LAS VECERÍAS ...
El desarrollo de este capítulo es el recuerdo de una parte de mi vida en el pueblo cargada de valores naturales, tradiciones y costumbres vinculados al modo de vida que heredamos en un momento en que ya se empezaba a producir ciertos cambios entre el binomio agrícola-ganadero.
Las vecerías han estado directamente relacionadas y condicionadas por la orografía del terreno y climatología de montaña, que obligaban a luchar de forma continua para paliar las sequías, heladas, nevadas, pestes y doblegarlas para seguir adelante.
Las vecerías han sido un sistema de trabajo, perfectamente organizado, que por lo que se conoce ha funcionado durando muchos siglos y por razones diversas y muy loables, en menos de una década han ido desapareciendo una tras otra para en el momento actual no contar con ninguna. Se pretende con este capítulo recordar esta tradicional conducta de trabajo y convivencia.
Me hubiera gustado poseer los conocimientos de mis padres para haber podido narrar este capítulo con sus conocimientos, lo que por razones distintas no es posible, habiendo recurrido a mis hermanos y al Sr. Pedro Llorente, para una mayor precisión de las fechas y detalles de esta tradicional conducta, a los que expreso mi gratitud y recuerdo, así como el afecto a todos los lectores.
ANTECEDENTES
Los primeros datos escritos de los que he tenido conocimiento de las llamadas VECERIAS, se remontan al siglo XIV, en la leyenda de “La Despoblación de Carracedo”, señalando en el capítulo IV, en uno de sus apartados: “luego encontré en Valtuido la bueyada toda entera” y en el capítulo siguiente narra “vio salir a las cabras a reparto y hacia la sosa la hacienda....” y en otro apartado de este capítulo dice “vio venir las vecerías que por la tarde regresan, los corderos y los jatos, luego las cabras y las ovejas, que en el camino hondo alzaban al paso gran polvareda, concluyendo con las vacas y la cabaña y las yeguas”.
Así mismo en “El pleito de pastos entre los concejos de Redondo y Brañosera”, que se desarrolla en 1575, se señala que tuvo un precedente por la misma causa en 1399. En el mismo se refleja que los ganados que pastaban en la zona de Sel de la Fuente pertenecían al conjunto de los vecinos.
La ganadería en Celada ha estado directamente relacionada con el modo de vida de sus gentes y como principal recurso económico de la mano de la agricultura, que ha condicionado favorablemente la supervivencia de la ganadería por un lado, al tratarse las explotaciones agrícolas para el mantenimiento de los ganados a través del heno, los cereales, forraje (centenos, sirvendos, avenas, cebadas, yeros, arvejas...) y otras explotaciones más relacionadas con el alimento familiar como las patatas, trigos y legumbres, y por otro, estas explotaciones agrícolas han condicionado de forma especial la organización en el pueblo para el cuidado de los ganados y protección de las explotaciones agrícolas a través de las vecerías. Por lo general, el número de cabezas de ganado que tenía cada vecino era directamente proporcional al capital del que era propietario o trabajaba. Si no se recogía hierba-paja para el invierno no se podía mantener el ganado ni producir en la forma deseada. Se recuerda que los inviernos eran muy largos, con intensas nevadas.
A esto hay que añadir la orografía del terreno, calidad de las tierras, diversidad de simientes, períodos de desarrollo de cada una, ubicación de las tierras sembradas y el exagerado minifundio de todas las explotaciones; todo ello condicionaba muy estrechamente el reparto de los ganados para el pastoreo en cada zona de la comunidad según la estación del año.
Analizada la orografía de Celada se desprende claramente que hay una zonas muy o más propicias para el pasto de los ganados vacunos (las praderas y los montes) y otras para el ganado lanar, como las sierras. En razón a la superficie y vecinos estaba establecido un número de cabezas de ganado
Además de lo anterior, la diversidad de los ganados que por lo general tenían todos los vecinos se debía también a que el ganado vacuno era necesario como fuerza bruta para realizar los trabajos agrícolas y de “traída de la leña”, y el caprino y lanar, tenía una doble función como era la económica por medio de la venta de la reproducción y el sacrificio como alimento familiar, así como la extracción de la leche, principalmente de las cabras (la vaca del pobre).
En el aspecto de la gastronomía, era tradición que en los días de fiesta o celebración se matara “la oveja”, y que por San Martín se sacrificaran varios animales (lanar o cabrío) para acecinar. El menú más característico de la zona y de Celada durante muchos años ha sido lo que ahora se denomina “cocido lebaniego”: sopa de cocido, garbanzos con berza, seguido de la cecina , chorizo, tocino y relleno.
VECERÍAS, según el diccionario, significa “manada de ganado perteneciente a un vecindario. Entendiendo que se corresponde correctamente con el uso que en Celada se ha dado a este término.
VECERO: Persona que guarda turno para una cosa. En el caso que nos ocupa, persona, masculina, que guarda el ganado por turno perteneciente a un vecindario.
VECERA: Persona femenina que guarda el ganado por turno perteneciente a un vecindario.
A modo de preámbulo señalo que en la época que me ha tocado vivir he conocido las siguientes VECERÍAS en Celada:
- Los toros -Los jatos - Las cabras
- Las vacas - Los carneros - Los corderos
- La cabaña - Las ovejas - El Guarda
Épocas anteriores, también existía vecería de:
- Las yeguas
- Los burros
- Los cerdos (lichones). Recordar el corral de “los lichones”, en el Piñueco.
Por resultar más próximo y conocido, únicamente me voy a referir a las vecerías señaladas en primer lugar y en el periodo de 1960 en adelante.
La Comunidad tenía dentro de su organización dos toros para las vacas y otro, por lo general más pequeño, para la “cabaña”. Los toros, al igual que las vacas, han sido de la raza “tudanca”, hasta finales de la década de 1960.
La propiedad de los toros era de la Comunidad de vecinos y cuando se consideraba conveniente renovarles se nombraba una comisión que era la encargada de ojear y efectuar la compra del animal que se consideraba idóneo para el fin señalado. El mismo procedimiento se hacía cuando correspondía llevar a cabo la venta de alguno de estos animales.
Para la suelta-recogida de estos animales se tenía establecido la vecería de “los toros”, que consistía en echarlos al pasto a la hora de salir las vacas y posteriormente recogerlos. Esta operación se hacía de igual forma respecto al toro de la cabaña, durante los meses que salía al pasto desde los establos.
