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Escribir sobre cómo exactamente se interrelacionan
el medio competitivo con la estructura de una empresa, así
como el impacto que dicha imbricación pueda ejercer sobre
la salud y vitalidad de una empresa y su evolución futura,
en verdad requiere responder previamente una pregunta mucho más
básica. Si a un médico le consultásemos su
opinión respecto a qué es lo más adecuado
para que un paciente se desarrolle saludablemente y pueda prolongar
su vida por mucho tiempo más en las mejores condiciones
de competencia y suficiencia en la arena de la lucha evolutiva
y adaptativa del entorno social, ciertamente no podría
dar una respuesta coherente, sólida y consistente sin antes
él haber capitalizado un conocimiento elemental acerca
del cuerpo humano, sus funciones, su biología y su fisiología.
¡Qué tan sólidos y seguros estarían
los empresarios y ejecutivos, si pudieran conocer con antelación
el diagnóstico del decurso futuro de su organización,
sus enfermedades manifiestas e incubadas y así poder tomar
las decisiones adecuadas y seguir el mejor curso de acción
para verla con orgullo crecer y desarrollarse sana, fuerte y solvente
por mucho tiempo más en su entorno competitivo!
Sin embargo, la realidad nos muestra otra cara.
Por más que tengamos las organizaciones a nuestro alcance,
formemos parte de ellas, respiremos en sus espacios y dependamos
tan fuertemente de ellas, y aunque muchas veces creemos saber
de que se tratan, muy pocos pueden precisar con certeza y seguridad
qué podría andar bien o mal en su estado de salud.
Las prácticas de la industria nos dirigen
a la búsqueda de las fuentes de diferenciación,
la generación de valor, las estrategias de posicionamiento
y a la concepción de nuevas orgánicas, ocupándonos
escasamente de comprender ciertamente que clase de entidad tenemos
en nuestras manos. ¡Es que damos por cierto el hecho de
que conocemos qué es una organización!
Por tales razones, el objetivo central de este trabajo
es reconocer con honestidad tal omisión y desconocimiento
(por lo menos el mío propio), pero a la vez intentar la
propuesta de alguna forma coherente y renovada de concebir las
organizaciones en el estado actual del arte y cosmovisión
imperantes en nuestra época.
Sin embargo, debo advertir al lector, que a través
de estas líneas hallarán algunos tópicos
que seguramente podrían ocasionarles más de algún
desconcierto, puesto que a primera vista parecerán que
muy poco tienen que que ver con el tema que nos ocupa. Sin embargo
les aseguro que son necesarios para una cabal comprensión
de lo que viene más adelante.
Este trabajo consta de varios capítulos,
de los cuales este es sólo el primero de ellos, por lo
tanto pido al lector su paciencia, ya que al final del trabajo
le garantizo que tendrá la compensación de una visión
renovada de lo que es una organización, junto con colocar
a su disposición algunas herramientas que podrá
utilizar en la ansiada búsqueda del posicionamiento estratégico
sostenible. El presente capítulo sirve como introducción.
En el capítulo 2, presentaremos al lector
diferentes características de los actos de habla presentes
en las comunicaciones y una clasificación de ellos propuesta
por Searle y Austin, concluyendo con la exposición de una
aplicación de esta teoría en términos de
una renovada concepción de la empresa moderna efectuada
por Fernando Flores, quién además ostenta el mérito
de haberla llevado a la práctica originalmente plasmada
en un software aplicativo que denominó como El Coordinador.
Posteriormente, en el capítulo 3, presentaremos
mi propio ensayo de una teoría de la organización
contemplada a la luz de estos conceptos. Finalmente, en el cuarto
y último capítulo mostraremos algunas posibles aplicaciones
y consecuencias de esta teoría en la comprensión
y explicación de diversos hechos del devenir empresarial,
donde intentaremos esbozar un modelo del ciclo de vida de una
organización que nos permitirá abordar problemas
tales como el nacimiento, estados de equilibrio, estados mórbidos,
estados tanáticos y muerte de una organización.
