Segunda parte

 

LA LUCHA POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN NUEVO PARTIDO EN ESPAÑA

 

La posición de los viejos «oposicionistas» que se proponen ahora construir un nuevo partido y una nueva Internacional ‑tarea que moviliza con entusiasmo la sección española‑ es ciertamente precaria dada la debilidad relativa de sus ligazones con las amplias masas, así como su número reducido, en una coyuntura que evoluciona rápidamente en favor de la contrarrevolución. El tiempo está contado, y todos parecen tener conciencia de ello. Sin embargo, la inminencia del peligro fascista generalizado después de la victoria hitleriana facilita en cierta medida su tarea: la política de la Internacional Comunista que ha fracasado tan estrepitosamente es la que han denunciado infatigablemente durante años. La historia les da la razón, al menos negativamente, y hay militantes comunistas que se convencen de ello, como lo muestra, por ejemplo, la adhesión a la Izquierda Comunista de un cierto numero de militantes del P.C. y de las juventudes comunistas de Madrid.

Sin embargo, la historia no se detiene, al contrario, acelera. 1933 no es sólo el año de la victoria contrarrevolucionaria en Alemania. Marca en España mismo, a través del fin sin gloria de las Cortes constituyentes y las elecciones legislativas de noviembre, el principio de los «años negros» de la reacción, el bienio negro. Los incesantes retrocesos de la burguesía republicana en el poder con Manuel Azaña, su impotencia frente a las tentativas de la reacción, su miedo atroz ante la acción de las masas obreras y campesinas a las que no duda en reprimir sangrientamente mientras perdona a los generales putchistas, han acabado por destruir hasta los cimientos la alianza entre republicanos y socialistas que había ejercido el poder desde la caída de la monarquía, y estos últimos deciden ir solos a la batalla electoral antes que cargar definitivamente con el descrédito caído sobre el gobierno de coalición, a los ojos de las masas trabajadoras, por su política de claudicación permanente.

La victoria electoral de la derecha es clara, incluso si por el momento a los republicanos de izquierda les sucede una coalición de centro‑derecha. Reagrupados en la C.E.D.A. bajo la dirección de José María Gil Robles, grupos monárquicos y conservadores de derecha y extrema derecha, sostenidos por la acción como francotiradores de las organizaciones más abiertamente fascistas que constituirán la Falange, no disimulan su gusto por las soluciones «corporativas», ponen en cuestión el derecho de la clase obrera de poseer sus propios organismos de clase y hasta las libertades y derechos democráticos que permiten el combate de la clase obrera. Admiradores de Hitler Mussolini y Salazar, están dispuestos a jugar provisionalmente, y sólo en apariencia, el juego parlamentario que puede ofrecerles el acceso al poder y permitirles superar sin combates demasiado arriesgados la inevitable resistencia de las masas. Este es el punto de vista de Trotsky, así como el de los militantes de la Izquierda española.

El dato político más importante es que, como consecuencia de la tragedia alemana y como reacción a la amenaza de la extensión a otros países de la dictadura fascista, se dibuja en toda Europa occidental un profundo.movimiento defensivo, de aspiración a la unidad, de la clase obrera. Este movimiento de las masas, su voluntad, expresada quizá confusamente pero indudable en su determinación, sacude hasta sus fundamentos a los viejos partidos socialistas colocados con la espalda en la pared por la amenaza a su propia existencia que supone el ascenso del fascismo. La propaganda y la agitación de los bolcheviques‑leninistas españoles continúan más que nunca centradas en la necesidad de realizar contra el fascismo el frente único obrero, la unidad de combate de la clase y de sus organizaciones. Y esta orientación les acerca de nuevo al Bloque obrero y campesino de Maurin, él también convencido por la experiencia alemana de la necesidad vital de realizar el frente único. En este sentido,un primer paso es realizado con la constitución, en Cataluña ‑donde el Bloque dispone de una base sólida, incluso en algunos sindicatos excluidos de la C.N.T.‑ de una «Alianza Obrera» que constituye una fuerza y un ejemplo. De ahora en adelante esta consigna de Alianza Obrera concentra y encarna en España la aspiración a la unidad: se dibuja una fuerte corriente «aliancista» incluso en el interior de la C.N.T., donde representa la doble reacción obrera contra el apoliticismo anarquista tradicional y contra las delirantes prácticas putchistas de la F.A.I. y sus insurrecciones periódicas llevadas a cabo en nombre de las «acciones ejemplares» de las «minorías activas». La iniciativa tomada en Cataluña. por el Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista encuentra un amplio eco en Asturias, donde las tradiciones de unidad obrera son poderosas, donde bloquistas y «bolcheviques‑leninistas» están enraizados en la clase y donde, a pesar de las instancias de la burocracia confederal, la C.N.T. asturiana, entrando en la Alianza obrera con la U.G.T. y el conjunto de las otras organizaciones obreras ‑salvo el P.C., que rehúsa[1]‑,va a dar realidad al frente único obrero y permitir, algunos meses después, la insurrección obrera que frena las amenazas fascistas y modifica profundamente la relación de fuerzas.

