El frente Único defensivo [1]
Carta a un obrero socialdemócrata
Este folleto se dirige a los
obreros socialdemócratas, aunque el autor pertenezca personalmente a otro
partido. Los desacuerdos entre el comunismo y la socialdemocracia han llegado
muy lejos. Yo los considero irreconciliables. Sin embargo, el curso de los
acontecimientos plantea con frecuencia ante la clase obrera tareas que exigen
imperiosamente la acción común de los dos partidos. ¿Es posible una acción
semejante? Perfectamente posible, como atestiguan la teoría y la experiencia
histórica: todo depende de las condiciones y el carácter de las tareas
citadas. Ahora es mucho más fácil emprender una acción conjunta, cuando para el
proletariado no se trata de iniciar la ofensiva por lograr nuevos objetivos,
sino de defender las posiciones ya conquistadas.
Así es como se plantea la cuestión
en Alemania. El proletariado alemán está en una situación en que retrocede y
entrega sus posiciones. Seguramente no faltan charlatanes que afirmen que al
parecer estamos en presencia de una ofensiva revolucionaria. Evidentemente, esa
gente no sabe distinguir entre su derecha y su izquierda. No hay ninguna duda
de que sonará la hora de la ofensiva. Pero hoy el problema es detener la retirada
desordenada y proceder a reagrupar fuerzas para la ofensiva. En política, como
en el arte militar, comprender claramente un problema es facilitar su solución.
Estar intoxicado de frases es ayudar al adversario. Hay que ver claramente lo
que ocurre: el enemigo de clase, esto es, el capital monopolista y los grandes
propietarios feudales, dispersados por la revolución de Noviembre, ataca en
toda la línea de combate. El enemigo utiliza dos medios de diferente origen
histórico: en primer lugar, el aparato militar y policíaco preparado por todos
los gobiernos anteriores, situados en el terreno de la Constitución de Weimar;
en segundo lugar, el nacionalsocialismo, es decir, las tropas de la contrarrevolución
pequeñoburguesa que el capital financiero arma e incita contra los obreros.
El objetivo del capital y de la
casta terrateniente está claro: aplastar las organizaciones del proletariado,
quitarles la posibilidad no sólo de tomar la ofensiva, sino también de
defenderse. Como puede verse, veinte años de colaboración de la
socialdemocracia con la burguesía no han ablandado ni un ápice el corazón de
los capitalistas. Éstos sólo reconocen una ley: la lucha por el beneficio. Y
llevan esta lucha con una fiereza y una determinación implacables, no
deteniéndose ante nada y todavía menos ante sus propias leyes.
La clase de los explotadores
habría preferido desarmar y atomizar al proletariado con el menor coste
posible, sin guerra civil, con la ayuda de la policía y el ejército de la
república de Weimar. Pero teme, y con razón, que los medios «legales» sean por
sí mismos insuficientes para hacer retroceder a los obreros a una posición en
que no tengan ningún derecho. Para esto, necesita al fascismo como una fuerza
complementaria. Pero el partido de Hitler, cebado por el capital monopolista,
quiere convertirse no en una fuerza complementaria, sino en la única fuerza
gobernante de Alemania. Esta situación origina conflictos incesantes entre los
aliados gubernamentales, conflictos que a veces alcanzan un carácter crítico.
Los salvadores pueden permitirse el lujo de entretenerse en intrigas sólo
porque el proletariado abandona sus posiciones sin batalla y se retira sin
plan, sin sistema y sin dirección. El enemigo esta` tan suelto que no deja de
discutir en público cómo y cuándo dar el siguiente golpe: ataque frontal,
hundiendo el flanco izquierdo comunista, penetrando profundamente en la
retaguardia de los sindicatos y cortar las comunicaciones, etc... Los
explotadores a quienes ha salvado hablan de la república de Weimar como si
fuera una lámpara gastada; se preguntan si todavía tiene que ser utilizada o
arrojada bien lejos.
La burguesía disfruta de plena
libertad de maniobra, es decir, para elegir los medios, la ocasión y el lugar.
Sus jefes combinan las armas de la ley y las armas del bandolerismo. El
proletariado no combina nada en absoluto y no se defiende. Sus tropas están
divididas, y sus jefes discurren lánguidamente sobre si es posible o no asociar
las fuerzas. En eso reside la esencia de las discusiones interminables sobre el
frente único. Si los obreros de vanguardia no toman conciencia de la situación
y. no intervienen rápidamente en el debate, el proletariado alemán puede verse
crucificado durante años en la cruz del fascismo.
¿No es demasiado tarde?
Puede ser que aquí mi
interlocutor socialdemócrata me interrumpa y diga, «¿no vienes demasiado tarde
a hacer propaganda del frente único? ¿Qué hacías antes?»
Esta objeción no sería correcta.
No es ésta la primera ocasión en que se plantea la cuestión de un frente único
defensivo contra el fascismo. Me permito remitirme a lo que tuve ocasión de
decir sobre este tema en septiembre de 1930, tras el primer gran éxito de los
nacionalsocialistas. Dirigiéndome a los obreros comunistas, escribía:
«El partido comunista debe
llamar a la defensa de las posiciones materiales y morales que la clase obrera
ha logrado conquistar en el Estado alemán. Esto se refiere muy directamente al
destino de las organizaciones políticas obreras, los sindicatos, periódicos,
imprentas, clubs, bibliotecas, etc. Los obreros comunistas deben decir a sus
compañeros socialdemócratas: "Las políticas de nuestros partidos se oponen
irreconciliablemente; pero si los fascistas vienen esta noche a destrozar el
local de vuestra organización, vendremos corriendo, arma en mano, para ayudaros.
¿Nos prometéis que si nuestra organización es amenazada correréis en nuestra
ayuda?" Esta es la quintaesencia de nuestra política en el período actual.
Toda nuestra agitación debe ser acometida en este tono.
»Cuanto más persistente, sería y
precavidamente... llevemos a cabo esta agitación; cuanto más propongamos serias
medidas defensivas en cada fábrica, en cada barrio y distrito obrero, menor
será el peligro de que nos coja por sorpresa un ataque fascista, y mayor será
la certeza de que semejante ataque unirá, en vez de separar, las filas de los
obreros.»
