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1
Un joven, cargado de silencios, pasa en la mañana. Su mirada
es un cielo más en la vejez de su
cansancio.
Garúa de por medio, cruza por el parque, con ese permanente
deseo de vivir y morir entre los brazos de sus hijos
para que el mundo no lo
olvide.
De pronto se detiene en una esquina,
como presintiendo que no tiene mucho tiempo para soñar
con los recuerdos de su madre
ni con las estrellas
desesperadas de su vida.
Entonces se sienta en una banca (hay muchas formas
de aceptar el paso de la
muerte), mira el cielo
gris, devastado por la
niebla,
del cual jamás pudo escapar desde los silencios de su infancia,
y se echa a descansar, soñando, seguramente, con esas flores
que se marchitaban en las
ventanas de su casa
mientras la garúa le resbala por los resplandores ensombrecidos
de su frente.
2
Las palomas vuelan de los techos, perdiéndose en las nubes.
El árbol, añoso, de flores amarillas, nos recuerda los tiempos
vividos en la casa
donde levantábamos almas hechas de azares y naufragios.
Un drogadicto, casi como un fantasma, desemboca,
sonámbulo, por la
esquina, frotándose los ojos,
rojos por el ron y la
agonía de sus días.
Tambaleándose, intenta hablar con las sombras de sus pasos,
Pero nadie le hace caso. Ni las palomas que vuelan de los techos,
perdiéndose en las nubes, ni el viejo panadero
que llega como siempre
tocando su bocina.
Inesperadamente,
la perra del vecino ladra desde sus rincones infinitos
espantando moscas y rencores que viven procazmente
en el fondo de la
noche,
pero la reja de madera y el frío provocador de la desidia
se lo impiden,
como al joven drogadicto, cuando trata de alcanzar,
entre los árboles añosos, de flores amarillas, los recuerdos eternos
y fugaces de su vida
11
Ha fallecido el amigo que acostumbraba a decir,
La vejez son las derrotas del pasado, las promesas
incumplidas que lloran su vacío
y miran pálidas el rostro condenado de la dicha.
Por lo que, como un niño, se ponía a jugar
con sus perros en el huerto,
y a mirar, como un ciego, las olas murmurantes de la tarde.
Pero cuando hablaba de las tristezas de su vida,
de la fugacidad del encuentro y desencuentro con sus hijos,
él, que no tenía nada que perder en las malezas de la playa,
ni buscar en los vientos de la noche o en los remolinos
enfervorizados del espacio,
se marchaba lentamente hablando de las arañas
desfallecientes del verano.
Entonces desde lejos nos miraba y volvía a hablar
de las agonías silenciosas
de su alma, y decía,
He bebido el mismo vino, la misma agua, el mismo sol
feroz de los pesares,
ojalá que la ingratitud y la voracidad de los gusanos
no me jueguen nuevas trampas y acaben de una vez
con la mirada inhabitable de
mis días.
Y como no obtuviera respuesta de las espigas picoteadas por la lluvia,
volvíase a pasear, con su
perro, a las seis de la mañana,
sin saber que volvería a mirar las mismas formas
indescifrables en el sueño.
13
Un joven de anteojos gruesos y mirada desvelada
como un espantapájaros, me
mira.
Parece que no creyera en dios ni en las pequeñas confesiones
emanadas de sus labios.
Sin embargo, y por las pisadas atormentadas de su vida,
no es él el que me mira, el que cree en dios
o en la soledad menesterosa
de su ausencia,
pues nunca se pregunta -y eso se ve por su figura
exterminada en la desgracia-,
¿Cuál es el temor que atraviesa el desencuentro de mis pasos,
por qué soporto este vacío para crearme otros vacíos,
otras promesas, más torpes, que no dependerán jamás de mis
afectos?
Me imagino. Desde niño no solamente ha contemplado
murciélagos en el sueño, sentido el sol reseco de los trigos,
el prólogo a veces infinito
de la lluvia,
sino que jamás ha hablado con el azul de las estrellas,
con las perdices
desfallecientes en el campo,
a pesar de lo cual le encanta conversar con las vendedoras
de café en los muelles de la
aurora,
mientras su mujer, su pálida mujer, de invisibles rosas infinitas,
lava la ropa de los niños y
las veredas de su casa,
recordando lo arbitrario y confuso de la noche.
Entonces llora desconsoladamente entre las hojas de eucalipto
sin saber que la realidad también pierde sus sentidos
y como él, todo el afán del
universo.
Y cuando le hablo me pregunta, como golpeando sus recuerdos,
¿No seré yo el otro lado azul de
las estrellas,
la inexistencia de la vida, la derrota de los días,
el infortunio dormido de los
tiempos,
manchando con sangre y cinismo
el rostro eterno del vacío?
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