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¿QUIÉN FUE EL NEGRO
ANSINA?
La obra poética de Joaquín Lencina, el más estrecho
colaborador de José Artigas, fue primero ignorada, después
cuestionada en su veracidad y finalmente, cuando la evidencia de su existencia
se volvió incuestionable, nuevamente ignorada.
Duro destino el de los afroamericanos. Si Joaquín Lencina no hubiera
nacido negro nadie hubiera puesto en duda la veracidad de las recopilaciones
que Hammerly Dupuy hiciera de sus poemas, y éste mismo gozaría
de mayor celebridad en la historiografía uruguaya por devolvernos
una fuente esencial para saber más de nosotros mismos.
Pero la poesía de Ansina sobrevive a sus detractores y al prejuicio
de los teóricos que se niegan a reconocer la posibilidad misma
de que un negro esclavo fuese a la vez un hombre culto de su tiempo.
Que yo sepa, esta es la quinta vez que se cita o se editan total o parcialmente
los poemas de Ansina. Se hace mención a alguno de estos poemas
(pero sin asegurar su autenticidad) en un trabajo de Bralich (1987) titulado
"Breve Historia de la Educación en el Uruguay". En las
entregas periódicas sobre Artigas publicadas por el diario "El
País" (1999) se pasa rápidamente sobre este tema y
da la impresión de que no se le da importancia al hecho de investigar
su autenticidad.
En cambio, los poemas de Ansina son sólido sustento en el trabajo
del profesor Jesús Perdomo sobre "Francisco de los Santos,
el Chasque de Artigas" (Ed. Fin de Siglo e IMR, Rocha, Uruguay, 1994).
Se reproducen todos los conocidos en "Ansina me llaman y Ansina yo
soy" (equipo de autores, Ed. Rosebud, Montevideo, 1996). Por supuesto
aparecen parcial o totalmente en aquellos trabajos de Hammerly Dupuy más
conocidos: "Rasgos biográficos de Artigas en el Paraguay"
("El País", 1950, Montevideo), y "Artigas en la
poesía de América" (Ed. Noel, Buenos Aires, 1951) de
donde transcribimos los textos originales.
Aún hoy muchos autores prefieren no referirse a estos poemas, a
pesar de que desde Entre Ríos y Río Grande do Sul aparecen
confirmaciones permanentes de que dicho material existía y se conocía
desde antes, y múltiples testigos presenciales recuerdan que efectivamente
Ansina escribía, ejecutaba el arpa y la guitarra y era payador.
El propio Andrés Guacurarí, guaraní cristiano que
llegó a ser gobernador de Misiones y Corrientes dentro de la Liga
Federal, hace alusión a la fama payadoresca de Ansina.
Hay además un hecho incontrastable: los poemas de Ansina aportan
datos históricos que sólo mucho después se lograron
conocer como tales. Hammerly Dupuy no pudo adivinarlos. La pérdida
de los originales después que este investigador copiara una parte
no es un hecho excepcional en el Paraguay de entre dos siglos: fue en
muchos casos la regla. Además la honorabilidad de Hammerly Dupuy,
que era un conocido pastor protestante autor de innumerables trabajos
sobre viajes y temas de lo más diversos, no puede ponerse en duda.
Por último para un hombre como él, que estudió las
pirámides de Egipto y las culturas subsaharianas, que se dedicó
a evangelizar en los lugares más remotos, los poemas de Ansina
no le iban a dar mayor notoriedad y mucho menos una ganancia acorde al
colosal esfuerzo de invención que hubiera supuesto armar versos
de vivac y de camino, no siempre bien hilvanados y hasta sin rima en muchos
casos, reconstruyendo una época y una vida desde la pobre documentación
a la que se tenía acceso por entonces.
Lo anterior no significa que Hammerly no haya podido caer en la tentación
de excluir algún poema cuyo contenido no coincidiera con sus teorías
sobre "la cruel tiranía del dictador Francia" o algún
verso que mostrara en Ansina elementos de religiosidad sincrética
ajenos al cristianismo cuya difusión era para Hammerly el eje de
su trabajo pastoral.