La discusión personal entre Trotsky y Nin está terminada; de ahora en adelante se desarrolla una discusión .política entre el Comité Ejecutivo de la Izquierda Comunista de España y el secretariado internacional del Movimiento para la IVª Internacional de la que no hemos encontrado sino huellas fugitivas. En 1933, por primera vez, el S.I. ha sido reforzado, resultado paradójico de la victoria hitleriana y de la emigración de numerosos militantes. Al viejo Leonetti, al que se llama en adelante «Martin», se unen sucesivamente un joven alemán de los Sudetes Erwin Wolf, uno de los principales animadores de la Oposición alemana, E. Ackerknecht, llamado Erwin Bauer, y sus compatriotas, Otto Schüssler, llamado Óscar Fischer, y Adolf Klement, llamado Rudolf, a quien se confía el secretariado administrativo. Sobre todo, Leon Sedov –Markine-, llegado de Berlín, asegura el enorme trabajo de los «asuntos rusos» sin dar la espalda a las otras secciones. En 1934 Schüssler recibe un nuevo destino y Bauer se va, pero dos nuevos refuerzan el S.I., el abogado francés Jean Rous –Clart-, uno de los dirigentes de su sección, competente y hábil, y la vieja dirigente «zinovievista» del P.C. alemán, Ruth Fischer‑Dubois. En el S.I., Martín es encargado de las relaciones con España. La elección es juiciosa y muestra la voluntad de no romper. Martín está ligado a Nin, al que ha conocido y con el que ha militado en Moscú, luego en Roma, en la clandestinidad. Ha conservado hacia Rosmer una fiel amistad, y no ha estado nunca comprometido en una polémica contra el grupo francés que se reclama de él; por fin, su hostilidad a Raymond Molinier es bien conocida.

Consciente de las necesidades del momento y de la gravedad del peligro, los dirigentes de la Izquierda Comunista española sin embargo están sorprendidos por la brutal revisión que operan en el interior del partido socialista dirigentes como Largo Caballero, hasta entonces firme partidario de la política reformista más abierta y que tiene tras de si decenios de colaboración con la burguesía en su calidad de secretario general de la U.G.T. En efecto, en el curso de la campaña electoral de 1933, el viejo líder comienza a sacar el balance de la coalición gubernamental con los republicanos y a emplear una fraseología de clase, incluso revolucionaria. Después de la victoria de las derechas, el conflicto tiene una violencia extrema en el interior del partido socialista: un ala izquierda, cuyos portavoces son, además de Largo Caballero y su estado mayor de intelectuales, Araquistáin, Alvarez del Vayo, Carlos de Bardibar, y las juventudes socialistas que anima un joven, Santiago Carrillo, hace saber que está decidida por todos los medios, incluso la insurrección, a oponerse a la llegada al poder de la derecha. La izquierda comunista reacciona con la mayor desconfianza. Esteban Bilbao, en diciembre de 1933, reconoce que «el partido socialista comienza a balbucear las primeras letras del alfabeto proletario», pero recuerda que «la realidad del P.S. continúa siendo el aparato burocrático podrido y la masa oscurantista de sus pertenecientes»[2]. En enero de 1934, el ejecutivo se vuelve, sin embargo, hacia los militantes socialistas «que se orientan sinceramente hacia la vía revolucionaria», asegurándoles que «la condición previa de la eficacia de esta radicalización es la escisión del partido», sin la que «la corriente revolucionaria que existe indudablemente en las filas del partido estaría condenada a la impotencia»[3]. Desde la prisión de Madrid, Fersen señala que el origen de la crisis del partido socialista se encuentra en la ofensiva de la burguesía contra las posiciones reformistas. Pero pone en guardia a las masas y los militares contra las posibles ilusiones: «No debemos engañarnos a nosotros mismos ni engañar a nadie en lo que concierne a la radicalización del sector dirigente del socialismo conducido por Largo Caballero. Pretende hacernos creer que el reformismo y la colaboración de clases han dejado de ser su objetivo y que desde hoy se orienta hacia el camino de la revolución. Este ala izquierda del socialismo, conducida por burócratas experimentados, está realizando una maniobra de gran envergadura. Pretende mediante sus amenazas intimidar a la burguesía y ‑lo que es más importante‑ absorber al movimiento revolucionario apareciendo como su vanguardia ( ... ). Las zonas más atrasadas y las más ingenuas –la mayoría- del partido socialista, de la U.G.T. y de las juventudes depositan esperanzas en la nueva tendencia, y la radicalización del socialismo produce una fuerte impresión hasta en el seno de las otras organizaciones revolucionarias.» La conclusión, pesimista, no ofrece ninguna perspectiva a los que ven ahora en el ala izquierda socialista un instrumento de lucha: «¿Cómo alimentar ilusiones en lo que puede hacer este ala izquierda cuando es en su composición misma un conglomerado de lo más confuso?» [4]

Dos meses después, el mismo Fersen vuelve sobre el asunto: «¿Qué hace el P.S.? Aparentemente se orienta hacia la revolución, rompe con los partidos burgueses, traba lazos entre las organizaciones obreras, anuncia la revolución como algo inmediato e inminente, tan inminente e inmediato que ya han sido tomadas medidas contra el levantamiento ( ... ). ¿Ha llegado el movimiento obrero al punto de jugarse el todo por el todo? Ningún partido revolucionario juega con la revolución, pues conoce el enorme significado que ello conlleva. No juegan a la revolución sólo los locos, sino también los charlatanes que la temen más de lo que la desean. Es el caso del partido socialista, no se ha vuelto todavía loco.».[5] Para Fersen, hay que proponer al partido socialista como prueba y ensayo de la claridad de su actitud política, una campaña legal de defensa de las libertades y los derechos democráticos.

