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LEYENDAS DEL CEIBO Y DEL CHURRINCHE
Introducción
Hay ceibos rojos (los más comunes) pero hay también
ceibos blancos y ceibos de flor azul. Si los primeros son los más
conocidos, los segundos son escasos, y los azules son muy raros.
Ceibos blancos todavía hay muchos junto al Cebollatí, escoltando
el camino hacia la Isla del Padre y la Laguna Merim. El ceibo blanco es
escaso porque el blanco es el color de la guerra defensiva, y la guerra
por suerte no era lo frecuente en los primeros miles de años de
vida humana en la Banda Oriental.
El ceibo azul es más raro aún porque expresa la esperanza
renovada , el renacer después de las grandes tragedias, y ese renacer
no es todavía señal de los tiempos. Sus flores recuerdan
las líneas azules que se pintaba en el rostro cada muchacha charrúa
reafirmando la continuidad de los sueños en los meandros de nuestros
ríos, y las muchachas charrúas hoy están tan ocultas
como los ceibos azules.
En cambio el ceibo rojo ( el que más sobrevive, obstinadamente)
simbolizó siempre la fiesta de la vida, apacible y diversa, en
las márgenes de nuestros majestuosos cauces fluviales. Al ceibo
rojo le escribió nuestro Fernán Silva Valdés, pues
un indio viejo le había contado que sus flores habían nacido
del beso soñador de una muchacha quien, esperando a su amado, rozó
con sus labios las hojas de nuestro árbol. El indio viejo, que
se santiguaba y adoraba al Sol, dijo que al amanecer siguiente todos los
ceibales parecían de grana.
Pero las leyendas cambian para perpetuar nuevas memorias que es necesario
guardar uniéndolas a las más antiguas.. Cuando llegaron
los mamelucos, cuando llegaron los bandeirantes cazadores de esclavos,
el rojo siguió siendo la vida, pero ahora era la vida combatiente,
la resistencia. Al igual que en otras culturas, entre los charrúas
el ceibo y el churrinche se incorporaron a la resistencia.
En el mundo guaraní la indiecita Anahí, atada a un poste
y quemada en la hoguera por el conquistador, transforma su cuerpo en llamas
en las rojas corolas de ceibo, para vivir por siempre.
En el mundo charrúa, es una muchacha india caída, sembrada
en la memoria de todos, que renace desde el suelo como árbol ceibo
de flores rojas. Son tiempos nuevos, de guerra aborrecida pero necesaria.
Dicen los que estas cosas narran que los hechos prodigiosos que expongo
más abajo no ocurrieron en los tiempos más antiguos, ni
tampoco en los tiempos en que Zapicán y Abayubá enfrenaron
a los Adelantados de España, ni cuando la excursión invasora
de Hernandarias. Ocurrieron después, cuando los bandeirantes, crueles
cazadores de esclavos, entraron a la Banda de los Charrúas. Así
lo recordaban todavía los charrúas de la Patria Vieja, y
así se lo contaron ellos a los sobrevivientes de Salsipuedes y
el Queguay. Así lo narraban los héroes victoriosos de Yacaré
Cururú, y así se mantuvo el recuerdo aún después
de la muerte del viejo Sepé...
La leyenda
La primera muchacha charrúa que cayó defendiendo
este suelo contra los bandeirantes fue enterrada en la ladera de un cerro,
cerca de un caudaloso río enmarcado por un monte lleno de pájaros.
El joven que la amaba más que nadie en el mundo se mantuvo en ayunas
muchos días junto a su tumba.
Los bandeirantes, que habían sido rechazados en ese primer enfrentamiento,
volvieron a atacar.
En un encarnizado combate en la ladera de aquel cerro cayó mortalmente
herido el joven enamorado.
Los ancianos lo enterraron junto a su amada. Dos montículos de
piedras quedaron como mudos testigos de aquella primera ofrenda de sangre.
Al tiempo, el cuerpo de la muchacha charrúa brotó de la
tierra, convertido en ceibo de flores rojas.
En sus ramas los charrúas vieron posado un pájaro de plumaje
rojo vigilando el horizonte, y todos supieron que era el corazón
del joven. El corazón se había puesto alas para recordar
a su pueblo que no debía aceptar jamás la esclavitud.
La muchacha es ahora ceibo rojo, el muchacho es pájaro libre, rojo
churrinche libertario.
Desde entonces los hombres y las mujeres charrúas se pintan la
mandíbula de blanco; porque ahora la defensa de la vida exige más
muertes. Los espíritus malos imponen esta anomalía.
Hasta la llegada de los bandeirantes los charrúas sentían
que la muerte era una fase natural y digna, o bien un accidente, o el
sacrificio necesario del animal, la planta o el pez que en su inmolación
alimenta a otros seres vivos en el ciclo constante de la vida.
Desde la invasión de los mamelucos la muerte ya no es sólo
la muerte natural, fin y comienzo de una etapa; ya no es simple siembra
de la materia orgánica que abona un nuevo ciclo donde se perpetúa
la memoria y el recuerdo de los que ya reposan.
Ahora es diferente. Los malos espíritus ocupan mente y cuerpo de
extranjeros enfermos y vulnerables a la maldad, gente que está
lejos de los consejos de sus propios ancianos, lejos de los huesos de
sus abuelos, y que tampoco entiende el clamor de los abuelos sembrados
aquí; gente que está muerta en vida y es portadora contagiosa
de la muerte de todo.
Es la guerra.
Cuentan los memoriosos que el ceibo y el churrinche no estuvieron solos
para alentar esa resistencia. El pueblo charrúa tiene muchos hermanos.
Hermanos como Artigas, que en 1815 levantó una bandera nueva, y
anunció que sus listones rojos eran la sangre derramada. ¿A
qué sangre aludía? La bandera no nació en una ciudad,
ni se labró por ella un acta de cabildo; la nueva bandera nació
en el corazón de la tierra charrúa, la bandera se levantó
en los potreros del Arerunguá.
Un diseño posterior de esa bandera, el que más perduró,
el que ondeó en el campo oriental y en el Entre Ríos, exhibe
el vuelo descendiente del corazón charrúa que vuelve a la
tierra en roja diagonal.. La diagonal de la bandera es el camino desde
el Cielo; por él se desliza el corazón - pájaro del
muchacho charrúa que ahora vuelve a la tierra porque los pueblos
libres lo esperan y lo necesitan, porque para el oriental no hay patria
sin corazón charrúa.
Todo anunciaba, en la Liga federal, que el charrúa volvía
a su dignidad y a sus tierras.
Entonces su novia - árbol, trinchera de memoria y resistencia,
vistió el rojo de su sangre hecha flor, y brotó nuevamente
en el Cebollatí con flores blancas para acompañar su destino
guerrero, y ocultó una vez más en el monte sus flores azules,
las de la mujer enamorada, la que recuerda las rayas azules de los ríos
de la vida en la frente de toda mujer charrúa.
Pero los orientales fueron derotados. El corazón guerrero del charrúa
debió emprender nuevamente el vuelo para no ser encadenado.
Dicen sin embargo que hasta hoy la muchacha - árbol, que exhibe
sus lágrimas de sangre junto al río, tiene una lanza de
flores blancas escondida en el Cebollatí y guarda en secreto las
flores azules para que, al amparo de los árboles nativos, vuelva
a ser posible algún día la cópula amorosa, perpetuadora
de la memoria.
Material extraído
del libro" Leyendas, mitos y tradiciones de la Banda Oriental"
del historiador Gonzalo Abella Betum San Ediciones
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