El folleto del que tomo este
extracto fue escrito hace dos años y medio. Hoy no existe la más ligera duda de
que si se hubiera adoptado a tiempo esta política, Hitler no sería canciller en
la actualidad, y las posiciones del proletariado alemán serían intomables. Pero
no se puede volver al pasado. Como resultado de los errores cometidos y del
tiempo que se dejó pasar, el problema de la defensa se plantea hoy con mucha
mayor dificultad: pero la tarea sigue siendo la de entonces. Incluso ahora es
posible alterar la relación de fuerzas a favor del proletariado. Para este
objetivo, hay que tener un plan, un método, una combinación de fuerzas para la
defensa, Pero, ante todo hay que tener la voluntad de defenderse. Me apresuro a
añadir que sólo se defiende bien quien no se limita a la defensiva, sino quien,
a la primera ocasión, esta decidido a pasar a la ofensiva.
¿Qué actitud adopta hacia esta
cuestión la socialdemocracia?
Un pacto de no agresión
Los dirigentes socialdemócratas
proponen al partido comunista sellar un «pacto de no agresión». Cuando leí por
primera vez esta frase en el Vorwarts, pensé que era una broma casual y no muy
feliz. Sin embargo, la fórmula del pacto de no agresión esta hoy en boga y, en
la actualidad, está en el centro de todas las discusiones. Los dirigentes
socialdemócratas no carecen de políticas probadas y habilidosas. Mayor razón
para preguntarse cómo es que han podido elegir una consigna semejante, que va
contra sus propios intereses.
La fórmula ha sido copiada de la
diplomacia. El significado de este tipo de pacto es el siguiente: dos Estados
que tienen causas suficientes para ir a la guerra, se comprometen durante un
periodo determinado a no recurrir mutuamente a la fuerza de las armas. La Unión
Soviética, por ejemplo, ha firmado un pacto semejante, inflexiblemente
limitado, con Polonia. Suponiendo que estallase una guerra entre Alemania y
Polonia, el pacto citado no obligaría en forma alguna a la Unión Soviética a
acudir en ayuda de Polonia. No agresión, y nada más. No implica, de ninguna
manera, una acción defensiva común; por el contrario, la excluye: sin esto, el
pacto tendría un carácter completamente diferente y tendría que llamársele con
un nombre completamente diferente.
¿Qué sentido, pues, dan los
dirigentes socialdemócratas a esta fórmula? ¿Amenazan los comunistas con
meterse en el saco a las organizaciones socialdemócratas? ¿O está dispuesta la
socialdemocracia a emprender una cruzada contra los comunistas? En realidad, lo
que está en cuestión es algo enteramente diferente. Si se quiere emplear el
lenguaje de la diplomacia, sería mejor hablar no de un pacto de no agresión, sino de una alianza defensiva contra
un tercer partido, es decir, contra el fascismo. El objetivo no es detener ni
conjurar una lucha armada entre comunistas y socialdemócratas ‑en eso no
hay problema de un peligro de guerra‑, sino de unir las fuerzas de los
socialdemócratas y de los comunistas contra el ataque armado que ya han lanzado
contra ellos los nacionalsocialistas.
Por increíble que pueda parecer,
los dirigentes socialdemócratas están poniendo en lugar de la cuestión de la defensa
verdadera contra las acciones armadas del fascismo, la cuestión de la controversia
política entre comunistas y socialdemócratas. Es exactamente como si en
lugar de cómo prevenir el descarrilamiento de un tren, se pusiera la cuestión
de la necesidad de mutua cortesía entre los viajeros de segunda y tercera
clase.
La desgracia, en todo caso, es
que la desafortunada fórmula del «pacto de no agresión» no podrá ni servir para
lograr el objetivo inferior en cuyo nombre se ha agarrado por los pelos. El
compromiso asumido por dos Estados de no atacarse mutuamente no elimina en
forma alguna su lucha, su polémica, sus intrigas y sus maniobras. Los
periódicos polacos semioficiales, a pesar del pacto, echan espuma por la boca
cuando hablan de la Unión Soviética. Por su parte, la prensa soviética está
lejos de hacer cumplidos al régimen polaco. La pura verdad es que los dirigentes
socialdemócratas han tomado un curso equivocado al intentar sustituir una
fórmula diplomática convencional por las tareas políticas del proletariado.
Organizar conjuntamente la
defensa; No olvidar el pasado; Prepararse para el futuro
Los periodistas socialdemócratas
más prudentes traducen su pensamiento en este sentido: no se oponen a una
«crítica basada en los hechos», pero están contra las desconfianzas, los
insultos y las calumnias. ¡Una actitud muy loable! Pero, ¿cómo averiguar el
límite entre la crítica consentida y las campañas inadmisibles? ¿Y dónde están
los jueces imparciales? Como regla general, la crítica nunca gusta al
criticado, sobre todo cuando no puede oponer ninguna objeción a lo esencial de
la crítica.
La cuestión de si la crítica de
los comunistas es buena o mala, es una cuestión aparte. Si los comunistas y los
socialdemócratas tuviesen la misma opinión sobre este tema, no habrían dos
partidos en el mundo, mutuamente independientes. Admitamos que la polémica de
los comunistas no merezca mucho la pena. ¿Menoscaba ese hecho el peligro mortal
del fascismo o hace desaparecer la necesidad de una resistencia común?
Sin embargo, miremos la otra
cara del cuadro: la polémica de la socialdemocracia contra el comunismo. El Vorwärts (tomo simplemente el primer
ejemplar a mano) publica el discurso que efectuó Stampfer sobre el pacto de no
agresión. En este mismo número, aparece una caricatura con el siguiente lema:
Los bolcheviques firman un pacto de no agresión con Pilsudsky, pero se niegan a
firmar un pacto parecido con la socialdemocracia. Ahora bien, una caricatura
también es una «agresión» polémica, y ésta en particular es de lo más
desafortunada. El Vorwärts olvida por
completo que existió un tratado de no agresión entre los soviets y Alemania
durante el período en que el socialdemócrata Müller estuvo al frente del
gobierno del Reich.
