POR LA RUPTURA DE LA COALICIÓN CON LA
BURGUESIA[1]
(Carta
al S. I, 24 de junio de 1931)
Queridos camaradas:
En una carta al camarada Lacroix[2]
he expuesto algunas consideraciones complementarias respecto a la situación
española. Desgraciadamente no tengo una formación completa que me permita
conocer la postura de los diversos grupos comunistas en España de cara a los
problemas políticos actuales. En estas condiciones, analizar la situación
revolucionaria, resulta más difícil que jugar al ajedrez sin mirar el tablero.
Siempre quedan cuestiones que exigen un estudio complementario. Antes de
recurrir a la prensa, quisiera exponerles estas cuestiones y, por mediación
suya, a todos los comunistas españoles y a todas las secciones de la Oposición
internacional.
Una parte
considerable de mi articulo sobre los peligros que amenazan a la revolución
española, está dedicado a demostrar que entre la revolución democrático‑burguesa
de abril y la futura revolución proletaria, no hay lugar para una revolución
obrero‑campesina intermedia. De pasada he subrayado que esto no significa
que el partido del proletariado deba ocuparse exclusivamente de aumentar sus
fuerzas «hasta la lucha final». Una concepción de este tipo seria
antirrevolucionaria y digna de un filisteo. Si bien no puede existir una revolución intermedia, un régimen intermedio, sí pueden producirse manifestacionesde masas intermedias, huelgas,
demostraciones, encuentros con la policía y el ejército, sacudidas
revolucionarias impetuosas, durante las cuales los comunistas deberán estar en
las primeras filas del combate. ¿Cuál es la significación histórica de estas
luchas intermedias? Por una parte son susceptibles de provocar cambios
democráticos en el seno del régimen democrático burgués, y por otra pueden
preparar a las masas para la conquista
del poder y para la creación
del régimen proletario.
La participación de los comunistas en estas luchas, y sobre todo su dirección, exige de ellos, no sólo una comprensión clara del desarrollo de la revolución en su conjunto, sino también la capacidad para lanzar determinadas consignas ardientes y combativas, que no se desprenden directamente del «programa», sino que son dictadas por las circunstancias de cada día e impulsan a las masas hacia adelante.[3]
Todo el mundo
conoce el enorme papel que jugó en Rusia la consigna bolchevique «¡Abajo los
diez ministros capitalistas!» durante la coalición de los socialistas
conciliadores y los liberales. Las masas aún tenían confianza en los
socialistas conciliadores, pero incluso las masas mas confiadas tienen siempre
una instintiva desconfianza a los burgueses, los explotadores, los
capitalistas. La táctica de los bolcheviques reposó sobre este hecho durante
todo un periodo. No decíamos «¡Abajo los ministros socialistas!» ni siquiera
«¡Abajo el gobierno provisional!». Por el contrario remachábamos continuamente
en el mismo clavo: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!». Esta consigna
jugó un papel capital, ya que permitió a las masas convencerse de que los socialistas
conciliadores tenían más apego a los ministros capitalistas que a las masas
obreras. En el estadio actual de la revolución española lo que hace falta son
consignas de este tipo. La vanguardia del proletariado está interesada en que
los socialistas tomen el poder en sus manos. Por esta razón es necesario romper
la coalición. No podrá realizarse tal o cual etapa de este camino más que
ligada a importantes acontecimientos políticos, bajo la presión de nuevos
movimientos de masas, etc. Bajo una presión de este tipo fueron expulsados sucesivamente
del gobierno de coalición Goutchkov, Miliukov,
posteriormente el príncipe Lvov; Kerensky fue puesto a la cabeza del gobierno,
aumentó el número de «socialistas», etc...
Después de la llegada de Lenin,
el partido bolchevique no se solidarizó ni un instante con Kerensky.y los
conciliadores. Sin embargo ayudaba a las masas a poner a prueba a su gobierno
en la acción. Esta fue una etapa decisiva en el ascenso de los bolcheviques al
poder.
Según puedo apreciar desde aquí,
las elecciones a Cortes revelarán la extraordinaria debilidad de los
republicanos de derecha, tipo Zamora‑Maura.. Dejarán paso a conciliadores
pequeño‑burgueses de diferentes coloraciones, radicales, radical‑socialistas
y .«socialistas». A pesar de esto se puede predecir con seguridad que los
socialistas y los radical‑socialistas pondrán todo el empeño en .ayudar a
sus aliados de derecha. La consigna ¡Abajo Zamora‑Maura! es absolutamente
ajustada. Sólo queda por comprender que los comunistas no pueden agitar a favor
del ministerio Lerroux, no deben tomar ninguna responsabilidad a favor de un
ministerio socialista, pero han de dirigir sus golpes contra el enemigo de
clase más determinado y más consecuente; con ello debilitan a los
conciliadores, despejando el terreno al proletariado. Los comunistas deben
decir a los obreros socialistas: «Vosotros tenéis confianza en vuestros
dirigentes socialistas; obligadles a tomar el poder, nosotros os ayudaremos,
aunque no tenemos confianza en ellos. Cuando estén en el poder se pondrán a
prueba; entonces se verá quién tenía razón, vosotros o nosotros.» [4]
He abordado antes este
argumento, ligándolo a la cuestión de la composición de las cortes. Pero otros
acontecimientos ‑como por ejemplo la represión contra las masas‑ puede
dar una oportunidad excepcional a la consigna ¡Abajo Zamora‑Maura! La
victoria en esto, es‑ decir la dimisión de Zamora, puede tener en este
estadio, para el desarrollo ulterior de la revolución, casi la misma
significación que la dimisión de Alfonso en abril.
