Tercera parte

 

EL P.O.U.M.

 

¿RODEO EN LA VIA DEL PARTIDO?

 

La unificación entre el Bloque obrero y campesino y la izquierda comunista se realiza en septiembre de 1935, pero en esta época había entrado en los hechos desde hacía varios meses. Las condiciones en las que es así, creado el P.O.U.M. no facilitan la tarea del historiador, ya que los pasos decisivos, el acercamiento político que ha permitido la cohabitación de militantes de dos organizaciones hasta entonces separadas por vivas polémicas y por reales divergencias sobre problemas no despreciables han sido realizados inmediatamente después de la insurrección de octubre, bajo el régimen de estado de sitio, es decir, en una clandestinidad casi total.

Trotsky ha clasificado al Bloque y a los partidos de Maurin en la tendencia «de derechas», bujarinista, del movimiento comunista, a la que hay que vincular igualmente al K.P.O. de Brandler y Thalheimer, al grupo americano de Lovestone y, de forma fugaz, a los elementos reunidos en Francia alrededor de Boris Souvarine.[1] El periodista estalinista Michel KoItsov ha hablado igualmente a propósito de la constitución del P.O.U.M. de «bloque trotsko-bujarinista».[2] La fórmula es sumaria, indudablemente, incluso si Maurin admite de buen grado haber sufrido mas fuertemente la influencia de Bujarin que la de Trotsky.[3] Primero, porque a pesar de las relaciones mantenidas por Maurín con estos grupos, el Bloque no se organizo nunca en el seno de la oposición internacional de derechas constituida por ellos, y que tenía por su parte, al lado de innegables convergencias, reales desacuerdos con ellos; luego, porque, en el contexto español, la fisonomía política del grupo Maurin se modificó de forma notable durante los años del bienio negro, y quizá no fuera exagerado decir que el P.O.U.M. constituyó la unificación de un grupo que no había sido nunca totalmente bujarinista y que lo era cada vez menos y de un grupo que había sido realmente trotskysta pero que dejaba de serlo.

El núcleo de las divergencias entre Maurín y Nin provenía del origen mismo de sus grupos. Habiéndose definido la izquierda comunista en relación a la Unión Soviética, a la estalinización .del partido ruso y de la Internacional, a la lucha de la oposición de izquierda y al propio Trotsky, se había determinado hasta entonces en relación a los problemas de la revolución mundial. La Federación Catalana y Maurín mismo se habían separado en el momento del tercer periodo ultraizquierdista de la Internacional, en una oposición a la política de la Internacional comunista en España, y se habían rehusado a tomar posición sobre la Unión Soviética. Es así como a finales de 1933 aún, Maurín se rehusaba a atribuir a los dirigentes rusos la responsabilidad del «retroceso de la revolución» y la «liquidación efectiva de la política revolucionaria de la I.C.», añadiendo: «Trotsky en el poder habría podido actuar de otra manera.» [4] El mismo año, la F.C.I. había elegido una vez más no tomar posición sobre las cuestiones internas de la Unión Soviética, contentándose sobre este asunto con la designación de una «comisión de estudio». De ahí la desconfianza de Trotsky que veía en esta actitud política la preocupación por arreglarse una apertura en dirección a la burocracia estalinista, incluso «provincialismo», ya que los dirigentes del Bloque le parecían no determinarse más que en función de la situación que conocían a nivel, no de España, sino sólo de Cataluña, sin querer plantear ni resolver las cuestiones con una amplitud completamente diferente de la que estaban planteadas ante el movimiento comunista mundial.