Los toros de las vacas, cuando éstas estaban “abajo”, se soltaban directamente a los prados, que para el resto de animales estaban cotados, y una vez que “almorzaban” bien se iban hacia alguna de las cabañadas, de ahí el dicho “andas más suelto que el Toro Concejo”.
Para la alimentación de los toros, se tenía contratada a una persona. Yo únicamente he conocido al Sr. Donato Cenera.
En los últimos años de la década de 1960 se impulsó la inseminación artificial, de toros selectos del centro de inseminación de Torrelavega, y a su vez en la Comunidad de Celada , entendiendo que era necesario mejorar la raza de la ganadería, se empezaron a tener toros de la raza pardo alpina, que permanecían estabulados de forma continuada.
En los primeros años de la década de 1970, por razones personales, el Sr. que hasta esa fecha cuidada los toros decidió no continuar prestando ese servicio, por lo que hubo de prestarse como de una vecería más, realizándose por turno rotativo de los vecinos del pueblo, empezando esta vecería por la primera casa, del Barrio de Abajo, la de la Señora Adela, siguiendo el turno rotativo de la distribución de las casas habitadas y con ganadería, en este caso vacas. Esta labor se efectuaba por días guardando un día cada vecino y al finalizar la prestación de dicho servicio se decía la vecería, al ganadero-vecino siguiente: “para mañana los toros”.
La vecería consistía en poner de comer al/os toro/s, la gavilla de hierba en tres turnos de mañana, mediodía y tarde-noche, así como la ración de pienso establecido y de llevarles al agua a la fuente Villa, siendo esta operación la que entrañaba más riesgo y responsabilidad con alguno de los animales. También se les quitaba el estiércol y los más atrevidos y responsables les cepillaban.
Esta vecería, al igual que el resto se dejó de realizar cuado la Comunidad decidió desistir de tener el servicio de “toro”, como consecuencia de haberse producido una importante inmigración, aumento de la inseminación artificial, mayor concienciación de la sanidad animal y considerar este servicio más carga que beneficio produciéndose la desaparición del “toro de la Comunidad”, a finales de la década de 1970.
La tarde anterior a que las vacas fueran a pastar a la Dehesa, en bueyada, se juntaban los toros, que hasta esa fecha iban por separado a cada cabañada, y como buenos “jefes” de su vacada, se tentaban sus fuerzas, peleando hasta quedar exhaustos y dejar definido quién era el “jefe” a partir de ese momento. Esta exhibición de bravura, fuerza y maña era seguida por todo el pueblo y resultaba un espectáculo, que a buen seguro todavía hoy se recuerda y se comenta. Una pena que no se contara con medios de filmación. Particularmente estas escenas son las que más impacto me han causado de los toros en Celada.
Las “vacas” era la cabaña que contaba con las de tres años y a este ganado se le asignaba las zonas de mejores pastos y más próximas al pueblo, si exceptuamos los “jatos”.
Durante el año, la vecería de las vacas, tenía las siguientes variantes:
En la primavera, en la que salían al pasto a la Dehesa, iban separadas en hasta seis cabañadas, distribuidas por las siguientes zonas:
- Barrio de Abajo, no completo.
- El Barrio (durante muchos años dos cabañadas).
- El Requejo
- El Otero, no completo.
- Parte del Barrio de Abajo y del Otero.
La salida, se efectuaba instantes después de haber salido la cabaña y tenían un orden establecido en relación con la ubicación de los Barrios. Así salían en primer lugar las del Otero y en el último las del Barrio.
Cada cabañada era guardada por dos personas, que debían tener un mínimo de 14 años y se guardaba un día por cada dos vacas, siguiendo el turno rotativo en razón de la ubicación de las casas que formaba el Barrio a que correspondía la cabañada.
El horario de guarda de las “vacas” era de la mañana a la tarde, que en razón de la luz solar, cada día se regresaba más tarde, poco antes de anochecer.
En la Dehesa, permanecían las vacas, durante la primavera, dependiendo de la climatología desde mediados de Abril hasta mediados de Junio.
De mediados de Junio a primeros de Agosto, las fechas variaban en razón a la
finalización de la recogida de la hierba, las vacas “bajaban” y con ello el
horario del pastoreo y sesteo de las mismas, realizándose de la siguiente forma:
Desde el amanecer (sobre las 6 de la mañana), hasta las 10 horas, que es cuando volvían a los corrales de casa, y desde las 4 de la tarde (de la hora oficial de la época) hasta el anochecer, que igualmente volvían a los corrales. Durante esta época, se seguía con la misma organización de las cabañadas y veceros que en la primavera.
Las vacas, cuando estaban “abajo”, pastaban en las zonas asignadas a cada cabañada, así las del Barrio y Requejo pastaban por la zona del Barrio (Las Lomanas, El Dejo, El Hoyo y San Roque), las del Otero por la zona de La Frontera y las del Barrio de Abajo por la zona del Cardo, Los Molinos y Trespenilla.
Una vez recogida la hierba, dependiendo de cada año sobre finales de Julio y primeros de Agosto, las vacas volvían a la Dehesa, ya en Bueyada (todas las vacas de la Comunidad juntas), con horario de 4 de la tarde hasta las 10 de la mañana del siguiente día, considerando este horario como una jornada o día de guarda, que seguía el mismo criterio de un día por cada dos vacas (cuando las vacas eran impares se empezaba a guardar por exceso y se seguía el siguiente por defecto). En esta modalidad se guardaba con seis personas, varones, mayores de 18 años. De existir alguna familia en la que no hubiera varones se permitía a presencia de las mujeres.
La noche, durante los primeros días, se pasaba debajo de un Roble, que por lo general han sido los mismos a lo largo de muchos años, en la “Cotorra de Guanfría”, lugar considerado idóneo para evitar que algunas vacas se volvieran a casa o lo que era peor, que se fueran a las tierras que en esa época se estaban cosechando. En los días siguientes se pasaban las noches en las chozas del Valle Juelo y El Villar con el mismo fin. Estas chozas están situadas en sitios estratégicos de visibilidad y paso de la Dehesa, e inmediatez a fincas de cereales que requerían una atención especial. Como único abrigo y colchón se llevaba el “tapabocas”, una manta gorda y pesada. En los chozos, de somier estaban unas tablas o tiras de madera atravesadas, y de colchón, unas ramas de escoba.
