Sobre el concepto de cultura en Sociolog�a
�ngel G�mez-Cabrero Ortiz
� 2002
�NDICE
1. DEFINICION DE CULTURA
2. ESTRUCTURA DE LA CULTURA
3. CULTURA Y SUBCULTURA
4. CULTURA TRADICIONAL Y CULTURA TECNOLOGICA
5. CULTURA URBANA Y CULTURA RURAL
6. SOCIEDAD Y CULTURA DE MASAS
7. LOS ESTUDIOS SOBRE LA CULTURA DE MASAS: APOCALIPTICOS E INTEGRADOS
8. BIBLIOGRAFIA
1. DEFINICION DE CULTURA
La cultura fue definida por Tylor en 1871 como una "compleja totalidad que comprende conocimientos, creencias,
arte, moral, ley, costumbre y toda otra habilidad y h�bitos adquiridos por el hombre como miembro de una sociedad".
(1871, p. 1).
Esta definici�n fue ampliada por Kroeber, un disc�pulo norteamericano de Tylor, mediante el concepto de lo "superorg�nico" t�rmino que equivale a lo social y que, en la sociedad humana, se diferencia de lo meramente org�nico
o vital, raz�n por la cual no pueden aplicarse a la evoluci�n vital los criterios utilizados por Tylor, derivados
de la evoluci�n org�nica. Para Kroeber, la cultura es algo instrumental en el proceso de acomodaci�n del hombre
a su medio ambiente, que se transmite de generaci�n en generaci�n (Diez Nicol�s, 1976, pp. 138-139).
William Graham Sumner, uno de los primeros soci�logos norteamericanos, introdujo los t�rminos folkways (usos populares) y mores (costumbres) en el estudio de la cultura. Un uso popular es s�lo la practica convencional,
aceptada como obligatoria pero no obligatoria. Las costumbres son aquellas normas que est�n fuertemente sancionadas desde el punto de vista moral (Chinoy 1974, p. 38).
Para Malinovski, la cultura consiste en un conjunto de instituciones, cada una de las cuales tiene una estructura interna, determinados aspectos y bienes exteriores, normas y valores propios. En la cultura se pueden distinguir entonces un aspecto material y un aspecto no material integrado por normas y sistemas de creencias y valores. Cada instituci�n desempe�a una funci�n social particular, de otro modo no podr�a existir (Barbano, 1969, p. 146).
Malinovski define las instituciones como grupos de individuos organizados que cooperan en una determinada situaci�n concreta y que tienen determinados principios y normas en com�n. Las instituciones son "aislados concretos de cultura" y como tales en ellas est�n presentes los elementos propios de la cultura: objetos materiales, normas y valores. La cultura, por tanto, no es m�s que un conjunto de instituciones (Barbano, 1969, p. 142).
Pese a su rechazo inicial del t�rmino "cultura" al que achaca un car�cter abstracto, Radcliffe-Brown reconoce que la cultura constituye el elemento esencial y caracter�stico de las sociedades humanas, que distingue a �stas de otros tipos de agrupaciones animales. Radcliffe-Brown, concibe la cultura como el conjunto de las interrelaciones a trav�s de los cuales se transmiten los modos de vida. El estudio de la cultura se incorpora al estudio de la estructura, entendida como una compleja red (complex network) de relaciones sociales que une a los miembros de una comunidad entre s� y con los miembros de otras comunidades (Barbano, 1969, pp. 145-146).
Para Radcliffe-Brown, las instituciones "son las normas de conducta establecidas de una forma particular de vida social. Una instituci�n es una norma establecida de conducta reconocida como tal por un grupo o clase social distinguible, del cual, por tanto, es instituci�n. Las instituciones se refieren a un tipo o clase distinguible de relaciones e interrelaciones. As�, en una sociedad definida localmente, nos encontramos con que existen normas aceptadas sobre la forma en que se espera que un hombre se comporte con su mujer e hijos. La relaci�n de las instituciones con la estructura social es, por tanto, doble. Por un lado existe la estructura social, tal como la familia en este caso, para cuyas relaciones constitutivas las instituciones proporcionan las normas; por el otro existe el grupo, en el cual la norma es establecida por el reconocimiento general al definir el comportamiento adecuado. Las instituciones, si tal t�rmino se usa para referirse a la ordenaci�n que la sociedad hace de las personas en las relaciones sociales, tienen esta doble conexi�n con la estructura, con un grupo o clase del que puede decirse que es una instituci�n, y con aquellas relaciones dentro del sistema estructural a las que se aplican las normas. En un sistema social puede haber instituciones que establezcan normas de comportamiento para un rey, para los jueces en desempe�o de los deberes de su oficio, para polic�as, para padres de familia, etc. y tambi�n normas de comportamiento para personas que entran en contacto con la vida social de modo ocasional" (Radcliffe-Brown, 1986, pp. 20-21).
