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JUAN ANTONIO LAVALLEJA
Prócer de la independencia, Jefe de los Treinta y tres Orientales y miembro
del Triunvirato de Gobierno de 1853.
Respecto a la fecha de su nacimiento, el historiador A.H.Vidal la fija el
24 de junio de 1784 en Santa Lucía (Dpto de Minas), coincidiendo en varios
de talles con lo que expresa el registro de bautismos constante en la iglesioa
de Minas. En él se dice que el 8 de julio de 1874, en esa Capilla de la
Purísima Concepción de las Minas, el cura Juan Tomás Chiasuca bautizó solemnemente
a Juan Antonio, de algunos días de nacido, hijo legítimo de Manuel Pérez
de La Valleja y de Ramona Justina de la Torre, españoles ambos.
Su padre era un estanciero acomodado que poseía campos sobre la sierra,
en las proximidades del pueblo.
Partícipe de las faenas rurales, robusto mozo, aunque de estatura no muy
aventajada, excelente jinete, el alzamiento patriótico de su país respondiendo
al grito del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, tuvo en Lavalleja desde
la hora prima un decidido y entusiasta soldado, que peleó en Las Piedras
y que en 1813 era ya oficial de la División de Manuel Francisco Artigas.
Promovido al grado de capitán el 1º de abril del año siguiente, se le encuentra
sirviendo en la 1ª compañía del regimiento de infantería 1º.
A las órdenes de Fructuoso Rivera en la lucha entablada entre Artigas y
los porteños centralistas, tuvo el cometido de mantenerse sobre las huellas
del coronel Manuel Dorrego, hasta que en los campos de Guayabos, éste se
vió obligado a dar batalla para perderla y salir en derrota perseguido por
Rivera vencedor, el 10 de enero de 1815.
Sobrevino el año 16 la invasión portuguesa, si no sugerida, bien vista,
a lo menos, por los enemigos de Artigas allende el río, y Lavalleja supo
desempeñarse con buen éxito contra los extranjeros en la región minuana,
sus pagos de origen,cuyas abruptas sierras las conocía como la palma de
su mano.
En 1817, capitán comandante de escuadrón, se sostuvo vigorosamente junto
a Rivera en el Paso de Cuello, contra muy superior número de soldados portugueses de Lecor.
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El 3 de abril del 18, una fuerza del teniente Oliverio Ortíz que marchaba
a Paysandú, desprendida del ejército de Curado, sorprendió a Lavalleja en
las puntas del arroyo Valentín (ahora es en Salto) y lo hizo prisionero.
El general enemigo lo remitió a Montevideo, vía río Uruguay abajo, con segura
custodia y con barra de grillos. Lecor, por su parte, sin dejarlo bajar
a tierra, lo trasbordó en la primera oportunidad a Río de Janeiro, donde
quedó confinado en un pontón. Una hermana suya y su esposa Ana Monterroso,
mujer varonil y patriota, siguieron al preso a la capital brasileña.
Ensayando en la Corte los trabajos de atracción del elemento vencido, que
le tenía recomendado a su general Lecor, el príncipe regente -futuro rey
Juan VI- dulcificó la prisión de Lavalleja transfiriédoselo a la Isla Das
Cobras, y hasta parece que llegó a dispensarle algunas atenciones de índole
personal.
Después de estar 3 años prisionero, en 1821, pacificada ya la Provicia Oriental
que se incorporaba al Reino Unido, se autorizó su vuelta a Montevideo.
Llegado al país tomó servicio en el Regimiento de Dragones, cuyo jefe era
el coronel Fructuoso Rivera, con empleo de teniente coronel y funciones
de 2º jefe.
Cuando proclamada la independencia de Brasil para constituírse en Imperio,
estalló en 1822, una discordia entre Lecor, portugués que apoyaba el nuevo
régimen, y Da Costa, que se conservaba fiel a Portugal; Lavalleja estuvo
con Lecor, siendo uno de los militares que firmó el acta de aclamación y
reconocimiento a Pedro I como emperador de Brasil, suscrita por su unidad
en el arroyo de la Virgen el 17 de octubre de 1822, conforme la firmaron
todos sus compañeros y su comandante.