Una vez finalizadas las tareas de recolección de los cereales y “la hoja” y por consiguiente no existir la necesidad imperiosa de utilizar las vacas como fuerza bruta en las labores de la trilla ni tampoco el agobio del personal humano en esta tarea, se establece otro sistema de guarda de las vacas que permanecen de forma continuada en la Dehesa, pasando a establecerse los turnos de guarda o vecería por días naturales y es así, por lo general, hasta la llegada del invierno o en algunas ocasiones, que a pesar de su crudeza se resiste a nevar, se vuelve con las cabañadas y se traen a casa durante la noche, volviendo a pastar por las zonas más próximas al pueblo (las que se pastaban desde finales de la primera a principios del verano).
La “cabaña” se denominaba la cabaña al ganado vacuno que tenía de uno a tres años, pasando después al grado de “vacas”. La cabaña era el ganado que más tiempo permanecía en los montes, sierras y Dehesa.

Durante el año, la vecería de la cabaña tenía las siguientes variantes:
• En la primavera, se la llevaba a pastar por el Monte Alto, Matacorva, El Piñueco, Las Matas y Valsemana principalmente e iba siempre formando bueyada de la Comunidad.
Era el primer ganado bovino que salía al campo en la primavera y el último que se recogía, en razón de horario y temporada.
La fecha establecida para pasar de categoría ( los jatos del año anterior a la cabaña y la cabaña de 3 años a vacas) era tradicionalmente el 20 de mayo.
Para evitar la adversidad de las noches de las primeras fechas en las que salía al pasto, (sobre mediados de Marzo, dependiendo de la persistencia de las nieves y bonanza climática de cada año y si aguantaba sin nevar en Diciembre), la cabaña también en estas fechas se recogía en las cuadras de cada propietario, saliendo cada día desde que salía el sol hasta la puesta, efectuándose el turno del “vecero” por días naturales.
• Desde finales de Abril a principios de Junio pastaba por la zona del Monte Alto y Matacorva y era recogido por la noche en el Corral del Monte, en una zona protegida de vientos y al amparo de una veintena de grandes robles centenarios. El chozo se encuentra situado en la parte más alta y unido a la pared perimetral del corral.
La construcción de este chozo es idéntica al resto de chozos diseminados por los montes y sierras de Celada, se trata de una planta rectangular de 3 m. de largo por 2 m. de ancho, entrada en el centro de la parte situada al Sur en la zona “larga”, con un camastro a cada lado de la entrada y frente a ésta una “lumbre” en el suelo con su correspondiente chimenea y cubierta a dos aguas (Norte/Sur), que según épocas ha sido de césped, lanchas y por último uralitas.
El corral queda formado por una pared de piedra de metro y medio, en algunas zonas y sobre el metro en otras, con un perímetro próximo al medio kilómetro. La pared es rudimentaria y creada con el único fin de tener recogido el ganado, precisando, en aquellos años, mantener una constante vigilancia en evitación de las alimañas (el oso y los lobos).
Durante el tiempo que “la cabaña” se cerraba por la noche en el Corral de El Monte, el turno de guarda de este ganado se iniciaba por la noche, por lo que la cena se hacía en los domicilios y por supuesto que resultaba desagradable hacer el camino de casa al chozo de noche y casi siempre sin luz.
• El siguiente período comprende desde los primeros días de Junio al 25 de julio, que se subía la cabaña al puerto de Campullao, que cuenta con unas frescas camperas, vallejas, collados y cotorras que si el año era favorable sabía agradecer la cabaña y coger buen riñón (engordaban) también debido a la calidad de las hierbas de la sierra.
En este período el turno de guarda se iniciaba desde la caída de la tarde, para dar tiempo al “vecero” que se relevaba a regresar a casa de día.
Lo que más duro resultaba de los días de vecería en la sierra era subir la comida. Entonces no se contaba con las mochilas de campaña actuales. A veces, si coincidía que el pastor de las merinas estaba en el pueblo y contaba con caballería, se aprovechaba para que al menos subiera el pan, las patatas y el vino. Durante la estancia en la sierra, era la vecería más descansada y gratificante que había y a su vez se gozaba de una espectacular panorámica. Las primeras horas de la noche, una vez recogida la cabaña, se hacía, en muchas ocasiones, una visita a los pastores, que estaban en Las Traviesas y además de agradecer la visita siempre obsequiaban con un buen café, que en aquellos años, conseguían a través de las sierras con Portugal.
La vez se “echaba a delante”, por la mañana del día anterior a que tocara finalizar el tuno, cuando el relevo se hacía por la tarde y por la tarde cuando la cabaña venía a casa, para el turno del día completo de mañana a la tarde. Echar a delante la vecería era la comunicación al vecino que tenía animales, en este caso la cabaña, siguiente en el turno de ubicación de las casas del pueblo. (Girando en sentido contrario a las agujas del reloj).
La noche se pasaba en el chozo, situando la cabaña en estas horas a la vera del mismo, si bien en Campullao no se contaba con corral, como en El Monte. El chozo tiene la misma distribución y características que el descrito anteriormente.
Durante este tiempo, la cabaña, pastaba desde el amanecer hasta las 11:00 horas y desde las 5 de la tarde hasta la noche, por las camperas y vallejas del puerto. Durante las horas de Sol, todo el ganado se juntaba en el Sestil, a sestear, (lugar alto donde existe corriente de aire), que facilita el descanso.
• El siguiente período abarca desde el 25 de julio hasta los primeros días de Octubre, que vuelve al Monte Alto, pastando esta zona, junto a La Loma y Matacorva, recogiéndose en la noche de nuevo en El Corral del Monte, estableciéndose nuevamente el turno de guarda como en el periodo de Abril-Junio.
• Sobre el mes de Octubre-Noviembre se lleva a pastar la zona de Las Matas, en la zona del límite con Verdeña quedando por la noche en un enclave favorable, por estar muy resguardado de los fríos vientos, conocido como “la majada de las Matas”. En este punto no hay un chozo de piedra como los descritos de El Monte y Campullao realizando una improvisación cada año, si bien la zona está muy protegida por unas grandes moles de piedra, que favorecían la instalación de la tienda de campaña, artesanal, cubierta de escobas para evitar la entrada del agua.
