Destacamento en la construcción de un genuino Partido de los Comunistas en Argentina
y por la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas en todo el mundo

Congresos
Congreso Fundacional de la UMS
I Congreso de la UMS
II Congreso de la UMS
III Congreso de la UMS
IV Congreso de la UMS

 

Eslabón
Nş54 |55 | Nş 60 extra| Nş 61| Nş 62 | Nş 63 | Nş 64|Nº 66 Nº 67 | Nº 68 | Nº 69 |Nº 70 Nş 72 extra | Nş 73 | Nş 76
Nş Extra

 

Pensamiento Revolucionario de ayer y de hoy

Venezuela: Anteproyecto de declaración de principios

Fidel Castro: La paz romana

 
Enlaces
Crítica de Nuestro Tiempo
Solidaridad con Cuba
Correio da Cidadania
América XXI
 
Contacto
 

 

Unión de Militantes por el Socialismo
Textos del IV Congreso (12 y 13 de octubre de 2002)

CONSIDERACIONES SOBRE SITUACIÓN NACIONAL

        Nunca la UMS tuvo que afrontar la realización de sus Congresos en circunstancias del país tan excepcionales como las que rodean a este IV Congreso que afrontaremos en pocos días, y que sin duda estará reflejada en el contenido de las resoluciones que adopte el mismo.

Excepcionalidad que se expresa en dos aspectos íntimamente relacionados, pero de naturaleza distinta.

Por un lado la extensión y profundidad de la crisis a la cual la burguesía condujo al país. No hay fuerza política, de cualquier signo, que no asuma que la crisis se extiende a todos los planos: económico, social, político e institucional, e incluso se admite sin tapujos que está amenazada la unidad territorial.

Por el otro, los procesos subjetivos que han comenzado a expresarse en este período, en el plano de la conciencia social, en sectores con orígenes en distintas clases sociales.

En este escrito intento algunas reflexiones sobre este último aspecto en particular.

Es una necesidad profundizar en la discusión de algunos problemas que ya están en debate – aunque en general fuera de un contexto real – por parte de militantes y organizaciones de izquierda, y que reaparecerán en el próximo período.

Aún cuando en muchos casos no se pueda concluir en una respuesta cierta, será de un gran valor precisar la base material e ideológica sobre la cual surgen esos debates, así como delimitar el contenido y la magnitud de los mismos, en el marco de nuestra estrategia de construcción.  

Esto nos facilitará intervenir en el  futuro debate con parte de la izquierda argentina, a muchos de cuyos militantes (particularmente los más recientes) debemos hacer un esfuerzo por integrar a una estrategia revolucionaria. 

Para este último objetivo no nos alcanza con reiterar elementos críticos que hemos elaborado sobre el accionar de esa izquierda durante una década – tanto sobre sus concepciones como sobre su práctica militante –, aún cuando la lucha cotidiana sigue demostrando que esa crítica mantienen plena vigencia, porque esas posiciones no hacen más que  reaparecer una y otra vez. Y por tanto es necesario seguir combatiéndolas tanto en la acción política como en la crítica conceptual, cuando así convenga.

 

CAMBIOS EN LA CONCIENCIA DE LAS MASAS

Desde hace unos meses el país vive una nueva situación. El 19 y 20 de diciembre pasado se vivió la insurrección de masas más importante de nuestra historia, que fue la eclosión de fuerzas reales incubadas por un largo período  (cuya evolución seguimos minuciosamente en todos estos años), y que ya desde las pasadas elecciones del 14 de octubre habían demostrado que estaban prontas para irrumpir y trastocar la vida nacional.

Esta eclosión despejó el camino para que lo potencial se transforme en real, lo posible en necesario.

Tributarias de concepciones espontaneistas en su gran mayoría – en sus distintas versiones reformista electoral, vanguardistas-aventureras, o la combinación de ambas – la izquierda ha querido ver en este trastocamiento el inicio de una revolución.

Esta especie de revolucionarismo epidérmico ha hecho estragos aún en sectores marxistas internacionales que no pueden adscribirse al campo de los improvisados en cuestiones de teoría, como el de Socialist Appeal por ejemplo.