Algunos conceptos clásicos sobre organizaciones
No ocuparemos mayor tiempo en analizar con detalle
los conceptos que históricamente han investido y nutrido
las teorías organizacionales, puesto que una gran parte
de ellos suele hallarse sin problemas en la profusa literatura
existente al respecto.
Regularmente se han empleado los términos
de organización o empresa como sinónimos de ciertas
agrupaciones de personas deliberadamente coligadas en torno al
logro de fines específicos, y que interactúan coordinadamente
sobre la base de un manejo racional de adecuación de medios
disponibles a fines perseguidos.
Para algunos autores, lo esencial de una organización
es el manejo de las acciones y actividades que coordinadamente
realizan las personas para lograr fines; para otros, el acento
recaería en los rasgos específicos de las relaciones
que posibilitan y promueven la conformación de estas agrupaciones
humanas, tales como la subordinación jerárquica
y la exigencia de altos niveles de especialidad y perfiles conductuales
que deben poseer las personas para formar parte de estas entidades.
También nos resulta trivial pensar que para
coordinar y controlar adecuadamente las diferentes especificidades
funcionales de las personas, en relación al esfuerzo requerido
para lograr los objetivos, es necesario disponer de una adecuada
división del trabajo donde el poder queda distribuido en
distintos puestos desde los cuales las personas ejecutan sus variados
roles especializados, y todo esto sustentado por un sistema de
comunicaciones que canaliza y regula las interacciones posibles.
Además podemos agregar que las organizaciones
como entidades distinguibles, se encuentran insertas en un entorno
con el cual interactúan mediante el intercambio de información,
energía, materiales y valores; y que de la forma como se
verifiquen estas interrelaciones adaptativas depende drásticamente
su subsistencia.
Como estos conceptos, existen otros numerosos enfoques
que se emplean regularmente para caracterizar las organizaciones,
y no pocas teorías interesantes han sido formuladas, ya
sea, para explicar, comprender y predecir el comportamiento de
una organización, o bien, con miras a mejorar la efectividad
y eficiencia de su operar. Sin duda todos estos elementos están
presentes, en mayor o menor grado en estas entidades sociales
cuyo papel hoy en día juega un rol fundamental e indispensable
en todo el quehacer humano.
Sin embargo, tal como las organizaciones surgieron
en algún momento de la historia de la humanidad determinadas
por el desarrollo cultural, las necesidades societales, los avances
científicos y las tecnologías emergentes, del mismo
modo también su operar y transformaciones que puedan experimentar
permanecen indisolublemente unidas a los cambios que puedan darse
en estos contextos.
Es así que para nadie resulta ajeno el hecho
de que el crecimiento de las organizaciones siempre ha estado
muy de la mano con el desarrollo de las tecnologías. El
enorme poder transformacional que han probado las tecnologías
ha influido dramáticamente en las formas que adquieren
los entornos sociales y culturales donde transcurre la vida de
las personas. Y las organizaciones, como fenómeno social,
lejos de constituir una excepción, son las entidades que
por excelencia se han constituido en los adoptadores tempranos
de las nuevas tecnologías emergentes.
Las diversas formas, herramientas y mecanismos de
operación que han adoptado las organizaciones a lo largo
de su historia han estado muy estrechamente ligados a las nuevas
capacidades y potencialidades puestas por las tecnologías,
para bien o para mal, a disposición de las agrupaciones
humanas.
Necesidad de un nuevo enfoque
Mirando hacia mediados del siglo pasado, desde la
aparición del primer computador de uso general en 1944,
hasta la consolidación de la industria de la microcomputación
en el año 1983, y los desarrollos sucedidos posteriormente,
hemos sido espectadores y también actores partícipes
del fenómeno de surgimiento de una nueva y poderosa tecnología
caracterizada por impulsar profundos cambios en las formas de
trabajo y comunicaciones sociales.