De hecho, el desarrollo del ala izquierda del partido socialista parece servir ahora de marco al ascenso de la .clase obrera misma, y, en el mes de abril, Esteban Bilbao vuelve a plantear el problema en términos y con preocupaciones nuevas. El asunto no puede según él reducirse a una simple maniobra, y la atracción ejercida sobre la clase por la nueva corriente de izquierda de los socialistas se ha convertido en un hecho que implica una toma de posición distinta de las afirmaciones de un escepticismo de principios: «El partido socialista se ha dado cuenta (la realidad entra por todos los poros de la piel) de que la burguesía va esta vez hacia la eliminación completa de todo lo que ha creado la evolución histórica en el movimiento obrero. Y como, en definitiva, el partido socialista es parte integrante y se alimenta de este mundo obrero, está igualmente amenazado por este peligro de aniquilamiento. Pues no se trata para el P.S. de servir a la burguesía usando su influencia calmante sobre el proletariado: la burguesía le ha hecho saber que, no sólo no le pagará este servicio, sino que una necesidad superior le obligaba a ejecutar a su viejo servidor. En esta macabra situación, el partido socialista, aterrado, grita: "¡Hay que hacer la Revolución!" como el condenado a muerte, al pie del cadalso clama: "¡No quiero morir!" Y, en función de estos temores, el partido socialista emprende un viraje radical volviéndose hacia posiciones revolucionarias.» Lo importante es en realidad el movimiento de las masas que se aferran a sus viejas organizaciones. para confiarles la realización de sus aspiraciones revolucionarias: «Ya, el sólo hecho de hablar de revolución concentra ahora hacia el partido socialista la casi totalidad del proletariado y de las masas populares. Todas las miradas si vuelven hacia él, todos los brazos se tienden, todas las voces le aclaman, todos los corazones le abrazan de entusiasmo ante la mágica conjuración de la palabra redentora caída de los labios del partido socialista.» Los revolucionarios deben aprovechar esta cuestión pues es una cuestión de vida o muerte, y el partido socialista no puede llevar a cabo las obligaciones de las que está cargado. Esteban Bilbao responde: «El que el P.S. haya llegado a reconocer la necesidad de la revolución no quiere decir que corresponde al P.S. mismo el afrontar la situación a la cabeza del proletariado. Esto no le es posible. Si por desgracia la hora del desenlace llegara sin que la clase obrera haya llegado a dotarse de una dirección apropiada, con, por todo bagaje dirigente, el contenido del partido socialista, ¡tanto peor para la clase obrera., y tanto peor para el propio partido socialista!» [6]

Pero Esteban Bilbao no parece haber convencido a sus camaradas, puesto que el órgano de la Izquierda Comunista del mes siguiente, en una editorial haciendo alusión a las tomas de posición o a los interrogantes que se abren en las juventudes socialistas, se determina exclusivamente en relación a la actitud de los dirigentes y a sus eventuales maniobras: «El problema es planteado en las J.S. de manera puramente negativa y con una sinceridad dudosa, pues forma parte de las protestas contra el reformismo.» La conclusión es brutal: la IVª Internacional no será un «arca de Noé» y no consentirá nunca el «caos interno ... ».[7]  Y aparentemente en contra de las perspectivas prudentemente abiertas por Esteban Bilbao, José Luis Arenillas consagra en agosto en Comunismo un largo articulo a «La crisis del partido socialista»[8]. Recordando los verdaderos motivos de la «radicalización» del ala Largo Caballero, admite la ligazón entre su actitud y el movimiento de la clase: «Lo que es cierto, es que el partido socialista ha recuperado su influencia. Las masas creen en las palabras revolucionarias de sus jefes, porque expresan sus deseos y aspiraciones.» Pero «esta tendencia sincera que puede ser constatada en un vasto sector del partido socialista debe lógicamente concretizarse bajo forma positiva y distinta de su organización para ser eficaz ( ... ). Los obreros socialistas (...) si son marxistas, deben dar la espalda a Caballero».