En el trabajo de Rosebud ya mencionado, con el fin de demostrar la autenticidad
de estas reproducciones de Hammerly, Caula analiza lo siguiente:
"...el encuentro entre Artigas y el jaguareté en La Herrería
tuvo cuando menos dos testigos directos. Ambos, Joaquín Lencina
y Ramón de Cáceres lo contaron seguramente por la misma
fecha cada uno a su manera. La versión del primero vio la luz como
se sabe en 1951, la del segundo en 1959 en una publicación para
entendidos en la materia. Podríamos preguntarnos también
cuál es la diferencia de estructura y lenguaje de los versos Canto
al triunfo federal de Saucesito (publicado en 1933 en La Nación
de Argentina y perteneciente en realidad a Ansina) con el resto de sus
composiciones."
También se alude allí al dato (suministrado por el maestro
Britos) de los dos periodistas uruguayos que en Corrientes en 1982 se
encontraron con un indio misionero guitarrero y cantor que citaba de memoria
las décimas de Andrés Guacurarí en las cuales este
líder federal se refiere a la fama de compositor de Ansina.
Hoy, apenas cinco años después de aquel trabajo y gracias
a la ayuda de descendientes de Ansina y de Ledesma y a investigadores
afrobrasileños, sabemos mucho más y entendemos mejor.
Debe hacerse una advertencia adicional sobre el estilo de estos poemas.
Ansina aprendió a leer y escribir en lenguas europeas castizas,
pero hablaba el lenguaje gaucho de su época y de su pago. Quiero
decir que no escribía como hablaba. Términos guaraníes,
charrúas, bozales, portugueses, españoles arcaicos y hasta
quíchuas eran comunes en el habla rural de la Banda Oriental y
el Entre Ríos, en diferente proporción en cada paraje. El
mundo gaucho era a la vez fusión y coexistencia fraterna de las
culturas discriminadas.
Cuando Ansina tomaba la pluma y el tintero, frente al papel cambiaba su
léxico y su forma de expresión. Algo similar le acontece
a cualquier adulto que se enfrenta a un sistema comunicacional que no
es el usual para él. De este modo, la poesía de Ansina registrada
por él mismo en el papel perdió definitivamente la musicalidad
y la gracia original, preservando en cambio el valor testimonial y afectivo.
Precisamente el valor testimonial es lo que aquí nos interesa.
Leyendo a Ansina nos damos cuenta de que la poesía gauchesca, que
reproduce la terminología y los giros rurales de la pradera y la
pampa, no la crearon los gauchos sino intelectuales nostálgicos
que habían convivido en los fogones y reconstruyeron un habla que
no era la propia. Tal el caso del oriental Bartolomé Hidalgo y
del argentino José Hernández. En este sentido la cuna de
la poesía gauchesca fue Buenos Aires.
Sin embargo, algunos poemas de Ansina juegan con el portugués y
otros con el guaraní, mostrando su versación en ambos idiomas.
Son los menos en la versión que conservamos. Hammerly Dupuy reconoce
que los que estaban totalmente en guaraní no los transcribió,
y que luego lamentó no haberlo hecho.
Una historia prejuiciosa ha creído que los esclavos afroamericanos
del siglo XVIII ignoraban lo que ocurría en su región y
que menos aún sabían sobre el mundo exterior. ¿Cómo
explican entonces la revolución haitiana?
Para todos los afroamericanos de la América Austral era cuestión
de vida o muerte saber qué estaba pasando en Europa.
Los negros gauchos cimarrones de la Banda Oriental, por ejemplo, vivían
en una pradera que era frontera oceánica, y al igual que indios
y criollos orejanos estaban vinculados por el tráfico de cuero
y sebo a los comerciantes franceses, holandeses e ingleses. No sólo
conocían lo que había ocurrido en las Colonias Norteamericanas
en 1776 y en Francia en 1789; también sabían que a la alternativa
de debate democrático abierto por entonces se le superponía
otra posibilidad para muchos más seductora: la violencia autoritaria
al revés, de los pobres contra los ricos; la dictadura jacobina
que encabezó Robespierre en Francia en 1792.
El recurso de la violencia centralizada de un pequeño grupo que
asume la representatividad de los pobres contra los poderosos no sedujo
a Artigas, que optó por un modelo federal más indígena
y descentralizado, pero sí cautivó al doctor Gaspar Rodríguez
de França en el Paraguay. Por algo este último cambió
su apellido para llamarse "Francia". El Gobierno del Dictador
Supremo del Paraguay, en la cabeza de él mismo era una "dictadura
al revés", mezcla de jacobinismo y franciscanismo radical,
para liberar al pueblo y no para oprimirlo. Muchos pensadores socialistas
europeos del siglo XIX, entre ellos el propio Marx, también pensaron
en una dictadura transitoria de los más pobres y explotados como
solución radical a la desigualdad y la explotación..