• Dependiendo de la climatología, pastos, cantidad de ganado y otras circunstancias se permanecía más o menos tiempo en la zona anterior para posteriormente llevar “la cabaña” a la zona alta de la Dehesa, Concufre, Peña del Gato..., improvisando otro chozo artesanal, de madera, como el descrito en la zona de Las Matas y se ubicaba en la zona del “Castrillo”, permaneciendo la cabaña en esta zona, por lo general hasta las primeras nevadas.
De resultar muy adversa la climatología, noches muy frías, se llevaban al oscurecer a casa, volviendo con el turno diario de guarda.
Por lo general “la cabaña” era guardada por un vaquero, que era ajustado (contratado) por la Comunidad, si bien se pagaba por cada ganadero, en razón a los animales que estaban en “la cabaña” y por un “vecero”, que guardaba en proporción de 1 día por cada animal que tuviera. En alguna época, principalmente en la primavera, dependiendo de la cantidad de animales que había en “la cabaña” y tierras que cuidar, con especial atención a las de La Loma y el Valle, además del vaquero iban dos “veceros”, para lo se les exigía un mínimo de 16 años.
La “cabaña” desapareció como tal, a finales de la década de 1970, que por razones varias como el despoblamiento y el dejar de cultivar las tierras, obligaron a unirse esta ganadería con el resto de las de la misma especia (vacas y jatos).
JATOS: Así son llamados los terneros, que para la organización de la “vecería” de esta cabaña, se iniciaba la misma a principios del mes de Mayo de cada año, con los terneros nacidos desde el 1 de septiembre del año anterior.
Por lo general no se les llevaba al pasto con menos de 6 meses y los primeros días se les llevaba unas horas y eran acompañados por los dueños, debido a lo inquietos que son por haber permanecido encuadrados hasta ese momento y estar desorientados. Una vez pasados los primeros días y haberse registrado un grupo considerable, los vecinos que tienen pastando estos animales deciden hacer la “vecería”, que, al igual que el resto de ganados, se turna por el mismo sistema y se guarda en razón de un día por cada animal.
A medida que los jatos van teniendo la edad señalada y se considera, a criterio del propietario, que es el momento de echarlos a la vecería, se van incorporando nuevos animales, durante el resto del año.
En los primeros meses, de
abril-Agosto, se les lleva al pasto a la zona de El Espinal, una cuenca en las
inmediaciones del pueblo, con una gran campera, muy apta para el pasto por su
buen terreno y humedad.
Desde los primeros días de Agosto hasta fin del año se les llevaba a la zona de Los Molinos, Sovilla y el Campo, previo a haber regado estas zonas para favorecer la “otoñada”, pasto fresco en esta época del año.
Estos animales han sido los verdaderos privilegiados por gozar de los mejores terrenos de pastos, en las inmediaciones del pueblo, mejor cuidados y protegidos.
El horario del pasto era, en razón de la época del año, de 7 a 10:30 horas de la mañana y de 4:30 a 9:00 horas de la tarde, durante los meses de Mayo a septiembre y durante todo el día a partir de Septiembre. Estos animales siempre se les traía a casa, quedando encuadrados las horas que no iban al pasto.
Como ya se ha comentado en el apartado de “la cabaña”, los jatos pasaban a “cabaña” el 20 de mayo del siguiente año.
Los veceros, durante muchos años eran dos personas, que tenían que tener más de 10 años
Por la cercanía de la zona del pasto, cada propietario llevaba a los jatos hasta el inicio del terreno de pasto, El Espinal o Sovilla. Por las tardes siempre salían inmediatamente después de salir las vacas.
A medida que iban transcurriendo los años, iba disminuyendo el pastoreo de los jatos debido a varios factores como que en los años más lejanos se criaban todos los animales, realizando la venta cuando tenían 2-3 años y en los años más próximos esta venta de los jatos se hacía sobre los 6 meses, por así establecerlo la oferta y la demanda, lo que conllevaba que únicamente se echaban al pasto las hembras para la recría.
A finales de la década de 1970, después de haber estado algunos años con un único vecero y por las razones apuntadas en los apartados anteriores de emigración, escaso personal en cada casa, antieconómico y otras particularidades desaparece la vecería de los “jatos”, pasando, al igual que la cabaña, a formar un único grupo “las vacas”.
En razón al número de ganado lanar y cabrío se establecía cada año un número de carneros y chivos, que se seleccionaban por medio de una junta nombrada al efecto de entre los vecinos que tenían este ganado, por lo general todos, en mayor o menor número.
El número que formaba la vecería de los Carneros, era del orden de 25, correspondientes a tres años consecutivos, renovándose sobre 8 cada año, pasando los mayores a ser capados y posteriormente sacrificados para “cecina”.
El vecino que le había sido seleccionado previamente el cordero para “padre o carnero”, tenía la obligación de cederlo a la Comunidad por el tiempo señalado de tres años y de caparlo a la finalización del periodo establecido, venderlo fuera de la Comunidad o sacrificarlo. Como compensación de esta prestación el carnero le exoneraba de guardar vecería por cuatro ovejas.
El mismo proceso y por el mismo tiempo se establecía con los “Chivos”, pero en menor número, debido a que el rebaño de cabras era significativamente menor que las ovejas. Debido a una normativa de Montes se prohibió tener más de dos cabras por vecino lo que mermó significativamente el rebaño, manteniendose como “Chivos” durante la década de 1965-75 a dos “padres”. Estos animales hacían vecería conjunta con los Carneros.
El motivo de establecerse la
vecería de los Carneros durante el periodo comprendido entre San Pedro y San
Mateo (del 29 de Junio al 21 de Septiembre), era para establecer que las ovejas
quedaran preñadas sobre el mes de Octubre y así parieran todas en la misma
época, facilitando el pastoreo y la recría de los futuros “corderos”, que
también tendrían su vecería.
Esta vecería se prestaba con el mismo turno que el resto, guardando 1 día por cada 8 ovejas.
La zona de pasto era las inmediaciones del Capellán, Alto de las Eras y Guanflorido.
La edad para prestar este servicio, era de 10 años.
El tiempo de pasto era de 8 a 11 horas por la mañana y de 4 a 8 de la tarde. Se recogían estos animales en “la corte de los carneros”, actualmente en ruinas en El Alto de Las Eras.