Tal es, aparentemente, la posición que adoptan en aquel momento los dirigentes del Bloque, que los dirigentes de las juventudes socialistas ‑cuya organización es inexistente en Cataluña‑ intentan seducir para unir a ellos los jóvenes del Bloque, y que plantean el problema oponiendo una perspectiva de «unificación» a la de una eventual «entrada». Pero no es esta la concepción de Fersen que, en Comunismo de septiembre de 1934, ataca la posición negativa defendida por José Luis Arenillas: «Sin alimentar ilusiones sobre lo que puede hacer un partido en función de su composición y de sus ideales, no hay que caer sin embargo en el negativismo obtuso en el que se hunden los adversarios de la socialdemocracia. La cuestión está en saber si estaría dispuesto a defender su existencia, a no transigir con el fascismo. Los socialistas austríacos nos han mostrado esta determinación, y el socialismo español lo está demostrando de manera bastante mejor, hasta ser en las circunstancias actuales el único partido que ofrece algunas garantías. La determinación no basta si no está acompañada de la seriedad En los momentos actuales ‑que pueden ser decisivos‑ el partido socialista es el único que ofrece garantías no sólo de determinación, sino de seriedad.».[9] El desacuerdo está latente entre los dirigentes españoles del movimiento por la IV.ª Internacional. Corresponde a la discusión que ha sido lanzada en el terreno internacional, pero a propósito de Francia, por Trotsky.

En abril de 1934, un informe de la actividad del secretariado internacional del movimiento por la IVª Internacional hacía ya una severa crítica de la sección española, escribiendo principalmente: «Se tiene profundamente vergüenza de recibir de bastantes países en los que se han producido grandes acciones (Cuba, España, Austria) análisis críticos, pero ningún informe sobre la actividad de los camaradas en lucha, sobre sus éxitos y sus fracasos. Sólo extirpando hasta la raíz estas costumbres llegaremos a cumplir nuestras tareas y a alcanzar nuestro objetivo: convertirnos en el núcleo del nuevo partido y una nueva Internacional comunista. Es tina cuestión vital para nosotros vencer el estado de espíritu de oposición pura, de crítica, que, en una cierta época, bastaba para la actividad de nuestras organizaciones, pero que está hoy superado, que es reaccionario y paralizante. Para nosotros se ha convertido en una cuestión vital el desembarazarnos del estado de espíritu “atentista”»[10].

En junio, Trotsky hace propuestas para la entrada, en Francia, de los militantes trotskystas en el interior de la S.F.I.O., la política del «entrismo». Para él, la crisis en el interior de la socialdemocracia internacional es el resultado directo de la crisis del Estado democrático de la burguesía: «A medida que la burguesía pierde la posibilidad de gobernar apoyándose en la opinión publica de los explotados, los líderes de la socialdemocracia pierden la posibilidad de dirigir la opinión pública de su propio partido. Sin embargo, los líderes reformistas ‑diferentes en esto de los líderes de la burguesía‑ no tienen a su disposición un aparato de coacción. He ahí por que, a medida que desaparece la democracia parlamentaria del Estado burgués, la democracia interna del partido socialista se convierte cada vez más en una realidad.» [11] La marcha de la burguesía hacia el fascismo, la lucha a muerte que el partido socialista está decidido a llevar contra él, constituyen los factores de las contradicciones del aparato socialdemócrata en las que se precipitan las masas, acentuando su disociación. Trotsky, vuelto hacia sus propios camaradas ‑en primer lugar, no lo dudemos, los dirigentes españoles- subraya el «error de los camaradas que, en su apreciación del partido socialista, se orientan por fórmulas estereotipadas de ayer, "reformismo", "II.ª Internacional" "el apoyo político de la burguesía"., etc.». Hay que aplicar, escribe, una reflexión dialéctica al partido socialista «que comparte la suerte del Estado democrático, solamente que marchando en el sentido contrario», y hay que añadir que «en buena parte gracias a la experiencia de Alemania y Austria, la evolución del partido socialista llega incluso a sobrepasar la del estado». L[12] Ibidem. Ibidem. Ibidem. Ibidem. Ibidem. Ibidem.a situación es tal que, no sólo es imposible limitarse a un análisis a nivel de las «maniobras» del aparato, sino que hay que orientarse en relación a una crisis profunda, capaz de liberar fuerzas considerables: «La mayoría del partido debe radicalizarse inevitablemente, la diferenciación interna debe entrar en una nueva fase.» Pero no se trata de esperar pasivamente, de comentar la evolución como observadores exteriores y doctos. Hay que «acercarse a los obreros socialistas, no para darles clases desde lo alto, sino para instruirse cerca de los obreros avanzados ... ».[13]

