Junto al coche, espero a que lleguen mis hijos, mi esposa y nietos para hacer ese viaje que por motivos diversos no he podido hacer, pero que mi corazón anhelaba. Creo que se lo debo a mi familia y sobretodo a mí mismo. Quiero enseñarles las calles empedradas, con sus casas blancas, teñidas de geranios. El pueblo donde viví mis primeros seis años de existencia. A mi mente, sin embargo, vuelven con clara nitidez las imágenes de aquella madrugada de hace cincuenta años, cuando aún soñoliento veía a mi madre con semblante serio echar la llave a la puerta mientras suspiraba.
Lo que para mí era un simple gesto rutinario para ella era algo mucho más profundo. Era un cambio brusco de sus raíces y costumbres. Sin embargo a medida que nos alejábamos de la casa la alegría me invadía pensando en el viaje tan especial que iba a comenzar. Me sentía feliz por hacer aquel viaje tan largo que me llevaría a la gran aventura de conocer cosas, lugares distintos y nuevas gentes. El autobús corría veloz y mis ojos intentaban no perder detalle a pesar de que estaba oscuro.
Aquel día de enero también supe por vez primera lo que era un amanecer, viví con admiración aquel cambio de nubarrones negros por tibieza de nubes blancas que con fuerte ímpetu avanzaban entre un sol que, tímido entre ellas, despedía un sonrosado color hasta que por fin consiguió brillar con fuerza.
Ante mí todo lo que veía pasaba deprisa. Las casas blancas, los tejados rojos, inmensos campos donde empezaban a despuntar los cereales sembrados, montones de olivares, campos de viñedos, choperas a orilla de los ríos, grandes montañas de colores ocres e inmensas llanuras donde los molinos movían sus aspas al son del viento.
Después de varias horas llegamos a la ciudad donde tendríamos que tomar el obligado trasbordo. Mientras caminábamos en busca de la otra estación, yo no paraba de contemplar las grandes avenidas. Por vez primera vi los grandes rascacielos de una gran ciudad. No salía de mi asombro viendo a la gente moviéndose con una prisa para mí desconocida. Todo era un ruido ensordecedor producido por los coches.
Que extraño me parecía observar la multitud de personas llenando las calles, casi a empujones sin apenas hablarse.
Me sentí perdido y me refugie en la mano de mi madre que me dio su calor. De nuevo mi asombro fue en aumento al llegar a la estación cuando en aquella enorme sala que para mí era un caos, llena de gente que salía y entraba, a veces se reían mientras se abrazaban y otras lloraban, todo ello en medio de un sinfín de bultos y maletas, mientras los altavoces no cesaban de dar información sobre los trenes que entraban y salían sin parar.
Por fin nos toco el turno y pudimos acomodarnos en nuestros asientos a la espera de partir. No quería perderme nada pero el largo día y las emociones hicieron mella y el sueño se adueño de mí. Cuando me desperté vi un paisaje distinto, montañas llenas de árboles verdes, como verde era su suelo que no dejaba ver a la tierra oscura. Sus casas de color triste para mi criterio, el sol un tanto pálido nos dio su bienvenida.
Y ésta es la tierra que un día me acogió, donde he echado raíces y a la que quiero, aunque también tengo en mi corazón a la que me vio nacer.