«KORNILOV» Y ESTALINISTAS EN ESPAÑA[1]
(20 septiembre 1932)
Como en el pasado, Pravda se
calla sobre Alemania. Pero, para compensar, ha insertado el 9 de septiembre un
articulo sobre España, instructivo al más alto grado. Cierto que no arroja más
que una luz indirecta sobre la revolución española, pero en revancha aclara de
forma luminosa las convulsiones políticas de la burocracia estalinista.
Este artículo dice: «Después
de la derrota de la huelga general de enero, los trotskystas (aquí, la sucesión
de los insultos de ritual L.T.) afirmaron que la revolución estaba vencida, y
que había llegado el período de los fracasos.» ¿Es cierto? Si hay en España
revolucionarios que, en enero de este año, se preparaban para enterrar la
revolución, no tienen ni pueden tener nada en común con la oposición de
izquierda. Un revolucionario no puede reconocer que la revolución ha terminado
más que cuando los índices objetivos no dejan ya duda. Sólo lamentables
impresionistas, y no bolcheviques‑leninistas, pueden emitir pronósticos pesimistas sobre la única base del enfriamiento de los
espíritus.[2]
En nuestro folleto La revolución
española y los peligros que la amenazan hemos examinado la cuestión de la
línea del desarrollo general de la revolución española y de sus posibles
ritmos. La revolución rusa de 1917 tardó ocho meses en alcanzar su punto
culminante. Pero no es obligatorio que la revolución española tenga lugar en
tal plazo. La Gran Revolución francesa dio el poder a los jacobinos sólo al
cabo de cuatro años. Una de las causas de la lentitud del desarrollo de la
revolución francesa residía en que el propio partido jacobino se había
constituido en el fuego de los acontecimientos. Son las mismas condiciones que
en España: cuando la revolución republicana, el partido comunista estaba aún en
mantillas. Por esta razón, entre otras, pensamos que la revolución española iba
probablemente a desarrollarse a un ritmo lento a través de toda una serie de
etapas, comprendida la etapa parlamentaria.
Recordábamos entonces que la órbita de la revolución conlleva altos y
bajos. El arte de la dirección consiste, dicho sea de paso, en no lanzar la
ofensiva en el momento en que la ola retrocede, y a no batirse en retirada en
el momento del ascenso. Y para ello ante todo es necesario no confundir las
oscilaciones de la «coyuntura » `particular con la órbita fundamental.
Después de la derrota de la huelga general de enero, era evidente que
nos encontrábamos ante un reflujo temporal de la revolución en España. Sólo
charlatanes y aventureros. pueden ignorar el reflujo. Pero hablar de
liquidación de la revolución a propósito de un retroceso temporal, sólo pueden
hacerlo cobardes y desertores. Los revolucionarios abandonan los últimos el
campo de batalla. Quien entierra una revolución viva merece el pelotón de
ejecución.
El retroceso y el
estancamiento temporal de la revolución han dado un impulso a la contrarrevolución. Después de una
derrota en una gran batalla, las masas se repliegan, se calman. Una dirección
insuficientemente templada tiene a menudo tendencia a exagerar la amplitud de
la derrota. Todo esta anima al ala extremista de la contrarrevolución. Tal es
el mecanismo político de la tentativa monárquica del general Sanjurjo. Pero
precisamente tal intervención en la arena del más mortal enemigo del pueblo
despierta a la masa como un latigazo. No es raro que, en un caso semejante, la
dirección revolucionaria sea cogida desprevenida.
«La rapidez y la facilidad con las que ha sido liquidada la tentativa.
del general,[3] escribe Pravda, demuestran que las fuerzas de la
revolución no están rotas. El ascenso revolucionario ha recibido un nuevo
impulso de los acontecimientos del 10 de agosto.» Es completamente justo.
Incluso se puede decir que es el único pasaje acertado de todo el artículo.
¿Se vio el partido comunista
oficial cogido desprevenido por los acontecimientos? Si no se cree más que el
testimonio de Pravda, se está
obligado a responder afirmativamente. El artículo está titulado: «Los obreros
derrotan al general.» Es bien evidente que, sin su intervención revolucionaria
contra el golpe de estado monárquico, hubiera sido Zamora y no Sanjurjo quien
hubiera estado obligado a marcharse al exilio. En otros términos, al precio de
su heroísmo y de su sangre, los obreros han ayudado a la burguesía republicana
a conservar el poder. Fingiendo no darse cuenta, Pravda escribe: «El partido
comunista conducía la lucha (...) contra el golpe de estado de derecha de tal
manera que no dio ni siquiera la sombra de un apoyo al gobierno
contrarrevolucionario actual.» Lo que intenta hacer el partido comunista es un
problema; pero por el momento se trata sólo del resultado de sus esfuerzos. El
ala de los propietarios monárquicos ha intentado derrocar al ala republicana,
aunque los republicanos hayan hecho todo lo posible por no discutir con ellos.
