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Gerónimo Camundá Allá por el Paso de los Sarandises vivió el Gerónimo Camundá, de sangre africana y manos de santo para la música, para las venceduras y para el trabajo delicado. Sabedor de hierbas y misterios, vivía del trenzado fino del cuero, oficio que le había enseñado un indio viejo al que el moreno Gerónimo llamaba hermano. Estancieros de treinta leguas a la redonda venían a ver y comprar sus trabajos que eran verdaderas obras de arte. Para el pobrerío trabajaba gratis, y con la misma dedicación (`o más, porque el que nada tiene merece más calidad todavía en lo poquito que se le da; y por añadidura te devuelve muchísimo, fijate vos, de la nadita que tiene'). Mejor todavía que en el trenzado de cuero, era Gerónimo haciendo botas de potro por encargo. Mejor que en la bota de potro por encargo, con más amor todavía, era acariciando la música: acurrucaba la cordiona verdulera y le sacaba polcas y rancheras que ponían alas en los pies de los mozos y las mozas. Pero mejor que en todo, mejor que todo, era verlo tocar el tambor. Entonces el enjambre de negritos que eran sus hijos y sobrinos dejaban lo que estuvieran haciendo y comenzaba la sinfonía de contrapuntos entre las lonjas templadas; y la hijita menor, que apenas caminaba, bailaba como sólo ella sabía hacerlo sin que nadie le hubiera enseñado nunca. Un espectáculo aparte, la gurisa. Y Gerónimo la miraba entonces con aparente dureza, con una luz crítica de exigencia sin concesiones. Una dureza con chispazos de orgullo fiero muy en el fondo. Gerónimo murió en la guerra del cuatro, pero su tambor se oye en las noches de tormenta y en esos momentos su hija menor, ya anciana y loca para el mundo, queda inmóvil y atenta, las vistas fijas en la lejanía, viendo lo que ustedes no saben ver. Material extraído del libro" Leyendas, mitos y tradiciones de la Banda Oriental" del historiador Gonzalo Abella- Betum San Ediciones |
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