La denominada revolución informática
se ha constituido en un fenómeno de inmensas proporciones
e importancia en la historia de la humanidad, produciendo transformaciones
radicales en los modos de producción, en la estructuras
organizacionales, en las comunicaciones del orbe, en la integración
multinacional, en la globalización de mercados, en el orden
económico internacional y, en general, en las relaciones
e interacción del hombre con su medio y recursos, imponiendo
nuevas exigencias a la actividad económica y modificando
sus patrones de competitividad y eficiencia.
De esta forma, hoy podemos apreciar cómo
las organizaciones que perviven en ambientes dinámicos
de alta competitividad, encandiladas por las promesas de estas
nuevas dimensiones buscan afanosamente enrutarse en las nuevas
direcciones marcadas por las tecnologías emergentes y generar
los cambios estructurales que les permitan obtener los niveles
de adaptación exigidos por los cambios del entorno, mediante
una rápida internalización y asimilación
de las modernas herramientas informáticas y de comunicaciones,
y las prácticas de negocios asociadas.
Sin embargo, al actuar de este modo y situarse de
lleno en la deslumbrante senda tecnológica, resulta sorprendente
observar como a la vez perdemos de vista la perspectiva de su
real naturaleza, olvidando puerilmente que si bien, los cambios
tecnológicos siempre conllevan de alguna forma transformaciones
culturales, no siempre estos cambios por si mismos significan
modificaciones radicales en la esencia de las formas sociales
y en los individuos que afecten la marcha habitual de las cosas.
Para que se produzcan cambios socioculturales no es suficiente
contar con innovaciones tecnológicas por muy importantes
y atractivas que éstas sean.
Sobre la base de estas consideraciones, estimamos
pertinente focalizar nuestra atención en tres puntos cruciales:
1. Señalar que los cambios estructurales
en la organizaciones implicados por la imperiosa necesidad de
adaptarse a los continuos cambios del entorno y nuevas estrategias,
debe efectuarse desde una perspectiva más profunda que
la mera consideración de los aspectos tecnológicos,
aún cuando estos deben ser internalizados como un factor
de alta relevancia.
2. Mostrar cómo el concepto de organización
y las propiedades que tradicionalmente las han caracterizado,
están quedando obsoletos y que es prioritario redefinirlas
a la luz de los cambios socioculturales gatillados en gran medida
por el avance de las tecnologías de información
y comunicaciones.
3. Postular algunos fundamentos teóricos
para la elaboración de un nuevo concepto de organización,
donde las propiedades con que regularmente las caracterizamos,
surjan como consecuencia de un nivel microestructural sustancial
de más bajo nivel y determinante de las posibles variedades
estructurales que podamos colegir en relación a la implementación
de estrategias particulares. Si la estrategia precede a la estructura,
por otra parte, la microestructura -o “biología molecular”
de una organización -, acota los posibles cambios estructurales
que podamos concebir. En otras palabras, en este punto se trata
de definir en que consiste realmente la estructura intrínseca
de una empresa, o la organización de una organización.
Perspectiva lingüística del mundo
La importancia del uso del lenguaje y la expresión
lingüística fue puesta de manifiesto con el surgimiento
de la filosofía analítica a fines del siglo IXX,
impulsando una nueva línea de pensamiento denominada como
el “giro lingüístico” que ha empapado buen
parte de la filosofía contemporánea.
La conexión del lenguaje con el mundo y la
mente llevó a muchos filósofos a pensar que la estructura
del lenguaje no es otra cosa que un espejamiento de la estructura
de la realidad misma, por lo cual, ellos apostaron a que podríamos
llegar a conocer indirectamente el mundo mediante el estudio del
lenguaje con que nos referimos a las cosas del mundo.
El filósofo Wittgenstein, en algún
momento propuso que las palabras de una oración están
ahí por las cosas del mundo y las relaciones entre las
palabras representan las relaciones entre esas cosas.
Asimismo, se observó que una buena parte
de los problemas tanto filosóficos como cotidianos no eran
otra cosa que confusiones del lenguaje producto de un mal uso
o una inadecuada interpretación de los términos,
y que por lo tanto dichos problemas podían ser resueltos
(más bien disueltos) mediante un cuidadoso análisis
lingüístico.