El Vorwärts del 15 de
febrero, en la misma página, defiende en la primera columna la idea de un pacto
de no agresión, y en la cuarta columna acusa a los comunistas de que su comité
de fábrica de la compañía Aschinger traicionó los intereses de los obreros
durante las negociaciones de una nueva escala de salarios. Emplean abiertamente
la palabra «traicionó». El secreto que hay detrás de esta polémica (¿es una
crítica basada en los hechos o una campaña de difamación?) es muy simple: en
esa época iban a tener lugar nuevas elecciones para el comité de fábrica de la
compañía Aschinger. ¿Podemos, en interés del frente único, pregunta el Vorwärts,
poner fin a ataques de este género? Para que eso ocurra, el Vorwärts
tendría que dejar de ser lo que es, es decir, un periódico socialdemócrata. Si
el Vorwärts cree que imprime a propósito de los comunistas su primera
obligación es abrir los ojos de los obreros a las faltas, crímenes, y «traiciones»
de aquéllos. ¿Cómo podría ser de otra manera? La necesidad de un acuerdo de
lucha proviene de la existencia de dos partidos, pero no la suprime. La vida
política continúa. Cada partido, incluso aunque adopte la actitud más sincera
sobre la cuestión del frente único no puede dejar de pensar en su propio
futuro.
Los adversarios cierran filas
frente al peligro común
Supongamos por el momento que un
miembro comunista del comité de fábrica de la compañía Aschinger le dice al miembro
socialdemócrata: «Puesto que el Vorwärts
caracteriza mi actitud sobre la cuestión de la escala de salarios como un acto
de traición, no quiero defender junto a ti ni mi cabeza ni tu pescuezo de las
balas fascistas.» No importa con cuanta indulgencia queramos contemplar esta
acción, sólo podríamos caracterizar la respuesta como completamente insensata.
El comunista inteligente, el
bolchevique sensato, dirá al socialdemócrata: «Eres consciente de mi
hostilidad hacia las opiniones expresadas por el Vorwärts. Dedico y dedicaré toda mi energía a socavar la peligrosa
influencia que este periódico tiene entre los obreros. Pero eso lo hago y lo
haré mediante mis discursos, la crítica y la persuasión. Pero los fascistas
quieren acabar arbitrariamente con la existencia del Vorwärts. Te prometo que conjuntamente con vosotros defenderé
vuestro periódico hasta el límite de mi capacidad, pero espero que digas que al
primer llamamiento también vendréis en defensa de Die Rote Fahne, prescindiendo de tu actitud hacia sus opiniones.»
¿No es ésta una manera irreprochable de plantear la cuestión? ¿No corresponde
este método a los intereses fundamentales de todo el proletariado?
El bolchevique no exige al
socialdemócrata que cambie la opinión que tiene del bolchevismo y de la prensa
bolchevique. Además, no pide que el socialdemócrata guarde silencio durante la
duración del acuerdo sobre su opinión del comunismo. Tal exigencia sería
absolutamente imperdonable. El comunista dice: «En tanto yo no te haya
convencido a ti y tú no me hayas convencido a mí, nos criticaremos mutuamente
con total libertad, utilizando los argumentos y términos que cada cual juzgue
necesarios. Pero cuando el fascista quiera amordazarnos la boca, ¡lo rechazaremos
juntos!» ¿Puede negarse un obrero socialdemócrata inteligente a esta
propuesta?
La polémica entre los periódicos comunista y socialdemócrata, no importa cuán encarnizada pueda ser, no puede impedir a quienes componen los periódicos que lleguen a un acuerdo de lucha para organizar una defensa común de sus prensas de los ataques de las bandas fascistas. Los diputados socialdemócratas y comunistas en el Reichstag y en los Landtags, los concejales, etc., están obligados a llegar a la defensa física mutua cuando los nazis recurran a los bastones cargados y a las sillas. ¿Se necesitan más ejemplos?
Lo que es cierto en cada caso
particular también es cierto como regla general: la lucha inevitable en que
están empeñados la socialdemocracia y el comunismo por ganar la dirección de la
clase obrera no puede ni debe impedirles cerrar sus filas cuando hay golpes que
amenazan a la clase obrera en su conjunto. ¿No es esto obvio?.
Dos pesos y dos balanzas
El Vorwärts está indignado porque los comunistas acusan a los socialdemócratas
(Ebert, Scheidemann, Noske, Hermann Müller, Grzesinsky) de facilitar el camino
a Hitler. El Vorwärts tiene un
derecho legítimo a la indignación. Pero esta observación es demasiado: ¿cómo
podemos, vocifera, formar un frente Único con tales calumniadores? ¿Qué hay
aquí: sentimentalismo? ¿Sensibilidad mojigata? No, eso realmente huele a hipocresía.
En realidad, los dirigentes de la socialdemocracia alemana no pueden haber
olvidado que Wilhem Liebknecht y August Bebel afirmaron a menudo que la
socialdemocracia estaba dispuesta, para objetivos definidos, a llegar a un
acuerdo con el diablo y con su abuela. Los fundadores de la socialdemocracia no
exigían ciertamente que en esta ocasión el diablo dejase los cuernos en el
museo ni que su abuela se convirtiese al luteranismo. ¿De dónde, pues, viene
esta sensibilidad mojigata entre los políticos socialdemócratas que, desde
1924, han hecho frentes únicos con el kaiser, Ludendorff, Gróner, Brüning,
Hindenburg? ¿De dónde vienen estos dos pesos y estas dos balanzas: una para los
partidos burgueses, la otra para los comunistas?
Los dirigentes del Centro
consideran que todo infiel que niega los dogmas de la Iglesia católica, el
único salvador, está condenado y destinado en breve a los tormentos eternos.
Eso no impidió a Hilferding, que no tenía ninguna razón particular para creer
en la inmaculada concepción, establecer un frente único con los católicos en
el gobierno y en el parlamento. Junto con el Centro, los socialdemócratas
pusieron en pie el «Frente de Hierro». Sin embargo, ni por un solo instante
cesaron los católicos su dura propaganda ni su polémica en las iglesias. ¿Por
qué esas exigencias de Hilferding para con los comunistas? 0 un cese completo
de la crítica mutua, es decir, de la lucha de tendencias en el seno de la clase
obrera, o un rechazo de toda acción conjunta. «¡O todo o nada!» La
socialdemocracia nunca ha planteado tales ultimátums a la sociedad burguesa.
Todo obrero socialdemócrata debe reflexionar sobre estos dos pesos y estas dos
medidas.
Supongamos que en una reunión,
incluso en la actualidad, alguien pregunta a Wels cómo es que la
socialdemocracia, que dio a la república su primer canciller y su primer
presidente, ha llevado al país a Hitler. Wels responderá seguramente que, en
gran medida, es culpa del bolchevismo. Seguramente no habrá día en que el Vorwärts
no deje de repetir esta explicación ad nauseam. ¿Pensáis que en el
frente único con los comunistas renunciará a su derecho y deber de decir a los
obreros lo que considera la verdad? Los comunistas, ciertamente, no tienen
necesidad de eso. El frente único contra el fascismo es solamente un capitulo
en el libro de la lucha del proletariado. Los capítulos pasados no pueden borrarse.
