CEMENTERIOS AEREOS

Hace unos veinticinco años trabajando en tareas de relevamiento geológico cerca de la zona fronteriza, encontré un extraño cementerio aéreo. A pesar del tiempo transcurrido recuerdo haberme sorprendido al descubrir en una ladera rocosa de un cerro no muy alto, varios ataúdes viejos (algunos pequeños como de niños, otros de adultos) en las horquetas de los árboles crecidos entre las rocas. Otros ataúdes estaban insertados en las fracturas entre los bloques rocosos, o apoyados en ellos.
En ese momento no me planteé ninguna hipótesis sobre este curioso enterradero descubierto y con el tiempo este recuerdo quedó simplemente escondido en mi memoria.
Rodolfo Porley me contó su interesantisima reunión con el “Laucha” Prieto en La Charqueada y me mostró copias de algunas de sus investigaciones acerca de cosas y costumbres de nuestro medio rural. En ellos se incluyen múltiples referencias a los cementerios aéreos de Treinta y Tres: cementerios de “angelitos” y de adultos.
Las referencias del “Laucha” son de un valor inestimable: “en unos árboles de la subcomisaría en la segunda sección cuando pasa el arroyo de Oro, en unos coronillas habían cajoncitos de niños y huesos en el suelo de cajoncitos que se habían deshecho. Los cajones de los niños se ponían en las horquetitas de los árboles. Año 1920 y pico.”; más adelante; “en la estancia Los Naranjos, en la 7a sección, dentro de la horqueta que forman en su unión los ríos Olimar y Cebollatí sobre los árboles de ese lugar había cajoncitos de niños atados en las horquetas. Años 1940 y algo.” y también de adultos: “en los campos de don Santiago Falero en la segunda sección casi en la cuchilla de Dionisio había varios cuerpos de mayores en los árboles (campo que fue de Don Pedro Barreto, año 1920 y pico)”.
Las referencias se suceden: en los campos de Doña Sipriana Brun, en la estancia de Hontou, la sección, en Yerbalito, en el rincón de Rubiño y en muchos otros lugares del campo olimareño aparecen estos cementerios demostrando una costumbre muy arraigada.
En el Sudán africano, Mali, existe la costumbre de ubicar a los muertos en los árboles para resguardar los cadáveres de la acción de las hienas (que son capaces de desenterrarlos si se ubicaran bajo tierra).
La presencia de esta costumbre en el Uruguay demostraría que existió influencia africana en el desarrollo de la cultura gaucha de los orientales.
Es otro elemento valioso en el paisaje uruguayo que permanece como testimonio de esas viejas raíces que tercamente perviven más allá de los avasallamientos y de los olvidos.


Material extraido del libro URUGUAYPIRÍ del geógrafo uruguayo Danilo Antón.
Editado en 1995 por ROSEBUD EDICIONES.

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