Unión de Militantes por el Socialismo
Textos del IV Congreso (12 y 13 de octubre de 2002)
Aportes a los anteproyectos
Unión de Militantes por el Socialismo
IV Congreso Nacional Ordinario
(12 y 13 de octubre de 2002)
Asambleas. Una mirada crítica
En los últimos meses, un fenómeno recorre las asambleas de, al menos la ciudad de Buenos Aires. Encerradas en su propia construcción dos elementos se están afirmando. Por un lado el concepto, que se impuso con el advenimiento de las asambleas de democracia directa, degenera rápidamente hacia su caricatura, el basismo. Por otra parte, autoencerradas en su propia construcción territorial y negándose a la acción política las asambleas se están sectarizando a pasos agigantados. Aparentemente estas dos tendencias serían contradictorias, pero en la práctica cotidiana se presentan actuando en conjunto. Sin embargo este fenómeno, no es definitivo existen elementos importantes para revertirlo, existe militancia dispuesta a que las asambleas no terminen en otra frustración política.
El basismo asambleario expresa una actitud de un permanente volver a las bases, en este caso a la asamblea. Ante cualquier acción por elemental que sea todo vuelve a ser discutido en la asamblea. Al mismo tiempo incluye en su práctica cotidiana una feroz animadversión a cualquier forma de delegación o representatividad. La frase que se repite una y mil veces es: “si los compañeros lo votan es porque es lo que quieren”. Como todo, obviamente hay un elemento de verdad, efectivamente es lo que ellos quieren. Pero al mismo tiempo, la repetición de la frase conlleva la negativa del sector más comprometido a plantear, medidas y formas de construcción superadoras del mero estado asambleario. Se crea así una dependencia mística, de la base social, sin parar a pensar que esa base social está influenciada diariamente por la ideología dominante de la burguesía. Esta degeneración del concepto de democracia directa - que viene de los albores del movimiento obrero- niega en la práctica todo avance organizativo concreto. Pero además deposita en el espontaneísmo de las masas todas las expectativas de crecimiento y desarrollo. Cuando estas expectativas no se cumplen aparecen los cuestionamientos a la falta de compromiso de los vecinos. La lógica lineal impide ver en esta concepción que los vecinos, hace tiempo se encuentran desarmados política y socialmente, fragmentadas sus conciencias, rotos sus lazos solidarios. Recomponer este tejido requiere de herramientas superiores a las que otorga el espontaneismo y el basismo. Esas herramientas, que se encuentran en la construcción de políticas independientes, generalmente se encuentran enmascaradas por la pelea diaria por resolver los problemas acuciantes de miles de compañeros que están en el límite de la dignidad humana.
En el caso de nuestro país, y en el particularísimo de las asambleas populares que aparecen después del 19 y 20 de diciembre, el basismo aparece como una respuesta al vanguardismo de algunos partidos de izquierda, con el consiguiente aparateo de estos. Sin embargo, ambas expresiones son formulaciones degeneradas. De la democracia obrera, el basismo y del papel de vanguardia de la clase trabajadora - como clase política en un proceso revolucionario- el vanguardismo.
Frente al colapso de la democracia burguesa, las asambleas impusieron un espacio de unidad social olvidado, que comienza a construirse desde los primeros días del 2002 y conjuntamente con esto impusieron en la discusión de todos los días la validez del la denominada democracia representativa.. A la cual desde estos nuevos organismos se le opone la democracia directa y participativa. Pero junto con estas discusiones, se instala con mucha fuerza la noción de que no hace falta ningún tipo de organización mayor que la propia asamblea. A lo sumo un enlace de asambleas, para actuar coordinadamente en los reclamos ante el gobierno, y en última instancia imponer el que “se vayan todos”.
Esta concepción, impone la noción que en la democracia directa y participativa se encuentran el remedio a todos los males de la sociedad. Es decir sólo hace falta que el pueblo reunido en asambleas, vote y apruebe tales y cuales propuestas para que a partir de allí y sólo con el peso de las movilizaciones se cambie la correlación de fuerzas. La aplicación lineal de esta línea de pensamiento lleva a expresar que si en la calle hay 100 personas te dan 300 bolsones de comida y si hay un millón se entra a la casa Rosada y se toma el gobierno. En los casos más extremos de la concepción, asambleista-basista, como el expresado en el Foro Social Mundial, donde en uno de los paneles, un panelistas que se presentó como asambleista - asumiendo de hecho una nueva categoría soocial- afirmó que las asambleas exigen que se vayan todos y no venga ninguno. Y agregó, “sabemos que en las próximas elecciones esto no va a ser posible, pero nosotros (las asambleas) seguiremos estando allí, reclamando para que se cumpla con el pueblo y sino que se vayan”.
