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MARIO
ARREGUI
Hace 85 años nacía
Mario Arregui (1917-1985). Narrador por excelencia, encontró en
el cuento su forma de expresión. Para Arregui "el cuento es
la pedrada en el ojo" o "un piolín anudado" para
que quede "compacto, casi como un proyectil" que inevitablemente
deberá impactar en el lector.
Mario Alberto Arregui Vago nació el 15 de octubre de 1917 en Trinidad,
hijo de Martín Arregui Escondeur y Carolina Vago Cattaneo. Su infancia
y adolescencia transcurren entre la pequeña ciudad natal y el establecimiento
agropecuario de su padre. En él se familiariza con las tareas rurales
a las que se dedicará durante el resto de su vida casi sin interrupciones.
En Trinidad cursa estudios primarios y secundarios, tomando contacto,
ya en su primera juventud, con las ideas socialistas.
En 1935 se traslada a Montevideo con la finalidad de estudiar Derecho,
carrera que abandona al poco tiempo. "...eran años de la dictadura
de Gabriel Terra, en el 36 estalló la guerra civil española.
De a poco abandoné los estudios, solicitado por la política
y la literatura. En el 37 o 38, en el movimiento de ayuda a la República
Española, me hice comunista", recuerda el escritor.
Libros y compromisos
En 1938 viaja por el norte de Argentina y por Paraguay. Entre 1945 y 1946
alterna en las peñas de la Plaza de Cagancha, en los cafés
Metro y Libertad. En ellas participan los escritores Juan Carlos Onetti,
Francisco Espínola, Líber Falco --a quienes Arregui admiró
profundamente--, Carlos Denis Molina, Luis A. Larriera, José Pedro
Díaz, Amanda Berenguer, María Inés Silva Vila, y
Carlos Maggi, entre otros.
En 1947 se casa con la poetisa Gladys Castelvecchi, unión de la
que nacen cuatro hijos: Martín, Alejandro, Vanina y Román.
Aunque vive en su estancia de Flores viaja con mucha frecuencia a Montevideo,
colaborando con publicaciones como Clinamen y Número, cuya editorial
publicará su primer libro "Noche de San Juan y otros cuentos"
(1956). En 1959 se adhiere en forma entusiasta a la Revolución
Cubana y milita en los movimientos de solidaridad con el gobierno de Fidel
Castro. En 1971 viaja a Cuba y Europa, y sus recuerdos y reflexiones quedan
registrados en un relato publicado muchos años más tarde
en "Ramos Generales". En los siguientes años parecen
sus libros "Hombres y caballos" (1960), "La sed y el agua"
(1964), "Tres libros de cuentos" (1969), "El narrador"
(1972). En 1973 recorre Perú y Chile y vive de cerca los últimos
tiempos de la experiencia socialista encabezada por Salvador Allende.
De regreso a Uruguay, después del Golpe de Estado, es detenido
por algunos días en Trinidad. Divorciado de su primera esposa años
antes, contrae matrimonio con Dora Bessonart. En 1977 es encarcelado nuevamente,
y torturado, durante ocho meses en unidades militares con asiento en Trinidad
y Colonia.
A fines del año siguiente sufre un serio quebranto
de salud. Luego de años de silencio editorial recoge en volumen
una nueva serie de relatos: "La escoba de la bruja" (1979).
Entre 1981 y 1984 algunas publicaciones periódicas que surgen al
amparo de la lenta apertura hacia el fin del régimen militar, publican
nuevos cuentos de Arregui.
El 8 de febrero de 1985 muere en Montevideo. Tenía
preparado un volumen de cuentos y artículos que será publicado
varios meses después: "Ramos Generales".
Literatura a secas
Más allá de esta somera biografía, la existencia
de Mario Arregui estuvo signada por la necesidad de expresarse en ese
acotado margen que implica el cuento. "Era cuidadoso con las ideas
y puntilloso con el lenguaje. Podía buscar días enteros
una palabra, o podar una idea con cuidadosísimo bisturí,
para dejarla clara, sin posibilidades de mala interpretación",
recuerda su hijo, el plástico Martín Arregui, quien también
alternara en periodismo colaborando con LA REPUBLICA. Convicción
que lo llevaba a afirmar:
"Los novelistas tienen la puerta abierta para contar pavadas y llenar
páginas con cosas obvias, los poetas tienen permiso para amontonar
palabras descomprometidas e imágenes irresponsables o intercambiables;
los que no podemos joder, los que sudamos y sufrimos, los "en serio"
somos los cuentistas".
Su hijo Martín lo recuerda como el "peor
mecanógrafo o alguien que teclea, un golpe cada diez o quince segundos,
con un solo dedo y buscando cada letra en el teclado. Para colmo tenía
--en eso-- la manía de la pulcritud.
Una palabra mal escrita, una letra corrida, implicaba
casi siempre rehacer la página. Hacía de ese modo, con paciencia
infinita, sucesivos borradores.
Luego los corregía a lápiz. Primero a grafo,
luego rojo, por último azul.
Empezaba entonces otra pasada en limpio. Podía
hacer diez, doce, veinte. Cuando daba por terminada una página
no había una coma, un acento, que no estuviera allí por
razonada convicción". Y esa empecinada convicción lo
llevó a afirmar:
"La materia de mis cuentos puede ser criolla pero
el producto elaborado no es literatura criollista, tal lo creo, sino literatura
a secas, buena o regular o mala literatura sin apellido".
Diario La republica
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