Tres notas caracterizan a la cultura: en primer lugar, que es transmitida, es decir, constituye una herencia o tradici�n cultural; en segundo lugar, que es aprendida; y, en tercer lugar, que es compartida (Parsons, 1984, p. 25).
Parsons define la instituci�n como "un complejo de integraciones de rol institucionalizadas que tiene significaci�n estructural en el sistema social en cuesti�n" (Parsons, 1984, p. 45). En el concepto parsoniano queda descartado el elemento material de la instituci�n, que resulta un conjunto interrelacionado de roles y por tanto, de normas que definen derechos, deberes y expectativas propias de cada rol. La instituci�n ya no es, como en Malinovski, "aislados concretos de cultura", sino sistemas integrados por el elemento normativo de la cultura.
Por otra parte, como pone de manifiesto L�vi-Strauss, hay que colocar la noci�n de cultura en el mismo plano que la noci�n gen�tica y demogr�fica de aislado. Una cultura existe como tal en cuanto sus elementos presenten caracter�sticas propias y diferentes de las dem�s: "Llamamos cultura a todo conjunto etnogr�fico que, desde el punto de vista de la prospecci�n presenta, en relaci�n con otros conjuntos, variaciones significativas" (L�vi-Strauss,1968, p, 267).
2. ESTRUCTURA DE LA CULTURA
Despojando al concepto de instituci�n de todo componente material y dej�ndolo reducido a su dimensi�n normativa, podemos establecer que la cultura est� formada por un elemento material, un conjunto de instituciones y un sistema de ideas creencias y valores.
De acuerdo con la mencionada concepci�n, una instituci�n, puede ser definida como un conjunto de pautas normativas que definen lo que se considera adecuado y leg�timo y tambi�n un conjunto de expectativas de acci�n o de relaci�n social (Parsons, citado en Chinoy, 1974, p. 38).
El segundo de los elementos de la cultura abarca un variado conjunto de fen�menos sociales que incluye las creencias que los hombres tienen sobre s� mismos y sobre el mundo y la sociedad en que viven (Chinoy, 1974, p. 42). Desde ese punto de vista, la cultura es un arsenal de sabidur�a para c�mo enfrentarse a la vida y a la muerte (Jim�nez Blanco, 1975, p. 34).
En este conjunto de fen�menos, hay que discernir tres categor�as: valores ideas y creencias. Podemos llamar valor a un elemento de un sistema simb�lico compartido que sirve de criterio para la selecci�n entre las alternativas de orientaci�n que se presentan intr�nsecamente abiertas en una situaci�n (Parsons, 1984, p. 22). Los valores son criterios de definici�n de lo bueno y de lo malo, de lo deseable y lo no deseable, es decir, criterios de preferencia o discriminaci�n entre las realidades (Jim�nez Blanco, 1975, p. 27), Los valores se concretan precisamente en las normas, en cuanto �stas disponen qu� es lo que se debe hacer y no se debe hacer y conllevan alguna forma de sanci�n a los actos que las transgreden.
Dentro de lo que un grupo sabe, se puede distinguir entre las ideas, constituidas por todo aquello que sabe y puede someter a una prueba emp�rica y las creencias que engloban todo aquello que sabe y no es susceptible de constataci�n por los hechos.
La cultura material comprende las cosas materiales que los hombres crean y utilizan desde los m�s primitivos instrumentos hasta la tecnolog�a m�s avanzada. Ahora bien, estos objetos materiales son culturales en cuanto existen y son usados en el marco de una cultura: un mismo objeto puede ser usado de modo muy distinto por unas culturas y por otras.
3. CULTURA Y SUBCULTURA
Steward ha se�alado que dentro de toda cultura hay, al menos, dos ejes que subdividen el conjunto en diferentes subculturas. Un eje, que podemos llamar horizontal, distingue las subculturas que se corresponden con los diferentes grupos locales. Este eje configura un continuum en el que en un extremo encontrar�amos las aldeas rurales y en el otro las grandes �reas urbanas. El otro eje, que podemos denominar vertical, distingue las subculturas propias de los diferentes estratos de la sociedad (Jim�nez Blanco, 1975, p. 26).
4. CULTURA TRADICIONAL Y CULTURA TECNOLOGICA
Ya hemos visto que una de las caracter�sticas de la cultura es su transmisibilidad. La cultura se transmite a trav�s del tiempo, de generaci�n en generaci�n a trav�s de continuos actos de traditio: la cultura es, por definici�n, tradicional.