La vecería de los “carneros” fue la precursora en la desaparición de las vecerías en Celada, si bien en alguna medida se debió a razones como, el que se mejorara la raza, se alimentara mejor este ganado, produjeran dos crías al año y a que la venta de los corderos tuviera mejor aceptación y precio como lechazos, sobre 12 kilos, así como que las épocas de mayor aceptación y precio fueran para las Navidades, con ocasión del tradicional “lechazo de Navidad” y la época estival por el turismo y las vacaciones.
Debido a lo anterior y a la sensible disminución de población en Celada, respecto de la década anterior, a finales de la década de 1960, se dejó de establecer la vecería de los carneros y por consiguiente iban al pasto con las ovejas durante todo el año, continuando con la selección y servicio señalado hasta aproximadamente los primeros años de la década de 1980.
Las ovejas han tenido una
especial relevancia y vinculación económica y de alimento para las familias de
Celada, considerando que la orografía, pastos e incluso la climatología se
adapta mejor a este ganado que al resto de los animales de granja explotados
en Celada, si bien uno de los inconvenientes más fuertes que han tenido estos
animales en el pueblo, durante décadas, han sido las grandes nevadas que se
producían y obligaban a mantenerlas en “las cortes”.
Por razones de distribución, espacio en las cortes, capital para mantener estos animales durante el invierno en unión del resto de especies señaladas y otros aspectos como las “vecerías” y personas disponible para atenderlas, las cabezas de estos animales que tenían las familias rondaban sobre las 40/50 los vecinos que más tenían y sobre las 10/20 los que menos.
La raza de ovejas que formaba la vecería, siempre la he conocido como la “churra”, si bien con el criterio de mejorar la raza, a través de la Diputación de Palencia se trajeron unos “carneros”, que contribuyeron en alguna medida a dicho fin según el criterio de algunos y nada significativo según otros criterios.
Cuando más población había en Celada y por consiguiente más número de ovejas, se contaba para su guarda con un pastor, contratado por la Comunidad, pero pagado por los propietarios de las ovejas, en razón de una “taja” acordada y renovada cada año. La taja es el repartimiento, que hacía la junta vecinal, que corresponde pagar a cada ganadero en razón del número de cabezas de ganado, para el pago al pastor-vaquero.
Las zonas de pasto, desde la primavera hasta el otoño, han sido las zonas de las sierras, de El Barrio y de El Otero y durante el invierno la zona de Matarcorva o dependiendo de la nieve que hubiera, por las zonas abiertas, lógicamente no sembradas que solían ser zonas situadas al Sur y los altos.
En el otoño-invierno, si el año había sido favorable en bellotas, estos animales gozaban de unos de los mejores piensos naturales y que por situación y población de árboles, la zona de Matacorva fue siempre una zona de preferencia para las ovejas y cabras.
Las ovejas se soltaban todas las mañanas de “las cortes”, dependiendo de la época del año y climatología puntual que se registrara, por precisar la hora más general era sobre las 8:00 horas regresando también y en razón de las circunstancias señaladas también sobre las 8:0 de la tarde, en verano algo más tarde, pero teniendo en cuenta que en el turno de regreso a casa de las vecerías, después de las ovejas/cabras, regresaban las vacas y la cabaña, que ésta era la última y a última hora del día y no era prudente que se juntaran con el vacuno. El vecero que por su turno estaba más adelantado, según la ubicación de las casas, era el encargado de tocar la campaña y posicionarse en El Otero o en El Barrio para desde aquel o éste punto “arrear” las ovejas a la Sierra contraria al punto de partida.
El número de días que correspondía guardar cada vecino a esta vecería era el correspondiente a un día por cada ocho cabezas de ganado, empezando a guardar por exceso en el primer turno cuando no era el número de cabezas divisible de ocho. Si el propietario de esta manada de ovejas había cedido un “carnero”, éste guardaba por sí mismo y cuatro ovejas.
La edad para guardar este
ganado estaba establecido en los 16 años y si bien ha habido alguna época que
había tres veceros, particularmente quien suscribe únicamente ha conocido esta
vecería con dos personas hasta iniciada la década de 1970, que pasó a
prestarse con una.
Las ovejas en Celada han tenido siempre una relación especial con la gastronomía y la fiesta, de ahí que en los acontecimientos familiares importantes estuviera presente el sacrificio de la oveja y en los años más próximos el cordero/lechazo, además de señalar lo apuntado en el apartado anterior de la cecina para el cocido.
Por las particularidades del pastoreo de este ganado y zonas donde en Celada iba al pasto, se considera que la vecería de las ovejas, era la más cómoda y descansada, si bien nunca se ha estado a descuido por conocer que el lobo siempre estaba al acecho y cuando podía la liaba. Raro era el año que no caía alguna cabeza. También el zorro era un vigilante preparado para conseguir las crías, aunque éste lo ha tenido más complicado.
En atención a que alguno de los posibles lectores no conozca el pastoreo de las ovejas, señalar que por lo general estas siempre van en grupo y el calor las afecta mucho y tampoco el agua agrada a estos animales, de ahí el horario que siempre se ha mantenido para el pasto. Durante el verano, se evitaban las primeras horas y con ello desaparecía el rocío de la noche, aprovechándose las siguientes, como de 8 a 11 horas y si el día se presentaba caluroso, rápidamente estos animales “se amodorraban”, colocándose a la sombra, en la sierra por lo general al Norte de una gran peña- cordillera (El Aguila, Cebollera, La Verdiana), o en sestiles, (grupo de matorros-robles pequeños-, en medio de una campera) que año a año, por tradición se les ha dado esta aplicación.
Cada vecino tenía una marca para registrar sus animales, si bien en Celada, se ponía únicamente, con carácter general a los corderos y cabritos, días antes de salir a pastar. Esta señal que así se denominaba la marca referida, se ponía en las orejas (cortes longitudinales, transversales, mezclos varios...), por tradición pasaba de generación en generación de los residentes en la misma casa.