Obviamente, esta línea de pensamiento, evita pensar y analizar la correlación de fuerzas entre las distintas clases sociales en pugna, el grado de conciencia de las clases oprimidas y explotadas, la fragmentación y disgregación social de la clase trabajadora en el proceso productivo, la acción de propaganda del enemigo. Sólo es necesario convencer a los compañeros de la necesidad de su participación en las asambleas y movilizaciones. Y de allí el que se vayan todos, se transformará por obra y gracia de una insurrección espontanea en una realidad.
Como se ve, en todo esto existen elementos que son necesarios y que revisten una importancia mayor. Como puede ser el de la participación popular en la lucha. Sin embargo se equivoca quien supone que la suma aritmética de compañeros por si misma lleva a un cambio cualitativo, primero en la conciencia de las masas y luego en la correlación de fuerzas con el gobierno o las patronales. Todavía resuenan en los oídos de muchos las palabras de Menem diciendo en referencia a alguna de las importantes marchas que lo repudiaron durante su primer mandato: “ni 10 mil marchas como estas harán cambiar el rumbo del gobierno”. Y durante los dos gobiernos que presidió hubieron muchísimas marchas que no torcieron un ápice su política.
Un elemento más que aparece con las asambleas, es la idea de feudo. Como cualquier política de construcción territorial conlleva el peligro de caer en esta desviación que no es más que ponerle un corralito a la acción social del sector en cuestión. Esto también lleva al chovinismo, y así cada barrio comienza a descubrir las maravillas propias, maravillas que a veces pueden ser reales, pero que no sirven para nada si de lo que se habla es salir de la situación de opresión generalizada en todo el país. De todas maneras, para un vecino de Palermo Viejo, su periódico, su página web o su feria cultural adquiere el mismo brillo, que para un vecino de Constitución el hambre. Esto puede parecer contradictorio, hasta una exageración. Sin embargo, poniendo la mirada desde otro ángulo, aparece que tanto en Constitución como en muchas asambleas del sur de la ciudad, el tema del hambre y su resolución mediante los bolsones ha pasado ha ser tema casi excluyente. Al punto que aún en los enlaces se instala, el concepto: “de eso no hablamos, porque allá lo excluyente es el hambre”. El efecto de esta frase en cualquier reunión es lapidario, nadie se atreve a replicar y el activista queda conforme y mirando a su alrededor. Por supuesto que hasta cierto punto tiene razón, pero sólo hasta cierto punto. En algún momento, se perdió el rumbo y el hambre ocupó los espacios que debía ocupar la política.
En consecuencia nada se puede hacer ya que “el hambre es hoy”. De esta manera una consigna que en el momento en que nació, era progresiva, que imponía en la discusión con los funcionarios municipales una realidad de hierro, degeneró en caricatura. El hambre es hoy; con la vigencia que tiene, porque hoy hay más hambrientos que cuando se acuñó la consigna; en la práctica diaria retrasa el avance en la conciencia y ya comienza a mostrar signos difusos, pero visibles, de una acción de descomposición social.
Con todo lo válido que tiene esta consigna el trabajo político quedó a mitad de camino. Está claro que una consigna no arma políticamente, sino que señala un camino para la acción. Su complemento necesario es la propaganda, es decir muchas ideas que actúen sobre los compañeros para ir cambiando de una conciencia que reproduce la de la clase dominante a una propia e independiente. Por eso, al no existir un trabajo de politización de los vecinos, la consigna se transformó en la conciencia de cada vecino en mi hambre es hoy. En consecuencia el próximo paso es, ante la negativa previsible del gobierno a dar todos los bolsones de comida exigidos, que se enfrenten hambrientos con hambrientos, pobres contra pobres.