El modelo radical que venía de la Francia jacobina actuaba en nombre
del pueblo; en cambio el modelo federal que venía de los pueblos
originarios de América, inspiradores de la revolución norteamericana
y de la propuesta artiguista, convocaba a los pueblos; y este plural de
pueblos (en Norteamérica al principio, en Artigas siempre) suponía
la alianza multicultural para un proyecto descentralizado de respeto mutuo
entre comunidades y pueblos diferentes.
Todos hablaban de un mundo convulsionado. Las nuevas ideas no se discutían
sólo en las logias porteñas y en el secreto del claustro
franciscano; también los pobres y los marginados del campo y la
ciudad iban armando su propia visión y se entretejían redes
solidarias entre los discriminados y postergados. Pueblos originarios
que seguían "infieles", nuevos pueblos de indios cristianos
y grupos comunitarios afros animistas forjaban alianzas que luego la historia,
contada desde las ciudades, no advirtió. Pero estas alianzas horizontales
y ecuménicas son un mandato para el siglo XXI.
Al nacer el siglo XIX Ansina cumple 40 años. Por entonces, debilitados
los lazos regulares de estas tierras con España por las guerras
en el Viejo Continente, las instituciones coloniales creadas por la Reforma
Borbónica viven una puja interna entre tres fuerzas que pugnan
por su control, con desiguales posibilidades: los monárquicos,
los independentistas urbanos y los partidarios de la participación
de las culturas discriminadas y oprimidas en la administración
de sus propios asuntos. Entre los exponentes de esta tercera corriente
están algunos sacerdotes radicales, Artigas y Ansina.
La historia de estos años es un juego de ajedrez en que las tres
cosmovisiones enfrentadas procuran mover sus piezas en el tablero americano
ocupando posiciones de poder; todavía no se plantea el jaque al
Rey, sino que cada cual prepara sus fuerzas. Las cabezas jerárquicas
(obispos, virreyes y gobernadores) son en general leales al Rey; allí
no hay lucha. En cambio el forcejeo silencioso de realistas con logias
urbanas y culturas discriminadas se da en otros espacios de poder que
también son claves: el bajo clero, los cabildos locales y la oficialidad
con mando directo de tropa.
¿Era Ansina un líder religioso y espiritual? En su poesía
nos da algunas claves para reflexionar. "Sólo Artigas sabe
hacia dónde voy", afirma, lo cual desmiente claramente el
papel explícito de edecán-sirviente que le atribuye la Historia
Oficial.
En su último poema conocido se proclama cristiano y dice que muy
pocos siguen el verdadero mensaje de Jesús, y por otra parte añade
que él "nuca adoró dioses sentados". Esta curiosa
afirmación me llevó a consultar a expertos en animismo africano.
Se me explicó que los dioses imperiales mucha veces aparecen sentados
en tronos, mientras que los espíritus que están cerca del
pueblo caminan junto a él.
Al excluir a los "dioses sentados" entre los objetos de su culto,
Ansina no renuncia a todo el animismo africano, más bien toma partido
dentro de él por los espíritus solidarios y caminantes.
Esta hipótesis que sostengo se adecua además al contexto
en que Ansina vivió, especialmente a la cosmovisión de resistencia
de los afrobrasileños entre los que se terminó de formar
su fuerte personalidad.
No es de extrañar que Ansina en su poesía cite frases bíblicas
y evoque episodios de la historia europea más antigua. Muchos esclavos
y libertos estaban en condiciones de hacerlo. Es debido a esta influencia
europea que Ansina, al mismo tiempo que condena el colonialismo y la esclavitud,
vertió cierta vez frases de admiración hacia Cristóbal
Colón, sin advertir la esencia criminal de su empresa de 1492.
Tampoco es de extrañar la cautela de Ansina en sus versos escritos
en el Paraguay; allí es parte de un grupo exiliado, sobreviviente
de un proyecto federalista y multicultural que no coincide en sus métodos
con el proyecto del gobierno paraguayo. Por ello, los poemas de sus últimas
décadas son sobre todo de evocación, para guardar la memoria
de aquella gesta hoy derrotada pero en espera de tiempos mejores que -él
fue convenciéndose de ello- ya no vería con sus ojos debilitados
ni viviría para esperarlos.