El pasado no puede olvidarse. Debemos partir de él. Recordamos la alianza de
Ebert con Gröner y el papel de Noske. Recordamos en qué condiciones murieron
Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Nosotros, los bolcheviques, hemos enseñado a
los obreros a no olvidar nada. Nosotros no le exigimos al diablo que se corte
la cola: eso lo lastimaría y a nosotros no nos beneficiaría. Aceptamos al
diablo tal como lo ha creado la naturaleza. No necesitamos el arrepentimiento
de los dirigentes socialdemócratas ni su lealtad al marxismo; pero sí
necesitamos la voluntad de la socialdemocracia para luchar contra el enemigo
que actualmente nos amenaza de muerte. Por nuestra parte, estamos
dispuestos a cumplir en la lucha común todas las promesas que hemos hecho.
Prometemos luchar valientemente y llevar la lucha hasta el final. Eso basta
para un acuerdo de lucha.
¡Vuestros dirigentes no quieren
luchar!
Sin embargo, todavía queda por
saber por qué los dirigentes socialdemócratas hablan siempre de la polémica,
de pactos de no agresión, y de las formas ofensivas de los comunistas en vez de
responder esta sencilla cuestión: ¿de qué forma combatiremos a los fascistas?
Por la sencilla razón de que los dirigentes socialdemócratas no quieren luchar.
Acarician la esperanza de que Hindenburg los salve de Hitler. Ahora esperan
otro milagro. No quieren luchar. Hace tiempo que perdieron el hábito de luchar.
La lucha los aterroriza.
Stampfer escribió a Eisleben
respecto a las acciones del bandolerismo fascista: «La fe en el derecho y la
justicia no han muerto todavía en Alemania» [2].
Es imposible leer estas palabras
sin revolverse. En lugar de llamar a un frente único de lucha, encontramos las
palabras consoladoras: «La fe en la justicia no ha muerto.» Ahora bien, la
burguesía tiene su justiciaa, y el proletariado también tiene la suya. La
injusticia armada siempre surge de la cima de la justicia desarmada. Toda la
historia de la humanidad lo demuestra. Quienquiera que efectúe un llamamiento
a este evidente fantasma de la justicia está engañando al proletariado.
Cualquiera que desee la victoria de la justicia proletaria sobre la violencia
fascista, debe agitar por la lucha y poner en pie los órganos del frente único
proletario.
En toda la prensa
socialdemócrata es imposible encontrar ni una sola línea que indique una
verdadera preparación para la lucha. No hay ni una sola, tan sólo algunas
frases generales, aplazamientos hasta un futuro indeterminado, confusas
consolaciones. «Sólo con que los nazis empiecen algo y entonces ... » Y los
nazis empezaron algo. Ellos avanzan paso a paso, ocupan tranquilamente una
posición tras otra. A estos reaccionarios malhechores pequeñoburguesas no les
importan los riesgos. Ahora bien, ellos no necesitan arriesgar absolutamente
nada: están seguros de antemano de que el enemigo retrocederá sin lucha. Yo no
están equivocados en sus cálculos.
Por supuesto,
ocurre con frecuencia que un combatiente ha de retroceder para tomar buen impulso y saltar hacia
adelante. Pero los dirigentes socialdemócratas no están inclinados a saltar
hacia adelante. No quieren saltar. Y todas sus disertaciones están encaminadas
a ocultar este hecho. Precisamente hace poco tiempo que afirmaban que en tanto
los nazis no abandonasen el terreno de la legalidad, no habría lugar para el
combate. Ahora tenemos una buena prueba de lo que era esta legalidad: una serie
de pagarés sobre el golpe de Estado. No obstante, el golpe de Estado es sólo
posible porque los dirigentes socialdemócratas adormecen a los obreros con
frases sobre la legalidad del golpe de Estado y los consuelan con la esperanza
de un nuevo Reíchstag todavía más impotente que el que le precedió. Los
fascistas no pueden pedir nada mejor.
En la actualidad, la
socialdemocracia ha dejado incluso de hablar de luchar en un futuro
indeterminado. Sobre el tema de la destrucción de la organización y prensa de
la clase obrera, ya iniciada, el Vorwärts «recuerda» al gobierno que no
olvide que «en un país capitalista desarrollado, las condiciones de producción
agrupan a los obreros en las fábricas». Estas palabras indican que la dirección
de la socialdemocracia acepta por adelantado la destrucción de las
organizaciones políticas, económicas y culturales creadas por tres generaciones
del proletariado. «A pesar de esto» los obreros seguirán agrupados por las
industrias mismas. Entonces, ¿para qué* sirven las organizaciones proletarias
si la cuestión puede resolverse así de sencillamente?
Los dirigentes de la
socialdemocracia y de los sindicatos se lavan las manos, y se automarginan
mientras esperan. Si los obreros, «agrupados por las industrias», rompen los
lazos de la disciplina y empiezan la lucha, los dirigentes, evidentemente,
intervendrán como lo hicieron en 1918, en el papel de pacificadores y
mediadores, y se apoyarán sobre las espaldas de los obreros para restablecer
las posiciones que han perdido.
Los dirigentes ocultan a los
ojos de las masas su rechazo a luchar y su terror a la lucha mediante frases
vacías sobre los pactos de no agresión. Obreros socialdemócratas ¡vuestros
dirigentes no quieren luchar!
¿Es una maniobra nuestra
propuesta?
Aquí el socialdemócrata nos
interrumpirá de nuevo para decir: «Puesto que no creéis en el deseo de
nuestros dirigentes de luchar contra el fascismo, ¿no es una maniobra evidente
vuestra propuesta de frente único?» Aún más, repetirá las reflexiones impresas
en el Vorwärts respecto a que los obreros precisan la unidad, y no
«maniobras».