El trabajo barrial o territorial (no es lo mismo pero es similar), es obviamente el ámbito por excelencia de las asambleas. La construcción en la retaguardia de la sociedad adquiere, en la actualidad, una importancia superlativa. En un momento de retraimiento y falta de acción de la clase obrera. Los trabajadores se acercan a la lucha social a través de las asambleas. A su vez estas actúan como una barrera de contención frente a la disgregación social tanto de los sectores más oprimidos como de los sectores medios. Esta contención sirve para evitar que caigan en manos de construcciones de ultraderecha. Sin embargo, cuando la relación vecinos-asamblea se transforma de a poco en un círculo cerrado; el cambio, al principio imperceptible, lleva de a poco a transfomarlas de organismos de unidad social a sectas.
Ya no importa cuán masiva sea una asamblea. Existen algunas masivas – hoy, septiembre de 2002, esto es hablar de 100 personas a lo sumo 200- y otras no tanto. Existen asambleas con buen trabajo territorial y otras preocupadas en dirimir líneas políticas entre los distintos partidos que las componen. Sin embargo a todas las atraviesa una misma realidad, que tiene varios ingredientes.
1. Comienza a despuntar algo que intenta imponerse como una nueva categoría social: el/la asambleísta. A aquellas concepciones que primero plantearon que los desocupados eran el nuevo sujeto social, luego expresaron que los piqueteros eran la vanguardia, ahora se le sumarían los asambleistas como nuevo sector social, diferenciado del resto de la sociedad. Sintéticamente un asambleísta se lo podría definir como heredero de los caceroleros, pero de izquierda.
2. El motor de la mayoría de las asambleas, ha pasado a ser un sector de la misma, que generalmente viene de alguna militancia político-partidaria en los ´70 u ´80, algunos libertarios y en su mayoría todos sin pertenencia partidaria actual. Estos, asambleistas, son en su mayoría ferozmente basistas, y reniegan de toda construcción política que supere el marco de la asamblea, e inclusive se ubican en fiscales de cuanta organización político-sindical existe en el universo
3. En las asambleas que han incorporado una base social proveniente de los barrios, los compañeros que se suman vienen con un alto grado de despolitización y por lo tanto son funcionales a las líneas que nacen del sector del activismo asambleísta.
4. Un elemento más que se agrega, es una visión subjetivista de la realidad, espontaneista. De esta forma de ver la política se desprende una actitud, de dependencia mágica a otro 19 y 20. En consecuencia mientras se espera la nueva pueblada, se construye sin acción política concreta.
5. Un último componente es la visión crítica de ultraizquierda a cualquier construcción política que no sea de aparente confrontación total con el poder.
Desde la excusa facilista, que las asambleas se encuentran urgidas por dar respuesta a la realidad social acuciante, este activismo asambleista, niega la discusión política seria. Y esto vale aún para a aquellas asambleas donde supuestamente hay mucha politización y en realidad lo que se hace es sólo una confrontación, como se señala mas arriba, de distintas líneas partidarias. Esta negación esconde la animadversión al estudio, a zambullirse en la teoría política, es decir a comprar problemas, en cotejar ideas con la historia de los movimientos revolucionarios y por el contrario se trata de imponer entre otros, el método de la duda eterna, el de ir a la batalla sin certezas. Es decir enfrentar al enemigo sin armas. Enfrentar fusiles ametralladora, con palos.
Consecuentemente con la negación a entrar en la batalla política, aparece la autocomplacencia por la práctica social. Sin embargo a medida que esa práctica se profundiza y el enfrentamiento con el poder se agudiza se hacen cada vez más dolorosamente reales la falta de herramientas políticas. El camino de encerrarse en la autocomplacencia por el trabajo social lleva casi imperceptiblemente a que las asambleas comiencen a funcionar con prácticas sectarias. Donde todos y cada uno tiene un lugar asignado, donde desde el más politizado al menos politizado, desde el loco al cuerdo, desde el honesto al que cojea, todos tienen el lugar asignado. Entonces la asamblea discurre por caminos conocidos y permitidos, aún cuando su discurso sea de dureza, su valor revolucionario se ha perdido.
