El
baloncesto: ganar
sin orgullo, perder con dignidad.
Una
carta escrita en otro deporte, y en otro territorio diferente
al mío, pero totalmente aplicable a cualquier deporte,
y territorio... por ello, he escrito mi propia versión,
para nuestro baloncesto... seguro que nos hace reflexionar
sobre muchas cosas.
EL
BALONCESTO: GANAR SIN ORGULLO, PERDER CON DIGNIDAD.
El deporte
debería servir de vía para promover la salud
física, mental, la paz del espíritu, aliviar
las hostilidades naturales, la agresividad, reducir la delincuencia,
la violencia.... El deporte debe servir para unir a personas,
pueblos y culturas. Si se logran estos objetivos estaremos
en el buen camino. De lo contrario, algo falla en nuestro
entorno deportivo y social.
Las personas que nos movemos en torno a él tenemos
un grado de responsabilidad y, en función de nuestro
comportamiento, contribuiremos a su desarrollo en un ambiente
más o menos correcto.
Los
padres:
Hora es
de decir que bastantes padres acuden a ver ganar a su hijo.
Son los promotores de un importante número de conflictos,
enfrentamientos y discusiones que se originan. (¡No
va por usted, señor, sólo faltaría...!).
Sus actuaciones y comportamientos no conducen, precisamente,
a que nuestros jóvenes jugadores sean educados de la
forma más adecuada. Tampoco podremos esperar de ellos
un comportamiento respetuoso en un espectáculo deportivo,
ni que sean respetuosos en otros órdenes de la vida.

Entrenadores:
El entrenador
influye en el comportamiento de un jugador, en su actividad
deportiva y en los otros órdenes de su vida. Junto
con la familia y el centro de estudios, puede ser el auténtico
formador y educador en lo deportivo y, fundamentalmente, en
lo humano. La mayoría de los entrenadores de los equipos
de nuestra federación tienen la formación necesaria
para dirigir grupos humanos y transmitirles virtudes tan importantes
como el respeto al adversario, trabajo en equipo, saber ganar
sin orgullo y saber perder con dignidad.
Directivos
y delegados de equipos:
Absolutamente nadie que conoce en profundidad el funcionamiento
de un club dudará de su mérito y valorará
el reconocimiento del que son merecedoras estas personas que,
con sus lógicos errores, de una forma altruista se
entregan a nuestros jugadores de baloncesto. No obstante,
y dado que son personas acostumbradas a darlo «todo
a cambio de nada» les pediríamos un esfuerzo
más: inculcar al jugador un comportamiento deportivo
y respetuoso hacia el adversario, el arbitro, el público,
las instalaciones deportivas que utiliza.
El
jugador:
La mayoría de jugadores están en pleno proceso
de su desarrollo personal y formativo, y deberán corresponder
a la confianza depositada en él para defender los colores
de su club.
El
árbitro:
Esta persona imprescindible ¿no puede equivocarse?,
¿no puede tener un mal día?, ¿no se encuentra
en período de formación?, ¿no se merece
un respeto?. Las federaciones de balonesto realizan un gran
esfuerzo para incorporar un número importante de colegiados.
Su adaptación no va a ser fácil. Si no somos
capaces de respetarles y ayudarles perderemos la oportunidad
de dignificar su figura.
En resumen:
El baloncesto tiene algo que nos cautiva y embriaga. No podemos
prescindir de la «salsa del básket» ni
eliminar el derecho a discrepar con un sinfín de situaciones.
Sin embargo
conviene recordar: «El
fin no justifica los medios».
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