Más tarde aprovechó la oportunidad para ausentarse de la provincia y pasar
a Buenos Aires en 1824, por lo cual las autoridades imperiales lo declaraon
desertor confiscándole los bienes.
La presencia de un jefe de los antecedentes de Lavalleja, significaba mucho
para la emigración oriental repartida en todas las Provincias Unidas, y
los planes de revolucionar la Cisplatina, que lentamente se venían tejiendo,
cobraron visos de posible realidad.
Hallábanse en vías de concretarse cuando las dianas de Ayacucho anunciaron
que la liberación de América del yugo de España se había consumado al fin.
Exaltó la fibra íntima de todos este clamoroso triunfo, y un vigor nuevo
vino a inflamar el corazón de aquellos infelices "sin patria".
Revovadas y activadas las inteligencias de los patriotas emigrados con los
jefes que tenían algún mando en la Banda Oriental y se hallaban dispuestos
a secundar una tentativa de revuelta, tanteando y tal vez apalabrando antes
que nadie al coronel Fructuoso Rivera, jefe de unos de los mejores cuerpos
de línea con que contaba del gobernador Lecor, y poseedor de su plena confianza,
se logró al mismo tiempo y tras muchos esfuerzos, el dinero necesario para
el equipo de la pequeña expedición que desembarcando en la costa oriental,
debía provocar el levantamiento del país contra los odiosos ocupantes.
Lavalleja fué el elegido para jefe de la peligrosa misión, recomendado por
su temerario valor y su probada audacia.
La épica hazaña se realizó el 19 de abril de 1825, tomando tierra en la
orilla del río Uruguay, playa de la Agraciada, con unas pocas armas y al
frente de un grupo de 32 compañeros, en su mayoría jefes y oficiales.
Comprendiendo Lavalleja que los factores sorpresa y rapidez eran decisivos,
apenas montados sus hombres en los caballos que se les arrimó a la costa
por diligencia de los hermanos Manuel y Laureano Ruiz, se emprendieron operaciones
ofensivas, atacando y venciendo el 23 a Jukián Laguna y Servando Gómez en
el pueblo de San Salvador, logrando al día siguiente entrar en Santo Domingo
de Soriano y seguir luego en busca del coronel Rivera, al cual se encontró
en el paraje Monzón el día 29. Tras corta entrevista entre los antiguos
compañeros y amigos, Rivera quedó incorporado a las fuerzas patriotas con
los soldados a sus órdenes.
La adhesión de Rivera, atento su gran prestigio y sus vinculaciones en la
campaña, equivalió sin duda alguna a su primera batalla ganada.
Es un punto controvertido si Rivera fue sorprendido y hecho prisionero por
Lavalleja en Monzón, como lo dice éste en una carta a su esposa fechada
en San José el 2 de mayo, y en tales circunstancias Rivera optó por plegarse
a las huestes invasoras, o si aquello vino a ser consecuencia de un arreglo
previamente concertado, como parece más natural, pues Rivera necesitaba
al menos salvar las apariencias.
El brigadier Rivera, como jefe de Lecor, que el 13 de febrero había hecho
pública una "Manifestación" reiterando sus compromisos contraídos con el
Imperio Constitucional del Brasil, para "desmentir a los anarquistas empeñados
en extraviar la opinión de los pueblos", necesitaba algún justificativo
para su cambio de frente y ese justificativo vino a hallarse en la pretendida
sorpresa y prisión que lo dejaba a merced del adversario.
Prosiguiendo las operaciones con idética actividad pero ya acrecentadas
sus fuerzas, las villas de San José y Canelones, cayeron en poder de los
patriotas, y el 14 de junio era establecido en Florida, un Gobierno Provisorio
bajo la presidencia de Manuel Calleros, que ascendiendo a Lavalleja a brigadier
general lo confirmó en el mando en jefe que ejercía de hecho, mientras Fructuoso
Rivera, con grado de general, entraba a ser Inspector de Armas.
Desconocidos los actos de incorporación al Brasil el 25 de agosto de 1825,
la Sala de Representantes proclamó la independencia de la provincia y de
inmediato declaró su unión con las demás del Río de la Plata.
Rivera ganó la acción de Rincón de Haedo el 24 de setiembre y el 12 de octubre
Lavalleja obtuvo el hermoso triunfo de Sarandí (en la esquina de Sarandí
y J.C.Gómez hay una placa recordatoria, que se conoce muy poco, allí está
el grito de guerra de Lavalleja a sus hombres: Sable en mano y carabina
a la espalda.