No sería de extrañar tampoco que el conjunto de los orientales
artiguistas le hayan encomendado a Ansina esa misión testimonial.
Eso explicaría el celo de Ledesma por guardar los manuscritos en
los años terribles de la Triple Alianza y quizás vinculen
a Ansina con Lorenzo Ponchito y sus misteriosos papeles guardados en un
buche de ñandú.
En cuanto a mí, he tratado de relacionar varias líneas de
investigación para hacer un aporte a este fascinante patrimonio
documental. Básicamente ellas han sido:
- La revisión crítica de los textos de Ansina en la única
versión que disponemos, o sea la del propio Hammerly.
- El aporte que me ha brindado el Movimiento Unificado Negro do Brasil
gracias a los contactos de este movimiento con Mundo Afro especialmente
durante 1997; así pude reconstruir la vida y las conspiraciones
afroamericanas en los ingenios paulistas donde Ansina vivió.
- Los vínculos continentales y extracontinentales del movimiento
de resistencia afroamericano, desde Palmares y Cartagena de Indias hasta
el siglo XIX.
- Las características de la Banda Oriental rural en los siglos
XVIII y XIX, tierra difícil de controlar, refugio de perseguidos,
pradera de contrabando y frontera oceánica, es decir, privilegiado
lugar de circulación informativa.
- El ajedrez político que empiezan a jugar las culturas discriminadas
que pasan de la fase de cooperación ingenua con el invasor a la
fase de resistencia armada y luego a una combinación de métodos
de lucha, integrando sociedades de resistencia, multiplicando contactos
y redes solidarias, enmascarando sus ritos y procurando que su gente o
sus aliados ocupen puestos claves en cabildos locales, fuerzas armadas
y aún en el bajo clero.
- Los aportes de Marina Machado en San Gregorio de Polanco y los de antiguos
vecinos de la ciudad de Artigas sobre la historia de los Lencina, vinculados
a San Eugenio del Cuareim, así como los descendientes de Manuel
Antonio Ledesma en el Paraguay, especialmente en Guarambaré y San
Lorenzo.
- La memoria de los ancianos de Camba Cuá en el Paraguay.
A partir de todo ello reconstruyamos hasta donde hoy se puede la vida
de Joaquín Lencina.
Nace en 1760 en una estancia de la Banda Oriental, de padres esclavos.
Su padre es vendido siendo él muy niño, y queda con su madre;
trabaja en la estancia como peón esclavo y tempranamente se desarrolla
su vocación musical y cantora; se acompaña con guitarra
y se supone que su capacidad de ejecutar el arpa la adquirió posteriormente.
Se embarca (aparentemente en forma ilegal, sin papeles) en Montevideo
en un barco ballenero. Sufre cautiverio por parte de piratas que finalmente
lo venden en las plantaciones de caña de azúcar en la zona
de Sâo Paulo. Allí en el Brasil conoce y participa de los
movimientos de resistencia afros inspirados en la memoria de Zumbí
y su Kilombo dos Palmares (1595-1695), comunidad afro indígena
fugitiva que había resistido por cien años en el Mato Atlántico
nordestino a los ejércitos portugueses y holandeses.
Es vendido nuevamente en las Misiones Orientales, según el típico
recurso de los esclavistas portugueses con los esclavos rebeldes: preferentemente
no matarlos, sino separarlos y revenderlos en lugares lejanos para que
su ejemplo no se propague. Dicho sea de paso, eso habían hecho
con los sobrevivientes del Kilombo de Palmares un siglo antes; pero si
bien habían frenado la reconstrucción del Kilombo (incluso
usaron esta palabra africana para denominar a los prostíbulos urbanos,
buscando desprestigiar todo lo afro) la propuesta de Zumbí se había
multiplicado por toda la vertiente atlántica de América
del Sur.
La venta de Ansina en las Misiones Orientales se produce en 1795 y el
comprador es Artigas quien de inmediato le da papeles de libertad.
Como lo demuestra el investigador Oscar Montaño, Ansina reviste
ya en 1803 en el batallón de Pardos Libertos de Montevideo, como
leal soldado del Rey. A quiénes son leales en realidad Artigas
y Ansina puede empezar a comprenderse en 1811. Antes de eso, recuérdese
que en 1804 en Haití se proclama la primera República en
América gobernada por lo antiguos esclavos, y que en 1806 los futuros
"independentistas" del Río de La Plata van a actuar divididos
en relación a las invasiones inglesas: mientras las logias liberales
las aplauden, Artigas y Ansina las combaten enérgicamente.