Se vuelve a encontrar el mismo problema en lo que se refiere al carácter de la revolución española. Maurin estima que las derrotas de la Internacional y de la revolución desde 1917 son debidas a la aplicación mecánica del «modelo» de la revolución rusa, y que la revolución española presenta rasgos originales, ya que, por las particularidades históricas de la sociedad española, es en realidad una cuádruple revolución, económica, política, religiosa y «nacional». Este análisis explica la importancia otorgada por él a la cuestión nacional, yendo hasta la voluntad de «separatismo» en Cataluña y a una posición de principio análoga para las demás «nacionalidades» españolas. Igualmente en virtud de este análisis que diferencia las tareas a realizar por la revolución española, Maurín en 1931, rechazando como una trasposición exótica la consigna de «dictadura del proletariado», se pronunció por la realización de la «revolución democrática» bajo una «Convención nacional» dirigida por los elementos avanzados del Ateneo de Madrid,.y que aún en 1934 continuaba atribuyendo un papel revolucionario a la pequeña burguesía republicana, particularmente en Cataluña, en la que es decisiva para la «revolución nacional». En fin Maurín, que rechaza la fórmula de los «soviets» como extraña al proletariado español, a sus tradiciones y su mentalidad, busca en España la «forma» específica de poder y, a partir de 1931, se pronuncia por el «segundo poder» que consiste virtualmente a sus ojos el sindicato, promete su apoyo a un «gobierno sindicalista» y reclama la «toma del poder» por la C.N.T.[5] La Batalla comentó la insurrección anarquista de enero de 1932 en estos términos: «Los obreros han tomado el poder sin existencia previa de soviets. El mito soviético ha sido destruido por la efímera comuna del Alto‑Llobregat.»[6]

En fin, las divergencias son particularmente importantes sobre la cuestión que Trotsky y, hasta al menos 1935, los trotskystas españoles, tienen por decisiva, la de la Internacional. Maurín y el Bloque se pronunciaron firmemente contra la fundación e incluso la simple perspectiva de la IVª Internacional, de la que predice en septiembre de 1933 que sería un fracaso si se llegara a intentar, en la medida en que la historia demuestra según él que ninguna internacional ha podido ser constituida sin la existencia previa de un partido poderoso, al menos en un país, y sin revolución victoriosa. La posición de su organización es que «la unidad proletaria no puede realizarse ‑lo ha demostrado la experiencia‑ ni en la IIª ni en la IIIª Internacional». El modelo de «unidad proletaria internacional» ha sido realizado sólo con la Iª Internacional. «Hay que reconstruir la Internacional. La IIIª Internacional ha constituido la antítesis necesaria de la IIª, que era la tesis. Ha llegado el momento de hacer la síntesis de este proceso dialéctico»,[7] en una Internacional que respetará las «autonomías nacionales» y no impondrá mecánicamente modelos, pero el resultado no será alcanzado más que al término de una larga experiencia, a través del estallido de los marcos tradicionales y la construcción, sobre sus restos, de partidos nacionales que constituyen ellos mismos ya síntesis a este nivel.

Tales son en líneas generales las divergencias que separan hasta 1933 a trotskystas y maurinistas. La polémica llevada contra Maurín en Comunismo no va a la zaga, en el terreno de la viveza y de la elección de epítetos, a la que Trotsky ha llevado contra Maurin. En octubre de 1933, un articulo de la redacción de Comunismo califica a este último de «politiquero de pueblo», y de «grosero cacique político», o aún de «cacique provinciano».[8]

Pero a pesar e todo se produce, precisamente a partir de este año, 1933, una evolución en las posiciones del «Bloque obrero y campresino» y de su dirección, en particular Maurin. Se acentúa con el desarrollo de la lucha por la Alianza obrera, el ascenso del movimiento obrero, la insurrección de octubre de 1934. Comenzó (Maurin) a partir de 1933 a sacar las lecciones de los primeros años de la República. En el terreno del «catalanismo» primero, puesto que el congreso de 1933 afirma: «El problema de la libertad de Cataluña, traicionado primero por la Lliga de Cambó, luego por la Esquerra de Maciá, pierde de hecho y definitivamente el aspecto de una lucha de todo el pueblo catalán contra el imperialismo español y se convierte en un problema de la clase obrera». Aunque la ambigüedad subsista en 1933, ya no se trata de «separatismo» y, en 1935, después de la marcha a la Esquerra de uno de los lugartenientes de Maurín, Jaime Miravitlles, los         aspectos «catalanistas» del Bloque pasan a un segundo plano, sin que por otra parte haya sido dada una verdadera explicación política, que se puede entrever, sin embargo, en 1933 por el pase a la organización maurinista de opositores comunistas no catalanes., se trata de Portela y Gorkin, o de los, militantes de Asturias como Benjamín Escobar, José Prieto o Marcelino Magdalena.