Al regresar estos animales del pasto, cada res iba a la corte de su propietario, donde se hacía el recuento oportuno y alguna vez, sobre todo los animales jóvenes se extraviaban, lo que obligaba a hacer un recorrido en principio por las calles y corrales, y de resultar negativo por las cortes, que de resultar nuevamente infructuoso, a la mañana siguiente se hacía una nueva inspección a la hora de salir todas juntas, en la punta del pueblo por donde salían al pasto. Labor que requería una especial destreza para o bien conocer la res que se buscaba o hacer una minuciosa inspección de las señales referidas y es en este punto donde quiero hacer mención a un hecho puntual que viví intentando localizar una oveja descarriada encontrándome en El Otero, en la confluencia de la calle principal con los accesos del Barrio de Abajo y corrales del los Srs. Ramón, Maximiliano, Andrés, Mariano y Eleutilia, me sorprendió Paulino Mediavilla, señalándome la oveja que buscaba, que tras haber visto la observación que hacía desde la ventana de la cocina de su casa, identificó la oveja bajó rápidamente a avisarme. Es el momento actual que me sigue sorprendiendo este suceso, pero de todos era conocido su faceta de identificación y observación que tenía con este ganado, desde aquí mi recuerdo y admiración.
Las cabras en Celada tuvieron siempre una relación muy directa con la alimentación familiar, a través de la leche, de ahí lo de la vaca del pobre
Con anterioridad a la política de conservación de los montes, que entendía que las cabras eran perjudiciales para la reforestación de los montes, los vecinos en Celada tenían un recudido número de cabras, que por lo general no llegaban a 10 cabezas y estas se redujeron drásticamente ya a mediados de la década de 1960 por el motivo señalado si bien se estuvieron manteniendo muchos años más en número 2-3 cabras por vecino, lo que obligó en la vecería de ir dos veceros a establecerse con uno para posteriormente unirse a las ovejas y desaparecer la vecería de las cabras, en los primeros años de la década de 1970.
Las cabras salían al pasto inmediatamente después que lo hacían las ovejas y regresaban del pasto en el mismo orden. El vecero que tenía el turno más adelantado, en relación con la ubicación de las casas, era el encargado de señalar la zona de pasto, para lo cual salía desde El Otero de El Barrio, arreando el rebaño comunal, tras sacar a la calle cada vecino sus cabras.
Las zonas más aprovechadas por las cabras era la zona alta del avellanal, toda la cordillera, por la zona de las peñas, como así también la zona alta de la Dehesa hasta situarse por las Peñas de El Sol y Concufre. Estos animales en la primavera eran los más favorecidos por la naturaleza por disfrutar de un extraordinario y rico alimento y posicionarse en las mejores vistas.
Las cabras representaron en las familias una ayuda extraordinaria en la dieta alimenticia por ser el animal del que tradicionalmente se extraía la leche para el consumo diario de la casa por su mayor producción y más cómoda extracción que del resto de los animales de la casa (ovejas y vacas-tudancas). Además, su reproducción era más numerosa, por lo general traían mellizos y la venta de los cabritillos era muy desigual de unos años respecto de otros. La cecina de cabrío era muy apreciada
El número de días que correspondía guardar cada vecino a esta vecería era el correspondiente a un día por cada dos cabras, empezando a guardar por exceso en el primer turno cuando el número de cabezas no era par. Si el propietario de éstas tenía en servicio para la Comunidad “chivo”. Éste guardaba por sí mismo y una cabra.
La edad para ir con esta vecería era de 14 años y cuando se juntó con las ovejas, tomaron las costumbres, zonas de pasto y demás circunstancias de las ovejas.

Entre los meses de Febrero-Marzo nacían la mayoría de los corderos, que sobre el mes de Mayo formaban esta vecería, debido a haber estado apartados los carneros-chivos durante el verano del rebaño.
Los corderos salían en vecería con los chivos, nacidos todos en la misma época del año.
Las zonas de pasto de estos animales eran las camperas más próximas al pueblo y no reservadas para los Jatos, como la zona alta de El Dejo, Cuadralgo, San Roque y las Camperas de Las Matas y La Frontera. Una vez segados los prados y tierras, se extendía por los mismos y toda la zona de Trespenila, El Cardo, Los Molinos y de forma continua Valsemana.
Como ocurriera con los Jatos en los primeros días de salida al campo, que no sabían comer y todo les resultaba extraño, con los corderos los primeros días eran fatigosos por res un animal muy inquieto, bullicioso y espantadizo. Había que posicionarse adecuadamente para conducirles a la zona deseada y al propio tiempo que comieran adecuadamente y se les facilitara zonas donde hubiera agua.
El pasto lo hacían durante las primeras horas que salían al campo y después de la 4 de la tarde. En la época estival, las horas más fuertes de sol permanecían en el sestil, que como ya se ha dicho para el caso que nos ocupa eran , lo formaba un grupo de matorros de roble en medio de una campera (La Camperona, Cuadralgo, Las Matas).
La edad para ir con esta vecería era de 10 años y cuando en alguna ocasión coincidía que todos los “veceros” rondaban a esta edad, la Comunidad temblaba y posiblemente los corderillos más, pero todo seguía adelante año tras año con la misma tradición y costumbres.
La salida al pasto de estos animales se producía instantes después de haber salido las cabras, y el “vecero”, más adelantado tomaba la iniciativa de señalar la zona para dónde dirigía el rebaño, para lo cual se posicionaba en la punta opuesta del pueblo para desde allí ir arreando los corderos hacía el extremo contrario, o El Barrio o El Otero.
El regreso, al igual que se hacía en el siglo XIV, como se narra en “la despoblación de Carracedo”, los corderos eran los primeros que regresaban a casa, seguido de los jatos, las cabras, las ovejas, vacas y la cabaña.
Estos animales eran los que más trabajo daban para recogerlos en las cortes de cada propietario. Los primeros meses era una procesión de niños, por lo general, de corral en corral y de corte en corte buscando el/los corderos extraviados.
La vecería de los corderos desaparecía el día de San Mateo (21 de septiembre), que pasaban a “ovejas”, uniéndose con el rebaño de ovejas, para volver a iniciarse nuevamente con los nuevos corderillos en Mayo del siguiente año.
Durante muchos años la venta de estos ganados se producía cuando cogían un peso considerable, pero a finales de la década de 1960 tuvieron mejor aceptación y precio los lechazos, que únicamente tomaban como alimento la leche materna, resultando las épocas más favorables en el mercado las Navidades y el mes de Agosto, por lo que únicamente salían al pasto las corderas que se dejaban “de vida”, para reproducción, lo que originó la desaparición de esta vecería de forma casi radical. Además de esta razón también se unía la constante emigración de familias de Celada hacia las capitales y por consiguiente la imposibilidad de mantener esta vecería con cierta lógica y rentabilidad, pasando directamente las corderas de recría a pastar con las ovejas, si bien se “destetaban”, en los días anteriores a la salida al pasto, para favorecer el pasto de las madres y a su vez las corderas se habituaran con más rapidez a buscar el alimento.