Este modo de proceder se conoció como análisis
terapéutico, una especie de terapia filosófica basada
en el lenguaje cuya estrategia consistía en el ascenso
semántico: si uno cae en perplejidades al hablar sobre
las cosas, suele servir de ayuda desplazar el foco y hablar sobre
cómo hablar sobre aquellas cosas, sobre lo que uno diría
o debería decir coherentemente de algo bajo ciertas circunstancias.
Por otro lado, con el lenguaje no sólo nos
referimos a los objetos del mundo físico sino también
a nuestros estados y procesos mentales. Se dice que con el lenguaje
expresamos el contenido intencional de nuestros estados mentales.
Bajo este enfoque se establece una distinción básica
entre un enunciado u oración y una proposición.
Las oraciones o enunciados se refieren a la forma lingüística
con la que expresamos un determinado contenido de pensamiento
y la proposición representa el contenido mental o pensamiento
propiamente tal.
Esta distinción es necesaria para comprender
como podemos expresar un mismo contenido mental o proposición
bajo distintos enunciados, por ejemplo, en diferente lenguas.
Es así como los enunciados “La casa es roja”
y “The house is red” son dos oraciones diferentes pero
que expresan la misma proposición o contenido mental.
El uso del lenguaje, además de constituir
un excepcional instrumento de comunicación mediante el
cual podemos referenciar diversos objetos del mundo físico
y nuestros propios estados mentales, también puede ser
contemplado como un género de acción que nos ofrece
una poderosa herramienta a través de la cual podemos cambiar
el estado de cosas del mundo.
Los actos del habla
Durante mucho tiempo, los investigadores abocados
al estudio del lenguaje, se ocuparon de la función referencial
y semántica del lenguaje, es decir, de hallar el significado
o referente de las palabras y de cómo las oraciones pueden
ser verdaderas o falsas cuando representan o no un estado de cosas
efectivo en el mundo. Sin embargo, la perspectiva que ha prendado
con mayor fuerza en la actualidad ha sido la denominada teoría
de los Actos del Habla propuesta inicialmente por Austin y continuada
luego por Searle y Grice.
El rasgo más elocuente de esta teoría
consiste en que, a diferencia del tradicional enfoque referencial
y semántico del lenguaje, coloca el acento en la función
activa del lenguaje. Para precisar esta distinción, se
introdujo una diferencia entre los diversos tipos de acciones
que puede cumplir el lenguaje, estableciéndose los siguientes
actos de habla básicos o acciones que podrían realizarse
al hacer una emisión:
(a) Actos locucionarios. Consisten
en construir enunciados con palabras, donde éstas se usan
con sentidos particulares para hacer referencia a objetos particulares.
Es la manera en que regularmente jugamos con las palabras para
emitir una expresión con sentido. Sin embargo, no obstante
lo trivial que pueda parecer este mecanismo cognitivo, observe
cómo a ciertas personas no les resulta nada fácil
construir las oraciones precisas para comunicar plausiblemente
sus opiniones, ideas e intenciones y poder actuar así sobre
las personas y cosas del mundo.
Muchas veces la emisión resutante poco o
nada tiene que ver con lo que la persona deseaba comunicar. Por
lo tanto, no es suficiente con tener buenas ideas, sino que además
es necesario poseer las competencias para construir las oraciones
adecuadas con que las sacamos de nuestras cabezas.
Las acciones mediante los cuales estructuramos las
expresiones que expelemos al exterior y con las cuales comunicamos
nuestras ideas y pensamientos, no siempre arrojan buenos resultados,
y son fuente común de ambigüedades y malos entendidos
a la hora en que necesitamos que los demás comprendan lo
que deseamos que se lleve a cabo.
En particular, esto tiene indeseables efectos en
las fases de especificación de requerimientos y diseño,
justo cuando estamos precisando lo que algún sistema, proceso
o procedimiento deseamos que realice.