Esta clase de argumento suena totalmente convincente. En realidad, es una frase vacía. Sí, nosotros los comunistas sabemos positivamente que los funcionarios socialdemócratas y sindicales seguirán evitando la lucha con sus mejores recursos. En el momento crítico, un amplio sector de la burocracia obrera se pasará directamente a los fascistas. El otro sector, que habrá logrado enviar a cualquier otro país sus recursos financieros cuidadosamente acumulados, emigrará en el momento oportuno. Todas estas acciones ya han empezado, y su desarrollo posterior es inevitable. Pero nosotros no confundimos este sector, en la actualidad el más influyente de la burocracia reformista, con el partido socialdemócrata o los sindicatos en su totalidad. El núcleo proletario del partido luchará con golpes efectivos, y arrastrará tras él a un buen sector del aparato. Exactamente ¿por dónde pasará` la línea de demarcación entre los renegados, traidores y desertores, de un lado, y los que quieren luchar, por el otro? Sólo podemos saberlo por la experiencia. Por eso, sin tener la más ligera confianza en la burocracia socialdemócrata, los comunistas no pueden dejar de dirigirse a todo el partido. Sólo de esta manera será posible separar a los que quieren luchar de los que quieren desertar. Si estamos equivocados en nuestra valoración de WeIs, Breitscheid, Hílferding, Crispien y demás, que prueben con sus actos que somos unos embusteros. Entonaremos públicamente el mea culpa. Si todo esto es solamente una «maniobra» por nuestra parte, es una maniobra correcta y necesaria que sirve a los intereses de la causa.
Vosotros, socialdemócratas,
seguís en vuestro partido porque tenéis fe en su programa, en su táctica y en
su dirección. Nosotros reconocemos este hecho. Vosotros consideráis falsa
nuestra crítica. Eso es prerrogativa vuestra. No estáis obligados de ninguna
forma a creer por fe a los comunistas, y ningún comunista sensato os lo
exigirá. Pero, por su parte, los comunistas tienen derecho a no depositar
ninguna confianza en los funcionarios de la socialdemocracia y a no considerar
a los socialdemócratas como marxistas, revolucionarios y auténticos
socialistas. De otra manera, los comunistas no habrían tenido ninguna necesidad
de crear un partido y una internacional separados. Debemos tomar los hechos tal
cual son. Debemos levantar el frente único no en las nubes, sino sobre la base
sentada por todo el desarrollo anterior. Sí vosotros creéis sinceramente que
vuestra dirección llevará a los obreros a luchar contra el fascismo, ¿qué maniobra
comunista puede haceros desconfiar? Entonces, ¿cuál es la maniobra de que habla
continuamente el Vorwärts? Pensadlo detenidamente. ¿No es esto una
maniobra de vuestros dirigentes, que quieren atemorizaros con la palabra vacía
«maniobra» y manteneros así alejados del frente único?
Las tareas y métodos del frente
único
El frente único, debe tener sus
órganos. No hay ninguna necesidad de imaginar cómo pueden ser: la situación
misma dicta la naturaleza de esos órganos. En muchas localidades, los obreros
ya han insinuado la forma de organización del frente único, como una especie de
consorcio defensivo basado en todas las organizaciones e instituciones
proletarias locales. Ésta es una iniciativa que hay que tomar, profundizar,
consolidar y extender hasta cubrir los centros industriales con consorcios,
vinculándolos mutuamente y preparando un congreso obrero alemán de defensa.
El hecho de que los obreros empleados y los parados se separen cada vez más conlleva un peligro mortal no sólo para los convenios colectivos, sino también para los sindicatos, incluso sin necesidad alguna de una cruzada fascista. El frente único entre socialdemócratas y comunistas significa ante todo un frente único de los obreros empleados y parados. Sin eso, cualquier lucha seria en Alemania es completamente impensable.
La RGO debe entrar en los
Sindicatos Libres como fracción comunista. lisa es una de las condiciones
principales para el éxito del frente único. Los comunistas dentro de los
sindicatos deben disfrutar de los derechos de la democracia obrera y, en primer
lugar, de plena libertad de crítica. Por su parte, deben de respetar los
estatutos de los sindicatos y su disciplina.
La defensa contra el fascismo no
es algo aislado. El fascismo es solamente un garrote en manos del capital
financiero. La finalidad de aplastar la democracia proletaria es elevar la tasa
de explotación de la fuerza de trabajo. Ahí hay un terreno inmenso para el
frente único del proletariado: la lucha por el pan diario, extendida y
agudizada, conduce directamente, en las condiciones actuales, a la lucha por el
control obrero de la producción.
Las fábricas, las minas, las grandes fincas cumplen sus funciones sociales sólo gracias al trabajo de los obreros. ¿Puede ser que éstos no tengan derecho a saber hacia dónde dirige el propietario el establecimientoo, por qué reduce la producción y expulsa a los obreros, cómo fija los precios, etc.? Se nos responderá: «Secretos comerciales.» ¿Qué son los secretos comerciales? Una confabulación de los capitalistas contra los obreros y todo el pueblo. Productores y consumidores, los obreros en esta doble condición, deben conquistar el derecho a controlar todas las operaciones de sus establecimientos, desenmascarando el fraude y el engaño para defender sus intereses y los de todo el pueblo, hechos y cifras en la mano. La lucha por el control obrero de la producción puede y debe convertirse en la consigna del frente único.
Respecto a la organización, las
formas necesarias para la cooperación entre obreros socialdemócratas y
comunistas se hallarán sin dificultad: sólo se necesita pasar de las palabras a
los hechos.
El carácter irreconciliable de
los partidos socialdemócrata y comunista
Ahora bien,, si es posible una
defensa común contra la ofensiva del capital ¿no podemos ir más lejos y formar
un verdadero bloque de los dos partidos sobre todas las cuestiones? Entonces,
la polémica entre ambos adoptaría un carácter interno, pacífico y cordial.
Ciertos socialdemócratas de izquierda, del tipo de Seydewitz, como se sabe,
incluso llegan a soñar en una unión completa del partido socialdemócrata con el
partido comunista. ¡Pero todo esto es un sueño hueco! Lo que separa a los
comunistas de la socialdemocracia son antagonismos sobre cuestiones fundamentales.
La forma más simple de traducir la esencia de sus desacuerdos es esta: la
socialdemocracia se considera el doctor democrático del capitalismo; nosotros
somos sus enterradores revolucionarios.
El carácter irreconciliable de
los dos partidos aparece con particular claridad a la luz de la reciente
evolución de Alemania. Leipart lamenta que, al llamar a Hitler al poder, las
clases burguesas han reventado «la integración de los obreros en el Estado» y
advierte a la burguesía contra los «peligros» que se derivan de ello [3].
Leipart se convierte así en el perro guardián del Estado burgués, al querer
protegerlo de la revolución proletaria. ¿Podemos soñar incluso en la unión con
Leipart?
