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LA PIEDRA DE LOS INDIOS
Introducción
Las tierras de los abuelos se habían dividido y disputado por
los herederos en infinitos pleitos sucesorios y Basilisia, ya anciana,
sola y enferma, con una magra pensión, se quedó con una
puntita de tierra y una casita muy precaria en el departamento de Lavalleja.
"Me iría a la ciudad, pero lo que me ofrecen por esto no da
para comprar una casita allá. Voy a morir acá, y de repente
es mejor así". Su casa está llena de recuerdos, y en
la pared de la sala hay una pequeña repisa, como para una imagen
religiosa, que está vacía.
El relato
El padre de Basilisia había sido esquilador, tropero y al final,
tractorista. Una vez debió desarmar unas construcciones de piedra
del tiempo de los indios, y lo hizo con gran dolor. "Si hubiera sido
capricho del patrón" nos dice Basilisia, "él se
hubiera negado aunque le costara el puesto, porque respetaba mucho todo
aquello; pero para hacer pradera, usted sabe, se sacan las piedras. Así
no se daña el tractor, la maquinaria esa.
"Y él era muy responsable en su trabajo: ser tractorista era
una responsabilidad nueva, el patrón confiaba en él. Recorrió
por última vez las construcciones de piedra como para pedir disculpas
y una montañita de esas se había medio derrumbado; en su
interior, relleno de cantos rodados, apareció una piedra rarísima,
tan rara que yo no puedo explicarles. Del tamaño de un huevo de
avestruz, una piedra oscura. Era hueca; si se soplaba por una ranura que
tenía daba sonidos extraños, y el agujero principal por
el otro lado tenía la forma de una rodaja de ananá agujereada
en el centro... de abacaxí, esa fruta que viene en latas brasileras
¿vio? rodajas en almíbar, eso. Bueno, como si una rodaja
se hubiera pegado a la piedra, y su centro fuera la boca de un túnel
para que las hormigas entraran en el vientre de la piedra. Rarísima
era.
"Mi padre se persignó, pidió permiso a los espíritus
charrúas guardianes y quedó tranquilo; entonces sintió
que debía agarrar y traerla. Le hicimos una repisa allí
en la pared. Hasta su muerte...él ya tenía noventa años,
pasaba y hablaba con ella, se persignaba, muy católico era, creyente.
Falleció en el 94.
"Yo seguí aquí. No crea que estoy tan sola. Los vecinos
me acompañan, me mandan sus gurises para ver si necesito algo;
me llevan al cementerio a ponerle flores a mis seres queridos....
"Hace dos años llegó un señor de la ciudad.
Dijo que se le había quedado el auto en el camino, y le creímos.
Mandé al hijo del vecino a comprar cocacola, porque pensé
que aquel señor no iba a tomar agua de pozo. Amable era el hombre
y me preguntó, como al pasar, por la piedra, que por otra parte
estaba ante sus narices y no la había visto.
"Cuando miró la piedra la cara le cambió. Me di cuenta
que había venido a buscarla. ¿Cómo sabía?
Esa mirada... Era codicia, era algo feo. Me acordé de algo muy
lejano: cuando yo era gurisa y un viejo degenerado quiso abusar de mí,
que será por eso que después siempre le escapé a
los hombres y cuando decidí no escapar más ya era tarde.
Que Dios me perdone, pero este hombre tenía algo parecido. Le brillaban
los ojos.
"Me dijo que él era un científico, que estudiaba cosas
de indios. Que me compraba la piedra, y yo le dije que no. Se puso impaciente
y, aunque sus palabras eran suaves, estaba como amenazándome. Me
dijo que iba a venir gente del Patrimonio y entonces yo tendría
que darla gratis, que mejor se la vendiera a él. Y yo que no.
"Salió y volvió a los veinte minutos, diciendo que
ya había arreglado el motor de su auto; yo respiré aliviada.
Quise explicarle que la piedra era un recuerdo de mi padre, pero entonces
cambió de tema. Conversó, me alabó las plantas, me
dijo que su esposa era muy del jardín, y que él ya se iba,
pero que si yo era tan amable de cortar unas flores para su señora
se iría feliz.
"Cuando volví del jardín me agradeció el gesto
y salió conduciendo a gran velocidad, sin que yo tuviera tiempo
de advertirle sobre la curva peligrosa que hay después del vivero
de los vascos.
"Se fue derechito al alambrado, y terminó contra un poste.
El hombre salió del auto por sus propios medios y diciendo que
no tenía nada, pero cuando vio que le salía sangre de la
cabeza se asustó y casi se desmaya; lo llevaron entre tres a la
policlínica rural. Me acerqué al auto que había quedado
solo y abierto y saqué la piedra de los indios del asiento de atrás.
La traje y la escondí. A ustedes sí se las voy a mostrar,
pero a la repisa no vuelve.
"Gracias a Dios el hombre tenía sólo un corte superficial;
a la hora subía de nuevo a su auto que estaba abollado pero andaba,
y siguió el camino que entronca con la ruta para Montevideo. Se
fue sin dar las gracias a nadie: seguro había visto que faltaba
la piedra y pensó que el comisario se la había quedado,
pobre Don Julio que es un gaucho buenazo, milico obligado para que sus
hijos tengan pan y estudien. Que la mayor de Don Julio estudia para maestra
y vieran ustedes qué ejemplo de gurisa, buenaza, quiere ser maestra
rural pero le dijeron que ya por aquí no quedan escuelas rurales
¡si se ha ido medio mundo y por lo que se ve las autoridades quieren
que se vayan los que quedan! Don Julio y su señora se imaginan
que la hija va a tener que trabajar lejos, y están medio preocupados
porque como la hijita menor es discapacitada va a extrañar a la
hermana cuando se reciba, pero ellos son tan luchadores...
"Ah, sí, les voy a mostrar la piedra. Aquel hombre me dio
tanta lástima, tanta lástima... ¡No! por el tajito
no. Lo curó el enfermero y dijo que no era nade. Pero... Figúrese.
Da lástima por él. Tanto estudiar sobre los indios, y después
esa actitud de engañar a una pobre vieja como yo. Pensé
que sabía de los indios pero... parece que no entendió lo
principal.
Material extraído del libro" Leyendas, mitos y tradiciones
de la Banda Oriental" del historiador Gonzalo Abella Betum San Ediciones
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