El
entrenador obvio.
Este
fin de semana veía un partido, del que me marché
pensando... qué fácil es opinar sobre lo que
hacen los jugadores, diagnosticar,... pero qué
complicado es entrenarlo, y corregirlo.
Es
sencillo ir a un partido, y decir a nuestro jugador que tiene
que correr más, que hay que coger el rebote, que
defienda... pero ¡qué complicado es que lo consigan!
Este
tipo de entrenadores suele llamarse como "radiofónicos",
ya que parece que realizan una retransmisión del
partido, en lugar de buscar alguna mejora en sus jugadores.
Quizás
Andrés Montes sería un gran entrenador, también
Pedro Barthe, Alberto Herreros, o el delegado de algún
equipo ACB... pero haber visto baloncesto, y comentar lo
que ocurre en la cancha, no garantiza ninguna mejora en
los jugadores.
Este artículo que dejo, es una adaptación de
otro que leí, y de algunas opiniones de foro... que
tratan de describir a esos entrenadores,... y a ver si así
¡dejamos de
ser tan obvios!!
El entrenador selecciona a los jugadores, les prepara,
les motiva, les dirige, dentro y fuera de los partidos. El
"entrenador obvio" es un espectador de lujo,
pero de influencia nefasta, que no sólo perjudica al
equipo, sino que afea el deporte del baloncesto. Ser de los
primeros implica trabajo y conocer bien este deporte. Ser
de los segundos se logra fácilmente, dejándose
llevar por una pasión mal entendida.
Y
es que los "consejos obvios" de esta clase de entrenador
están al alcance de cualquiera: jugadores, espectadores...
Sería estupendo que, en adelante, fuéramos un
poco más reflexivos.
Allá
va.
El entrenador obvio cree que entrenar es utilizar conceptos
complicados, mejor con nombres mágicos: el "triángulo
ofensivo", el "corte UCLA", etc. El problema
es que el día del partido, se organiza un caos fenomenal
en la pista. ¿Cómo resolverá el tema
el entrenador obvio? Con los "consejos obvios" que
mencionaba antes, y comento ahora.
Por
ejemplo, cuando un jugador ha cogido el rebote, sujeta el
balón, pero recibe un manotazo y se lo quitan, el entrenador
obvio debe levantar las manos, y exclamar, a voz en grito:
"¡Hay que AGARRAR el rebote!". El entrenador
obvio consigue, además, un gesto a medio camino entre
sujetar un balón y estrangular al jugador. Quizás
logre que el jugador se ponga nervioso, suelte manotazos,
reparta estopita en forma de codos antes de coger cada rebote...
y se vaya por personales antes del minuto 5. La mejor alternativa
será que el jugador, sencillamente, ignore el consejo
obvio.
En
la línea defensiva, es típico ver a un jugador
que intenta robar el balón, y le sancionan con falta.
En esos casos, el entrenador obvio debe girar al banquillo,
y abroncar: "¡os he dicho cien veces que no metáis
la mano!". Todos lo saben, todos lo han visto, ninguno
ha intervenido en la jugada. Eso no le debe importar al entrenador
obvio. Su objetivo no es enseñar, sino liberar su frustración.
Algunos
equipos contrarios, grandes, tienen a Shaquille O'neal en
pista: probablemente, el base pequeñito, al defender
al base contrario, se estrellará contra el "bloqueo
XXL" que le ha preparado ese tren de mercancías
con pantalones cortos. Ahí, nada de piedad. El entrenador
obvio tiene buena voz, y las paredes temblarán: "¡Hay
que PASAR los bloqueos!". Al entrenador obvio no le importa
ni cómo, ni por qué. En general, no le interesan
las soluciones. Es un espectador de lujo que quiere ver a
su equipo ganar, y se cabrea si no se obedece a su inspirado
grito coloradote de televidente cervecero "¡Jugad
mejor! ¡Meted más puntos! ¡Defended mejor!".
Pasemos
al ataque. Tras el caos provocado por las jugadas "1",
"2", puño derecha, palma izquierda, "5"
y banda, el sistema ofensivo se basará, finalmente,
en la técnica de Juan Palomo. Unas cuantas obviedades
a toro pasado, harán que el entrenador obvio se crea
el hermano desconocido de Phil Jackson: ¿triple dentro?
¡así! ¡si es muy fácil! ¿triple
fuera? ¡hay que mover el balón! ¿contraataque
dentro? ¡así hay que correr! ¡por fin hacéis
lo que yo digo!. ¡hay que jugar con cabeza!. Mi favorito,
al fallar un tiro libre: "¡Hay que meter los tiros
libres!".
En
fin, que lo dicho. Que una cosa son los gritos de ánimo
"¡buen rebote!", y otra, los gritos (obvios)
de frustración "¡os he dicho que no hagáis
faltas, que jugarais fácil, que defendierais bien!".
Esos últimos, para los espectadores criticones e ignorantes.
Pero el jefe del equipo no debe comportarse como un aficionado.
Desde el punto de vista del jugador, pocas cosas ayudan menos
que tener a tu jefe comentándote a gritos cada error
(obvio) que acabas de cometer, e incluso, en el colmo, felicitándose
a sí mismo por los aciertos de los jugadores.
Una
cosa es meterte en la piel de los jugadores, y desde ahí
animarles continuamente.....y otra cosa muy distinta es decir
algo tan obvio que no resulta útil al jugador... repito...
que no resulta útil al jugador. Por ende, todo
lo que sí sea útil,deja de ser obvio.
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