Una vez más se demuestra que una orientación revolucionaria correcta no sólo se vivifica de la teoría, sino centralmente de su imbricación con las fuerzas reales que determinan el curso de la lucha de clases. Y que no sirve posicionarse desde un abstracto proletariado ni alcanza con la denuncia de la burguesía en términos genéricos, si no se está en condiciones de desentrañar las contradicciones internas que motorizan o disgregan a las dos clases decisivas de la sociedad capitalista.

Desde el momento mismo de los acontecimientos la UMS fue capaz de percibir que si algún rasgo estuvo presente en esos días, y en todo este período, fue la ausencia política y práctica del proletariado como clase en la escena nacional.

Para esto no necesitó violentar ninguna de sus líneas previas de análisis y de acción, porque estaba armada conceptualmente desde largo tiempo para entender la dinámica de clases dentro de la que se desarrolla la tragedia argentina, pese a las limitaciones que para la aprehensión de la realidad siempre tiene un pequeño núcleo de la vanguardia militante.  

Sin embargo, si este es un punto de partida imprescindible –  además para poner distancia con tanta liviandad o charlatanería – no resulta suficiente para conocer en profundidad los fenómenos que están ocurriendo entre las masas, y sacar las conclusiones políticas pertinentes.

Nada solucionaríamos tampoco con buscar refugio en las clasificaciones estáticas, recurriendo a las famosas condiciones revolucionarias leninistas como a una tabla de multiplicar, para concluir que la carencia revolucionaria central de este período estriba en el “factor subjetivo” (lo cual en un sentido es cierto); o utilizar el artilugio semántico de sustituir revolucionaria por pre-revolucionaria para caracterizar la situación nacional.

Por el contrario, si hay una característica en la cual los comunistas debemos investigar es bajo que forma se expresan los profundos cambios que se están operando en ese “factor subjetivo”  en todo este período. Explorar la experiencia recorrida por el “factor subjetivo” en este lapso es una obligación que debemos asumir sin anteojeras, porque estamos viviendo una época dónde  están ocurriendo quiebres significativos en la conciencia y en la experiencia de esas masas, aún cuando no se haya consolidado el punto de unidad política y social, que es el rasgo central de la estrategia desarrollada por la UMS para este período histórico.

Y cuando nada garantiza que esa unidad se plasme, aún cuando en las últimas semanas reaparece con más fuerza desde distintas vertientes políticas (reformistas todas); y es mucho menos esperable que a corto plazo se pueda concretar la unidad de los marxistas en un partido real.

Para evitar cualquier tipo de confusiones la utilización de la palabra masas alude a sectores explotados no proletarios, y sectores empobrecidos y expropiados abruptamente por el capital.

Por las mutaciones y experiencias que está acumulando en la práctica política el movimiento de masas, se puede decir que se ha acelerado notoriamente la prolongada situación transicional  que vive, por tanto un mayor grado de inestabilidad. Este aceleramiento implica una situación cualitativamente distinta al período anterior a la caída del gobierno de De la Rua.

Creo que nos permitirá un  mejor entendimiento de esa situación el examen de –al menos– tres  tipos de problemas con los cuales nos enfrentamos:  

1- La autonomía de los movimientos de masas

2- Movimientos de masas y la herramienta política de masas

3- Planteamiento del problema del poder

 

TENDENCIA A LA AUTONOMIA DEL MOVIMIENTO DE MASAS

Con el término de movimientos de masas –de larga tradición en el marxismo– me refiero a lo que la izquierda insiste en llamar movimientos sociales, término que ha tomado prestado del arsenal de la sociología.

Que por supuesto no es ni descriptivo ni neutral porque tiene una carga ideológica: se trata de quitar o disimular la dimensión política implícita en toda lucha social, que debe encontrar un canal organizativo adecuado y transformarse en lucha política franca, ya sea para incidir en el Estado o para contribuir a transformar su carácter de clase.