La experiencia del fracaso de la república burguesa, la estrepitosa incapacidad de la burguesía para llevar a cabo la revolución democrática conduce asimismo a Maurín a rectificar su teoría primitiva de las «cuatro, revoluciones».

 En su obra escrita inmediatamente después de la insurrección de octubre de 1934, el dirigente catalán propone la fórmula de «revolución democrático‑socialista» que constituye en su espíritu ‑y parecerá a los Militantes trotskystas como Nin, y Jean Rous-, como un paso hacia la teoría de la « revolución permanente»,: puesto que las, tareas democráticas y las tareas socialistas son presentadas en ella como indisolublemente ligadas en el mismo proceso revolucionario orgánico que conduce a la «dictadura del proletariado» y a la resolución de todas las tareas históricas bajo. su dirección. Renunciando igualmente a consignas como «la C.N.T., al poder» o «gobierno sindical» ‑demasiado estrechamente inspiradas por una situación propiamente catalana y desmentidos estrepitosamente por la evolución de la central anarco‑sindicalista‑‑‑, Maurín saca de la: experiencia de 1934 la conclusión de que en España la forma específica del poder proletario no podría ser más que la Alianza obrera, en la medida en que representa a la vez a todo el proletariado y al conjunto de sus organizaciones, políticas y sindicales. Ve, pues, en las alianzas obreras un instrumento no sólo de lucha, por la realización del ,frente único obrero, sino de toma y ejercicio del poder, una forma «española» ‑y no exótica como los soviets‑ que respeta la tradición del país         y el papel de las organizaciones sindicales, y permite, por la síntesis que constituye, no oponer entre sí a las organizaciones, ni la clase a las organizaciones, como lo harían inevitablemente formas de tipo soviético.[9] En fin, el giro de los partidos comunistas a partir de 1934‑35 hacia la alianza con los partidos burgueses y la «burguesía nacional» le lleva a endurecer seriamente su actitud hacia el estalinismo y lo que comienza a llamar la «burocracia soviética». El lazo que le parece evidente entre la política «de Estado» de Stalin y la política oportunista de la Internacional comunista cuyas faltas históricas recuerda, tanto la alianza en China con el Kuomintang de Tchang Kai‑chek como la política de rechazo del frente único frente a Hitler. Sin disimular sus divergencias con Trotsky, toma firmemente posición contra la campaña de calumnias que se le dirige, rinde homenaje al que califica como «uno de los mayores revolucionarios que ha producido jamás el proletariado», publica en La Batalla a partir de 1935 numerosos artículos de Trotsky sacados de la prensa internacional del movimiento por la IVª Internacional.[10]

En estas condiciones y en este contexto se opera, en la lucha común por el frente único obrero en el interior de las Alianzas obreras, particularmente en Cataluña, el acercamiento entre militantes del «Bloque obrero y campesino» y de la Izquierda comunista, que conducirá a la unificación de las dos organizaciones, en un periodo en que los lazos están singularmente distendidos, en los dos sentidos, entre Trotsky y los que se consideran aún como los trotskystas españoles.