La construcción de la IV Internacional, según Trotsky pasa, en España como en Francia, por este acercamiento a los obreros avanzados, la vanguardia potencial y real a la vez, que no es posible, prácticamente, según él, más que por la entrada en el partido socialdemócrata. A esto sus camaradas presentan numerosas objeciones, aparentemente sólidas, pero que tienen en común, según él, partir sólo «de lo que es deseable y no de lo que es»: «Adaptar los métodos de la lucha a la situación y a sus propias fuerzas, es la exigencia elemental del realismo El carácter irreconciliable de los principios no tiene nada en común con la petrificación sectaria que pasa sin darles atención ante los cambios de la situación y del estado de espíritu de las masas La situación general (...) plantea al movimiento obrero consciente una tarea a breve plazo: o bien el proletariado, en el curso de los seis próximos meses, quizá un año, aplasta el fascismo, y da un paso adelante gigantesco, o bien él mismo será aplastado y toda Europa se convertirá en la arena de la tiranía fascista y de la guerra Hay que modificar la relación de fuerzas. Hay que entrar en la masa. No renegamos. Constatamos únicamente, honestamente, que nuestra organización es demasiado débil, para pretender en la práctica un papel independiente en los combates que se anuncian. Y al mismo tiempo, no queremos quedar al margen ( ... ). Nos convertiremos en una fracción; a cambio, recibiremos el contacto constante con decenas de miles de obreros, el derecho a participar en la lucha y en la discusión, y, lo que es particularmente necesario para nosotros mismos, la posibilidad de verificar nuestras ideas y nuestras consignas en la acción de masas ( ... ). Si, por nuestras ideas, llegamos a fecundar el núcleo proletario del partido socialista, tendremos una posibilidad nueva e inapreciable de actuar sobres el núcleo proletario del P.C. de tal manera que pueda constituirse una poderosa sección de la IV.ª Internacional.» «Ante una situación tal como la que he caracterizado de una forma breve anteriormente, quien grita: "Nunca me adheriré a la socialdemocracia. ¡Traición! ¡Claudicación!", etc., no es más que un pobre sentimental, que quizá conoce las fórmulas marxistas herborizadas, pero que se para con terror ante los árboles vivos y sobre todo ante el bosque ( ... ). Si la fusión [de los partidos comunista y socialista] no se realiza y los estalinistas intentan desorganizar el partido socialista por sus métodos habituales (zigzag, demagogia, corrupción, incluso individual) sólo nuestras ideas y nuestros métodos pueden inocular al núcleo revolucionario del partido socialista la fuerza de resistir a la descomposición completa.»[14]

Pero los dirigentes de la izquierda comunista están lejos de seguir a Trotsky en su análisis: «ven en él, como Landau, la prueba de una "claudicación" ante la socialdemocracia. Comunismo continúa comentando una situación en la que los militantes de la izquierda comunista no parecen tener ninguna perspectiva de intervención. Una vez más, engañados por la coyuntural debilidad del partido oficial en España, los dirigentes españoles no parecen haberse dado cuenta de las posibilidades que tenía en las manos para desviar la corriente revolucionaria que se está formando en el partido y las juventudes socialistas». Así, Andrade escribe, en septiembre de 1934: «El estalinismo está en plena descomposición y liquidación ( ... ). Los partidos estalinistas disminuyen cada día y pierden toda autoridad sobre las masas obreras.» Y describe en estos términos las perspectivas de un desarrollo «objetivo»: «En el seno de los viejos partidos socialdemócratas comienzan a manifestarse tendencias progresistas que revisten la forma de una corriente centrista. Para nosotros, y de manera dialéctica, el estalinismo no es sino un centrismo. Las dos alas de los dos partidos tienden a confundirse a costa del estalinismo que renuncia poco a poco a todas sus características pasadas.»[15]

Cuando se reúne, el 15 de septiembre, el comité central de la izquierda comunista, el informe de Fersen es aprobado por unanimidad: opone una inadmisibilidad categórica a las propuestas de Trotsky de entrada en el partido y las juventudes socialistas. El último número de Comunismo lo explica sumariamente: «La realización en Francia del frente único, limitado a los comunistas y socialistas y dejando fuera a nuestra sección francesa, ha conducido a algunos camaradas, entre los que se encuentra nuestro jefe político, a considerar que la táctica a seguir, teniendo en cuenta las ilusiones creadas por el pacto de los socialistas y los estalinistas, es entrar como fracción, con su propio órgano, en el partido socialista francés. Los defensores de esta solución creen poder llegar así a influenciar de forma más eficaz, a las masas trabajadoras. La reunión de nuestro comité central ampliado ha adoptado una resolución que define la posición española sobre este problema. Conociendo el punto de vista de la inmensa mayoría si no de la totalidad de nuestra organización, podemos anunciar por adelantado que es absolutamente opuesto al que defiende, con más firmeza que nunca y su pasión de siempre, nuestro camarada Trotsky. Las corrientes favorables a la unidad que se han creado en ciertos países, como consecuencia de la acción nefasta del estalinismo, no pueden de ninguna manera conducirnos a la confusión organizativa. La garantía del futuro reside en el Frente único, pero también en la independencia de organización de la vanguardia proletaria. En ningún caso podemos, por una ganancia circunstancial, fundirnos en un conglomerado amorfo, abocado a romperse al primer contacto con la realidad. Por triste y penoso que sea, estamos resueltos a permanecer sobre las posiciones de principio que nos ha enseñado nuestro jefe, incluso con el riesgo de tener que hacer, separados de él, una parte del camino que conduce a la victoria.»[16]