El Vorwärts se
enorgullece cada día de que cientos de miles de socialdemócratas muriesen
durante la guerra «por el ideal de una Alemania mejor y más libre ... ».
Solamente se olvida de explicar por qué esta Alemania mejor se convirtió en la
Alemania de Hitler‑Hugenberg. En realidad, los obreros alemanes, como
los obreros de los demás países beligerantes, murieron como carne de cañón,
como esclavos del capital. Idealizar este hecho es proseguir la traición del 4
de agosto de 1914.
El Vorwärts sigue recurriendo a Marx, a Engels, a Wilhelm Liebknecht, a Bebel, quien desde 1848 hasta 1871 habló de la lucha por la unidad de la nación alemana. ¡Falsos recursos! En esa época era cuestión de concluir la revolución burguesa. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra el particularismo y el provincianismo heredado del feudalismo. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra este particularismo y provincianismo en nombre de la formación de un Estado nacional. En la época actual, tal objetivo está investido con un carácter progresivo sólo en China, en Indochina, en India, en Indonesia y demás países coloniales atrasados y semicoloniales. Para los países avanzados de Europa, las fronteras nacionales son exactamente las mismas cadenas reaccionarias que fueron en otro tiempo las fronteras feudales.
«La nación y la democracia son
gemelos», dice el Vorwärts de nuevo. ¡Totalmente cierto! Pero esos gemelos se
han vuelto viejos, achacosos y han llegado a la senilidad. La nación, como un
todo económico, y la democracia, como forma de la dominación de la burguesía,
se han convertido en grilletes para el desarrollo de las fuerzas productivas y
la civilización. Recordemos una vez más a Goethe: «Todo lo que nace está
destinado a perecer.»
Unos cuantos
millones más pueden ser sacrificados por el «corredor», por Alsacia‑Lorena,
por Malmedy. Estos trozos de tierra disputados pueden estar cubiertos por
tres, cinco o diez hileras de cadáveres. Todo esto puede llamarse defensa
nacional. Pero la humanidad no progresará a causa de ello; por el contrario,
caerá a cuatro patas en la barbarie. La salida no está en la «liberación
nacional» de Alemania, sino en la liberación de Europa de las fronteras
nacionales. Es un problema que la burguesía no puede resolver, menos aún de lo
que en su época pudieron los señores feudales poner fin al particularismo. De
aquí que la coalición con la burguesía sea doblemente censurable. Una
revolución proletaria es necesaria. Una federación de las repúblicas proletarias de
Europa y de todo el mundo es necesaria.
El socialpatriotismo es el
programa de los doctores del capitalismo; el internacionalismo es el programa
de los enterradores de la sociedad burguesa. Este antagonismo es irreductible.
Democracia y dictadura
Los socialdemócratas consideran
que la constitución democrática está por encima de la lucha de clases. Para
nosotros, la lucha de clases está por encima de la constitución democrática.
¿Puede ser que la experiencia vivida por la Alemania de la posguerra haya
pasado sin dejar huella, lo mismo que las experiencias vividas durante la
guerra? La revolución de Noviembre llevó a la socialdemocracia al poder. La
socialdemocracia estimuló el poderoso movimiento de las masas por el camino
del «derecho» y la «constitución». Toda la vida política que siguió en Alemania
se desenvolvió sobre las bases y en el marco de la república de Weimar.
Los resultados están en la mano:
la democracia burguesa se transforma legalmente, pacíficamente, en una
dictadura fascista. El secreto es bastante sencillo: la democracia burguesa y
la dictadura fascista son los instrumentos de una sola clase, los
explotadores. Es absolutamente imposible impedir la sustitución de un
instrumento por otro recurriendo a la constitución., al Tribunal Supremo de
Leipzig, a las nuevas elecciones, etc. Lo necesario es movilizar las fuerzas
revolucionarias del proletariado. El fetichismo constitucional presta la mejor
ayuda al fascismo. En la actualidad, esto ya no es una prevísión, una
afirmación teórica, sino la realidad viva. Yo te pregunto, obrero
socialdemócrata: si la democracia de Weimar señaló el camino para la dictadura
fascista, ¿cómo puede esperarse que señale el camino para el socialismo?
«Pero, ¿no podemos nosotros, los
obreros socialdemócratas, conquistar la mayoría del Reichstag democrático?»
No podéis. El capitalismo ha
dejado de desarrollarse; está pudriéndose. El número de obreros industriales ya
no aumenta. Un sector importante del proletariado está siendo degradado en el
desempleo prolongado. Por sí mismos, estos hechos sociales excluyen la
posibilidad de cualquier desarrollo estable y sistemático de un partido obrero
en el parlamento como antes de la guerra. Pero incluso si, contra toda
probabilidad, la representación obrera en el parlamento aumentase rápidamente,
¿aguardaría la burguesía una expropiación pacifica? ¡La maquinaria
gubernamental está completamente en sus manos! Aun aceptando que la burguesía
dejase pasar el momento y permitiese que el proletariado obtuviese una representación
parlamentaria del 51 %, ¿no dispersarían la Reichswher, la policía, la
StahIhelm, y las tropas de asalto fascistas este parlamento, de la misma manera
que la camarilla actual dispersa de un plumazo todos los parlamentos que le
molestan?
«Entonces, ¿abajo con el
Reichstag y las elecciones?»
No., no es eso lo que quiero
decir. Nosotros somos marxistas, y no anarquistas. Defendemos la utilizaci5n
del parlamento: no es un instrumento para transformar la sociedad, sino un
medio de reagrupar a los obreros. Sin embargo, en el desarrollo de la lucha de
clases, llega un momento en que es necesario decidir la cuestión de quién es
el amo del país: el capital financiero o el proletariado. Las disertaciones
sobre la nación y sobre la democracia en general constituyen, en tales
condiciones, el embuste más descarado. A nuestros ojos, una pequeña minoría
alemana está organizando y armando, por as¡ decirlo, a la mitad de la nación
para aplastar y estrangular a la otra mitad. No es cuestión ahora de reformas
secundarias, sino de la vida o la muerte de la sociedad burguesa. Tales
cuestiones nunca han sido decididas por un voto. Quienquiera que en la
actualidad recurra al parlamento o al Tribunal Supremo de Leipzig, está
engañando a los obreros y, en la práctica, está ayudando al fascismo.
No hay ningún otro camino
«¿Qué hay que hacer en tales
condiciones?» preguntará mi interlocutor socialdemócrata.
La revolución proletaria.
«¿Y luego?»
La dictadura del proletariado.