El P.O.U.M., constituido por la unificación de la Izquierda comunista y del Bloque, se presenta como «un partido de unificación» o más bien el primer elemento de tal partido. Aunque ciertas fórmulas ambiguas y ciertas presentaciones hechas de sus tesis puedan dar lugar a esta, interpretación, no toma posición por la unidad orgánica de los partidos existentes, sino que pretende realizar el primer paso de la unificación de los núcleos marxistas que existen en los partidos obreros tradicionales que llama a reemplazar, en cierta manera, reuniendo los elementos revolucionarios llamados., por la lógica de su posición, a efectuar la escisión de los elementos oportunistas de sus organizaciones. En relación al movimiento propio de la clase obrera, piensa que el llamamiento a sus aspiraciones unitarias y el valor de ejemplo del comienzo de unificación realizado por su propia constitución pueden traducirse en el desarrollo rápido de una organización que, sobre una clara base de clase, no deja de tener la ambición de ser el «partido único» de la clase obrera para su revolución. Andrés Nin escribe, la víspera de la fundación del P.O.U.M.: «En los partidos actuales y entre los miles de trabajadores que se mantienen al margen de estos últimos esperando que aparezca la fuerza política. capaz de inspirarles la confianza necesaria, existen actualmente los elementos necesarios para crear un partido cuya fuerza seria decisiva y que modificarla el curso de estos acontecimientos en el sentido de la victoria proletaria. El reagrupamiento de , todos estos elementos., la coordinación de su acción, constituyen la tarea más urgente del mundo.» Añade: «La radicalización de las mases obreras de nuestro país, la irresistible evolución hacia la izquierda de una parte del partido socialista, particularmente las juventudes, y en fin la necesidad de sacar a la revolución española del callejón sin salida al que le han llevado los partidos de la pequeña burguesía, imponen de manera imperiosa la creación de un partido obrero de masas cuya eficacia se medirá precisamente por su grado de identificación con los principios del marxismo revolucionario ( ... ) Estamos absolutamente convencidos de que este primer paso constituirá un poderoso estimulante para los obreros revolucionarios de todo el país.. que plantearán imperiosamente el problema de la unidad en el seno de sus propias organizaciones y que, en breve plazo, nadie podrá oponerse a lo que es la ferviente aspiración del proletariado españo1 sin atraerse la más profunda hostilidad de la clase obrera, que consideraría como traidores a su causa a los que se dedicasen a mantener la división, actual».[11]

A partir de esta línea política unitaria, el P.O.U.M. traza sus perspectivas de unidad sindical: en una primera etapa, va a esforzarse por reunir a los sindicatos «autónomos» o excluidos de las diferentes centrales a fin de constituir con ellos una organización por la unidad sindical, la fusión de todas las organizaciones sindicales en una central única. Este primer paso se realizará, con la celebración, el 2 y 3 de mayo de 1936, en Barcelona, de una «conferencia de unidad sindical» que reagrupaba a delegados de unos 70.000 sindicados, esencialmente en Cataluña, y que funda la Federación obrera de unidad sindical (F.O.U.S.) de la que es secretario general Andrés Nin. En la misma perspectiva el P.O.U.M. repite incansablemente la consigna de organización de las Alianzas obreras que, conforme al análisis anterior de Maurín, considera como el embrión del futuro poder revolucionario proletario[12]. En el curso de una polémica contra el dirigente de las J.S. Leoncio Pérez Martin, Andrés Nin escribe: «La revolución es imposible sin la movilización de las masas obreras a través de las luchas parciales, sin la creación de organismos que, como los soviets en Rusia y las Alianzas obreras en nuestro país, reagrupen a estas masas,, sin distinción de partidos y, de organizaciones sindicales, y se transformen en instrumentos de la insurrección hoy y en la forma concreta del poder proletario mañana». [13]

En el plano internacional, la nueva organización conserva la afiliación al Buró de Londres de la vieja organización maurinista, lo que implica, pues, por parte de los trotskystas que se adhieren a ella, el abandono ‑‑‑al menos oficial‑ del movimiento internacional por la IVª Internacional. Por otra parte, en conjunto, y aunque no fuera más que por la relación numérica entre las dos organizaciones, son las posiciones y análisis de Maurín los que prevalecen en la organización unificada. ¿Cómo explicar esta decisión que representa desde cierto punto de vista ‑una ruptura con las concepciones defendidas en el pasado por los trotskystas españoles? Juan Andrade propone, años después.. una explicación coherente. Los trotskystas españoles quieren romper su aislamiento y encontrar un lugar en una organización en que su acción sea mas eficaz; después. de haber rehusado la solución de entrada en el P.S. ‑en las condiciones propuestas por Trotsky, equivalía, según Andrade, a una verdadera disolución‑, deciden unificarse, con «los más cercanos, es decir, los más aptos para ser influenciados por nuestras concepciones», sobre todo considerando el hecho de que «la mayoría de los militantes bloquistas estaba formada por trabajadores animados por un real espíritu de clase, aunque influenciados en general por el oportunismo de sus dirigentes».[14]