Pero el proletariado ha entrado en la escena. «Los obreros derrotan al
general.» Los monárquicos parten para el exilio y la
burguesía republicana conserva el poder. ¿Cómo, en presencia de tales hechos,
se puede pretender que el partido comunista no ha dado «la sombra de un apoyo
al gobierno contrarrevolucionario actual»?
¿Se deduce de lo dicho anteriormente que el partido comunista debía
lavarse las manos en el conflicto entre los monárquicos y la burguesía
republicana? Tal política hubiera sido un suicidio, como lo demostró la
experiencia de los comunistas búlgaros en 1924.[4]
Interviniendo en un combate decisivo contra los monárquicos, los obreros
españoles no podían rehusarse a ayudar momentáneamente a su enemigo, la
burguesía republicana, más que en el caso en que hubieran sido suficientemente
fuertes como para tomar ellos mismos el poder. En agosto de 1917, los bolcheviques eran mucho más fuertes
que los comunistas españoles en agosto de 1932. Pero tampoco ellos tenían la
posibilidad de conquistar por su propia cuenta el poder en el curso de la lucha
contra Kornilov. Gracias a la victoria de los obreros sobre los kornilovistas,
el gobierno de Kerensky duró dos meses más. Recordaremos una vez mas que
batallones de marineros bolcheviques aseguraban contra Kornilov la guardia del
palacio de invierno de Kerensky.
El proletariado español se ha mostrado suficientemente fuerte para
vencer el levantamiento de los generales, pero demasiado débil para tomar el
poder. En estas condiciones, la heroica lucha de los obreros no podía no
reforzar ‑provisionalmente por lo menos‑ al gobierno republicano.
Sólo los sujetos sin nada en la sesera, que sustituyen el análisis por frases
estereotipadas, pueden negarlo.
La desgracia de la burocracia estalinista es que no ve mejor en España
que en Alemania las contradicciones reales que existen en el interior del campo
enemigo, es decir, las clases vivas y su conflicto. El «fascista» primo de
Rivera es reemplazado por el «fascista» Zamora, aliado a los «socialfascistas»...
No es de extrañar que con tales teorías la intervención de las masas en el
conflicto entre los monárquicos y los republicanos hayan cogido a los
estalinistas de imprevisto. Reaccionando según su justo instinto, las masas se
lanzaron a la lucha, arrastrando con ellas a los comunistas. Después de la
victoria de los obreros sobre los generales, Pravda se ha puesto a amontonar los restos de su teoría para volver
a pegar sus pedazos, como si no hubiera pasado nada. Esa es la significación
esencial de la estúpida fanfarronada según la cual el partido comunista no
habría dado, parece, «la sombra de un apoyo» al gobierno burgués.
En realidad, no sólo el partido comunista ha dado al gobierno un apoyo
objetivo,[5]
sino, como se puede uno dar cuenta leyendo este mismo artículo, no ha sido
capaz de diferenciarse subjetivamente de
él. En efecto, leemos: «No se ha conseguido en todas las células ni en todas
las organizaciones provinciales mostrar suficientemente el rostro del partido
comunista y oponerse a las maniobras de los socialfascistas y de los
republicanos, demostrando así que el partido lucha no sólo contra los
monárquicos, sino también contra el gobierno "republicano" que
encubre a los monárquicos». Toda la literatura estalinista permite comprender
lo que eventualmente significan expresiones como «no en todas las células»P «no
en todas las organizaciones». Están ahí para disimular la cobardía del proceso
del pensamiento. Cuando, el 15 de febrero, Stalin admitió por primera vez que
el kulak no era una invención de la oposición de izquierda, escribió en Pravda: «En algunos distritos, en
algunas provincias», el kulak ha levantado la cabeza. Puesto que los errores
sólo son debidos a los ejecutores, no pueden evidentemente aparecer más que en
la suma de sus grupos en las diferentes provincias.
