El sistema electoralDescarga el artículo en formato WORD

 Es parte de este juego.

Es cierto que el futuro es incierto. Esa certeza, la única que seriamente debiera tener un echador de cartas, es el consuelo de aquellos que esperamos poco de los próximos meses y años. Esperamos poco de todo, o nada. Tampoco por ello ha de surgir el desánimo, que si fuese así hace tiempo que sería nuestra vida triste y ruin. Seguiremos santiguándonos cada mañana al encender la radio y poner la COPE, al llegar al trabajo y acceder a las páginas de libertaddigital.com y la razón o antes de escuchar el diario telediario, NO-DO moderno en la primera y de pequeño formato en la tercera.

Ante las próximas elecciones de marzo, el catorce, queremos creer en la incertidumbre unos millones de ciudadanos entre vascos, catalanes, gallegos, extremeños, castellano-manchegos, madrileños, etc. Posiblemente seamos juntos más millones ¡faltaría más!, pero me temo que nunca suficientes y sí suficientemente divididos. El saber que el diccionario contempla esa mágica palabra: “incertidumbre”, nos alivia un poco…  poco.

Recientemente a raíz de las palabras de Rodríguez Ibarra solicitando una reforma de la ley electoral con el fin de acabar de un plumazo con la voluntad de un par de millones de ciudadanos cuanto menos, he tenido la oportunidad de leer y releerme algunos artículos alabando y cuestionando un sistema electoral mejorable e imperfecto pero mejor que muchos. Cada cual puede ponerle un “pero” al sistema vigente, algunos un PERO en mayúsculas como Ibarra, y otros simplemente el pequeño “pero” que les daría mejor resultado en escaños la misma cantidad de votos. Personalmente opino que no es tanto el sistema malo en cuanto al reparto sino en cuanto a las personas a las que hay que elegir;  las listas cerradas son el verdadero cáncer de este sistema que de ser éstas abiertas sería infinitamente mejor, lo que lo mismo que decir que el menos malo. Elegir entre Rajoy y Zapatero, por ejemplo, es un drama.

Otra relativamente pequeña carencia del sistema (si no fuese por lo que supone) es la no contabilización de la abstención y de los votos nulos o blancos. Esos escaños debieran de repartirse (quedar vacíos). Puede que con la Constitución en la mano hablar castellano o español sea una obligación, que lo es, pero que se sepa lo del voto es un derecho y no una obligación, y el gobierno resultante de cada elección responde para y por todos los ciudadanos sea cual fuere la condición de su voto.

Nos encontramos pues con un sistema de favorecimiento de las mayorías, lo cual no está del todo mal, que consigue que un partido con el 42% de los votos válidos gobierne en mayoría al 100% de los ciudadanos. Y siendo aparentemente grave que cuarenta gobiernen a cien, más lo es si tenemos en cuenta que ese porcentaje se reduce drásticamente si se tiene en cuenta que 30 de cada 100 ciudadanos o no vota, o se decanta por el nulo o el voto en blanco. Resulta entonces que es suficiente con que un tercio de las personas con derecho a voto pasen por las urnas a depositar la susodicha papeleta a un determinado partido político, para que éste se asegure no sólo el gobierno durante cuatro años, sino la potestad de gobernar con el respaldo de la mayoría de los ciudadanos españoles, cuando lo cierto es que les respalda la mayor minoría.

Un claro ejemplo de la manera y forma con que somos tratados por los dirigentes políticos, sobretodo de los ganadores, se observa cuando una y otra vez se les infla el pecho y se les llena la boca diciendo aquello de que “este gobierno está respaldado por la mayoría de los españoles que así lo han querido y manifestando libremente (por supuesto) en las urnas”, y encima añaden aquello de “de manera clara y rotunda”. Esta claro que este político o no se entera o me está llamando tonto.

Después de sucesos como los del Prestigue y, sobre todo, las masivas manifestaciones en contra de la guerra de Irak y el apoyo unánime a la paz del ciudadano español (así reconocido por las encuestas hasta del propio gobierno), muchos ciudadanos se preguntaron cómo podía ser que el Partido Popular apenas obtuviese doscientos mil votos menos que el PSOE en la últimas elecciones y que hoy en  día su  intención de voto esté entre cinco y diez puntos por encima según la mayoría de las encuestas. Si atendemos a que el Partido Popular con dichas acciones sólo ponía en juego el voto propio de un tercio de los españoles con derecho a acudir a las urnas, entre los cuales se incluían seguro a todos aquellos que estaban a favor de la guerra o que acallaron sus críticas ecológicas con los bolsillos llenos de euros de los más europeos, entenderemos que el riesgo asumido por el Gobierno estaba inteligentemente calculado: 90 de cada 100 personas que se manifestaban en contra de Aznar por su apoyo a la guerra de Irak ni habían votado ni iban a votar al Partido Popular y por lo tanto bastaba con hacer olvidar o mantener contento al 10% restante. Si a ello añadimos el trabajo de los mejores equipos de sociólogos, estadistas y publicistas del partido del gobierno y el prácticamente total control de los medios de comunicación, nos es fácilmente comprensible que en un país la mayoría social se manifieste en contra de un gobierno al tiempo que éste repite victoria electoral.

No estamos sino ante la aceptación de la verdadera magnitud de lo imperfecto de un sistema de partidos, preparado, controlado y manipulado al antojo de éstos. En definitiva, y como diría García Trevijano, vivimos un sistema de oligarquía monárquica disfrazada de auténtica democracia.

Getxo, a 14 de enero de 2004

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