Para
la vigilancia y guarda de que las normas establecidas en relación con las zonas
de pasto, así como el control correcto de los ganados para que no entraran en
las fincas privadas cuando éstas estaban “acotadas” y también como medida
preventiva estaba establecido la vecería de “El Guarda”.
El Guarda, además de la función de “guarda” como tal, tenía encomendado el tocar la campaña para la salida de las vacas.
A modo de símbolo, el guarda llevaba un “bastón”, con el que se le reconocía su cargo y Autoridad. Si durante el servicio que prestaba observaba alguna infracción a las normas establecidas por la Comunidad éste la hacía llegar a la Junta Vecina y en razón a la gravedad de la infracción y daño causado, se acordaba la imposición de una multa.
Una de las infracciones que más se cometían era la de permitir pastas algunas vacas en la zona “otoñal” y el resto podían ser las de entrada de algunos ganados en los prados (cuando éstos estaban cotados) u otras fincas de cereales. Por lo general se cumplía bien todas las normas que en cada momento estaba en vigor y el “guarda” era una figura principalmente preventiva.
Durante muchos años la función de “guarda”, la llevaba a cabo una persona contratada por la Comunidad, el Sr. Esteban es a la única persona que he conocido en este servicio. Para los honorarios del “guarda”, al igual que se hacía con el resto de personas que contrataba la Comunidad para la guarda de los ganados (pastor y vaquero), se hacían las cuentas de la “taja”, el reparto de la cantidad que corresponde abonar al guarda por cabezas de ganado de cada uno de los vecinos.
A mediados de 1960 el Sr. Esteban dejó de prestar el servicio de “guarda”, pasando a prestarse como una vecería más, un vecino cada día, con las mismas funciones y atribuciones que el guarda contratado.
El horario era flexible y la zona de vigilancia también, hay que tener en cuenta que el aquella época se sembraban casi todas las tierras particulares y requerían un especial esfuerzo la custodia de las mismas e unión de las praderías, que todas ellas se introducen entre los montes.
El guarda en razón a lo anterior, lugar donde más concurrencia de animales iban al pasto y criterio que consideraba oportuno salía en su misión una vez “echados los ganados al pasto” regresado a casa al medio día, saliendo posteriormente unas horas por la tarde.
El tañir de las campanas ha sido en Celada el sistema de comunicación oficial y tradicional, para hacer llegar a la Comunidad todos los acontecimientos y reclamos que e la vida religiosa, social, laboral y económica se desarrollaban.
El campanario en
Celada está ubicado en el centro neurálgico del pueblo, por lo que el tañir de
las campanas ha sido el mejor reclamo para cualquier comunicación. Se tocaba la
campana para acontecimientos como: 
- Los religiosos (misa, rosario, difuntos...)
- Sociales (reunión de vecinos a Concejo)
- Laborales (huebras)
- Humanitarios (Apagar incendios...)
- Económicos-laborales (la suelta de las vecerías).
Dependiendo del sonido de las campanas y habilidad del campanero se conocía en cada caso cual era el mensaje que a través de las campanas se pretendía dar a la Comunidad.
La campana y las vecerías han estado relacionadas estrechamente. Hay que tener en cuenta que el pastoreo se hacía con la luz solar y los días tienen una variación constante en los sentidos creciente y decreciente.
A continuación se señalan las vecerías que había en Celada y las costumbres que se han seguido a lo largo de la historia para “echar las vecerías”, durante el tiempo que estaban encuadradas y salían al pasto. Se recuerda que las vecerías por la tarde regresaban, de forma tradicional hasta nuestros días como se señala en el mencionado texto de “La Despoblación de Carracedo” que dice : vio venir las vecerías que por la tarde regresan, los corderos y los jatos, luego las cabras y las ovejas, que en el camino hondo alzaban al paso gran polvareda, concluyendo con las vacas y la cabaña y las yeguas”.
LA CABAÑA:
Durante el periodo que salía de las cuadras al pasto, al principio de la primavera y finales del otoño-invierno, al poco de haber amanecido, si la helada no había sido fuerte, el “vaquero” hacía sonar “el cuerno”, en primera instancia desde su domicilio para seguidamente situarse en la punta del pueblo, Otero o Barrio, dependiendo el lugar que pretendía llevar la cabaña, efectuar otros dos/tres toques de “cuerno”, que resultaban muy sonoros, grave y peculiar, con sabor a tradicional.
Cuando el último vaquero dejó de prestar el servicio a la Comunidad, se recurrió a toque de campaña, un repique continuo, de unos tres a cinco minutos, que era la señal de “echar la cabaña”.
El toque de campaña de esta vecería lo hacía el “vecero” que guardaba en turno más adelantado en razón de la ubicación de las casas, siguiendo el giro contrario a las agujas del reloj.
LAS VACAS:
La comunicación a la Comunidad de “echar las vacas”, se hacía con la campaña de la forma y horarios siguientes:
Cuando las vacas estaban “abajo”, en las inmediaciones del pueblo (junio-julio) y salían al pasto a primera hora (sobre las 6), se volteaban las campanas, con lo que servían para despertar a los vecinos en primer lugar y seguidamente para “echar las vacas”.
La salida al pasto de las vacas por la tarde, sobre las 16:00 horas (15:00 hora solar o zulú), únicamente se hacía un repique con una o las dos campanas, durante unos 3 minutos.
En la primavera salían las vacas detrás de la cabaña y no se efectuaba toque alguno con las campanas ni otro signo.
El toque de las campanas de la salida de las vacas la efectuaba el “guarda”.
LAS OVEJAS:
La comunicación de salida de las ovejas, durante todo el año se efectuaba a través de la campana, mediante un repique de campanas de unos 3 minutos.
El encargado de efectuar el toque de “echar las ovejas”, era el “vecero” que guardaba en turno más adelantado en razón de la ubicación de las casas, siguiendo el giro contrario a las agujas del reloj.