La constitución del P.O.U.M. ‑a pesar de las ambigüedades y de las incertidumbres señaladas‑, constituía un elemento de importancia en la coyuntura española e incluso internacional. En efecto, algunos meses antes se ha desarrollado el 7º Congreso de la Internacional comunista del que Maurín escribe que «ha girado alrededor del Frente Popular, es decir, de la conjunción permanente del movimiento obrero con los partidos burgueses que aceptan una política internacional sobre la base del pacto franco‑soviético». Y el futuro secretario general del P.O.U.M. hace este juicio que parece deber hacer de su organización el campeón de la lucha contra la política de colaboración de clases llevada a través del Frente Popular cuando escribe: «La IIIª Internacional ha dejado de ser la Internacional de la izquierda del socialismo que era la que se proponían realizar Lenin y Trotsky. Objetivamente, los partidos comunistas, la Internacional comunista misma, han dejado de ser la izquierda del socialismo para aliarse a la derecha de la derecha».[15] Extrañándose de la aprobación, por el órgano de la Izquierda socialista, Claridad, de las decisiones del 7º Congreso, Nin la califica de incongruente, y subraya que «la táctica que combaten en las filas socialistas los socialistas de izquierda es fundamentalmente la que acaba de adoptar la Internacional Comunista, en su reciente congreso».[16] Pues el estalinismo se esfuerza también, a su manera., por explotar la aspiración obrera a la «unidad» y se multiplican los signos del eco que sus llamamientos comienzan a encontrar en la Izquierda socialista. El diálogo ‑una apretada discusión‑ continua sin embargo, y en las propias columnas de La Batalla, el secretario general de las juventudes socialistas Santiago Carrillo llama a los militantes del Bloque y de la Izquierda comunista a entrar en el P.S. asegurándoles que no se convertirían en rehenes de la derecha reformista: «Hoy es de dominio publico, escribe, que se desarrolla en el interior del partido socialista una lucha que no puede resolverse más que por la eliminación de los unos o de los otros, de los marxistas o de los reformistas. El restablecimiento de la unidad es ya imposible., porque las masas ven claramente cuáles son sus problemas».[17] El P.O.U.M., por boca de Maurin, responde que se rehúsa a cualquier «entrada» pero que está dispuesto a una «unificación» que hace pues, de la escisión en el partido socialista, el previo a un nuevo reagrupamiento revolucionario.[18] Importantes sectores de las juventudes socialistas, contrariamente a la posición de sus dirigentes, van a adherirse al punto, de vista del P.O.U.M. sobre las Alianzas obreras y reclamar la constitución de una «Alianza obrera nacional». Los dirigentes del P.O.U.M. juzgan irrealizables los proyectos estalinistas de fusión entre las juventudes comunistas, adheridas a las posiciones reformistas del Frente Popular, y las juventudes socialistas que «han roto con el reformismo y comenzado a marchar hacia el marxismo revolucionario ».

Trotsky se inquieta: desde abril de 1935, el S.I. ha notado que había signos inquietantes, en las juventudes socialistas, de una influencia y de posibilidades de maniobra por parte del P.C. Sobre todo, el viaje de Rous no ha abierto perspectivas. Se informa que a las criticas de Trotsky sobre la plataforma internacional del P.O.U.M.. Nin había respondido, entre bastidores, . que se podía perfectamente ser «partidario de la IVª, sin decirlo». Bilbao y Fersen, después de haber «guardado cola» a las puertas del partido socialista, como escribe, no sin malicia, Maurin, parecen, en camino de asimilación y no darán ya ninguna noticia de ellos a la organización internacional. Y lo mismo pasa con los viejos B.L. convertidos en dirigentes del P.O.U.M., incluso si su base sigue ‑se verá sobre todo en Madrid en julio de 1936‑ muy ligada a Trotsky y a la IVª. Trotsky no ha condenado la constitución del P.O.U.M., pero sus camaradas han cometido, a sus ojos, el, error más importante al rehusar el entrismo cuando aún estaban a tiempo: así, como lo había revisto, el estalinismo está trabajando, desorganizando la Izquierda socialista que los trotskystas no han fecundado. Para él, el P.O.U.M. no es más que el viejo Bloque, a penas modificado por la entrada de militantes que se rehúsan a constituir en él una fracción y que han cortado todo contacto con su organización internacional: para él, sus antiguos camaradas «vegetan» en el Bloque, un partido de algunos miles de militantes, mientras que el estalinismo desvela el enorme potencial revolucionario que representaban las decenas de miles de jóvenes socialistas. Pero elige callarse primero.

