.
Se puso las gafas, y frente al espejo, le toc� y lo examin� minuciosamente. Sorprendida descubri� que lo que ten�a en su escote era como una lentilla haciendo chup�n, abult�ndole un trozo de piel hacia arriba. Entonces exclamo. ��pero si yo no uso lentillas, �de donde ha venido?� estuvo un rato pensando, si alguien que las usa la hubiera besado, pero no. Al instante se acord� que el d�a anterior hab�a comprado pescado, y como la pescadera no ten�a en ese momento clientela le dio los buenos d�as y se coloc� frente al mostrador. La pescadera descamaba en�rgicamente un besugo rosado con ojos gelatinosos y enormes, que la miraban descaradamente.
Eguski�e aquel d�a bestia un vestido rojo con escote generoso y no se percat� que aquella escama de gran tama�o iba a convertir su pecho en su aeropuerto de aterrizaje.
Cuando con rabia la arranc� de su piel y la arroj� a la basura, la escama que se encontraba calentita y muy a gusto en su piel le dijo:
─Para vivir no quiero islas ni mares, para vivir solo deseo tu pecho.