Hecha esta salvedad en aras de no oscurecer los conceptos, cabe agregar que hoy en Argentina nos encontramos con tres tipos distintos de movimientos de masas, que exigen una respuesta militante de los comunistas: el movimiento de desocupados (piqueteros), el fenómeno de las Asambleas, y las ocupaciones de centros de producción por los trabajadores. 

Un rápido repaso de la aparición de estos movimientos nos muestra que los tres son hijos directos del período de abierta crisis del país, después del  efecto “tequila”, cuando ya el plan que fue punto de unidad de la burguesía había colapsado de hecho, aún cuando el imperialismo lo sostuvo por más de un quinquenio. Y las Asambleas en particular son una directa prolongación de la insurrección de masas de diciembre. 

 

Sin duda que de esos fenómenos de masas surgidos el más destacado –hasta hoy– es  el de las Asambleas. El documento presentado a discusión para este Congreso por el cro. C sobre el tema, profundiza metódicamente en los rasgos, contradicciones y ambivalencias de las Asambleas concretas y poco puede agregarse. 

Pero hay un marco más general sobre el cual quiero detenerme.

En primer lugar es altamente significativo que sectores explotados no proletarios, con gran predominio de sectores pequeñoburgueses empobrecidos, utilicen para irrumpir en la escena política formas asambleísticas, que son formas de la democracia revolucionaria pequeñoburguesa, que la clase obrera asumió como propia y característica desde la Comuna y a la cual impuso su sello de clase.

Hay explicaciones concretas y puntuales para la aparición del fenómeno en nuestro país,  pero cabe recordar que en nuestra historia esa práctica tiene su origen directamente en los primeros grupos proletarios, desde fines del siglo XIX, de allí se extiende a través del proletariado rural a los chacareros (Grito de Alcorta), y posteriormente es tomado por la juventud estudiantil (Reforma del 18).

Por el contrario no está en la raíz de ninguno de los partidos decimonónicos de la burguesía, ni de sus fraccionamientos posteriores, y mucho menos en sus prácticas que recogieron y prolongaron la concepción política del viejo caudillismo. Pese a su extensa base obrera y a las vertientes anarquistas que absorbió, el peronismo no se diferenció en nada de esos otros partidos. La burocracia sindical, en sus distintas versiones, prolongó esa tradición antidemocrática de los partidos en los cuales se nutre.

Seguramente que en ausencia de organizaciones significativas de clase, portadoras de programas y metodologías, existen vasos comunicantes de diversos tipos entre aquel pasado plagado de Asambleas obreras y estudiantiles que el país conoció hace treinta años (que a su vez fue tributario de las resistencias obreras del 50 y 60 frente al gorilismo, y de las movilizaciones estudiantiles de esa época) y el actual presente, cuyos intermediarios concretos son ex trabajadores hoy desocupados, ex militantes revolucionarios ahora integrados a este movimiento general, y la acción y prédica de distintas vanguardias que cumplieron una función testimonial.

El hecho político es que en ausencia de una presencia social y política de la clase obrera, y con un cuadro de extrema fragmentación e irrepresentatividad de las organizaciones sindicales, son los sectores no proletarios los que dan un paso que los acerca a la práctica política del proletariado, y no hacia la de la  burguesía. Pero no sólo adoptaron como suyas forma de lucha propias del proletariado (más allá del ascenso, declinación, y de su futuro), sino que  por el contenido general que tomó el movimiento tiende a un carácter  democrático e incipientemente antiimperialista. 

En la conciencia de esos sectores de masa este paso encuentra apoyo en una base material objetiva, dominada por un cuadro de pauperización creciente de grandes sectores sociales, lo cual no significa que esté mecánicamente determinado.

La actual amenaza concreta de expropiación –para muchos de estos sectores– se corporiza no en un proletariado revolucionario en ebullición, sino en los bancos y el capital financiero.  

La conclusión que se puede sacar de este hecho es que la tradición de lucha, tanto del proletariado argentino, como de las puebladas de diversas épocas (particularmente de los años 60 y 70), así como las luchas democráticas antidictatoriales, han desarrollado  profundas raíces en el cuerpo social, que ni aún la pasada década, la más reaccionaria de la historia moderna, ha conseguido extirpar.