En 1810 Artigas y Ansina mantienen un perfil bajo. Es evidente que las
culturas discriminadas (y las provincias del interior) esperan un momento
de debilidad de Buenos Aires para que su concurso sea más valorado
y negociar con las logias urbanas en mejores condiciones.
Sólo después de las derrotas de Belgrano Artigas cruza el
Río de La Plata y se anuncia como representante de los gauchos,
los charrúas, los afroorientales en armas.
Mientras él negocia, "su" gente gana batallas en la otra
margen, desde Asencio a San José, Soriano, Maldonado y Paso del
Rey; y cada una de ellas es una carta que fortalece su negociación.
Vuelve investido de la representación deseada para ponerse al frente
de los grupos reunidos y vencer en la Batalla de las Piedras.
La Liga Federal es la expansión de esa alianza multicultural que
desde 1814 tiene alcance geográfico multiprovincial. Ansina es
en ella el consejero para asuntos afros dentro de un proyecto continental.
Otros son los jefes militares que tienen los afroamericanos en armas:
Manuel Antonio Ledesma, Encarnación Benítez, el Capitán
Videla muerto tempranamente, posiblemente Victoria, Soledad... Aunque
parece ser que Ansina era experto en temas vinculados con la elaboración
de la pólvora (¿aprendizaje en el mar?).
Ansina le canta en sus versos a los triunfos de los patriotas; testimonia
todos los avatares tristes, alegres, esperanzadores y amargos de la gesta
que va entre 1811 y 1820. Escribe el primer himno a la Escuela de la Patria,
donde niños negros, indios y blancos van por primera vez juntos
al aula. Después acompaña por treinta años a Artigas
en el Paraguay; acompaña su muerte y su entierro, y ya casi ciego
pasa sus últimos años en Guarambaré, en casa de Manuel
Antonio Ledesma.
Ansina está enterrado en Guarambaré, pero del antiguo cementerio
sólo queda la memoria, pues allí se ha edificado un nuevo
barrio.
En la reconstrucción de su vida y obra han pasado episodios curiosos.
Hace unos años me llegó una fotocopia del documento de compra
de Ansina por parte de Artigas en las Misiones Orientales, donde aparecía
la edad del esclavo Joaquín Lencina... pero estaba adulterada la
fecha del documento, y 1795 se transformaba en 1805. El 7 se había
transformado en un burdo 8 de ángulos rectos, y el 9 estaba oculto
dentro de un cero que era una elipse con el interior pintado de oscuro.
¿Qué sentido podía tener esa torpe adulteración
de un documento de la época colonial? Alguien me sugirió
que quizás hubiera interés en rejuvenecer por esta vía
a Ansina... para seguir sosteniendo que Ansina y Ledesma eran una misma
persona, como todavía se afirmaba en 1980, cuando la dictadura
que oprimía al Uruguay era capaz de cualquier cosa para que su
versión prevaleciera hasta en los temas aparentemente más
inocentes.
A veces creo que la Historia Oculta, cuando es develada, inquieta a ciertos
poderes que necesitan una determinada versión de los hechos para
sutiles manipulaciones que se nos escapan o apenas sospechamos. De todos
modos las versiones oficiales las escriben los vencedores y Ansina perteneció
a los vencidos, a las culturas discriminadas cuyas esperanzas de un destino
mejor para los suyos con la independencia de América se vieron
frustradas por la hegemonía de los banqueros y terratenientes,
esos liberales urbanos adoradores del Mercado, que impusieron un nuevo
yugo cruel a las mayorías multicolores de esta América pobre,
que es esencialmente mulata y mestiza.
Queda mucho por investigar. En el Montevideo colonial , las "salas
de nación" aparentemente eran cofradías festivas y
católicas que agrupaban a los esclavos montevideanos según
sus procedencias étnicas y culturales. Sin embargo, algún
gobernador las prohibió en la sospecha de que eran algo más.
El largo camino desde estas "salas de nación" a los "clubes
de la raza" y los lugares ocultos de ritual nos pueden dar pistas
de las redes subterráneas y centenarias del movimiento negro continental.
Material extraído del libro" Leyendas, mitos y tradiciones
de la Banda Oriental" del historiador Gonzalo Abella Betum San Ediciones
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