Los sucesos se precipitaron entonces y el gobierno de Buenos Aires, constreñido
por la creciente presión de la opinión pública, vióse en el caso de intervenir
en la lucha aceptando la Provincia Oriental como unida a las otras, lo que
significaba una guerra con el Imperio brasilero.
El Ejército de Observación destacado hasta entonces en la costa del Uruguay,
atravesó el río en enero de 1826, abriendo las hostilidades.
En el interinato ya habían surgido las primeras disensiones entre Lavalleja
y Rivera, que si bien se acallaron enseguida, quedaron en un punto en que
volverían a estallar.
Lavalleja fue destinado al Ejército Republicano precisamente para alejarlo
de la política y marchó a la campaña de Río Grande, tocándole hallarse en
la jornada victoriosa de Ituzaingó el 20 de febrero de 1827.
Poco tardó en desavenirse también con el general Carlos Mª de Alvear, acrecentándose
por ese motivo la inacción del Ejército Republicano, mientras los imperiales
se preparaban activamente para reabrir las hostilidades. Hubo necesidad
de retirarse a cuarteles de invierno en Cerro Largo.
Lavalleja, por su lado,sentó reales en Durazno, hasta que a la separación
de Alvear, en julio de 1827, ocasionada por un cambio en la política de
Buenos Aires, fue investido con el mando supremo del Ejército Republicano,
en momentos en que se hallaba en la capital porteña; y al procederse el
6 de julio a la elección de presidente provisorio de las Provincias Unidas,
Lavalleja obtuvo 4 votos.
Envuelto en un torbellino de disidencias y ambiciones de la época, deseoso
naturalmente del mando y sin las luces que son atributo escencial de los
hombres de gobierno, el general Lavalleja se extravió pronto en una serie
de violencias de orden político-administrativo, culminados en la disolución
de la Junta de Gobierno que presidía Joaquín Suárez, ejecutada por su órden
el 12 de octubre de 1827.
Felizmente, la Convención Preliminar de Paz del 27 de agosto de 1828, que
se convino entre el Imperio y las Provincias Unidas, cambió las normas gubernativas
de la Provincia.
Lavalleja depuso la dictadura y el general Rondeau se hizo cargo del Gobierno
Provisorio el 1º de diciembre.
Lavalleja reincidió en sus propósitos, sin embargo, donde sus partidarios
eran mayoría, lo nombraron Gobernador con poderes dictatoriales. Sucedió
el 17 de abril de 1830, con el consiguiente escándalo político.
Desvanecidas sus esperanzas de llegar a la presidencia de la República recién
creada, puesto que ocupó el general Rivera, por elección, el 24 de octubre
de 1830, el héroe de Sarandí no atinó a tomar posición de buen perdedor
conforme a las leyes de la democracia, poco familiares en aquellos tiempos,
desde luego.
El máximo favor de los dioses, "morir a tiempo", no le fue concedido precisamente
al jefe de los Treinta y Tres Orientales. ¡Que hermosa carrera la suya,
de haber terminado en Ituzaingó, en una arrolladora carga al frente de sus
soldados, como Brandzen!. Vivió en cambio casi 30 años más, toda una vida,
que no agrega nada a la gloria de los 20 años bien servidos de su actuación
anterior, vida en la cual, por otra parte, se han resistido a ahondar casi
siempre sus biógrafos.
Pronunciado contra el órden institucional en julio de 1832, ganó la prioridad
de rebelde a los poderes constituídos de su patria y fue derrotado y obligado
a refugiarse en el Brasil. En 1834 reincide en su actitud, invadiendo la
República con el auxilio de un gobierno extranjero enemigo del país, para
finalizar de igual forma que antes.
El valeroso guerrero había caído en esa época dentro de la órbita de influencia
funesta del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, que lo manejaba,
que le proporcionó o le prometió elementos bélicos para sus desgraciadas
expediciones y se encargó de seguir alimentando sus esperanzas de revancha.
Rosas se valió de él, que seguía emigrado en Argentina, en la primera época
de la presidencia de Oribe -1835/36- usándolo como elemento de amenaza contra
éste.