Esta es una base de salud política y reserva social, sobre la cual cabe esperar la posibilidad de una interacción que incida a su vez y potencie al propio proletariado.

Ningún elemento de análisis teórico permite descartar  “a priori” que la evolución política de sectores de las Asambleas no pueda ser arrastrada por el sector más cavernícola de la derecha autóctona, agrupado en torno a la coalición populista profascista  de Rodríguez Sáa. Pero el curso seguido hasta el presente por el conjunto de este movimiento es el inverso, es positivo, pese al extremo agravamiento de la situación en todos los planos.

El problema político es que estos sectores en la misma medida en que avanzan en su conciencia, concretándola en práctica asamblearia, no encuentran a su lado al proletariado –lo cual permitiría crear una alternativa política a la crisis– sino a pequeños grupos que por obvias razones no pueden sustituir la acción de clase, y además crean ejes falsos de debate que dificulta el desarrollo político de los sectores con menor experiencia o desarrollo.

Es en este cuadro que debemos entender, por ejemplo, cómo participar en el debate de la falsa antinomia entre autonomía de los movimientos de masas y necesidad de acción política de los mismos.

Esa antinomia no existió nunca para los comunistas. Hay centenares de ejemplos y resoluciones que muestran acabadamente como concibieron y practicaron su vínculo con las organizaciones de masas los partidos de la Internacional Comunista (p.ej resolución sobre el trabajo sindical  del 3er Congreso de la IC-1921-), hasta que el estalinismo impuso la práctica de subordinar a los movimientos autónomos de masas al aparato partidario, práctica reproducida en nuestro país por otras vertientes ideológicas del marxismo, supuestamente no estalinistas.

Si para enfrentar la tendencia de las sectas a manipular y expropiar a esos movimientos  alcanza con oponer una correcta actitud metodológica de nuestros militantes partícipes de esos movimientos, mucha más compleja es la lucha contra esta falsa disyuntiva.

En estos años han salido a luz las más fantásticas seudoteorías sobre la autonomía de los movimientos sociales, en el afán de contraponerlos, particularmente, a la concepción leninista del partido.

Como toda acción esencialmente política el desarrollo de las Asambleas está en el centro de dos tendencias reales contrapuestas. Una reformista, que devendrá en alguna forma de organización social autogestionaria en tanto cumpla dos condiciones: se consolide como proceso autónomo de organización y evite la subordinación a cualquier aparato burgués, estatal o no.

Si este fuese el futuro de algunas Asambleas igualmente sería un paso positivo, porque sería una forma de organización social, aunque necesariamente más restringida. En todo caso el debate al interior de la UMS será qué inversión de esfuerzo militante se realiza en esa circunstancias.

El desarrollo de la tendencia revolucionaria, que es la otra alternativa, podrá determinar que el fenómeno se generalice y se desarrolle como forma política, como forma de unidad social y política, hasta alcanzar incluso carácter consejista (soviético).

Por supuesto que estos distintos cursos no dependen de la voluntad de los participantes, y mucho menos de los escasos cuadros comunistas que allí militan. Depende de una evolución política general de la situación del país, y ante todo del papel que asuma el proletariado en la presente crisis.

Cuando muchos militantes sociales se aferran a la falsa disyuntiva de esas seudoteorías –al margen que lo hagan por buenas o malas razones– están reproduciendo una concepción reformista aunque se presente bajo un manto de petardismo verbal, accionar irresponsable o provocativo, y a veces se encarne en ex guerrilleristas.

Similarmente, la tendencia de algunos grupos a ver en las Asambleas embrionariamente formas consejistas (soviéticas) no se sostiene en la realidad.

Por varias razones: la primera es que no se condice con la práctica desarrollada por las mismas hasta ahora (es el mismo tipo de razonamiento que transforma a un pequeño grupo en el partido histórico del proletariado).

Sin embargo es cierto que en la lógica de las Asambleas – como señala correctamente el documento sobre el tema – impera la misma matriz  de la acción consejista – de democracia directa – que confronta con las mediaciones y expropiaciones de la voluntad popular que exigen las democracias burguesas y defienden sus partidos.