Como ilustración de lo confuso que puede
resultar la mala expresión de una idea, mostraremos como
ejemplo una paradoja donde el defecto está en la falta
de una puntuación adecuada (no es poco usual que los correos
electrónicos padezcan de estos defectos, sin embargo la
mayoría de estas confusiones son solucionables apelando
al sentido común).
Supongamos que el Gerente Comercial de un tienda
departamental, comunica por correo electrónico la implementación
de una agresiva promoción, mediante el siguiente texto:
“La promoción por la compra de un
computador es siempre una funda si cancela un valor adicional
lleva además una impresora”
Sin embargo, en esta oración, dependiendo
donde el receptor del mensaje coloque la puntuación, dará
origen a interpretaciones muy diferentes del texto, que puede
variar radicalmente no sólo su sentido conceptual sino
además su efecto comercial. Analicemos dos posibles casos:
(i)
Primera
puntuación: “La promoción por la compra
del computador es siempre una funda si cancela un valor adicional,
lleva además una impresora”. Bajo esta puntuación
la promoción se interpreta como: el cliente lleva la
funda sólo si cancela un valor adicional, y la impresora
gratis.
(ii)
Segunda puntuación: “La promoción
por la compra del computador es siempre una funda, si cancela
un valor adicional lleva además una impresora”.
Con esta otra puntuación, la promoción adquiere
este otro significado: el cliente lleva la funda gratis, y la
impresora sólo si cancela un valor adicional.
¿No le parece que estos casos confusos son
más comunes de lo que podría esperarse?
(b) Actos ilocucionarios. Consisten
en la acciones que los hablantes ejecutamos al hacer determinadas
proferencias. Por ejemplo, podemos aconsejar, prometer, ordenar
o simplemente efectuar una declaración. La claridad y precisión
de estas acciones tiene una importancia clave en cómo nuestro
interlocutor va a recibir nuestra emisión y como lo motivamos
para que realice efectivamente y con la precisión y exactitud
deseada lo que pedimos de él, siempre suponiendo que hemos
superado el paso anterior donde hemos traducido una idea previa
en una expresión lingüística coherente con
nuestro pensar. Así como el significado de una oración
forma parte del acto locucionario de construir enunciados, las
acciones ilucionarias tienen como contrapartida el concepto de
fuerza ilocucionaria.
Por ejemplo, las emisiones “sugiero que vayamos
al seminario” e “insisto en que vayamos al seminario”
tienen en común el mismo objeto ilocucionario pero difieren
en su intensidad.
Del mismo modo, no es lo mismo decir, “sería
ideal que tengas el informe de resultados para mañana”,
que decir “el informe de resultados tienes que tenerlo mañana”.
Aún cuando en ambos casos el propósito ilocucionario
es el mismo, la petición de un informe, la fuerza ilocucionaria
es diferente, puesto que la ejecución de estas peticiones
conllevan distintos grados de intensidad y compromiso. Si el jefe
que pide el informe con la fuerza ilocucionaria de la primer expresión,
estaría produciendo una confusión si al otro día
exigiera al empleado la entrega inmediata del mentado informe.
Una gran parte de los malos entendidos tiene su origen en peticiones
ejecutadas con fuerzas ilocucionarias inadecuadas.
Para aclarar aun más el concepto de fuerza
ilocucionaria, resultará útil establecer un símil
con los conceptos de comunicación analógica-digital
empleada tanto en máquinas y computadores, como en personas.
Cuando nos comunicamos a través de oraciones o expresiones
lingüísticas, se dice que estamos realizando una comunicación
de tipo digital, en el sentido que hay de por medio una codificación
o sintaxis preestablecida arbitrariamente para denotar objetos
y conceptos.
Por ejemplo, la palabra “silla” denota
inequívocamente una silla y no otro objeto, aun cuando
en esa palabra no hay nada parecido que pueda asemejarse ni remotamente
a una silla. Pero cuando emitimos una palabra, ya sea en forma
aislada o formando parte de una oración, todos entendemos
que en su lugar hay una referencia a un determinado objeto. Esta
estipulación es completamente arbitraria como la codificación
binaria que se usa en los computadores para almacenar los datos.