En realidad, si se limpia de
la mentalidad de trampeo burocrático que la impregna, la cita que acabamos de
reproducir significa que, en la lucha contra los monárquicos, el partido no
supo «mostrar su rostro». No supo oponerse a los «social‑fascistas» y a
los republicanos. En otros términos, no sólo el partido ha dado un apoyo
militar temporal al gobierno burgués y socialdemócrata, sino que además no ha sabido reforzarse a su costa en el curso de la, lucha.
La debilidad del partido comunista ‑que es el resultado de la
política de los epígonos de la Internacional comunista‑ no ha permitido
al proletariado adelantar la mano hacia el poder el 10 de agosto de 1932. Al
mismo tiempo, se, ha visto obligado a tomar parte, y ha participado en. la
lucha en calidad de ala izquierda del frente general temporal en cuya ala
derecha se encontraba la burguesía republicana. La coalición en el poder, ella
si, no olvidó ni por un instante mostrar su propia «cara», frenando la lucha,
maniatando a las masas, e, inmediatamente después de la victoria sobre los
generales, ha pasado a la lucha contra los comunistas. Por lo que se refiere a
los estalinistas españoles, si se cree el testimonio de los estalinistas rusos,
no han sido capaces de demostrar que «el partido lucha no sólo contra los
monárquicos, sino también contra el gobierno «republicano».[6]
Ahí está el nudo de la
cuestión. En vísperas de estos acontecimientos, el partido embadurnaba a todos
los enemigos con el mismo negro de humo. En el paroxismo de la lucha, él mismo
se ha pintarrajeado con los colores del enemigo y temporalmente perdido en el
frente de los republicanos y socialdemócratas. Sólo puede extrañarse de ello
quien no ha comprendido el origen del centrismo burocrático. En teoría (si está
permitido emplear aquí esta palabra) se asegura contra las desviaciones
oportunistas rechazando de forma general efectuar cualquier diferenciación
política o de clase: Hoover, Papen, Vandervelde, Gandhi, Racovsky[7] todos son
«contrarrevolucionarios», «fascistas», «agentes del imperialismo». Pero todo
vuelco brusco en el curso de los acontecimientos, todo nuevo peligro, obliga en
la práctica a los estalinistas a luchar contra
uno de estos enemigos y a arrodillarse ante los otros «contrarrevolucionarios»
o «fascistas».
Ante el peligro de guerra, los estalinistas votan en Amsterdam [8]
una resolución diplomática, prudente e inconsistente, del general von Schoenaich, de los francmasones franceses y
del burgués hindú Patel para quien Gandhi encarna el summum del ideal. En el
Reichstag alemán, los comunistas declaran súbitamente que están dispuestos a
votar por el presidente «socialfascista», a fin de impedir la elección de un
presidente nacional‑socialista, es decir que se colocan completamente en
el terreno del «mal menor». En España, en el minuto del peligro, se muestran
incapaces de oponerse a la burguesía republicana. ¿No es evidente que nos
enfrentamos aquí, no a faltas ocasionales, sino al vicio orgánico del centrismo
burocrático?
La intervención de las masas obreras en el conflicto entre los dos
campos de explotadores ha dado un serio impulso a la revolución española. El
gobierno Azaña se ha visto obligado a decretar la confiscación de las tierras
de la nobleza española, medida de la que, algunas semanas antes, estaba tan
alejado como de la Vía láctea[9].
Si el partido comunista hubiera notado las diferencias entre las clases reales
y sus grupos politices, si hubiera previsto el curso real de los
acontecimientos, si hubiera criticado y desenmascarado a sus enemigos sobre la
base de sus faltas y de sus crímenes reales,
entonces las masas habrían visto en la nueva reforma agraria del gobierno
Azaña el resultado de la política del partido comunista y se habrían dicho:
«Hay que marchar adelante con más energía bajo su dirección.»
Si el partido comunista alemán se comprometía clara y firmemente en el camino del frente único al que le llama el conjunto de la situación, y si criticara a los social‑demócratas, no por su «fascismo», sino por su debilidad, sus dudas, su cobardía en la lucha contra el bonapartismo y el fascismo, entonces las masas aprenderían algo a través de la lucha en común y a través estas criticas, y se alinearían más claramente detrás del partido comunista.