La segunda razón, y no menor, es que las experiencias consejistas conocidas, siempre surgieron en situaciones ofensivas del movimiento obrero y de las masas. Aquí reaparece el pensamiento formal de quienes ven un proceso revolucionario en curso y, ante el notorio atraso político de la clase obrera, necesitan forzar la interpretación de los hechos para encontrar elementos justificatorios a tal postura. 

Cualesquiera sea la evolución de este proceso asambleístico, o simple y llanamente su desaparición, ya significa un enorme paso dado por miles de mujeres y hombres en su desarrollo político.

El debate mismo de esta problemática en este IV Congreso demuestra  esa situación de transición que vivimos en el desarrollo de la conciencia de las masas.

 

El hecho que el proceso ocupación de fábricas desactivadas o en proceso de liquidación, para hacerlas producir bajo control de los propios trabajadores se expanda como forma de encontrar respuestas al problema de la desocupación, y que también se han dado pasos para establecer vínculos solidarios entre los trabajadores de las distintas fábricas ocupadas, nos exige algunas consideraciones, dentro del cuadro concreto de la situación nacional.

Como señala el documento sobre movimiento obrero presentado a este Congreso (puntos 18,19,20) en muchos casos estas ocupaciones son toleradas o alentadas desde algún sector estatal o de las propias patronales porque en términos económicos representan un intento para que los propios trabajadores se hagan cargo de los pasivos de la burguesía, sea por vía directa o indirecta.

Pero aun en aquellos casos en que esto no es así, en las condiciones políticas concretas actuales bajo las cuales no es posible imponer la estatización, la consolidación de las cooperativas de producción no hace más que introducir en el trabajador la lógica del pequeño productor, y no podría hacer otra cosa. 

Así como en caso de las Asambleas estamos en presencia de un fenómeno en el cual sectores no proletarios se acercan hacia el proletariado, aquí nos encontramos con el movimiento inverso.

Porque este proceso autogestionario también tiene dos posibles curso de desarrollo: el reformista –consolidando cooperativas productivas– o el revolucionario, en tanto tienda a  generalizarse y plantee un cuestionamiento global al régimen de la propiedad privada en los centros de producción y al carácter de clase del Estado.

Por supuesto que desde la situación de aislamiento individual, desamparo y disgregación social en la que queda un desocupado, a la posibilidad de acción productiva colectiva que representa la cooperativa hay un enorme salto, particularmente en el terreno de la conciencia social, y abre enormes posibilidades de educación política. Entre otros aspectos sobre el carácter social de la producción, demostrando que no es necesaria la existencia del capitalista y la propiedad privada para garantizar la misma.

Pero los comunistas debemos destacar que estos son en esencia fenómenos transitorios porque las cooperativas en las condiciones de producción del mercado o desaparecen o evolucionan hacia la pequeña empresa (aún cuando jurídicamente conserve su forma cooperativa) que explotan mano de obra.

La idea de la supervivencia de estas formas productivas autogestionarias por un largo período como forma de introducir la horizontalidad y extender redes sociales que en el presente pregonan sectores militantes o intelectuales, no hace más que retomar las viejas ideas del anarquismo.

En rigor todo el palabrerío sobre autogestión no es más que un salto hacia delante para evadir –con conciencia o sin ella– el problema del desarrollo político del conjunto de la clase obrera y de su organización.

Esto no significa minusvalorar el debate sobre las experiencias históricas autogestionarias, que estuvo presente tanto en los programas comunistas como en diversas experiencias de economías no capitalistas, sino ante todo señalar que son las condiciones generales de las relaciones productivas de un país las que determinan las condiciones de autogestión, y no a la inversa, como se nos pretende presentar el problema.

Al respecto hay experiencias nacionales, pero si en algún lugar se han desarrollado estos procesos es en Brasil, con el Movimiento Sin Tierra, que pese a su enorme potencial debe insertarse en la lucha política (desde el PT) para intentar avanzar hacia una resolución del problema de la tierra y el trabajo.