Por otro lado, existen otras formas de comunicar,
ya sea gesticularmente, pictográficamente o estableciendo
analogías con alguna magnitud física, como en el
caso de un termómetro. A diferencia de la comunicación
digital, en estos casos sí existe alguna relación
patente entre el gesto, el dibujo, la magnitud física y
el objeto o concepto que se quiere denotar.
Por ejemplo, en vez de emitir la palabra “mesa”
puedo dibujar una mesa, y si el dibujo guarda, aunque sea mínimamente
los rasgos relevantes de una mesa, por analogía entendemos
que se trata de una mesa y no de otro objeto.
También una expresión de asentimiento
puede ser comunicada analógicamente mediante un movimiento
vertical de la cabeza o en forma digital emitiendo la palabra
“si”. Generalmente, ambos tipos de comunicación
se utilizan complementariamente en nuestras conversaciones diarias.
Las personas cuando hablan, acompañan sus palabras con
una amplia gama de gesticulaciones que le imprimen una mayor o
menor fuerza al contenido que ellas quieren expresar, afectando
muchas veces el sentido en una u otra dirección.
Esta forma analógica de comunicar desempeña
un rol similar al concepto de fuerza ilocucionaria que asociábamos
con estos actos de habla, mientras que la forma digital tiene
más que ver con la sintaxis de la construcción de
expresiones lingüísticas que tienen lugar en las acciones
locucionarias.
Si a un empleado le preguntas ¿por qué
no efectuó el proceso de actualización de información?,
sin acompañar esta pregunta con ninguna gesticulación
en particular, con un semblante indefinido y con un tono de voz
parejo, seguramente él entenderá que le esta pidiendo,
sin más, una explicación razonable de por qué
no fue así. En cambio, si esa misma pregunta es acompañada
con un fruncimiento de ceño, golpeando además la
mesa y con un fuerte tono de voz, seguramente el empleado entenderá
que además de una explicación, le esta expresando
su gran malestar junto con reprendarlo por tal omisión.
La comunicación analógica y la fuerza
ilocucionaria constituyen elementos que no son indiferentes en
la comunicación, ya que junto con enriquecer nuestra comunicación,
otorgan diferentes niveles de fuerza a nuestras expresiones, a
tal grado que una misma oración puede ser recibida con
sentidos muy diferentes.
Asimismo, se dice que la comunicación analógica
opera como una metacomunicación en el sentido que coopera
al entendimiento entre personas agregando indirectamente un mayor
nivel de precisión acerca de lo que estamos comunicando:
la metacomunicación habla dirigiéndose hacia aquello
sobre lo que estamos hablando. Si tu dices simplemente “los
resultados del balance arrojaron cifras rojas”, metacomunicacionalmente
puedes subir o bajar el perfil de esta emisión, según
la fuerza o refuerzo que impongas a esta emisión, dando
a entender, por ejemplo, que “hay que hacer grandes esfuerzos
de coordinación en el equipo actual de trabajo para revertir
esta situación”, o bien, “que el trabajo realizado
es totalmente ineficiente y es necesario realizar cambios sustanciales
y reemplazar a algunos de los miembros del equipo”.
(c) Actos perlocucionarios. Consisten
en el efecto que una determinada emisión tiene sobre el
oyente. Por ejemplo, podría fastidiar al oyente, convencerlo,
motivarlo o comprometerlo a que lleve a cabo una determinada acción.
Esto actos tiene que ver con el resultado que finalmente logramos
en el oyente, reflejado en las acciones que el receptor realiza
producto de la comunicación, ya sea adquiriendo responsablemente
un compromiso posterior o ejecutando inmediatamente la implementación
solicitada en los términos requeridos.
Competencias de los actos de habla
Desde la perspectiva de los actos de habla, los
aspectos comunicacionales relevantes radican en los actos verbales
considerados en sus aspectos funcionales para la acción.