LAS CABRAS
Salían inmediatamente después de pasar las ovejas por la última casa del pueblo en razón a la zona a donde se dirigían a pastar. No se efectuaba toque de campana ni otro reclamo.
LOS JATOS
Durante la primavera salían un poco antes que las ovejas y debido a la cercanía donde tenían la zona de pasto, El Espinal, cada propietario les llevaba hasta esta zona, por lo que no era necesario efectuar toque de campana.
Desde Agosto en adelante, que pasaban a la zona de Sovilla y Los Molinos, por la zarón anterior y porque por la tarde salían seguido de las vacas, no se utilizaba la señal de la campaña.
LOS CORDEROS
Salían por la mañana, seguido de las cabras, por lo que no precisaban más indicaciones
Desde el mes de Abril hasta Diciembre, por la variedad de vecerías que se atendía, era práctica normal que al menos una persona de cada casa estuviera de forma continua empleada en menesteres de la guarda de las “vecerías”, por lo que había que tener unas provisiones alimentarias para este fin y que resultaran, dentro de las limitaciones de cada momento, propicias para el traslado continuo.
El principal aliado para las provisiones de las “meriendas”, era el cerdo, que con mimo se cuidaba durante más de un año para servir, entre otras dietas como la mejor despensa en las meriendas con las “vecerías”. Era muy común levar de merienda.
- La tradicional tortilla de patata.
- Unas lonchas de jamón
- Un chorizo
- Un trozo de lomo (que se conservaba en aceite)
- Unos torreznos
- Un trozo de queso (que se fabricaba a nivel doméstico)
- Fruta.
- Pan y vino.
En años más cercanos a esta fecha se incorporaron otros alientos como las conservas y embutidos comerciales.
Durante los días más largos y que consecuentemente se permanecía más tiempo con los ganados en el campo, se hacían las siguientes comidas fuera de casa:
- Echar las diez (tomar un bocadillo acompañado de un trago de vino).
- Hacer la comida, sobre las 14 horas se hacía la comida principal y se daba cuenta de la tradicional tortilla seguido del resto de los alimentos que hasta ese momento se hacía pesado transportar, separando una ración para la merienda y una parte de la bota. Esta comida se hacía junto a una fuente y aprovechando el sesteo de los animales, que se tenían en las inmediaciones y siempre a la vista.
- Merendar, se hacía sobre las 19 horas y resultaba gratificante no levar más peso colgado del hombro-
El campo es uno de los lugares donde con más apetito y satisfacción se hacen las comidas a pesar de las incomodidades para encontrar el acomodo deseado pero entre el perro y el “vecero” se comían siempre toda la merienda.
Como medio para transportar la merienda los hombres empleaban el “zurrón” (bolsa grande de cuero que se colgaba del hombro a través de una correa ancha) y las mujeres la “bolsa” (bolsa grande de tela con dos anillas metálicas en la boca que se metían por el antebrazo). Tanto los zurrones como las mochilas eran incómodos de llevar. Las actuales mochilas de campaña se fueron introduciendo en los últimos años, por ajustarse mejor al cuerpo, contar con mayor capacidad y resultar más cómodas.
Si de todos es conocido que el perro es el mejor amigo del hombre, en Celada además de amigo ha sido ayudante, guardián, compañero y un inseparable e imprescindible apoyo para el control de los ganados.
Otras virtudes del perro como la fidelidad, la nobleza, la alegría, el altruismo, la inteligencia y la sensibilidad están acrecentadas y acrisoladas en el perro de las vecerías de Celada.
La función más destacada del perro en las vecerías es la de “carear” (dirigir el
ganado hacia algún lugar, echarlo de los prados, tierras...).
Las vacas conocían muy bien a cada perro que pretendía “carearlas” y dependiendo si éste mordía con más o menos fiereza le atendían con más o menos rapidez. Si el perro que pretendía conducir al animal hacia algún lugar concreto no era mordedor o se resistía en utilizar esta práctica, la vaca apuraba al máximo el tiempo y hurtaba los bocados de hierba prohibidos lo más posible hasta que el perro mostraba sus dotes de animal de presa y ante la mordida, en las patas traseras, la vaca salía corriendo, momento en el que el dueño del perro le daba la orden de que regresara.
Para “carear” los ganados
ovinos se requería que los perros no mordieran a las ovejas, corderos y cabras,
para evitar que se lastimaran y los perros eran muy conocedores de ello, ya que
tampoco es necesario, con la presencia del can en la zona, las ovejas salían
rápidamente de la misma dirigiéndose al lado contrario.
El aprendizaje de los perros en la función de “carear”a los ganados era una tarea que requería además de una especial destreza, continuidad en el tiempo y rigor. Por lo general tenía el perro más preparado y era más dócil el del “vecero” que tenía más continuidad en la guarda de los ganados.
Seguro que cada “vecero” con el que entablemos conversación en relación con actuaciones llamativas de los perros, nos cuenta innumerables anécdotas de situaciones curiosas que han tenido los perros en la guarda y custodia de los ganados en el campo. Como ejemplo voy a narrar una que recuerdo con agrado de un perro que había en casa:
El perro tenía por
nombre “Chombe”, era grande, de pelo oscuro y corto, noble y cn gran
sensibilidad, de los que no les gustaba morder a las vacas y éstas se resistían
a su carea hasta que le cansaban y finalmente se veía obligado a morder. Esto no
ocurría cuando la vaca que había que “carear” era de casa, que incluso llegaba
hasta ella y tras reconocerla la lamía el morro. Llegada la temporada que las
vacas se quedaban de forma continua en la Dehesa, desde finales de Septiembre en
adelante, el perro en cuestión también se quedaba con las vacas de casa que
reconocía y juntaba previamente. A las horas de la comida se venía a casa y
tras recibir su ración de pan y los huesos y demás desperdicios de la comida
familiar se volvía sin indicación alguna a su quehacer impuesto de guarda y
protección.
Todas las casas tenían al menos un perro para las tareas de “las vecerías” y los mismos han sido un cruce continuo de mezclas sin poder definir cual era la predominante. En los últimos años ha aparecido también para este fin el pastor alemán.
Estos mismos perros, cuando no eran utilizados como “perros de las vecerías”, acompañaban siempre a su amo en el resto de las labores del campo y al regresar a las casas se volvían fieles guardianes de la casa.