Juan Cristóbal

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Del libro Final de vida

 

 

 

1
Un joven, cargado de silencios, pasa en la mañana. Su mirada
       es un cielo más en la vejez de su cansancio.
Garúa de por medio, cruza por el parque, con ese permanente
deseo de vivir y morir entre los brazos de sus hijos
        para que el mundo no lo olvide.
De pronto se detiene en una esquina,
como presintiendo que no tiene mucho tiempo para soñar
        con los recuerdos de su madre
        ni con las estrellas desesperadas de su vida.
Entonces se sienta en una banca (hay muchas formas
        de aceptar el paso de la muerte), mira el cielo
        gris, devastado por la niebla,
del cual jamás pudo escapar desde los silencios de su infancia,
y se echa a descansar, soñando, seguramente, con esas flores
        que se marchitaban en las ventanas de su casa
mientras la garúa le resbala por los resplandores ensombrecidos
        de su frente.



 

 

2
Las palomas vuelan de los techos, perdiéndose en las nubes.
El árbol, añoso, de flores amarillas, nos recuerda los tiempos
         vividos en la casa
donde levantábamos almas hechas de azares y naufragios.
Un drogadicto, casi como un fantasma, desemboca,
         sonámbulo, por la esquina, frotándose los ojos,
         rojos por el ron y la agonía de sus días.
Tambaleándose, intenta hablar con las sombras de sus pasos,
Pero nadie le hace caso. Ni las palomas que vuelan de los techos,
perdiéndose en las nubes, ni el viejo panadero
         que llega como siempre tocando su bocina.
         Inesperadamente,
la perra del vecino ladra desde sus rincones infinitos
espantando moscas y rencores que viven procazmente
         en el fondo de la noche,
pero la reja de madera y el frío provocador de la desidia
se lo impiden,
como al joven drogadicto, cuando trata de alcanzar,
entre los árboles añosos, de flores amarillas, los recuerdos eternos
         y fugaces de su vida


 

 

11
Ha fallecido el amigo que acostumbraba a decir,
La vejez son las derrotas del pasado, las promesas
       incumplidas que lloran su vacío
y miran pálidas el rostro condenado de la dicha.
Por lo que, como un niño, se ponía a jugar
       con sus perros en el huerto,
y a mirar, como un ciego, las olas murmurantes de la tarde.
Pero cuando hablaba de las tristezas de su vida,
de la fugacidad del encuentro y desencuentro con sus hijos,
él, que no tenía nada que perder en las malezas de la playa,
ni buscar en los vientos de la noche o en los remolinos
        enfervorizados del espacio,
se marchaba lentamente hablando de las arañas
        desfallecientes del verano.
Entonces desde lejos nos miraba y volvía a hablar
        de las agonías silenciosas de su alma, y decía,
He bebido el mismo vino, la misma agua, el mismo sol
        feroz de los pesares,
ojalá que la ingratitud y la voracidad de los gusanos
no me jueguen nuevas trampas y acaben de una vez
        con la mirada inhabitable de mis días.
Y como no obtuviera respuesta de las espigas picoteadas por la lluvia,
        volvíase a pasear, con su perro, a las seis de la mañana,
sin saber que volvería a mirar las mismas formas
        indescifrables en el sueño.

 

 

 

13
Un joven de anteojos gruesos y mirada desvelada
        como un espantapájaros, me mira.
Parece que no creyera en dios ni en las pequeñas confesiones
        emanadas de sus labios.
Sin embargo, y por las pisadas atormentadas de su vida,
no es él el que me mira, el que cree en dios
        o en la soledad menesterosa de su ausencia,
pues nunca se pregunta -y eso se ve por su figura
        exterminada en la desgracia-,
¿Cuál es el temor que atraviesa el desencuentro de mis pasos,
por qué soporto este vacío para crearme otros vacíos,
otras promesas, más torpes, que no dependerán jamás de mis
afectos?
Me imagino. Desde niño no solamente ha contemplado
murciélagos en el sueño, sentido el sol reseco de los trigos,
        el prólogo a veces infinito de la lluvia,
sino que jamás ha hablado con el azul de las estrellas,
        con las perdices desfallecientes en el campo,
a pesar de lo cual le encanta conversar con las vendedoras
        de café en los muelles de la aurora,
mientras su mujer, su pálida mujer, de invisibles rosas infinitas,
        lava la ropa de los niños y las veredas de su casa,
recordando lo arbitrario y confuso de la noche.
Entonces llora desconsoladamente entre las hojas de eucalipto
sin saber que la realidad también pierde sus sentidos
        y como él, todo el afán del universo.
Y cuando le hablo me pregunta, como golpeando sus recuerdos,
       ¿No seré yo el otro lado azul de las estrellas,
la inexistencia de la vida, la derrota de los días,
       el infortunio dormido de los tiempos,
manchando con sangre y cinismo
       el rostro eterno del vacío?

 

Juan Cristóbal. Lima, 1941. Estudié primaria y secundaria en Chosica. Literatura, en la Universidad Mayor de San Marcos. Trabajé en varios diarios de la capital. Fui profesor de periodismo en la Universidad San Martín de Porres, de Literatura en la Universidad Cristiana María Inmaculada y La Cantuta. Diirigí el Taller de Poesía en el Instituto "José Carlos Mariátegui". Gané el Premio Nacional de Poesía en 1971. Los Juegos Florales de San Marcos en 1973. El Premio COPE (3er. puesto) en 1998. Y otros premios más. He publicado varios libros de poesía, entre ellos: El Osario de los Inocentes, Estación de los Desamparados, Difícil Olvidar, La Isla del Tesoro (al alimón con Jorge Teillier), Los Rostros Ebrios de la Noche, En los bosques de cervezas azules (antología poética personal), La memoria de lo infame. Final de vida, El libro de los entuertos.

Contacto:[email protected]

 

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II Antología digital de Poesía
"Una voz en el abismo"
2007