EL EXILIO DE LOS NIÑOS

Autora: Sara Ibáñez


Estás sola, en el jardín, en tu silla de ruedas. La mirada triste, una sonrisa tímida, algo forzada. Llevas un gran lazo blanco en la cabeza.

Es tu foto de Francia, la única que tengo, que tienes tú recuerdos de guerra, que acompañaron mi infancia, tus recuerdos. A veces, palabras en francés, pinceladas de un idioma que olvidaste: “un, deux, trois…le coteau”, otras sabores: el paté. Para mí imágenes. Tus palabras son fotos en mi memoria, una película en blanco y negro.

Mi abuela nunca me contó nada. Es dura, curtida por múltiples penalidades. A veces quiero pensar, que bajo esa coraza era capaz de llorar, de amar.
br> ¿Qué sintieron nuestros abuelos cuando os enviaron en aquel barco? ¿Cuánta incertidumbre rodeaba su vida?

Os querían salvar a toda costa, incluso a riesgo de perderos. Algunos deseaban que sus hijos vivieran la utopía de la libertad, los sueños del socialismo.

La realidad golpeó la vida tanto de los padres como de los hijos. Fue el exilio de los niños, la huida de una guerra perdida.

Esta foto y tú.

Siempre he sido incapaz de asociar aquella niña a ti, mi madre. La niña está allí vagando, en la neblina gris de los documentales.

Es de noche en el puerto. Bombardeos cercanos. Luces iluminan el cielo. Niños y niñas esperan en silencio. Frío, negrura en las miradas. Estás allí. No preguntáis nada. No hay lloriqueos.

Te agarras fuertemente a tu hermana. Tu vitalidad alegre está encogida en el profundo agujero que sientes en tu interior. Subes al barco, se mueve bajo tus pies. Un escalofrío te recorre, quieres preguntar, no te dejan. Está todo oscuro, os acuestan en hamacas, juntos. La mar está picada, todo se bambolea. Se oyen sirenas, tiemblas y callas.

Horas de miedo, no sabes cuántas.

Llegáis a puerto. Es un día luminoso. No sabes dónde estás, dicen que es Francia. Te cuelgan un letrero del cuello. Tu destino.

Te quedaras allí, con tus hermanos. Muchos seguirán viaje a Rusia.

Mujeres, hombres bien vestidos. Perfumes, bullicio. Empiezas a encontrarte bien, a relajar tus músculos ateridos.

Una mujer hermosa se acerca a ti, dice algo que no entiendes. Te llevan de la mano.

Te agarras fuertemente a tus hermanos. Mira desconcertada, habla con otras mujeres.

Os llevan al coche. Vais juntos, recelosos. Miras a tu hermana mayor. Con el dedo en tu boca te obliga a callar.

Atravesáis campos verdes, viñedos, poblados grises, simétricos. La paz se palpa.

El coche aminora la marcha. Se aproxima a un jardín. Habéis llegado. Tres casas perfectamente alineadas, flores, un columpio…Tres hermanos os han acogido. Estaréis cerca. Allí vivirás como en un cuento. Pronto olvidaras tu familia, tu ciudad, la guerra. Una amnesia cubrirá tus recuerdos. Llamaras “maman” a la mujer que tan cariñosamente te cuida.
br> Poco a poco, iras olvidando el idioma, desdibujando los rasgos de tu madre. Te dejaras arrullar en aquella cama con mosquitera.

Es tu tiempo feliz. ¿Cuánto? No sabes.

Te ponen lindos gorros, bonitos vestidos. Te adaptas a tu papel de hija deseada. Viajas, vas a Paris, subes por escaleras mecánicas… ¡Que placer! Recuerdos para toda una vida llena de carencias.

Un timbrazo te despierta, un presentimiento crece dentro de ti. Te acercas corriendo a la ventana. Un hombre fuerte, alto, está en la puerta. Bajas la escalera, te escondes. El hombre habla con tu “maman”, discuten, ella llora…

Se rompió el sueño. Tu otra vida te reclama.

Tu tío, os llevara a casa. Es tu familia. No puedes negarte. La vida vuelve a ser gris.

Viviréis en una casita junto a las vías del tren.

Tu tío, un pobre hombre, emigrante desde su adolescencia, inconmovible, duro y cruel. Casado y con dos hijos.

El látigo cuelga detrás de la puerta. Su mujer, a pesar de su frágil apariencia, lucha por proteger a los niños.

Siempre te preguntas por qué os recogió. Nunca tendrás respuesta.

Tendréis que trabajar en la huerta, recoger carbón, no molestar, no pedir nada.

Aprenderás a reprimir tu espontaneidad.

El tiempo pasa. ¿Cuánto? No sabes.

Llevas días cansada, la mirada brillante, profundas ojeras. No quieres comer. No puedes andar.

Tu tía besa tu frente, estás febril. Te duele la pierna. Tu trío insiste en darte friegas de alcohol. Gritas, te desmayas…

Despiertas tiritando. Todo es blanco, limpio. No sabes a quién llamar. ¿otro sueño? ¿Una pesadilla?