Algunas semanas después, como consecuencia de la entrada en el gobierno de los ministros de la derecha, el partido socialista, cuya existencia está efectivamente en juego, da la señal de la insurrección a la que se había preparado secretamente desde hacia algunas semanas, en esta eventualidad. En Barcelona, donde la C.N.T. se opone ostensiblemente al movimiento y llama a los trabajadores a romper la huelga, la dirección de la Alianza obrera ‑de la que Maurín y Nin son los principales dirigentes‑ se deja por añadidura convencer por los catalanistas, que temen tanto la revolución como la represión, y el movimiento insurreccional se malogra. En Madrid, se ha reducido a una simple huelga, no habiendo sido dada finalmente por el partido socialista la señal de los combates armados. En Asturias, sin embargo, donde la Alianza Obrera, como hemos visto, comprende a todas las organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera, el alzamientos alcanza proporciones considerables. Durante más de una semana, los trabajadores, con sus «alianzas», son dueños de la provincia que el gobierno deberá reconquistar con la ayuda de sus tropas especiales, Marroquíes y Legión extranjera, y sobre la que desencadena una severa represión.

El octubre asturiano es ciertamente una derrota, pero de las que, lejos de cortar el aliento, lo alimentan con su ejemplo. La unidad realizada en Asturias, la consigna del frente único «U.H.P.» [17] encuentran un amplio eco, y los trabajadores de España entera toman conciencia de que poseen los medios de imponer su voluntad. En cuanto al partido socialista, demuestra con esta insurrección la justeza de la apreciación de los que toman en serio su determinación a combatir, al mismo tiempo que los temores de los que le sabían incapaz de vencer y de asumir hasta el final un comportamiento revolucionario responsable. Al margen de las Alianzas obreras salvo en Cataluña, la izquierda comunista permaneció casi al margen de los acontecimientos; en Cataluña, va de la mano del Bloque obrero y campesino bajo la dirección de Maurín.

Trotsky se lamenta de lo que considera «pasividad». Ve sobre todo en los acontecimientos españoles la confirmación de lo que él avanzaba un mes y medio antes: la necesidad de entrar en el partido socialista para ganar su ala izquierda en el período de preparación de los combates armados. Para él, se ha desaprovechado una ocasión histórica casi única. Sin embargo, no rompe con sus camaradas españoles, aunque se abstenga de toda relación directa con ellos: el secretariado internacional, por su parte, mantiene las relaciones ‑episódicas‑ mediante cartas. Desde su prisión de Madrid, en un articulo que será publicado en Francia ‑bajo el seudónimo de L. Ramón‑ y en los Estados Unidos, Fersen, en el mes de diciembre, presenta los primeros elementos de su análisis. Octubre ha desvelado, según él, y desacreditado «el escepticismo pedante de los elementos doctrinarios que persisten en una actitud totalmente negativa hacia la socialdemocracia». Precisa: «A medida que la situación se hacía más grave, era más claro que el partido socialista estaba firmemente dispuesto a no dejarse aplastar por el fascismo Por lo que se refiere a la gesticulación revolucionaria, no había cristalizado nada de concreto ni definitivo La evolución hacia la izquierda que se ha manifestado en la socialdemocracia internacional desde el triunfo de la contrarrevolución en Alemania y en Austria ha adquirido en España (...) un carácter más acusado. que en otras partes, sin diferenciarse de forma esencial Las posibilidades de victoria sobre el fascismo dependen en primer lugar de la amplitud que revista la evolución hacia la izquierda de la socialdemocracia (...) pero sería sin embargo un error suponer que la socialdemocracia pueda, por una evolución interna, transformarse en un partido revolucionario. » [18]

De hecho, el debate, que el C.E. creyó zanjar el 15 de septiembre de 1934, rechazando unánimemente el «giro, francés», no está cerrado. Reaparece casi inmediatamente, alimentado tanto por la poderosa corriente de agrupamiento de las masas alrededor del partido socialista y la aceleración de la evolución hacia la izquierda de las juventudes como por la aspiración unitaria, que, en Cataluña, conduce a conversaciones para una eventual fusión entre todas las organizaciones obreras. El ejecutivo continúa oponiéndose a una entrada en las juventudes socialistas ‑y, a fortiori, en el P.S.‑ en lo que ve una autoliquidación. Pero tiene perfectamente conciencia de que la izquierda socialista ‑y en primer lugar las J.S.- constituyen el centro de la batalla por la constitución de un partido revolucionario. Cuando en enero de 1935, se decide a avanzar, en Cataluña, hacia una fusión posible con el Bloque obrero y campesino de Maurín, se esfuerza por presentar esta «creación de un partido revolucionario único» como la primera etapa de una «maniobra estratégica» que apunta, en una etapa posterior, a otro reagrupamiento, a escala estatal esta vez, del que las piezas maestras serían las juventudes socialistas y el ala izquierda del partido socialista. Fersen, en su prisión, está en contacto cotidiano con militantes y responsables de las J.S. y del P.S. Se convence de que la resolución del ejecutivo no es más que una forma de atentismo y el reflejo de dudas sectarias. Mientras se pronuncia por la «fusión» prevista en Cataluña, cambia su posición primitiva, da la razón a Trotsky y reclama la entrada, lo más rápida posible, en las J.S. y en el P.S.