Sin embargo, cuando el general Rivera alzó pendón de guerra contra el gobierno
de Oribe, a mediados del año 36, su actitud tuvo una completa variante y
vino a ofrecer su espada a Oribe, desembarcando en Colonia el 1º de agosto
de 1836 al frente de un centenar de hombres, cuya reunión le facilitaron
las autoridades del Gobernador de Buenos Aires.
Venía Lavalleja transformado en un entusiasta hombre de Rosas, según los
términos del manifiesto que dió al país en esos momentos, y así lo expresa
el Dr. Eduardo Acevedo.
Fue restablecido en su grado del ejército nacional, del que había sido radiado
y compartió con el general Ignacio Oribe los laureles de Carpintería, el
19 de setiembre de 1836, y la responsabilidad de la derrota de Palmar, el
15 de junio de 1838.
En octubre del 38, cuando el presidente Oribe renunció el poder, Lavalleja,
previa entrega a los riveristas de la plaza de Paysandú, cuya defensa le
estaba confiada, se fue de vuelta a la Argentina para ponerse al servicio
directo del tirano Rosas, y sólo tornó a la patria con el ejército del general
Pascual Echagüe, como jefe de la caballería, en la invasión de 1839.
En la proclama que entonces hizo pública, aseguró a los habitantes del país
que nada tenían que temer del ejército argentino invasor, qué sólo anheleba
la destrucción del vándalo Rivera, y de los forajidos salvajes unitarios,
feroces enemigos de la Independencia Americana".
Tuvo sitio en el ala derecha argentina en la batalla de Cagancha, donde
el 29 de diciembre el ejército invasor sufrió una estrepitosa derrota y
su actuación en la jornada no fue nada feliz. El general Manuel Oribe, en
carta datada en Mandisoví, lo acusó abiertamente de ser "el único causador
del desastre", pero este juicio absoluto debe tomarse con reservas por obvias
razones políticas. No convenía a Oribe cargar demasiado al jefe rosista.
En la Argentina, después del desastre, continuó sirviendo a las órdenes
de Echagüe, y el día en que éste fue vencido en Don Cristóbal por el general
Lavalle en 1840, Lavalleja era Jefe de Estado Mayor Divisionario del Ejército
Oriental que integraba las fuerzas del tirano.
El largo período de la Guerra Grande transcurrió oscuramente para el jefe
de los Treinta y Tres Orientales.
Residente en el campo del Cerrito, donde tenía su pretendido gobierno legal
el ex-presidente Oribe, pasó desapercibido de todos- y si hemos de dar crédito
a la palabra de Antonio Díaz- hasta sufrió verdaderas privaciones materiales.
Después de la paz del 8 de octubre de 1851, fue dado de alta del ejército
como brigadier general, confiándosele la Comandancia Militar de los departamentos
de Cerro Largo, Minas y Maldonado con fecha 5 de noviembre, y luego, en
febrero de 1852, se le nombró Comandante de la 2ª Sección Militar por unas
cuantas semanas.
Desvinculado de ambos bandos tradicionales por esta época, pese a que blancos
y colorados reclamen para sí lo que ya era una reliquia de los tiempos heróicos,
el coronel Melchor Pacheco y Obes, que en esos últimos años tenía mucho
ascendente sobre el débil espíritu del anciano brigadier, lo incluyó entre
los miembros del Triunvirato de Gobierno que el 25 de setiembre de 1853
vino a sustituír al gobierno constitucional de Francisco Giró, pero antes
de cumplir un mes en sus funciones, el 22 de octubre de 1853, Lavalleja
falleció repentinamente mientras despachaba en el fuerte de Gobierno.
La posteridad, sin mirar en Juan Antonio Lavalleja nada más que al capitán
de Artigas, al jefe de los Treinta y Tres Orientales y al general de Sarandí,
ha inscripto su nombre en la Gran Lista de la Patria, consagrándolo como
uno de los próceres de la Independencia Nacional. Minas, la ciudad de su
cuna, le erigió en la plaza principal, el 12 de octubre de 1902, la primera
estatua ecuestre levantada en la República y por ley de 1927, el departamento
de Minas tomó la denominación de Lavalleja.
JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ SALDAÑA
Diccionario Uruguayo de biografías 1810-194
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