La importancia de estos aspectos tiene que ver directamente con
la efectividad y eficiencia de las acciones que planificamos e
implementamos. Hoy existen muchas personas creativas trabajando
en las empresas, pero no muchas capaces de formular sus ideas
claramente, expresarlas con la fuerza ilocucionaria adecuada y
lograr el efecto perlocucionario deseado en las otras personas.
Una vez que distinguimos el acto de construir enunciados,
de la acción que realizamos al pronunciarlos para obtener
un determinado efecto, estamos en pie para analizar una variedad
de circunstancias por las cuales un acto puede fallar. Por ejemplo,
si emitimos el enunciado “me comprometo a aumentar tu sueldo”
cuando no tenemos ninguna posibilidad económica, o si,
frente a una presión, proferimos las palabras “el
arreglo del circuito de compras estará terminado esta semana”,
cuando no contamos con el dominio cabal de las variables y recursos
necesarios, en ambos casos estamos siendo irresponsables y desorientadores.
Lo anterior sugiere que podemos estudiar las condiciones
que deben verificarse para que un acto de habla tenga el sentido
(locucionario), la fuerza (ilocucionaria) y el efecto (perlocucionario)
que necesitamos que tenga para lograr un cometido deseado.
También es plausible establecer relaciones
entre la sintaxis más apropiada para apoyar la fuerza ilocucionaria
que más efectivamente puede ayudar a conseguir el efecto
perlocucionario deseado en el receptor del mensaje. Cuando la
información, el conocimiento y la comunicación aumentan,
las buenas ideas pueden ser conocidas por una gran mayoría,
pero lo que permanece como una veta poco explotada de diferenciación,
es la capacidad de las personas para llevar a cabo implementaciones
exitosas, y para esto, aparte de buenas ideas, se requiere que
los ejecutivos se constituyan responsablemente en excelentes comunicadores
desarrollando las competencias de acción imbricadas en
el buen manejo de los actos de habla.
Por ejemplo, algunos teóricos de los actos
del habla (Searle) han propuesto que, para que una persona solicite
a otra que ejecute alguna acción, la segunda persona debe
tener la capacidad para efectuar tal tarea, y el peticionario
tiene que querer que la acción se lleve a cabo, creer que
su emisión cumplirá tal fin y tener razones para
que se realice.
Otros teóricos (Grice) se han focalizado
en otros rasgos de las acciones efectuadas al usar el lenguaje,
tales como el trabajo cooperativo entre las personas que participan
en las conversaciones, postulando al respecto cuatro reglas fundamentales:
- Regla
de Cantidad: Entrega tanta información como el contexto
exija pero no más de esto.
-
Regla de Cualidad: Proporciona información veraz.
-
Regla de Relación: Haz que tu aporte sea relevante para
el contexto en el que estás hablando.
-
Regla de Modo: Habla tan claramente como sea posible, evita
ambigüedad, di las cosas de la manera más simple
posible.
Conclusiones
Las distinciones entregadas por estos conceptos
se han convertido en materia común de estudio en las investigaciones
psicológicas sobre la comprensión del lenguaje,
en los estudios de inteligencia artificial sobre el procesamiento
del lenguaje natural y recientemente se están utilizando
como fundamento teórico en las investigaciones sobre las
organizaciones.
La perspectiva del lenguaje como un género
de acción, nos permite desarrollar competencias relevantes
en aspectos cruciales del devenir empresarial, partiendo por la
comprensión de la esencia misma de una empresa, pasando
por las especificaciones de diseño y llegando hasta la
explotación de las potencialidades que nos permitirán
obtener los mayores niveles de eficacia en la implementación
de las buenas ideas.
Otro corolario inmediato, y no menos relevante que
podemos concluir, es que debemos ser responsables por lo que decimos
(y también por lo que no decimos).
En el próximo capítulo veremos cómo
es posible influir en el estado de cosas del mundo, y entre éstas,
como cambiar el estado de una organización, a través
del lenguaje.
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