El futuro de la izquierda comunista y de sus militantes se juega sin duda en estas pocas semanas de apasionadas discusiones. La mayoría de los militantes está ávida, en el momento en que maduran las condiciones para un nuevo enfrentamiento entre las clases, de romper con un «aislamiento» al que les condena, según los términos de Andrade, «su acción en el marco de un círculo sectario».[19] Y, en definitiva, todos buscan una respuesta a la pregunta planteada por Trotsky en 1934: ¿cómo ganar a los militantes y jóvenes socialistas que buscan a tientas el camino de la revolución? Todos están de acuerdo en un reagrupamiento en Cataluña, al que, por el momento, ni Trotsky ni el S.I. presenta mayores objeciones. Pero el nacimiento de un nuevo partido en Cataluña no soluciona sin embargo el problema del aislamiento de los trotskystas en el resto del país. Y en abril, un nuevo golpe de teatro: mientras las relaciones, hasta entonces cordiales, con las juventudes socialistas, parecen comprometerse seriamente ‑en parte debido a la izquierda comunista‑, el ejecutivo ‑Nin y Andrade están de acuerdo en ello‑, propone a su organización una solución que parece constituir un acercamiento a la posición defendida por Fersen, una fórmula de compromiso que va en el sentido de las propuestas anteriores de Trotsky: fusión en Cataluña con el Bloque obrero y campesino, y, en los demás sitios, entrada individual en el partido y las juventudes socialistas con vistas a constituir una fracción que lucharía en su interior por la fusión con el «partido revolucionario único»' de Cataluña. Por supuesto, esta propuesta es considerada como aceptable por el secretariado internacional ‑que la aprueba el 22 de mayo de 1935, a la vez que se inquieta por el deterioro de las relaciones con las JS.‑, pero va a ser combatida en las propias filas de la izquierda comunista por los militantes de Madrid y Bilbao. Reforzados recientemente por la adhesión de una veintena de jóvenes cuadros obreros de la zona sur de las juventudes comunistas de la capital, los militantes madrileños temen que la solución preconizada por el comité ejecutivo conduzca rápidamente a la dispersión, por no decir al estallido de la organización, y, en el mejor de los casos, a la ruptura entre los militantes de Cataluña y los del resto de España. Combaten pues las propuestas del C.E. y plantean la creación, mediante la fusión con el Bloque obrero campesino, de un nuevo partido a escala de todo el país. El voto definitivo del comité central en este sentido no hace más que ratificar su victoria política en la base. Desde julio de 1935 la suerte está echada y los acuerdos de unificación que van a conducir en septiembre a la constitución del partido obrero de unificación marxista (P.O.U.M.) por la fusión del Bloque obrero y campesino y la izquierda comunista, concluidos.

Pero Fersen no se doblega. Con Esteban Bilbao ‑desde hace bastante tiempo convencido de la necesidad del entrismo‑, G. Munis ‑en estrecho contacto con las J.S. de Madrid‑, el joven Jesús Blanco, uno de los provinientes de las J.S. y media docena más de militantes, anuncia su intención de entrar en el P.S. para intentar realizar con sus solas fuerzas la tarea que juzgan necesaria más que nunca. Para la izquierda comunista es una nueva escisión que arrastra a dos de sus mejores cabezas teóricas. El S.I. se indigna de que el acuerdo con el B.O.C. haya conducido a la supresión del derecho de fracción de los trotskystas en la organización unificada: pide a los españoles dar marcha atrás. En nombre del C.E., Nin rehusa con altivez toda sugestión en este sentido, así como toda tentativa de un acercamiento con el grupo Fersen, deseada por el S.I.; este último no insiste.

De hecho, ni Trotsky ni el S.I. han aprobado los pasos que han llevado a los trotskystas españoles a rehusar totalmente la entrada en la socialdemocracia, y a preferir, en definitiva, la fusión con los maurinistas, sobre los que tienen, desde comienzos de los años 30, una apreciación sin indulgencia. Pero, sin embargo, no hacen de la entrada en el P.O.U.M. ‑ni de la nueva negativa total al «entrismo»‑ un caso de ruptura.