«¿Como en Rusia? ¿Privaciones y
sacrificios? ¿La supresión absoluta de la libertad de opinión? No, no para mí.»
Precisamente porque no estás
dispuesto a pisar el camino de la revolución y de la dictadura, no podemos
formar juntos un solo partido. Pero, sin embargo, déjame decirte que tu
objeción no es digna de un proletario consciente. Sí, las privaciones de los
obreros rusos son enormes. Pero, en primer lugar, los obreros rusos saben en
nombre de qué están realizando esos sacrificios. Incluso si sufriesen una
derrota, la humanidad habría aprendido mucho de su experiencia. Pero, ¿en
nombre de qué se sacrificó la clase obrera alemana durante los años de la
guerra imperialista? ¿O, de nuevo, durante los años de desempleo? ¿A qué
conducen esos sacrificios? ¿Qué producen? ¿Qué enseñan? Sólo los sacrificios
que señalan el camino para un futuro mejor son dignos del hombre. Esa es
la primera objeción que escuché; la primera, pero no la única.
Los sufrimientos de los obreros
rusos son enormes porque en Rusia, como consecuencia de factores históricos
específicos, surgió el primer Estado proletario, que se ve obligado a elevarse
por su propia fuerza desde una extrema pobreza. No olvides que Rusia era el
país más atrasado de Europa. Allí el proletariado constituye tan sólo una
reducida parte de la población. En ese país, la dictadura del proletariado tuvo
que adoptar necesariamente las formas más duras. De ahí las consecuencias que
de ello se derivaron: el desarrollo de la burocracia que detenta el poder, y la
cadena de errores cometidos por la dirección política que ha caído bajo la
influencia de esta burocracia. Sí a finales de 1918, cuando el poder estaba
completamente en sus manos, la socialdemocracia hubiese entrado audazmente en
el camino hacia el socialismo y hubiese concluido una alianza indisoluble con la
Rusia soviética, toda la historia de Europa hubiera tomado otra dirección y la
humanidad habría llegado al socialismo en un espacio de tiempo más corto y con
infinitamente menos sacrificio. No es culpa nuestra que eso no ocurriese.
Sí, la dictadura en la Unión Soviética, en la época actual, tiene un carácter extremadamente burocrático y deformado. Yo personalmente he criticado más de una vez en la prensa el actual régimen soviético, que es una deformación del Estado obrero. Millares y millares de mis camaradas llenan las cárceles y los lugares de exilio por haber luchado contra la burocracia estalinista. Sin embargo, aun juzgando los aspectos negativos del actual régimen soviético, hay que conservar una perspectiva histórica correcta. Si el proletariado alemán, mucho más numeroso y más civilizado que el ruso, fuera a tomar mañana el poder, esto no sólo abriría gigantescas perspectivas económicas y culturales, sino que también llevaría inmediatamente a una atenuación de la dictadura en la Unión Soviética.
No hay que pensar que la
dictadura del proletariado está unida necesariamente a los métodos del terror
rojo que nosotros tuvimos que aplicar en Rusia. Nosotros fuimos los pioneros.
Ofendidas, las clases poseedoras rusas no creían que el nuevo régimen durase.
La burguesía de Europa y de América apoyaba a la contrarrevolución rusa. En
esas condiciones, solo podíamos mantenernos al precio de esfuerzos espantosos y
del castigo implacable de nuestros enemigos de clase. La victoria del
proletariado en Alemania tendría un carácter completamente diferente. La
burguesía alemana, una vez perdido el poder, ya no tendrían ninguna esperanza
de retomarlo. La alianza de la Alemania soviética con la Rusia soviética
multiplicaría, no por dos, sino por diez, la fuerza de los dos países. En el
resto de Europa, la posición de la burguesía es tan comprometida que no es muy
plausible que pudiese hacer que sus ejércitos avanzasen contra la Alemania
proletaria. Sin duda, la guerra civil sería inevitable: hay bastantes
fascistas para eso. Pero el proletariado alemán, armado con el poder del Estado
y contando con la Unión Soviética tras él, pronto conseguiría la atomización
del fascismo, arrastrando a su lado a sectores fundamentales de la pequeña
burguesía. La dictadura del proletariado en Alemania tendría formas
incomparablemente más suaves y civilizadas que la dictadura del proletariado en
Rusia.
«En ese caso, ¿por qué la
dictadura?»
Para aniquilar la explotación y
el parasitismo; para aplastar la resistencia de los explotadores; para acabar
con su inclinación a pensar en restablecer la explotación; para poner todo el
poder, todos los medios de producción, todas las fuentes de civilización en las
manos del proletariado; y para permitirle emplear todas esas fuerzas y medios
en interés de la transformación socialista de la sociedad: no hay ningún otro
camino.
El proletariado alemán tendrá la
revolución en alemán, y no en ruso
«Sin embargo, ocurre a menudo que
nuestros comunistas se nos aproximan a nosotros, socialdemócratas, con esta
amenaza: esperad, que tan pronto como estemos en el poder os pondremos contra
la pared.»
Sólo un puñado de imbéciles,
charlatanes y bravucones, que están a buen seguro para huir en el momento de
peligro, pueden efectuar tales amenazas. Un revolucionario serio, aun cuando
reconoce la inevitablidad de la violencia revolucionaria y su función creadora,
comprende al mismo tiempo que la aplicación de la violencia en la transformación
socialista de la sociedad tiene límites bien definidos. Los comunistas no
pueden prepararse a menos que busquen un entendimiento mutuo y un acercamiento
con los obreros socialdemócratas. La unanimidad revolucionaria de la abrumadora
mayoría del proletariado alemán reducirán al mínimo la represión que ejercerá
la dictadura revolucionaria. No es cuestión de copiar servilmente a la Rusia
sovié*tica, o de convertir sus necesidades en virtud. Eso es impropio de
marxistas. Aprovechar la experiencia de la revolución de Octubre no quiere
decir copiarla a ciegas. Hay que tener en cuenta las diferencias entre las
naciones, en la estructura social y, sobre todo, en la importancia relativa y
en el nivel cultural del proletariado. Suponer que puede hacerse la revolución
socialista de una manera pacífica, presumiblemente constitucional, con la
aquiescencia del Tribunal Supremo de Leipzig, eso sólo pueden hacerlo los
filisteos incurables. El proletariado alemán no podrá dar vueltas a la
revolución. Pero en su revolución, hablará alemán, y no ruso. Estoy convencido
de que hablará mucho mejor que nosotros.
