TANGO
DEL ODIO Y LA NEBLINA
Esta noche de ríspidos bubones de
neblina,
por las callejas de esta ciudad ignota,
reflejado en calaminas ácidas,
me visto de tus ojos de fiera.
Aquí el invierno bate sus Cuervos
en los pinares
y las eléctricas Ardillas
manotean sus sueños,
mas yo, arce y clepsidra, solo
en la casa de piedras y vitrales,
me sumo en el cieno de la oscuridad
y ausculto el latir de mis venas
y el chasquido de mis carnes abrasadas
con el cauterio de odio
de tus ojos, Agarena.
Aquí, tocón quemado,
flama de vela en el moho y el polvo,
rechinar de vidrio
en la noche
silente
de nieve
y de bubones de neblina.
ENDECHA DE LA
ABUELA
Abuela dice
que el frío es grande
en la cocina
de esta nuestra casa abandonada.
Y padre no dice nada
en el fondo
de su tumba.
¡Oh, cómo, titubeando,
se va el tiempo
entre mis arrugas y mis pelos canos:
tanta década de mi padre ido
con sus largos dedos
atados a mis venas!,
y tanta abuela
vagando en el silencio
de su rostro enturbiado!
MANANTIAL
Un dolor
como un pájaro caído en la cuneta,
un dolor
del tamaño del mar;
y un amor
repletado de nubes del alba,
y un amor
de carne y de hueso,
de vientre y de labio.
Y un camino
inconmensurable de alegría de niño
que da sus primeros pasos
y crece potente
bajo la lluvia
de fuego y de granizo.
Un dolor y un amor
protegidos para siempre
en mi camino...
Cayo Morangis,
12h00, 27.II.96
GAZEL
# 1
Oirás la madrugada afónica;
el vapor de los vidrios
tornasolar
sin calor,
el frío del verano luido trepanará tus huesos
y yo no seré sino un papel
o un contorno en la
pared,
difuminado,
o un pequeño gesto
en la risa de mis niños
nacidos en tu carne.
Yo entonces ya estaré muerto
y gritaré por tocarte;
toda la noche entonces será
entera sólo para mí.
Para ti siempre las estaciones
darán flores
y los ciroleros en los campos
no te hablarán de mí.
París,12.I.96
MARIRÍ
DE MARÚ
Estoy en el centro de la
cólera:
Debo odiar hasta la última molécula de mi sombra.
Inflo mis carrillos para hacer
silbar más mis pulmones y que crezcan más sin
temor mis testículos.
La sed no es sino un paso
hacia el incordio de la fiebre.
No me esperes:
Estoy
escupiendo
en el rostro de mi
alma;
soy ahora el aullido
híbrido de la fiera y el fauno,
y todo tu dolor cabe en mí
como un puñete
entre los dientes.
Mastico liendres. Si aún no
sabes mi nombre
aprende a vomitarlo.
Veo la cara de los marranos
y sus miradas me apestan.
Un frío sudor
de sol maltrecho
entra en mis tendones.
Aprende a verme como soy:
Un felino transido de hambre
masticando su corazón.
Tú tienes ácida
la luminosidad de tus axilas;
yo sólo mis colmillos de jaguar
y un bostezo de hierba ensangrentada.
Si vienes a mí, debes ser mi
perra,
pues he vuelto a ser cuadrúpedo.
Pero puedo amar.
Puedo amarte.
Puedo aún llenar tu vientre
de dos niños lobos blancos,
de dos lobeznos de mirada atigrada
que laman tus pezones
y babeen de felicidad
cuando respires a mi costado.
Hoy que arden mis insomnios
y estallan como tiroriros de diamantes:
aprieta tu vientre, más,
y cramponados como dos arácnidos,
dos cangrejos trenzados en sus tenazas,
hagamos que las asperezas de la piel del día
esputen su hollín.
Grita. Grita.
Recuerda que no tenemos para nosotros
más que una sola vida,
ésta, que nos permite ensamblar
tu mucosa y mi orgasmo.
¡Grita! ¡¡Te digo que grites!!!
Abramos los candados
de nuestras insatisfechas amputaciones.
Así, a cada nuevo espasmo,
la bilis que me ahoga
desparecerá.
Siente. Siénteme.
Que tu pupila brille
y rasmille tu vulva
mi corozo y astil:
nada, en este instante, tiene mayor importancia.
Aquí, entre tu sangre y mi
labio,
dios es un intruso;
mi verga ondulante
vale más que sus diez
mandamientos.
Obscena me parece su idea
y su existencia una
burla:
Aquí, dios es un chancro
metido en tus
pensamientos.
Déjalo. Deja.
Acomoda tu resuello
al latir de mi arteria.
El mañana respira conmigo.
Debo beber de tus cabellos
pero mis dedos no pueden abarcar
tus redondeles profundos. Y lo intento.
Ven. Aprende a masticar
mis palabras: En tu honor
me arrastro como una
lamprea,
buceo en ti; y me hago
niño.
Recuerda. Aún unimismados,
sigo en el centro de la cólera!:
Puedo estallar como una granada de fragmentación niquelada.
Y puedo seguir envuelto en la bandera de la rabia.
Tú, ahí, debes ser mi espada
y el
cuello que saje.
Yo, aquí, respondo por mí y por mi muerte
impoluta,
y no puedo entregarte entero
otro que yo
completo, con sus callos
y nervio rotos.
Pero también soy un mar
que lavará tus heridas.
Enfrascado en el centro de la nada
soy más entero si puedo verte dormir.
Ya. Quieta. Orgasma,
mi divina ramera
y madre de mi paz aldehída.
Rompe tu molde de súcubo
insomne
e imagíname caminando bajo la lluvia
con mi cigarrillo mojado:
ésa puede ser la metáfora
de mi minuto sin ti.
Sábelo. Mi carencia de ti
se compara al dolor
agudo
del vientre del
opiómano
al despertar en su cucheta sucia.
Su temblor de serpiente electrizada a punto de desmayarse
se parece al instante
en que dejas de besarme.
Huye, por favor, de mí,
porque mi hambre de ti
es insaciable. Huye,
sin mirar a nada, al centro de mi pecho.
Y cobíjate eterna detrás de mi esternón.
Maquiavélica, desde ahí,
despliega tus alas bipolares
y muéstrame el camino
que me conducirá a ti
para siempre.
Me regodeo en la dulzura de mi
odio,
si te alejas.
Escupo mis vísceras.
Me viene el calofrío y el síndrome
de mi abstinencia de ti.
Pero siempre te encuentro
y río, así, como un loco
llenos los cabellos de
polvo de oro.
Y así escapo
del borde
del labio
de la muerte.
Recuerda. Aún soy un animal
eviscerado
que está aprendiendo a tejer
el algodón del perdón.
Recuerda. Aún puedo balancearme
en el borde de la fosa.
Recuerda. Mi cadáver puede oler
a esencias de anémonas azules;
pero sólo sería una piltrafa, un feto
con el dedo entre las encías.
De ti depende que yo arda como una bujía
de aceite dorado y luminiscente.
Para ti yo soy un grito en la
noche
que no puede pedir clemencia.
Yo soy un muñón apuntando
el
horizonte del alba.
Mi dulce zopilota,
bebe de mi copa la miel
y el acíbar;
sé, también, como yo,
una Bestia
que danza.
Tingo
María, 13-16 de octubre de 2005.
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