El Mundo de los Espíritus

Afirmó hace poco un profesor: "nunca conoceremos la religiosidad charrúa". ¿Por qué todavía hay gente tan pesimista? Las huellas están todas aquí: en las piedras, en la pradera, en los cerros, en las hierbas medicinales, en los ritos, en la memoria. La religiosidad de la nación charrúa está presente en mucha gente que ama nuestros paisajes sin preguntarse por qué. Para vivirla no se necesitaba memorizar un dogma, porque no hubo en esta cultura una institución religiosa estructurada con autoridades de fe, axiomas preestablecidos, ministros y predicadores; apenas un deseo de reencontrarse a sí mismos como parte de la Naturaleza; re-ligarse (re-ligare, re-ligiae) con el Cosmos, mediante el apoyo de ancianos y ancianas sabias que conocen de hierbas y de pájaros, de piedras y de arroyos, de gente y de destinos, y que además atesoran las memorias más antiguas. La religiosidad charrúa era, es, tan simple en su profundidad, tan similar a la religiosidad de cualquier otro pueblo que vive en comunidad, en paz consigo mismo y con su entorno, que requiere menos palabras que miradas al paisaje. No podemos describirla desde afuera: debemos meternos en su piel. En general la religiosidad de las comunidades libres no es la ciega obediencia a una institución, ni a un intérprete único e infalible, ni a un dogma cerrado. Es un nexo indefinible con los demás y con el entorno, es la conciencia de esa ligazón como una pertenencia a algo más trascendente que algunos pueden interpretar como la presencia de Dios, pero que es más adecuado en este caso llamarle "presencia de entidades espirituales que convergen", o mejor aún "energías que interactúan". En este mundo de los espíritus también actúan fuerzas malignas: son el aliento de viejos odios y frustraciones, y expresan la eterna lucha del Mal contra el Bien. En la religiosidad comunitaria el Bien como fin personal no puede entrar en contradicción con los otros seres humanos o con la Naturaleza porque entonces deja de ser el Bien. La presencia de fuertes fuerzas contrarias al bien común le enseñaba al charrúa que no todo está bajo control, que no todo responde a un plan del Bien; que a veces el Mal triunfa. ¡Que diga la Naturaleza si no es así! Sumemos a lo anterior el hecho de que los espíritus se comunican con nosotros. Eso creían, eso creen los charrúas. Los espíritus nos enseñan las propiedades curativas y nutritivas de las plantas, aconsejan, custodian el crecimiento de los seres vivos. Los espíritus de los abuelos que ya murieron, desde la tierra donde los sembramos para que descansen y germinen, despiertan muchas veces para ayudarnos, sea porque los convocamos, sea porque ellos mismos deciden que es necesario. A veces se incorporan en un pájaro, en un apereá, en una mariposa que se acerca a nuestro rostro; son señales de los venerables ausentes que sólo los ancianos que aún viven pueden ayudarnos a interpretar. Otras veces los espíritus se introducen en nuestros sueños; pero tampoco es fácil comprenderlos porque su mensaje se mezcla con nuestros propios anhelos, sobresaltos y temores. Un mensaje que llega en nuestro sueño puede ser interferido por influencias del ambiente exterior. Un sonido circunstancial, un perfume, un dolor corporal, una preocupación con la cual nos dormimos: estos y otros factores pueden alterar nuestra comprensión del mensaje y producir asociaciones de ideas muy curiosas y arbitrarias. Hay otros espíritus, más antiguos aún, en hierbas y piedras, en ríos y esteros. Esperan a veces pacientemente en la cumbre de nuestros cerros nativos y al encontrarlos culminamos un largo viaje hacia nosotros mismos. Hay aún otros espíritus, generalmente no tan antiguos, que no aceptan la muerte del que fue su cuerpo y vagan marcando su presencia en diversas formas, como apariciones o como sonidos. Rondan aquellos lugares donde vivieron, preguntando a su manera por las personas que recuerdan, aunque éstas quizás ya no estén entre nosotros hace mucho tiempo. Es que el tiempo mismo pasa de forma muy diferente para ellos. Pueden ser espíritus asustados, angustiados. Entonces se hacen luz mala, lamento angustioso, silueta sin cabeza, galope sin rumbo... piden ayuda o simplemente vagan aturdidos. Los charrúas conocían rituales para hacerlos descansar en paz. Hay espíritus traviesos. Se refugian en el árbol de la aruera, eso dicen los charrúas, y esperan una señal de complicidad, una actitud transgresora de nuestra parte, como acontece si decimos "buenas tardes " al alba o "buen día" al atardecer. Si actuamos así ellos nos respetan y nada malo nos acontece. En cuanto a los espíritus malvados, los que son expresión del odio y las tinieblas, también pueden fusionarse entre sí para ampliar sus poderes. Ellos no se incorporan en la gente "buena", que entrega su amistad y su amor sin dobleces, que odia sólo a los enemigos de la pública felicidad. No. Los espíritus malignos ocupan los cuerpos y mentes de la gente enferma de odio y ambición, o de la gente débil en sus convicciones; y al hacerlo la conducen a la destrucción de los otros, de la Naturaleza o de sí mismos. El odio, como el amor, va más allá de lo racional. Hay, por otro lado, espíritus guardianes en los túmulos, las tumbas y lugares de ritual. Pueden hacernos daño si los ignoramos, si no nos acercamos a esos lugares con el debido respeto. Y hay una categoría superior de espíritus que son en realidad la suma de poderes de todos los espíritus que comparten su senda; algo así como el Dios cristiano que es Uno y es Tres, porque entre los charrúas cada entidad espiritual superior es Una y son Muchos. Estos conglomerados de energías espirituales (que confluyen y se agrupan por afinidades), conforman tres entidades independientes: el Gran Espíritu del Bien, el Maligno y el Gualicho. Este último, suma de entidades muy sensibles a ofrendas y agravios, refleja las contradicciones y fatalidades de la Naturaleza. Es voluble y caprichoso como el clima de la pradera que tiene cuatro estaciones y bruscos cambios de tiempo, y es el protector especial al que debe evocarse para todo emprendimiento difícil. La energía lunar, espejo del Sol, energetiza a todos ellos. También lo hacen los antiguos ritos hoy ya casi olvidados. Religiosidad charrúa... ¡tan sencilla, más allá de sus detalles! Una puesta de Sol sobre el Uruguay, un amanecer en los palmares de Rocha, una tarde de verano cuando despierta el monte nativo, los gritos de los pájaros, la huella del puma cuando baja a beber, los ceibos blancos del Cebollatí, las fragancias yuyeras, el cielo explotando en estrellas, el contrapunto de grillos y ranas en los charcos, las cópulas animales del verano, las formaciones curiosas de los cerros, las nubes de formas misteriosas y cambiantes, las huellas de rituales milenarios en lo alto de un cerro o en la Meseta... el soplo de los espíritus que inclina tenuemente la carqueja... no es difícil de entender, si primero se siente. Que lo digan las abuelas, las del Sur o las que viven en las ásperas tierras del cuarzo norteño, en las rojas tierras fronterizas o junto a las pictografías de Chamangá y el Yí. Sí, la Luna energetiza a los espíritus. Por eso la pareja charrúa presenta a su hijito recién nacido, desnudo, a la primera luna llena; y su ombligo se entierra en la tierra natal. Allí los abuelos de los abuelos ya dormidos reciben el tejido orgánico que fue cordón nutriente y lo acomodan entre el polvo de sus propios huesos. La tierra entonces se enriquece y se renueva la esperanza de renacer. En ese entorno la víbora crucera vela las farmacias yuyeras, sobre el suelo virgen renacen el apereá, el tapir y el venado ... arriba vuela un águila mora. Sí, todo eso pasa, todo eso se siente en los espacios que nos quedan, donde todavía los espíritus de la maldad y la ambición no invaden con sus legiones de demonios y monocultivos. Los Espíritus del Mal alimentan la ambición desmedida de unos pocos hombres, los ciegan, no los dejan ver estrellas ni atardeceres, les impiden respirar fragancias. Entonces se puede inundar y destruir un lugar de ensueño para hacer una represa, tapar un paraíso con un monocultivo forestal, dinamitar un ecosistema único para encontrar una pequeña veta de oro que luego se procesará en piletas de cianuro; entonces se pueden detsruir antiguas pictografías, envenenar de agroquímicos los ríos, hacer de un plácido remanso, reserva de fauna y flora, un estridente camping con deportes motonáuticos y un vertedero de desechos plásticos. En esa línea se puede llegar hasta a mentir diciendo que es por el progreso de todos lo que es mezquina ventaja de unos pocos. Pero pese a todo, a cada pequeña victoria del Mal, hay un soplo tenaz de esperanza. Los charrúas dirían que los espíritus de los abuelos guardianes todavía son poderosos.

Material extraído del libro" Leyendas, mitos y tradiciones de la Banda Oriental" del historiador Gonzalo Abella Betum San Ediciones

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