Aquí estoy, destrozada, rota de dolor, en un rincón del salón, agarrada al telefono.
Hace una semana que hemos enterrado a mi hijo. Una terrible angustia no me deja dormir, ni vivir.
Aprovechando que mi marido se ha quedado dormido, me he levantado, buscando un poco de consuelo, descolgando i escuchando una y otra vez sus palabras. La voz de mi hijo está grabada en el contestador automático.
Jamás podría haberme imaginado que un día un contestador automático sería mi consuelo y martirio a la vez.
No soy capaz de rezar. Cuando intento hacerlo, solo me sale la rabia por el cruel destino.
Solo aquí, acurrucada en un rincón, escuchando la voz de mi hijo, joven, despreocupada, viva, logro elevar una oración desgarrada. Me han aconsejado que debo borrarla. Mas no quiero, ni puedo. Sería como si soltara su mano de la mía, dejando que se perdiera en el infinito.
¡Cuánto deseo saber que puedo hacer por él después de su muerte! Una amiga ha pedido ayuda a una “pitonisa” que me ha mandado un mensaje de su parte. Mañana llevaré a cabo un ritual para que, según ella, se pueda ir en paz.
Tengo ocho velas en mi mano. Velas blancas, que voy a encender hasta que se consuman. Las coloco sobre un lienzo, también blanco, e intento rezar. Se han derretido por completo. Ya ha anochecido, estoy a oscuras. Cuando enciendo la luz, contemplo que las velas derretidas han tomado la forma de un ángel.
Hago un atillo y lo cierro, para mañana arrojarlo al mar.
Mi marido y yo hacemos el recorrido en silencio. Llevo apretado en mi pecho mi trocito de esperanza. La angustia me impide respirar.
Al llegar junto al mar comentamos:
─Las veces que hemos venido por este lugar a pasear por el puerto, a comer en una terraza observando los barcos, que llegaban con la pesca del día.
Que distinto de hoy, nada tiene aquel color. Me asombra que las personas que nos cruzamos sigan su vida normal. ¿Cómo puede seguir saliendo el Sol?
El mar está triste. Las olas, como si se compadecieran de nuestro dolor, acariciaban suavemente la playa, dejando su espuma de lágrimas.
A lo lejos, el horizonte azul, besa el cielo, pero sobre nosotros todo está gris, como si alguien hubiese colocado un escenario de luto.
Arrojo al mar mi atillo, con esperanza.
Las olas lo mecen suavemente.
Una gaviota en ese instante emprende el vuelo.
Sueño que es él, que libre vuela hacia el cielo, donde un día feliz nos encontraremos.
Al regreso, tiemblo de frío. Mi marido me cubre con su chaqueta. Agradezco su ternura y me abrazo a él.
Al llegar a casa me siento junto al teléfono y mi marido se acerca diciéndome:
─Hoy es el día, borraremos su voz. Debemos dejarle marchar.
Se que tiene razón y le dejo hacerlo a él.
Esa noche, logro conciliar el sueño por primera vez.