Mediante tales fusiones parciales, incluso al precio de una renuncia temporal a su afiliación oficial al movimiento por la IV.ª Internacional, los trotskystas americanos y holandeses están avanzando, en el Workers Party y el R.S.A.P., en la vía de la construcción de partidos revolucionarios en sus países respectivos. Trotsky va a presionar pronto a sus camaradas franceses para que abandonen la S.F.I.O. para emprender la construcción –urgentemente- de la fuerza revolucionaria independiente que, según él, se impone en adelante. También, cuando la creación del P.O.U.M., se contenta con expresar en una carta a Sneevliet ‑de la que hace mandar una copia a España‑ sus inquietudes respecto a la firmeza de sus camaradas sobre la cuestión de la IV.ª Internacional. El S.I. envía a Rous a España en misión de información: después de largas discusiones con Nin, vuelve con un informe mesurado, y, en con unto, tranquilizador. Fuera de Cataluña, los trotskystas constituyen verdaderamente ellos solos el nuevo partido, y éste no ha perdido de vista la necesidad del trabajo político en dirección de la izquierda socialista y sobre todo de sus juventudes: los dirigentes de la izquierda comunista han aceptado por otra parte el volver a tomar contacto con sus camaradas «entrados» ‑o a punto de entrar‑ en el partido socialista y se plantean una coordinación del trabajo. Los estatutos del P.O.U.M. no reconocen el derecho de fracción, pero los trotskystas, cuya fisonomía es reconocida, tendrán la posibilidad de agruparse, en particular bajo la forma de «grupo de amigos», especie de tendencia oficiosa. Sobre todo, afirman que los maurinistas se han pronunciado de hecho por la IV.ª Internacional, «menos el número», y que ellos mismos se dan como tarea ganar al P.O.U.M. a la IV.ª. Oficialmente, no hay pues ya «sección española» de la Liga Comunista Internacional, pero Nin asegura a Rous que «esta desaparición momentánea debe ser considerada como una etapa en el camino de la constitución del partido revolucionario, de la sección española de la IV.ª». Informado de la fundación del P.O.U.M., Trotsky responde al S.I.: «El nuevo partido está proclamado. Que conste. En la medida en que pueda depender de factores internacionales, deberemos hacer todo lo posible para ayudar a este partido a ganar en fuerza y autoridad. Ello no es posible más que en el camino del marxismo consecuente e intransigente. En este camino, estoy dispuesto, así como, estoy seguro, todos los camaradas del S.I., a la colaboración que se nos pedirá.» [20] Las reservas son evidentes, pero los puentes no son cortados entre Trotsky y los trotskystas entrados en el P.O.U.M.

 

 

 

 

 

ENSEÑANZAS DE LA DERROTA DE OCTUBRE DE 1934

 

TOMO PRIMERO



[1] En efecto, en un principio el PC se mantuvo al margen de la Alianza Obrera, no sin cierto recelo, pero después de su innegableéxito en Cataluña, y de que cundiera el ejemplo (en Madrid se formó otra Alianza Obrera en mayo del 34, agrupando a los sectores sindicales, socialistas y comunistas más emprendedores) en septiembre de 1934, el PC de España decidió ingresar en la Alianza Obrera, sin duda para no quedar fuera de los acontecimientos, y por cierto, «Comunismo» (n.º 38) reconoció este viraje como válido, en función de la necesidad de crear un bloque único contra la reacción entonces en auge

[2] Esteban Bilbao, « El proletariado ante el fascismo», Comunismo, n.º 30, noviembre‑diciembre 1933, p. 208.

[3] I.C.E. «Las elecciones y la situación política española», Comunismo, n.º 31, enero 1934, p. 18

[4] .L. Fersen, «La actitud del Partido Socialista y la situación            política», Comunismo, n.º 32, febrero 1934, pp. 70‑74.

[5] L. Fersen «Lo primero a exigir es una actitud clara del socialismo», Comunismo, n.º 33, marzo 1934, pp. 112‑117.

[6] Esteban Bilbao, «Algunas consideraciones sobre la situación», Comunismo, n.º 34, abril 1934, pp. 163‑167.

[7] Comunismo, n.º 35, mayo 1934

[8] José Luis Arenillas, «La crisis del partido socialista español», Comunismo, n.º 38, septiembre 1934, pp. 56‑59.

[9] L. Fersen «La situación política actual», Comunismo, n.º 38, septiembre 1934, pp. 56‑59.

[10] Informe sobre la actividad del secretariado internacional (abril 1934) en el Bulletin Interieur de la Ligue Communiste, n.º 8, 1 de julio 1934

[11] «La evolución del partido socialista S.F.I.O.» (10 de julio de 1934), La Vérité, 17 agosto 1934.

[12] Ibidem.

[13] Ibidem.

[14] Extractos de las cartas de Trotsky a los bolqueviques‑leninistas franceses.

[15] Emilio Ruiz (Juan Andrade), «El ingreso del estalinismo en las Alianzas obreras y su campaña contra el trotskysmo» Comunismo, n.oº38, septiembre 1934, pp. 60‑65.

[16] Comunismo, n.º 9, octubre 1934.

[17]En el Pleno Nacional de la C.N.T. de Regionales, iniciado en Madrid el 23 de junio del 34, la regional asturiana se presentó con un pacto unilateral firmado por la U.G.T., defendiendo su posición aliancista ante la recriminación de las demás regionales. Sería esta conjunción de fuerzas de las dos rivales sindicales, la Alianza proletaria, lo que daría lugar a la U.H.P. (Unión de Hermanos Proletarios), que propiciaría finalmente la Huelga General Revolucionaria de octubre en Asturias.

[18] L. Fersen «La derrota del octubre español», New International, diciembre 1934.

[19] Juan Andrade, prefacio de Nin, Los problemas de la revolución española, p. 6.

[20] Carta de Crux citada por Rous en su informe sobre España de 1935 (Archivos Jean Rous).

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