¿Qué defenderemos?
«Muy bien, pero nosotros, los
socialdemócratas, proponemos no obstante llegar al poder democráticamente.
Vosotros, comunistas, consideráis eso una utopía absurda. En ese caso, ¿es
posible el frente único defensivo? Para ello es necesario tener una idea clara
de lo que hay que defender. Si nosotros defendemos una cosa y vosotros otra,
¿no acabaremos con las acciones comunes? ¿Aceptáis vosotros, los comunistas,
defender la Constitución de Weimar?»
La pregunta es adecuada, y yo
intentaré responderla sinceramente. La Constitución de Weimar representa todo
un sistema de instituciones, de derechos y de leyes. Comencemos por arriba. La
república tiene a su frente un presidente. ¿Aceptamos nosotros, los comunistas,
defender a Hindenburg contra el fascismo? Pienso que esa necesidad deja de
sentirse por sí misma, después de que Hindenburg haya llamado a los fascistas
al poder. Luego viene el gobierno, presidido por Hitler. El gobierno no
necesita ser defendido contra el fascismo. En tercer lugar, viene el parlamento.
Cuando aparezcan estas líneas, la suerte del parlamento surgido de las
elecciones del 5 de marzo probablemente haya sido decidida. Pero incluso en
esta coyuntura puede decirse con certeza que si la composición del Reichstag
demuestra ser hostil al gobierno; si Hitler piensa suprimir el Reichstag, y la
socialdemocracia muestra determinación para luchar a favor del Reichstag, los
comunistas ayudarán a la socialdemocracia con toda su fuerza.
Nosotros, los comunistas, no
podemos ni queremos establecer la dictadura del proletariado contra vosotros ni
sin vosotros, obreros socialdemócratas. Queremos llegar a esta dictadura junto
con vosotros. Y nosotros contemplamos la defensa común contra el fascismo como
el primer paso en este sentido. Evidentemente, a nuestros ojos, el Reichstag no
es una conquista histórica capital que el proletariado deba defender contra los
vándalos fascistas. Hay cosas más valiosas. Dentro del marco de la democracia
burguesa y paralela a la incesante lucha contra ella, los elementos de la
democracia proletaria se han formado en el curso de muchas décadas: partidos
políticos, prensa obrera, sindicato, comités de fábrica, clubs, cooperativas,
sociedades deportivas, etc. La misión del fascismo no es tanto completar la
destrucción de la democracia burguesa como aplastar los primeros esbozos de
democracia proletaria. En cuanto a nuestra misión, consiste en situar esos
elementos de democracia proletaria, ya creados, en la base del sistema
soviético del Estado obrero. Para este fin, es necesario romper la cáscara de
la democracia burguesa y liberar de ella el meollo de la democracia obrera. En
eso reside la esencia de la revolución proletaria. El fascismo amenaza el
núcleo vital de la democracia obrera. Esto mismo dicta claramente el programa
del frente único. Estamos dispuestos a defender vuestras imprentas y las
nuestras, pero también el principio democrático de la libertad de prensa;
vuestros locales y los nuestros, pero también el principio democrático de la
libertad de reunión y asociación. Somos materialistas, y por eso no separamos
el alma del cuerpo. En tanto no tengamos todavía la fuerza para establecer el
sistema soviético, nos situamos en el terreno de la democracia burguesa. Pero,
al mismo tiempo, no abrigamos ninguna ilusión.
Respecto a la libertad de prensa
«¿Y qué haréis con la prensa
socialdemócrata si lográis tomar el poder? ¿Prohibiréis nuestros periódicos
igual que los bolcheviques rusos prohibieron los periódicos mencheviques?»
Planteas el problema
equivocadamente. ¿Qué entiendes por «nuestros» periódicos? En Rusia, la
dictadura del proletariado se demostró posible sólo después de que la
abrumadora mayoría de los obreros mencheviques se pasaran al lado de los
bolcheviques, mientras que los despojos pequéñoburgueses del menchevismo
intentaban colaborar en la lucha burguesa por la restauración de la
«democracia», es decir, el capitalismo. Sin embargo, incluso en Rusia no
inscribimos en modo alguno en nuestra bandera la prohibición de los periódicos
mencheviques. Fuimos empujados a hacerlo por las condiciones increíblemente
duras de la lucha que había que sostener para salvar y mantener la dictadura
revolucionaria. En la Alemania soviética, la situación será, como ya he dicho,
infinitamente más favorable; y el régimen de la prensa sentirá necesariamente
los efectos de ello. Yo no creo que en este terreno el proletariado alemán
necesite recurrir a la represión.
Sin duda, no quiero decir que el
Estado obrero tolere ni aun un día el régimen de «la libertad (burguesa) de la
prensa», es decir, el estado de cosas en que sólo aquellos que controlan las
imprentas, las papeleras, las librerías, etc., es decir, los capitalistas,
pueden publicar periódicos y libros. La «libertad de prensa» burguesa significa
un monopolio del capital financiero para imponer los prejuicios capitalistas al
pueblo mediante cientos y miles de periódicos encargados de esparcir el virus
de la mentira con la forma técnica más perfecta. La libertad proletaria de
prensa significará la nacionalización de las imprentas, de las papeleras y de
la librerías en interés de los obreros. Nosotros no separamos el alma del
cuerpo. La libertad de prensa, sin linotipias, sin imprentas y sin papel, es
una ficción miserable. En el Estado proletario, los medios técnicos de imprimir
se pondrán a la disposición de grupo de ciudadanos según su importancia
numérica real. ¿Cómo se hará eso? La socialdemocracia obtendrá las facilidades
de impresión correspondientes al número de sus seguidores. No creo que en esa
época este número sea muy elevado: de lo contrario, el régimen mismo de la
dictadura del proletariado sería imposible. No obstante, dejemos que el futuro
resuelva esta cuestión. Pero el principio mismo de distribuir los medios
técnicos de impresión no según el grosor de la chequera, sino según el número
de seguidores de un programa determinado, de una corriente determinada o de
una escuela determinada, es, espero, el más honesto, el más democrático, el
principio más auténticamente proletario. ¿No es así?
«Tal vez.»
Entonces, ¿va esa mano?
«Me gustaría pensarlo un poco.»
Yo no
quería nada más, querido amigo: el objetivo de todas mis reflexiones es
hacerte meditar una vez más sobre todos los grandes problemas de la política
proletaria.
La
tragedia del proletariado alemán
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