En el caso específico de nuestro país, y en la actual situación, si no se avanza hacia el control obrero en por lo menos tres sectores claves de la economía: el financiero (incluida la moneda), la producción de energía y el transporte de la producción no hay ninguna posibilidad de superación de la crisis y supervivencia autogestionaria.

Como todos sabemos este es el problema del camino hacia el poder, que justamente es el debate que muchos eluden con el sofisma que el poder se construye... desde la autogestión.

Estas apreciaciones no significan desconocer la enorme importancia de estas experiencias en curso, y su valor político dentro del actual cuadro de la realidad nacional. Simplemente es necesario que los comunistas tengamos una perspectiva histórica de estos procesos, y sobre todo la dimensión de los mismos, que hoy abarcan a un pequeño sector del proletariado argentino.

 

En síntesis, un breve repaso de este período nos permite  sintetizar algunos elementos:

  1. 1-    Entrada en la acción política de sectores que históricamente no lo hacían (u ocasionalmente en períodos electorales)
  2. 2-    Utilización de formas democráticas típicamente proletarias de estos sectores para expresarse.
  3. 3-    Contenido general democrático e incipientemente antiimperialista de las luchas de este período
  4. 4-    Experiencias de autoorganización y autogestión de sectores limitados de los trabajadores
  5. 5-    Tendencia unitaria en las movilizaciones de diferentes sectores sociales
  6. 6-    Escisión en el movimiento de desocupados no sólo por la acción sectaria de los distintos grupos vanguardistas, sino entre los sectores que desarrollan una práctica política de clientelismo y aquellos que buscan formas de autoorganización para la microproducción.

 

La necesidad de la unificación de todo este caudal social, a la vez tan diversificado y heterogéneo en sus raíces como en  sus objetivos, aparece con más fuerza que nunca. Pero esa unificación no puede ser más que política, en base a un programa globalmente antiimperialista y democrático (en ese orden y no a la inversa, porque lo primero es precondición para que se cumpla lo segundo).

El problema político es que la única clase con capacidad concreta para cumplir ese papel de unificación –el proletariado– hoy  aparece más atrás políticamente que estos otros sectores sociales.

 

MOVIMIENTOS DE MASAS Y HERRAMIENTA POLÍTICA

La decisión de algunos sectores políticos en impulsar el surgimiento de una HP de masas –que parece reforzarse en estas últimas semanas– encuentra sustento en esta realidad social, aunque para muchos no sea más que un atajo para reeditar una nueva versión de los desprestigiados aparatos frentistas, bajo otra apariencia.

Si se compara las actuales condiciones bajo las cuales puede surgir esta HP, con los intentos anteriores (PPT y orígenes del CTA) podemos señalar:

 

  • Mayor agotamiento de los aparatos políticos e institucionales burgueses como elemento de contención de las masas, en relación directa con la extensión de la crisis del sistema capitalista nacional y mundial
  • Mayor disgregación social de las clases revolucionarias (los trabajadores y el pueblo).
  • Mayor experiencia política de sectores de la población, minoritarios pero importantes, proletarios y no proletarios.
  • Mayor intervención en las luchas populares (piquetes, asambleas) de sectores juveniles pobres, no estudiantiles.
  • Menor posibilidad de que participen fuerzas sindicales reales de trabajadores en la construcción de esta HP, algunas de las cuales en el intento anterior venían de luchas importantes (ferroviarios, metalúrgicos de Villa Constitución, docentes, sanidad, neumático), por degradación sufridas por las mismas en la década menemista. Lo cual determinará que la presencia proletaria que se logre será ante todo individual, aunque en algunos casos puedan involucrarse dirigentes.
  • Mayor desarrollo social de una conciencia incipientemente antiimperialista en relación directa a la experiencia en esta década, del pueblo argentino, frente al capital financiero. Persistencia del sentimiento democrático general en relación al fenómeno represivo (pese a brotes aislados de sectores racistas o fascistas)
  • Crisis ideológica de las fuerzas que pregonan vías capitalistas alternativas (socialdemocracia y socialcristianismo), a diferencia de aquél período en el cual aparecían como en un curso ascendente.
  • Persistencia de la crisis ideológica de fuerzas declaradamente marxistas, aunque hay síntomas de una mayor búsqueda de sectores militantes hacia el pensamiento socialista.