Romperá el silencio con la noticia de la firma del pacto electoral de las izquierdas por el representante del P.O.U.M., Juan Andrade. Decisión preñada de consecuencias para el joven partido, que denunciaba con ardor los proyectos de colaboración de clases revestidos con el nuevo manto del Frente Popular, 9 hacia la que está lejos de haberse dirigido directamente. En noviembre, cuando aparece la posibilidad de elecciones próximas, La Batalla, deja entrever la posibilidad de alianzas circunstanciales con las izquierdas republicanas, pero añade firmemente que no podría tratarse más que de un «pacto puramente circunstancial» y de ninguna manera «el Frente Popular que hoy preconiza Moscú».[19] El P.O.U.M. se dirige a los partidos socialista y comunista, el 4 de noviembre, para proponerles la alianza electoral de los partidos obreros. Rechazada la propuesta, insiste de nuevo en, la constitución de un «frente obrero» que discutiría en tanto que tal con el frente republicano por una alianza obreros-republicanos en las elecciones con vistas a un programa cuyo punto esencial estaría constituido por la amnistía de los 30.000 obreros presos desde octubre de 1934. Pero, a pesar de las protestas de su ala izquierda, el aparato del partido socialista dirigido por Prieto ha tomado directamente contacto con los partidos republicanos y han redactado conjuntamente un programa extremamente moderado ‑radical‑socialista‑ que es presentado como un todo intangible a las demás organizaciones obreras, y que el partido comunista acepta sin rechistar. El P.O.U.M. es puesto entre la espada y la pared. Si quiere permanecer fiel a su denuncia de la política de colaboración. de clases y de la perspectiva «Frente Popular» que encadena a los partidos obreros a un programa burgués, debe renunciar a participar en una campaña que agita a España entera, o presentar contra el Bloque de las derechas y el de las izquierdas una candidatura de partido capaz de asegurar la victoria de las primeras sin garantizarle ninguno de los elegidos cuya presencia en las Cortes juzga necesaria para su. propio desarrollo: así está hecha la ley electoral. Su comité central se reúne el 5 de enero, y en él, el informe sobre la «cuestión electoral» es presentado por Andrés Nin. A su propuesta, la resolución final es adoptada por unanimidad. Después de haber recordado que la ley electoral ha sido concebida de tal forma que favorezca a las grandes coaliciones y prohíba cualquier representación parlamentaria a un partido obrero de reciente formación y no preponderante, afirma la necesidad, para un «partido obrero revolucionario», de conquistar posiciones parlamentarias a fin de efectuar en las Cortes un trabajo de oposición revolucionaría que no pueden, de ninguna manera, hacer la socialdemocracia ni el P.C. oficial». Subraya que, sin embargo, la influencia del P.O.U.M. es suficiente para poder, en. ciertas regiones, hacer inclinar la balanza de un lado y del otro. En consecuencia, anuncia la adhesión del P.O.U.M. a la. coalición obreros‑republicanos que presentará en todas las partes del país un programa y un candidato únicos.[20]

Trotsky califica. esta decisión de «traición». Ve en ella una claudicación pura y simple ante el programa del Frente Popular ‑aunque la coalición no, lleva ofícialmente este titulo, que le será dado retrospectivamente‑ y barre con rabia y desprecio las justificaciones,, dadas por La Batalla a propósito de las disposiciones de la ley electoral, así como los argumentos, sobre el peligro de aislamiento frente a las ilusiones de las masas que esperan primero de la victoria electoral de la izquierda la amnistía y la liberación de los presos políticos. No está tampoco convencido por la afirmación del P.O.U.M., desde inmediatamente después de las elecciones, de que, su participación en el acuerdo estaba limitada ,a la duración de la campaña y que retoma toda su libertad y sobre todo la de criticar la política de Frente Popular. Contra él, treinta años después, Juan Andrade subraya que no hubo en el P.O.U.M. ninguna oposición a esta firma. Añade incluso: «La base obrera del partido, que constituía la inmensa mayoría de los militantes, consideró la decisión (...) como una victoria de amor propio que imponía a los estalinistas nuestro reconocimiento». Subraya que la política del P.O.U.M. sobre esta cuestión «respondía así esencialmente al sentimiento unánime de los trabajadores españoles por afrontar el desarrollo de la ofensiva de los militares y de la contrarrevolución».[21] Pero ninguno de estos argumentos responde a la critica fundamental de Trotsky.

