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EL ÁRBOL DEL PRADO
Eran jóvenes, muy jóvenes. Allá por los años
'30 o '40 se conocieron y enamoraron entre los árboles del Prado,
aún antes de saber que el suyo era un amor prohibido: sus familias
pertenecían a clases sociales muy diferentes. Cada vez fueron más
frecuentes sus encuentros al amparo de la poesía viva del parque,
y luego, del antiguo Hotel del Prado, escenario de aquella creciente pasión
clandestina.
No hizo falta mucho tiempo para que el amor de los adolescentes ganase
espacio entre los chismes del barrio. Muy pronto, el vecindario entero
daba cuenta de su ternura transgresora al punto de que, una tarde de primavera
como la de hoy, la joven pareja tuvo que reconocer que ya no podrían
sostener más el vínculo que, para entonces, constituía
ya el sentido de sus vidas.
Y antes que perderse entre sí, prefirieron abandonar la vida misma.
Se suicidaron al pie de un árbol que aún respira, y aunque
el viejo Hotel ha desaparecido dejando en su lugar un edificio de salones
que todavía se conoce con ese nombre, hasta hoy los vecinos del
Prado cuentan que aquel árbol se ve en algunas noches extrañamente
iluminado. Otros aseguran que quien pase cerca podrá escuchar suspiros
casi ininteligibles. Y la mayoría afirma que quien se acerque al
árbol sentirá una presencia, la certeza inexplicable de
que alguien le observa.
Varios vecinos del Prado me contaron, años atrás, esta hermosa
historia de barrio, e hicieron que el propio parque recuperara, por fuerza
del relato, el lugar mágico que alguna vez ocupó en el imaginario
montevideano. A mi regreso, no pude reprimir la tentación (y, estoy
seguro, ustedes tampoco podrán, si tienen la oportunidad) de buscar
ese árbol, no tanto por encontrar pruebas de la veracidad de la
leyenda, como para reencontrarme, yo también, con esos amores prohibidos
que se resisten al olvido y a los prejuicios y, cada tanto, suspiran o
iluminan o marcan su presencia rescatando lo trascendente de entre el
sinsentido de la cotidianeidad urbana.
El barrio debió sentir culpa. El secreto colectivo no pudo, quizás,
ocultar el dolor que ocasionara la condena implícita en el chisme.
Y entonces, ese duro aprendizaje del barrio sobre la crueldad de sus propios
prejuicios sociales se coló para siempre en el imaginario de la
comunidad en forma de historia, relato reparatorio de la culpa secreta.
Merced a la leyenda, aquel amor joven vive todavía, y sesenta años
después sigue susurrando en nuestros oídos una advertencia.
Merced a la leyenda, ese árbol nunca será un árbol
más entre los mil del parque: será para siempre un monumento
que recuerde el error del barrio y la verdadera naturaleza de las cosas
importantes. En tanto la historia viva, vivirá el conocimiento
que esconde para quien esté dispuesto a escuchar.
Néstor Ganduglia Psicólogo y psicólogo social.
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