EL PAPEL DE LAS HUELGAS EN UNA REVOLUCIÓN[1]
(Carta al S. I., el 2 de agosto
de 1931)
Esta carta tiene por objeto intercambiar algunas ideas respecto a la tumultuosa ola de huelgas que recorre España.[2] En mi segundo folleto sobre la revolución española, solamente indiqué una de las perspectivas posibles: el movimiento revolucionario se desarrolla impetuosamente, pero sin ninguna dirección justa, terminando en una explosión, que aprovechan las fuerzas contrarrevolucionarias para aplastar al proletariado. Como ya señalé en el otro folleto[3], esto no significa que la tarea de los comunistas sea frenar la movilización revolucionaria. Estoy seguro que no tendremos ninguna diferencia respecto a esto; sin embargo me gustaría analizar más profundamente esta cuestión, pues me parece de gran importancia práctica.
Para
empezar es preciso que quede bien claro que esta explosión elemental y violenta
de las huelgas es la expresión inevitable del propio carácter de la revolución,
y, en cierto sentido, su base. La inmensa mayoría del proletariado español no
tiene ni la más remota idea de lo que es la organización. Durante la dictadura
nació una nueva generación de obreros que no tienen ni la más mínima experiencia política independiente.
Pero la revolución despierta ‑precisamente esta es su fuerza‑ a las
masas trabajadoras más atrasadas, más despreciadas, más oprimidas. Su despertar
toma la forma de la huelga. Por medio de la huelga, las diferentes capas de las
masas trabajadoras se dan a conocer, se relacionan entre sí, experimentan sus
propias fuerzas y las de su enemigo. Una capa despierta y contamina
inmediatamente a otra. La consecuencia de esto es que la huelga se hace
absolutamente inevitable. Los comunistas no deben alarmarse, pues en esto
consiste la propia fuerza creadora de la revolución. únicamente por medio de
estas huelgas, con todos sus errores, sus «excesos», sus «exageraciones» es
como el proletariado se pone en pie, se une en un todo, y comienza a sentirse y
a concebirse a si mismo como una clase, como una fuerza histórica viva. Las
revoluciones nunca han avanzado, bajo el látigo de un cochero. Excesos,
errores, sacrificios, así es la naturaleza de la revolución.
Si el partido comunista hubiese
dicho a los obreros: «Soy demasiado débil todavía para poder dirigiros, esperad
un poco, no os apresuréis, no deis la señal de combate poniéndoos en huelga,
¡dejadme tiempo para crecer!», se hubiese cubierto de vergüenza para siempre,
las masas al despertar hubiesen pasado por encima de su cabeza, y, en lugar de
crecer, se hubiese debilitado aún más.
Prever correctamente un peligro
histórico, no significa que pueda evitarse únicamente a base de razonamientos.
No se pueden rechazar los peligros más que teniendo la fuerza necesaria. Para
conseguir esta fuerza, el partido debe lanzarse con todas sus fuerzas hacia ese
«movimiento elemental» o semielemental a punto de evolucionar; no para
contenerlo, sino para aprender a dirigirlo, para adquirir autoridad y fuerza en
el mismo seno de la lucha.
Sería erróneo pensar que el
actual movimiento ha sido provocado por los anarco‑sindicalistas.[4]4
Estos están sufriendo una irresistible presión de la base. Al núcleo dirigente
le gustaría poder frenar el movimiento. Algunos elementos, como Pestaña, están
a punto de negociar entre bastidores con la patronal y la administración, cual
es la mejor forma de acabar con las huelgas. Mañana muchosde ellos se
convertirán en verdugos de los obreros, predicando, como los mencheviques
rusos, contra la «fiebre de huelgas», mientras disparan sobre ellos.
No hay duda que esto
profundizará la división entre los anarco‑sindicalistas. Cuanto más
avance la línea revolucionaria, más se diferenciará de los síndico‑reformistas.
De esta izquierda surgirán inevitablemente putchistas, aventureros heroicos,
terroristas individuales, etc.[5]
No es inútil repetir que no
debemos alentar ningún tipo de aventurerismo. Hay que dejar bien claro que no
va a ser el ala derecha, la que lucha contra las huelgas, la que más se acercará
a nosotros, sino la izquierda, sindicalista revolucionaria. Será ‑tanto
más fácil acabar con todos los elementos aventureristas a medida que los
sindicalistas revolucionarios se convenzan de que los comunistas no somos
intelectuales, sino luchadores.
Se suele acusar al partido
oficial de llevar una política aventurerista en lo relativo a las huelgas. No
puedo juzgar por falta de información. La actuación del partido en el periodo
anterior hace suponer que esta acusación probablemente tenga justificación.
Precisamente debido a esto, es posible que después de quemarse los dedos gire
bruscamente hacia la derecha. La peor desgracia seria que las masas obreras
vieran en los comunistas, igual que Pestaña, a gentes que les gusta inculcar
sus dogmas de arriba a abajo, en vez de elevarlos hasta ellos, de abajo a
arriba.
Resumiendo:
indudablemente sigue existiendo el peligro de unas «Jornadas de julio» [6]
aunque para los comunistas
el peligro más inmediato puede llegar a ser la argumentación abstracta, la
necesidad de «parecer inteligentes», los razonamientos doctrinales, que los
obreros revolucionarios considerarán con «graznidos pesimistas».
La
oposición de izquierda no debe olvidar ni un sólo instante que los peligros
inherentes al proceso revolucionario no pueden evitarse con una prudente
vigilancia, sino únicamente con audacia, audacia y más audacia.
LOS SOVIETS Y EL PROBLEMA DE LA BALCANIZACIÓN
[1] T. 3402, carta al S.I. publicada en el B. 0., n.º 24, septiembre de 1931, pp. 17‑18, y después en Fourth International en octubre de 1943
[2] Esta ola de huelgas, a menudo de carácter insurreccional, empezó en Sevilla extendiéndose por Andalucía y después por toda España, hasta las grandes huelgas de septiembre en Barcelona.
[3] Ver más arriba, «La Revolución española y los peligros que la amenazan».
[4] Los comentarios de la época en Comunismo dejan entrever esa opinión.
[5] Dos meses más tarde, un articulo de Molins y Fábrega en Comunismo, n.º 5, octubre de 1931, titulado «Las dos tendencias cenetistas», ilustrará este análisis. Demuestra que Peiró, Pestaña y los demás dirigentes de la C.N.T. se han quitado la máscara con el «Manifiesto de los Treinta», revelando su verdadero rostro reformista. Su portavoz, Solidaridad Obrera, ataca violentamente a los «comunistas», en realidad el ala revolucionaria de los anarcosindicalistas, que animan Juan García Oliver y Buenaventura Durruti. Este último define correctamente el papel de los dirigentes cenetistas que se han colocado al servicio de la paz social, amenazando a los burgueses republicanos, tipo Kerensky. Sin embargo al mismo tiempo afirma que el coronel Maciá, líder del movimiento catalanista ¡es quien ha tenido en sus manos el destino de la revolución!
[6] Es decir, los combates prematuros por el poder, sin dirección firme, que permiten a la contrarrevolución pasar al ataque, como en Rusia, en julio‑de 1917