Si el rechazo de los trotskystas españoles a practicar el entrismo, luego su unificación con los maurinistas en el seno del P.O.U.M., no habían provocado ningún estallido y ni siquiera una polémica pública, la firma por el P.O.U.M. del pacto electoral de las izquierdas, los calificativos lanzados por Trotsky contra sus viejos camaradas y discípulos ‑y sobre todo la acusación de «traición»- marcan una ruptura espectacular, en la que Trotsky no consigue la unanimidad de los partidarios de la IVª Internacional. Sneevliet y el R.S.A.P. en Holanda, Vereecken y su grupo, «Spartakus», en Bélgica, se niegan a dar la misma condena. Sobre todo, la liberación de la Unión Soviética de Victor Serge aporta un serio refuerzo a los amigos del P.O.U.M., pues Serge ha conocido y frecuentado a Andrés Nin en la Unión Soviética: juntos, formaron parte de la comisión internacional de la oposición de izquierda de 1926 a 1928. No tiene del Frente Popular, de la forma de combatirle y desenmascararle, la misma concepción que Trotsky, y se encuentra naturalmente próximo a Sneevliet y de Vereecken. Durante meses, Trotsky va a intentar convencer a sus camaradas de lo que llama la «traición» de Nin y Andrade, de su «actitud criminal» hacía el Frente Popular, mientras escribe, como si lanzase una botella al mar, a «un amigo español» para decirle lo que son hoy en España, en vísperas de la explosión revolucionaria inevitable, «las tareas de los bolcheviques leninistas». El drama está en que ya no existen.

 

 

 

 

 

LA TRAICIÓN DEL POUM

 

TOMO PRIMERO



[1] El matrimonio de Joaquín Maurin con la hermana de Boris Souvarine ha contribuido sin duda a acreditar esta versión.

[2] M. Koltsov, Diario de España, p. 13.

[3] J. Maurín, Revolución y contrarrevolución en España, p. 3.

[4] La Batalla, 9 noviembre 1933.

[5] La Batalla, 3 septiembre y 26 de noviembre 1931. (Interviu de Maurín a La Nación de Buenos Aires

[6] Ibidem, 4 febrero 1932.

[7] Ibidem 18 mayo 1932.

[8] Comunismo., n.º 29, octubre 1933, p. 152

[9] J. Maurín, Revolución y contrarrevolución en España constituye el manifiesto de esta posición.

[10] El 13 de septiembre, La Batalla publica, de Trotsky: «El proletariado ante la guerra» y el 4 de octubre, «Quién defiende. a la U.R.S.S. y quién ayuda a Hitler». Joaquín Maurín consagra el 1º de mayo un artículo importante a la cuestión Trotsky: «No soy trotskysta, pero ... ». Sin embargo, La revolución traicionada, traducida al español por Andrade, no será publicada, por la oposición de los dirigentes del P.O.U.M. en 1936.

[11] Nin, «Hacia una nueva etapa de la Alianza obrera». La Batalla, 23 agosto 1935.

[12] La Batalla, mayo 1936.

[13] Nin, «La Alianza obrera y los socialistas», La Batalla, 20 septiembre 1935.

[14] Andrade, op. cit., p. 7

[15] La Batalla, 25 agosto 1935.

[16] Nin, «Una incongruencia», La Batalla, 30 agosto 1935.

[17] La Batalla, 2 agosto 1935.

[18] Ibidem

[19] La Batalla, 15 noviembre 1932.

[20] La Batalla, 17 enero 1936.

[21] Andrade, op. cit., p. 28.

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