Es este complejo entrecruzamiento de elementos el que dará el signo general a todo intento de estructurar una HP.

En ausencia del sector social determinante de los trabajadores, al menos en una etapa fundacional, el carácter general hacia el cual pueda orientarse esta construcción política estará dada ante todo por su programa y por las formas organizativas que adopte, y que facilite la incorporación a su seno de los sectores del movimiento de masas  al menos parcialmente– que  surgieron en este último período.

Así, las tendencias al frentismo de clases que surjan se alimentarán no sólo de la larga tradición política que tiene en el país en sus dos vertientes –el policlasismo peronista y el frentepopulismo estalinista– sino también encontrará una base material fértil en esa imprecisa composición social que puede solventar a esta fuerza de masas.  

Simétricamente, la incorporación de sectores del movimiento de masas que han desarrollado su práctica de movilización en todo este período, arrastrará al interior de la HP las concepciones vanguardistas que practican muchas de esos nucleamientos, alentados o controlados por expresiones ultraizquierdistas de diverso origen ideológico.

Se puede apreciar claramente que los comunistas deberemos afrontar al interior de esta estructura política problemas muy distintos a los que se planteaban a comienzos de los años 90, donde la estructuración de una HP, aún bajo el claro predominio ideológico y político de la conciliación de clases, estaba determinada por el definido carácter proletario de sus participantes principales.

En el cuadro actual, el papel la UMS y los marxistas revolucionarios que allí confluyan, es doblemente dificultosos: deberá asumir junto a la lucha por desarrollar una real fuerza de masas antiimperialista en todos los sentidos del concepto, el apoyo de toda tendencia o bloque que –más allá de su definición ideológica– intente expresar los intereses inmediatos del proletariado y trabaje para una efectiva incorporación de sectores significativos de la clase obrera a esta HP.

En términos generales y abstractos ambas tareas no aparecen como contradictorias cuando existe un claro papel hegemónico de los comunistas, que saben conjugar el interés general del movimiento con sus elementos particulares, pero en términos de las fuerzas políticas reales que hoy podrían confluir en esta HP pueden generar multiplicidad de antagonismos.

El surgimiento de una HP, con esa carga de elementos contradictorios con los cuales aparentemente  irrumpirá en el escenario político, no hace más que reafirmar, desde otro ángulo, la necesidad de fortalecer la UMS en particular, en tanto no exista una organización comunista superadora, tal como se plantea en diversos materiales presentados a este Congreso.

 

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA DEL PODER

La izquierda argentina tiende a confundir en sus planteos (y como resultante en sus consignas) el problema del poder con la caracterización de la situación actual, particularmente después de los hechos de diciembre.

La UMS sostiene con firmeza que no existe una situación revolucionaria porque en ningún momento la burguesía ha visto comprometida su dominación de clase, pese al aumento cuantitativo y cualitativo de las luchas en este período. Y esto obedece a la sencilla razón de que las masas no están en condiciones políticas de capitalizar esas luchas para una salida independiente, por más radicalidad que esas luchas alcancen en ciertos momentos.

Esto no significa que el  problema del poder no sea prioritario para la solución de la crisis argentina, o lo que es igual, está planteado como una necesidad inmediata sustituir a la clase social que gobierna hoy, porque ha demostrado a lo largo de los últimos treinta años que no puede hacer otra cosa que conducir el país a la ruina, a mayor fragmentación social y a creciente anarquía, pese a los distintos partidos gobernantes y las distintas formas político institucionales ensayadas. 

Esta última situación ya existía desde antes de la fundación de la UMS, sólo que ahora cobra otra dimensión porque ha sido captada, aunque en formas imprecisa y elemental, por sectores amplios del movimiento de masas, acelerando aún más la descomposición de  los aparatos burgueses.

La consigna “que se vayan todos” refleja imperfectamente esta nueva situación. 