Alguien se acerca. Te toca el pelo. Lleva unas tijeras. Te lo cortan. Te afeitan la cabeza. Lloras. Sientes que te han amputado lo más bonito que tenias. Una monja, consternada, te pone un gorrito blanco de puntillas. En el espejo, te ves guapa. Te calmas.

Los médicos rodean tu cama. Hablan entre ellos. No entiendes, algo pasa. Miran tu pierna. Se marchan.

La cama se desplaza por los pasillos. La monja te sonríe. Tienes miedo. Entras en el quirófano. Empiezas a temblar. Te suben a la mesa. Atan tu pierna con correas de cuero. ¡No!... gritas, insultas. Una máscara asfixia tus últimas resistencias. Duermes en cloroformo.

Nauseas, vómitos. Estás en tu cama. ¡Es una pesadilla?”¡Mi pierna!” Retiras las sabanas.

Allí está, entera, vendada. Unos tubos drenan un fluido rojo a una botella de cristal.

La monja sonriente te informará del éxito de la intervención. Tenias una infección en el hueso. Una osteomielitis. Un médico joven, contra la opinión de los demás, ha intentado evitar la amputación.

El tiempo transcurre, meses, años… ¿Cuántos? No sabes.

Tu casa es el hospital. Estás sola. Eres la “españolita”. Te desplazas por los pasillos, en tu silla. Ayudas a las enfermeras…

Nuevamente olvidas. Las monjas son tus madres. Tu padre, lo encontraras en un joven cura, te viene a visitar, te enseña juegos, te regala huevos de pascua.

Vida de enferma.

No soportas la comida: puerros hervidos, jugo de carne… todo sin sal. Estás delgada, pálida. La pierna nunca termina de supurar. Siempre la herida abierta.

Estás sola en Francia. La guerra terminó. Tus hermanos volvieron.

Te has acostumbrado al olor del éter, al desinfectante, a las heridas, a las curas. A dormir en una sala grande, a los lamentos nocturnos, a la complicidad de las otras niñas. A tu vida de huérfana.

Estás en Burdeos. Allí quedara tu hueso. Lo recuerdas en un frasco de cristal, casi deshecho. ¿Seguirá como pieza de museo? Nunca has vuelto.

Siempre has querido encontrar estos lugares.

Son incógnitas de un pasado. ¿Dónde estuviste? ¿Quién te recogió? ¿Vivirá alguien? ¡Fue realmente así o construiste una historia sobre un puzzle de recuerdos?

El tiempo pasa. Empiezas a oír ecos de guerra. No soportas la radio, huyes al sonido de cualquier sirena. Noticias de guerra marchas militares. Te escondes bajo la almohada, en el blanco estéril del hospital.

Pasos firmes, rápidos, botas sobre el mármol. Alguien se acerca. Te llama dulcemente. levantas la cabeza, gritas: “¡No! ¡Vete!...”

El padre, confundido, sale de la sala. Nunca más volverás a verle. Tu último recuerdo, es gris, de guerra, es el vestido de soldado. No pudiste evitarlo. Siempre te arrepentirás.

La guerra te cerca. Tienes que marcharte…

Las monjas te preparan un petate. En el fondo meten un sobre: el informe completo de tu intervención. Una advertencia que nunca olvidaras “que nadie te toque la pierna”.

Cogéis el tren. Estás asustada. Llevas el petate entre los brazos. Una parada.

Soldados. Tenéis que cambiar de tren. La gente corre, empuja, caes, no puedes seguirles. El tren arranca y desaparece envuelto en humo.

Estás sola, con tu petate, tu abrigo mal abotonado, perdida en la estación. No sabes que hacer. Esperas horas. La guerra está allí.

Dormitas sobre el petate. Un sonido familiar te despierta. Niñas que cantan. Un grupo camina llevado por unas monjas. Te sumas a ellas. Una más ¿Se darán cuenta?

Andáis horas por el monte. No sabes dónde van. No te importa. No estás sola.
br> Llega la noche. Dormís sobre el hombro de los soldados, junto al fuego. Coméis de su rancho. Frío, escalofríos, fiebre. La media se pega a la herida. No dejas que te curen. “Que nadie te toque la pierna”. Otra estación, otro tren.

Dicen que vais a casa. ¿Qué casa?

Miedo. ¿Vendrán a buscarme? ¿Sabrán qué vengo? ¿Estará mi madre? ¿Cómo le hablare? ¿Me entenderá?

Estás muy agitada. Quieres aprender palabras en español. Preguntas a otras niñas.

El tren entra en la estación. Un terror te invade. ¿Si no tengo casa? ¿Si no tengo familia?

¿Si no tengo madre? Y si la tengo, ¿me querrá?

¿Cómo sabré quién es mi madre? Te esfuerzas. No consigues recordar sus rasgos. Era grande, morena…es inútil.

Eres la última en salir del vagón. Miras es andén lleno de gente. Alegría besos, abrazos. Estás petrificada.

Sientes una mano en tu espalda. Te giras. Una mujer te habla. No entiendes. No lo necesitas. Es tu madre.






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