Pero es necesario mantener la mística de organismos radicalizados, por eso a medida que pierden peso político, en un raro cóctel similar al Cambalache de Dicépolo, junto a la permanente referencia basista, conviven en las asambleas el vanguardismo que prioriza acciones que llevan adelante pequeños grupos de activistas. Así aparecen más y más sectores pequeños que impulsan acciones radicalizadas, (las tomas de locales por ejemplo) sin el concurso de las masas. Estos sectores, con un absoluto desconocimiento del nivel de conciencia de la masa están siempre dispuestos a marchar, tomar, etc, etc. Contradictoriamente, impulsan una suerte de discusión política, pero basada únicamente en un enfrentamiento mágico con el poder y evitan constantemente todo tipo de accionar que lleve a la reconstrucción de la unidad social. Son la herencia caricaturizada del foquismo. Esta tendencia es abonada por la supuesta izquierda revolucionaria. Las tapas de la mayoría de sus periódicos en la fecha en que se escribe esto están tituladas con distintas variantes del “que se vayan todos”. En ningún caso ofrecen al pueblo una alternativa de construcción de masas.
Así a medida que la sectarización avanza en un proceso no muy largo se comienza a ver la realidad desde la óptica ultraizquierdista. Una es funcional a la otra.
El ultraizquierdismo ve la realidad con lentes que tienen sólo negro o blanco, es incapaz de ver los grises, que es el tono preponderante. Pero el rasgo fundamental de esta concepción, aparte de producir quiebres y desflecamientos, es su anemia política. Es incapaz de accionar políticamente sobre la realidad. Su práctica se traduce en una denuncia constante de los traidores y personajes de todas las layas, como si la batalla política contra el sistema fuera una película de héroes y villanos. Al mismo tiempo que se demoniza la acción política se prioriza la unidad de los que luchan en detrimento de la construcción política de masas. Es decir niega en la práctica al frente único proletario, o sea: “el frente único de los distintos sectores de la clase obrera que es la forma práctica de organizar los distintos niveles de conciencia de clase (...)para que el proletariado se constituya en clase política” (El estallido del MAS. Ultimo ensayo de construcción sectaria por Norberto Bacher- Crítica Nº 3).
Desde el Olimpo asambleista, se impugna por igual a: la discusión política, la construcción política, a los partidos de izquierda tal o cual, a la CTA, a la socialdemocracia, y a todos los sectores que tienen alguna influencia en la masa, pero que no coinciden con la visión del asambleista típico.
Está claro, que la lucha de las masas para cambiar al sistema capitalista no puede avanzar sin su independencia ante la distintas formas de control político del capital. En ese caso la lucha contra la socialdemocracia, el socialcristianismo, las distintas formas populistas y reformistas, debe ser total y a fondo. Así como contra el ultraizquierdismo. Sin embargo la construcción de una herramienta política de masas, requiere caminar por caminos grises y fangosos donde seguramente los sectores revolucionarios y los honestamente comprometidos con los cambios sociales y políticos se encontrarán muchas veces en minoría. Aún así las batallas deben ser dadas y sin desmayo. No es la clase obrera y el pueblo quien elige el campo de batalla, hace tiempo lo eligió el enemigo de clase y allí es donde debe darla sin desmayo.
La lucha de la mayoría de las asambleas es una especie de lucha gremial. Casi se han transformado en el sindicato de los hambrientos. Pero la realidad es tajante y contundente. El poder, aún con sus debilidades, marchas y contramarchas, tiene al menos un proyecto de mínima, perpetuarse. Para ello usa todos los resortes políticos, sociales y económicos de los que dispone. Por eso es perentorio, que en las asambleas se discuta y analice como superar el mero estado asambleario y como se construyen formas superiores de unidad social y política.
Algunas responsabilidades
Los partidos políticos –de la izquierda tradicional y los de centro- quisieron usar las asambleas, como lagunas donde pescar militantes o en su defecto coptarlas detrás de sus proyectos partidarios. Sin embargo, ambas acciones fracasaron. Este fracaso, que podría haber fortificado a las asambleas, se produjo sin embargo desde el espíritu del asambleista que se describía más arriba, por lo tanto aún en el fracaso, esas políticas partidarias fueron un retroceso para el avance cualitativo en la conciencia de las asambleas. Sobre todo la acción de los partidos de izquierda produjo una cristalización en el rechazo a la política revolucionaria y dejó la tierra arrasada para el debate ideológico y político. El pensamiento marxista y revolucionario en general fue asimilado como parte de la práctica de los partidos de la izquierda y en consecuencia se levantó una barrera que impide el acceso a la teoría política revolucionaria. Al negarse esta posibilidad se cerró de plano para que una cantidad importante de compañeros accedan a los conceptos de frente único proletario y frente antiimperialista.