Para lanzar
esta consigna no es preciso orientarse en función de abstracciones doctrinales, sino según el estadio de la
conciencia de las masas, según la reacción que experimentan las masas ante cada
victoria parcial.
Oponer pura y sencillamente la
consigna de «Dictadura del proletariado» o «República obrero‑campesina»
es absolutamente desorientador en la actual fase, ya que estas consignas no
llegan al corazón de las masas.[5]
A propósito de esto surge de
nuevo la cuestión del «socialfascismo». Esta estúpida invención de la
burocracia, terriblemente izquierdista, resulta actualmente en España el mayor
obstáculo a la revolución proletaria. Volvamos de nuevo a la experiencia rusa.
Los mencheviques y socialistas revolucionarios en el poder, continuaban la
guerra imperialista, defendían a los capitalistas, perseguían y arrestaban a
los soldados obreros y campesinos. Restablecieron la pena de muerte, protegían
a los asesinos de los bolcheviques, obligaban a Lenin a vivir en la
clandestinidad, encarcelaban a otros dirigentes bolcheviques atribuyéndoles las
peores calumnias. Todo esto era suficiente para calificarlos de
«socialfascistas». Pero, como es sabido, en 1917 no existía este término, lo
cual no impidió a los bolcheviques acceder al poder. Después de las terribles
persecuciones de julio y agosto, los bolcheviques hicieron frente común con los
«socialfascistas» en los organismos de lucha contra Kornilov. A su salida de la
clandestinidad Lenin propuso el siguiente acuerdo a los «socialfascistas»: «Romped
con la burguesía, tomad el poder, y nosotros, los bolcheviques, lucharemos por
el poder de forma pacífica en el seno de los soviets.» Si no había ninguna
diferencia entre los conciliadores y Kornilov, que era realmente un «fascista»,
no hubiera «sido posible ninguna lucha común entre los bolcheviques y los
conciliadores contra Kornilov. Sin embargo esta lucha, al rechazar el ataque
contrarrevolucionario de los generales y al ayudar a los bolcheviques a
arrancar a las masas de la influencia de los conciliadores, tuvo un papel
decisivo en el desarrollo de la revolución.[6]'
La naturaleza de la democracia
pequeño‑burguesa consiste precisamente en que oscila continuamente entre
el comunismo y el fascismo. En el curso de una revolución, estas oscilaciones
se acentúan de forma particular. Considerar a los socialistas españoles como
una especie de fascistas, significa renunciar a utilizar sus inevitables
oscilaciones hacia la izquierda, significa cortarse uno mismo el puente hacia
los obreros socialistas y sindicalistas.
Para terminar, señalaría que
actualmente la crítica implacable a los anarcosindicalistas es una tarea
fundamental, que no debe ser descuidada ni un minuto. Las cumbres del
anarcosindicalismo constituyen la forma más disfrazada, más pérfida y más peligrosa
de conciliación con la burguesía. Entre los obreros anarcosindicalistas de base
hay una inmensa fuerza potencial para la revolución. La tarea fundamental de
los comunistas respecto a esto debe ser la misma que respecto a los
socialistas: enfrentar la base a las direcciones. Sin embargo el trabajo debe
adaptarse a las características específicas de la organización sindical, y al
carácter particular de su cobertura anarquista. Ya hablaré de esto en otra
carta.
Insisto una vez más: Es preciso
juntar artículos, resoluciones, panfletos, etc., de las organizaciones
revolucionarias y de los grupos españoles, traducirlos al francés y enviarlos a
otras secciones para que sean traducidos a otras lenguas.
Cordiales saludos
revolucionarios.
Vuestro L. Trotsky
DESPUÉS DE LAS ELECCIONES A CORTES
[1]Publicado por primera vez en The Militant, del 25 de julio de 1931, bajo el título «Down with Zamora‑Maura! »
[2] Henri Lacroix era secretario general de la oposición de izquierda española. No poseemos el texto de la carta en cuestión.
[3] Trotsky subraya aquí la necesidad, señalada ya en la Internacional comunista en los tiempos de Lenin, de lanzar consignas de «transición» susceptibles de movilizar a las masas
[4] Trotsky desarrolla aquí la argumentación propuesta ya a partir de 1922 por la Internacional comunista, para la consigna de «gobierno obrero». El mismo argumento le lleva a proponer en Francia el «gobierno Blum‑Cachin».
[5] Una de las lecciones que sacó la Internacional comunista del fracaso de la revolución alemana de 1918‑1919, fue precisamente el que los Spartakistas carecían de una consigna transitoria a nivel de gobierno, y se habían tenido que contentar con pedir para los consejos un poder que estos se apresuraron a entregar a una asamblea elegida.
[6] En la política llevada por los bolcheviques contra el golpe militar de Kornilov, Trotsky vio un modelo de estrategia de unidad de las fuerzas obreras, el «frente único obrero», cuya fórmula no fue concretada por la Internacional comunista, apoyada en parte sobre este precedente, hasta diciembre de 1921.