|
MUJER
VEGETAL
La tuve una noche.
No la he vuelto a ver.
Como la orilla de un océano blanco,
como la luz que asciende de las rosas,
como el ángel girante de la aurora, era.
Colegiala en desuso, amante aprendiz,
Ninfa descalza que aún transita por mi alma.
No la amaba, es cierto.
Pero cómo no haber amado su territorio puro,
su altura de palmera inconclusa,
su yodo, su paz, su salmuera...
Por desgracia no tuve para darle sino uñas
y dientes, y dedos derretidos
y una agua sorda y turbia que corría
como un jinete blanco.
Por desgracia solo pude quererla con besos
y movimientos amarillos.
Sin embargo, entre el alma y la piel
algo se me iba muriendo,
algo de pájaro,
algo de delicia y de olvido.
Ahora la recuerdo con el alma apretada.
Su recuerdo me pasa a través de los huesos.
Veo sus senos machacados y florecidos,
su vientre de azúcar decaída,
sus muslos temerosos y fugitivos.
Veo su cintura nocturna y substanciosa.
Veo sus líquenes, su médula y su oculta rosa.
Oh, luna vegetal, pan festivo...
A mis pies cayó, como del árbol la fruta
cuando ya tiene el aroma de la tierra.
Ahora debe estar caída en otra piel,
debe estar perdida
en un país de pelos, hoteles y ceniza.
Ahora mismo debe estar desnuda.
En tanto aquí,
la recuerdo con el alma de rodillas.
LO ACABOSE
Como la diosa mancillada
que desde fulgurante cumbre
desengañada mira
la tierra donde fue dichosa,
así contempla,
malheridos ya de sombra,
los áureos e inmortales campos
donde fuimos hasta ensangrentarnos
felices.
Yo no los veré: se me caerían los ojos.
Ya nunca más veré saltar de árbol en árbol
los pavo reales fatigados de belleza.
Ya jamás veré a aquel mago
sacudir las montañas
para que los crepúsculos caigan.
Ya jamás los veré. ¿Para qué?
El tiempo es un ángel que sube jadeando
una negra escalinata
por donde baja el sol hacia el olvido.
Retornar del futuro
con el tesoro del pasado en hombros cuesta.
Imposible es hospedarse en castillos
donde ya por siempre habita
cáscaras y huesos:
yo no quepo en esos torreones insolentes
que despreciaron vestir
el traje ileso del colibrí
por telas de araña
que encallan los vivos entre los muertos.
Así es la vida. ¿Para qué quejarse?
No llores más ni derrames
tristísimos mares de pena,
ni mires rencorosa
hecho trizas
el arco iris que soñamos.
Mejor vete con sirenas,
vete con la ola que sepulta el salto de la luna,
vete con la bondadosa Yacucalle
que fue mi tesoro de ojos azules.
No volverán los soles
a encenderse en tus labios.
No volverán las golondrinas
a extraviarme en tus pestañas.
No volverán a turbarme
tus monstruos gentiles.
Ay, atrás quedó la dicha
cubierta por la hierba,
atrás el charco
donde se pudre eternamente la luna.
La tempestad vierte hoy
lágrimas tan largas; mañana,
otros ojos nos mirarán desde la niebla.
TRASPIÉ
Una tarde -¡Cualquier tarde!-
en una esquina nos encontraremos.
Mi corazón se abrirá como una puerta
tímida
y de él emergerán pájaros
que se pudrirán a mitad del vuelo.
Triste es desandar los caminos
y mirar lejanas
las cosas que creíamos llevar dentro.
Difícil mirar el horizonte
cuando ya nos ha crecido hierba en los ojos.
Vislumbraré sin embargo
esa aureola invisible
con la que un día mi corazón te coronó.
Y querré llamarte.
Pero mi voz
ya no tendrá esa ternura azul
con la que hablan los poetas enamorados.
Ya me habrá crecido musgo en la voz.
Y así, alegre o herido,
generoso o vengativo. Es igual.
Difícil es distinguir entre la hierba y el olvido.
Ovillaré el camino desandado.
Iré a un sitio donde tus labios no sonrían,
a saciarme de otros miedos,
a reírme de otras lluvias,
a morirme de otras penas.
Y mi corazón se cerrará como una puerta tímida,
aunque de los ojos al alma
me caiga un turbulento río.
BALADA
MARINA
Lesly emergía del mar con una aureola de
plata.
Yo felizmente era de tierra,
dichosamente vivía en un túnel.
Su altura por eso jamás me alcanzó.
Yo simplemente acechaba
su diadema de diosa fugitiva
mientras peces sedientos surcaban los aires.
Sin embargo, tortugas y estrellas me custodiaban.
Cada noche la marea depositaba en las palmeras
nautas dormidos.
Ella vivía amancebada con la luna.
Yo me negaba a iluminar con mi canto
las fétidas plumas de la noche.
Pero era bella:
tenía un temblor de agua limpia
y una sombra larga y femenina.
Claro que a veces se elevaba hacia la
Cruz del Sur,
pero volvía siempre cargada de pleamares
caracoleando musical por los anchos aires.
En castillos de arena aguardaba a Lesly,
la niña de delantalitos blancos.
Lesly era una gaviota;
yo, un cangrejo fugitivo en la playa.
LA
NACIONALIDAD DE LA TERNURA
Hay olor a edad en Yacucalle.
Ha pasado el tiempo del orégano,
de la avena y las medusas, de los trenes...
La maleza ha crecido, muchacha,
ha crecido y cambiado de piel
la nacionalidad de la Ternura.
Recuerdo, muchacha,
cómo era Yacucalle antes de esta soledad:
una iglesia, un fraile,
un parque y la calle nueva.
Mil turistas, en los trenes,
hacían manos de adioses y se desvanecían.
¡Qué país! ¡Qué vastas sus resinas!
El viento congregaba en sus cuarteles
el espeso aroma de las lilas.
Mis manos llovían sobre ti
acariciándote,
acribillando tus ansias,
poblando tu cabellera extensa,
más extensa que el horizonte y sus doradas eras.
Tu mirar tenía la paciedad de las
almendras.
Tu cintura arborescente
parecía hecha de marfil o de la mejor avena.
Cómo no acordarme de la loca luz de tus
pezones
y del dulce riego de tus uñas.
¿Recuerdas esos querubines
que un día eché a volar de tus caderas?
¿Y esos trenes que a veces se dormían en la calle nueva?
No sé si eran hijos de Schubert o de los pitos de agua,
pero venían del sur
con un concierto antiguo en su boca de alambre.
Cómo me duele el haberte conocido.
Estás hoy tan distante.
Si tan solo hubiera faltado la vieja luna de mi pueblo,
nunca te hubiera llegado a conocer, muchacha.
Extraño la huella delgada de tu risa;
sonaba como un trinar de pájaros a medio día.
En tus labios miraba esa inquietud que tienen los mares.
Tenías en ellos, creo, el calor de los volcanes
y un nudo de inocencia que me apretaba la sienes.
Pero te fuiste. Me tumbaste hasta el alma
¡oh, pequeña enemiga mía!
Me desgarraste las venas.
Un río de humo baja hoy
desde la torre de la iglesia hasta mi corazón.
Pero, ¿dónde estás?
¿A qué punto de la primavera has huido?
Aquí sólo hay ceniza, muchacha,
y mis manos están vacías.
Es tiempo de volar.
Yacucalle no es ya la nacionalidad de la Ternura.
|