Esto mismo ya le da otra dimensión a la forma en que se debe plantear el problema del poder, porque ha dejado de ser un análisis de la vanguardia marxista, para convertirse en una demanda social, aunque esta no sea consciente, y por tanto queda abierta la posibilidad de que la energía social desatada por la crisis, sea incluso utilizada en contra de los propios explotados, en forma absolutamente reaccionaria.

La dialéctica de la lucha de clases ha colocado al país en una situación en la cual  el problema del poder está infinitamente cerca, y a la vez, infinitamente lejos de la posibilidad de ser resuelto por las masas explotadas. Esta es la máxima contradicción dentro de la cual se mueve la vida política nacional.

Esto mismo exige de este IV Congreso un particular examen de ese problema, partiendo de esta contradicción.

La consigna que tiene de la UMS desde sus orígenes “ Gobierno de los Trabajadores y el Pueblo ”, no es una respuesta política al problema del poder, sino una expresión de la relación de clases del bloque revolucionario que –en función de un análisis marxista de la estructura capitalista dependiente del país y de sus fases de crisis– debe dirigir el proceso de superar  el agotamiento de la estructura burguesa, es decir el período de transición hacia la dictadura del proletariado, primer paso hacia el socialismo.

El nivel de desarrollo actual de la lucha de clases no ha generado aún ninguna forma política que permita, en primer lugar conformar ese bloque revolucionario, e inmediatamente dar un paso en la disputa por el poder.  

Sabido es que los comunistas no inventan las formas políticas, sino que se limitan a estudiar el contenido de clase que expresan las que la lucha de clases alumbra, en un contexto concreto.

Esa contradicción política señalada, inevitablemente se reflejará en nuestras consignas, porque en un momento en el cual se exigiría levantar una consigna política que eduque y prepare el camino hacia el poder no podemos limitarnos a seguir explicando el carácter de clase del futuro gobierno revolucionario, como en los años anteriores. Pero tampoco podemos inventar formas políticas que la realidad no generó. 

El documento Las corrientes denominadas  izquierda  plantea (punto 16) en forma correcta las razones por las cuales es necesario contraponer a esta seudodemocracia la perspectiva de una democracia obrera.

Pero además debemos utilizar ese concepto de Democracia obrera en nuestra formulación del poder porque se relaciona más adecuadamente con la actual situación, en tanto desplaza el planteamiento del poder de una formulación en términos de bloque de clases a una formulación que avanza hacia el concepto de forma política, que llegará a tener un contenido más específico y preciso según lo determine el curso de la lucha política (p.ej consejos obreros).

Esta formulación no deja de ser una consigna de propaganda (educativa) y no es nueva en nuestros materiales. Así en Eslabón 31 se habla de la “democracia de los trabajadores y el pueblo”, como contracara de las maniobras de las elites políticas burguesas. 

Por ejemplo se podría adoptar una formulación que enlace la experiencia actual de las masas con las necesidades futuras:

Que se vayan todos los políticos burgueses!! Por una democracia de los trabajadores y el pueblo!!

De ninguna manera debe entenderse esta necesidad de plantear el problema del poder bajo una forma política de sus condiciones como la posibilidad inmediata de conquistarlo. Pese a la crisis de las clases dominantes, en contra de todo perspectiva espontaneista, lo previsible es un período de acumulación de fuerza política de los trabajadores y explotados más o menos largo, cuyo primer paso a dar sería el surgimiento de una HP.

En esta perspectiva, la aparición de una serie de formas político-institucionales que modifiquen el régimen político actual, impulsadas por distintas fracciones burguesas en beneficio propio y para poder controlar la crisis, es totalmente previsible.

Frente a este tipo de situaciones será necesario precisar las medidas transicionales en cada circunstancia particular atendiendo a dos ejes principales. El primero es la posibilidad de desarrollo del movimiento de masas en dirección a la democracia obrera. El otro, es la posibilidad que esas nuevas formas políticas aceleren la descomposición de las propias instituciones burguesas, en particular las militares y de represión, que como se sabe son la razón última del Estado.

 

Octubre, 5 de 2002

N.

VOLVER

 


 

Hosted by www.Geocities.ws

1