Con la política actual de la Internacional comunista, las masas se
convencen a cada nuevo giro de la situación, no sólo de que sus enemigos y
adversarios de clase no hacen lo que los comunistas habían predicho que harían,
sino además que en el instante decisivo el propio partido comunista da la
espalda a todo lo que él mismo había enseñado. Es por lo que la confianza en el
partido comunista no aumenta. Es por lo que también aparece en parte el riesgo
de que la reforma agraria «a medias» de
Azaña no aproveche más que a la burguesía, y no al proletariado.
En condiciones favorables, excepcionalmente propicias, la clase obrera
puede vencer a pesar de una mala dirección. Pero condiciones particularmente
favorables no se encuentran más que raramente. El proletariado debe aprender a
vencer en condiciones poco favorables. Además, como lo atestigua la experiencia
de todos los países y la de cada mes lo confirma, la dirección de la burocracia
estalinista impide al comunismo utilizar estas condiciones favorables, reforzar
sus filas, maniobrar tomando la iniciativa, distinguir entre los grupos
enemigos o semienemigos y las fuerzas aliadas. En otros términos, la burocracia
estalinista se ha convertido en el freno interno más poderoso en el camino de
la victoria de la revolución proletaria.
[1] T. 3452, B.O., n.º 31 noviembre 1932, p. 25‑28. Comunismo n.º 19, diciembre 1932, p. 11‑14. Este artículo, fechado el 20 de septiembre de 1932, está escrito un mes y medio después del fracaso del pronunciamiento del general Sanjurjo, el antiguo jefe de la guardia civil bajo la monarquía, en Sevilla el 10 de agosto. Kornilov era el jefe militar que había intentado en septiembre. de 1917 derrocar por la fuerza el gobierno provisional de Kerensky, y cuya tentativa había sido rota por los trabajadores, en cuya primera fila estaba el partido bolchevique.
[2] Nada en los artículos de Comunismo da un fundamento a las afirmaciones de Pravda. Todos los militantes habían podido, sin embargo, constatar un reflujo del movimiento después de la derrota de la huelga general de enero en Cataluña. Comparar este párrafo del articulo de Trostky con la carta a Andrés Nin fechada el 14 de noviembre (ver cap. siguiente) es interesante: ¿no se pregunta Trotsky si, efectivamente, Nin está reaccionando como un «lamentable impresionista»?
[3] Los trabajadores de Sevilla, a iniciativa de la C.N.T., habían respondido inmediatamente con la huelga general a la proclamación por el general Sanjurjo del estado de guerra; hubo algunos combates en Sevilla y manifestaciones en Madrid
[4] En 1923, a los comunistas búlgaros les había parecido que debían permanecer neutros cuando la derecha, bajo Tsankov, desencadenó un golpe de estado contra el gobierno del líder campesino Stambulisky; algunos meses después, el gobierno Tsankov había liquidado al P.C. búlgaro.
[5] La dirección del P.C. español había lanzado la consigna de «Defensa de la República». La Internacional comunista iba a condenar esta actitud como «oportunistas».
[6] Los principales dirigentes del P.C. español, el secretario general José Bullejos, Victor Adame, Trilla y Vega, iban a servir de chivos expiatorios por estas desviaciones «sectario‑oportunistas». Excluidos del buró político el 19 de agosto, lo serían del partido durante una reunión del ejecutivo. El equipo de José Díaz y Dolores Ibárruri (La Pasionaria) era entronizado en su lugar.
[7] Hoover es. el presidente «republicano» de los Estados Unidos, von Papen el canciller del Reich, representante de la nobleza y de la gran industria, antecesor del nazismo, Vandervalde el jefe del partido obrero belga, Gandhi el apóstol del nacionalismo hindú y Christian Racovsky el principal representante, en la U.R.S.S. donde está deportado, de la oposición de izquierda.
[8] La idea de un «Congreso mundial contra la guerra» había sido lanzada el 26 de junio de 1932 por un llamamiento de Henri Barbusse y Romain Rolland. El «comité de iniciativa» constituido por su organización reunía a intelectuales mundialmente conocidos, como Máximo Gorki, Eínstein, Henrich Mann y John Dos Passos. El congreso se habla celebrado en agosto en Amsterdam, con el apoyo activo del aparato de la I.C. y había adoptado posiciones claramente «pacifistas».
[9] El historiador Gabriel Jackson escribe a este respecto: «El levantamiento de Sanjurjo renovó los impulsos jacobinos y revolucionarios en las Cortes y proporcionó una justificación para la confiscación de vastos dominios pertenecientes a los grandes de España, clase social y moralmente comprometida en el pronunciamiento derrotado». (La república española y la guerra civil, p. 79.)