La UMS
Nuestra organización, es inútil negarlo, no podría en ningún concepto haber cambiado el curso de los acontecimientos que hasta acá se han sucedido. Sin embargo, fue sólo un escaso equipo el que asumió dar la batalla en las asambleas. Aún cuando no era necesario volcar todos los compañeros a la militancia en este frente, si quedó en evidencia que el tema de las asambleas no ocupó el pensamiento y la reflexión que merecían. Sin duda, se pueden aducir múltiples razones. Pero es importante señalar, que en estos organismos se está poniendo a prueba la línea política de masas de la organización. Los resultados pueden ser peores o mejores, pero es necesario que el conjunto asuma, aunque sea en sus reflexiones y aportes teóricos la importancia de este fenómeno.
Conclusión
El proceso que puede desviar a las asambleas de su papel aglutinante de unidad social a sectas de ultraizquierda, contiene algunos elementos objetivos que merecen tenerse en cuenta para no caer en una visión derrotista.
1. El primero de ellos, sin duda, y que pesará todavía por décadas es la derrota sufrida por el movimiento popular y revolucionario a partir de 1976. Me refiero concretamente al exterminio físico de una generación de militantes revolucionarios que habían nacido políticamente con el Cordobazo.
2. Luego durante los años de la democracia, se impone una segunda fase descrita como la segunda operación de cerco y aniquilamiento - esta vez incruento- de militantes antimperialistas y anticapitalistas en la segunda mitad del siglo pasado.
3. El segundo genocidio, ahora en marcha. El hambre, la pobreza producto de la desocupación feroz que afecta a la mitad de los pobladores de este país.
4. La falta de una política consecuentemente comunista de los partidos autodenominados marxistas o revolucionarios. Su culto al espontaneísmo, al aparateo, a ver en cada vuelta de esquina una situación revolucionaria. La negativa feroz a involucrarse en la construcción de un herramienta política de masas, dejó a la mayoría de la militancia apartidaria pero con algún grado de politización sin referencias claras para la construcción política.
5. La defección de muchos dirigentes sindicales, que podrían haberse transformado en líderes reconocidos para las masas y que sin embargo se autoencerraron en la lucha sindical.
6. El papel, obviamente nefasto y previsible de los centros del imperialismo mundial, Estados Unidos y la socialdemocracia europea, que diariamente compran, corrompen y quiebran voluntades.
Frente a este cúmulo de problemas, en el diagnóstico está la respuesta. La acción política. No es el remedio mágico, ni el elixir del mago de la montaña, es el único camino posible. Sin embargo para entrar a esta contienda, hay que desandar caminos, hay que romper con los preconceptos que inhiben a los militantes y activistas de ir nuevamente a abrevar en la historia de las revoluciones en el mundo. Esa noción de que un activista ya sabe todo y ya tiene respuesta para todo es altamente nociva. Si bien es cierto que ningún libro va a enseñar como se resuelven los problemas cotidianos en Constitución o en cualquier parte del universo. También es cierto que la historia de las rebeliones populares, no comenzó el 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina. Esa es una visión solipsista, individualista y pequeñoburguesa. La historia de los pueblos en general y de la clase obrera en particular está llena de enseñanzas que son importantes incorporar a la mochila de cada militante.
“No hay práctica revolucionaria, sin teoría revolucionaria”. Lenin.
La historia todavía no se terminó de escribir, cada militante, cada activista, cada vecino, cada trabajador la está escribiendo en cada esquina de los barrios, en cada plaza, en cada marcha. Sólo se requiere, unir lo social a lo político. Entrar en la contienda con las mejores enseñanzas de estos ocho meses y descartar todo aquello que impida dar pasos en pos de una construcción superadora. Y la historia también enseña que las asambleas, denominadas en otras latitudes consejos, produjeron cataclismos sociales y políticos que ninguna reacción podrán sepultar jamás.
8 de septiembre de 2002
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