En la medida en que la tecnolog�a constituye una parte de la cultura, tanto, en lo que tiene de resultado material como de saberes, forma parte del conjunto cultural transmitido a trav�s del tiempo.
La t�cnica no es otra cosa que un sistema de m�todos para ejercer una determinada habilidad o arte; y la tecnolog�a es el conocimiento de la t�cnica. Nadie puede poner en duda que muchas de las t�cnicas presentes en nuestra propia cultura son milenarias. No tiene sentido entonces, oponer los t�rminos de cultura tradicional y cultura tecnol�gica, porque ello supondr�a negar la presencia de tecnolog�a en la "cultura tradicional".
Ahora bien, la cultura es, por definici�n, tradicional, pero tambi�n por definici�n, la cultura es no s�lo tradicional. Si todos los elementos que la integran provinieran de la transmisi�n tradicional, la sociedad seguir�a viviendo en el paleol�tico.
En realidad, el t�rmino "cultura tradicional" suele ser empleado para designar las formas culturales anteriores a la denominada revoluci�n industrial, mientras que, al caracterizarse �sta por el hasta entonces desconocido desarrollo de la tecnolog�a, con el t�rmino "cultura tecnol�gica" suele designarse las formas culturales derivadas de ella.
5. CULTURA URBANA Y CULTURA RURAL
Como ya se ha dicho, se puede buscar una diversidad de subculturas a trav�s de un continuum espacial cuyos dos extremos quedan definidos como lo puramente urbano y lo enteramente rural. �Puede inferirse de ello la existencia de dos culturas distintas, una urbana y otra rural?
Si para definir la existencia de una cultura hemos de comprobar su aislamiento respecto de la otra, la respuesta ha de ser negativa. No se trata, al hablar de aislamiento, de comprobar que no existe ninguna relaci�n entre ambas, sino de que no tienen elementos estructurales comunes.
El primer problema con que tropezamos al tratar de discernir la existencia o no de cultura urbana y cultura rural como entidades propias y diferenciadas entre s�, es de definiciones.
No es f�cil definir qu� es lo rural. As�, Joung (1972, p. 29), define negativamente como lo no urbano lo cual no nos aclara gran cosa pero al menos nos invita a empezar por definir lo urbano.
Al parecer, la aparici�n del fen�meno urbano, -la revoluci�n urbana, seg�n las palabras de Gordon Childe (1985 pp. 101 y ss.)-, tuvo lugar en Mesopotamia en fecha indeterminada siempre anterior al a�o 3.500 antes de Cristo. Fue ello posible gracias a los avances de la agricultura en una regi�n beneficiada por el clima y la abundancia de agua. Los excedentes agr�colas permitieron mantener a un grupo de artesanos y tambi�n la existencia de un comercio basado en el intercambio con productos manufacturados provenientes de otras regiones.
El florecimiento econ�mico dio lugar a una diferencia social, al establecimiento en el seno de localidades de dimensiones crecientes, de especialistas que no viv�an ya de la explotaci�n agr�cola y la difusi�n de t�cnicas nuevas (Garelli, 1974, p. 22).
A partir de las primitivas aldeas, se produjo un proceso de concentraci�n espacial de gentes que actuaban en torno a un triple eje, formado por el poder, la religi�n y la econom�a, simbolizados por el palacio, el templo y el mercado, constituyendo un esquema que, con variaciones, se fue extendiendo por los pa�ses ribere�os del mar Mediterr�neo.
Hacia el siglo VII antes de Cristo, aparecieron en Grecia una serie de ciudades-estado que alcanzaron su apogeo dos siglos despu�s, constituyendo un ejemplo que se extendi� por las orillas del Mediterr�neo.
La ciudad griega o polis fue el resultado de un proceso de sinecismo (synoikim�s) en el que varios poblados o aldeas agr�colas eran abandonados por sus habitantes, que se agrupaban en torno a una ciudadela. En un sentido m�s amplio, el sinecismo era algo m�s que el agrupamiento puro y simple de varias comunidades locales: el resultado de dicha agrupaci�n era la aparici�n de una entidad pol�tica de la que sus habitantes formaban parte con los mismos derechos (Ruip�rez y Tovar, 1978, p, 87).
La polis era el lugar de la existencia del hombre y era entendida, no s�lo como territorio y grupo humano sino como acontecer hist�rico en el sentido m�s amplio. Su esp�ritu estaba constituido por el logos (conocimiento, idea, palabra) y su expresi�n colectiva m�s genuina, el nomos (norma), es, al mismo tiempo, justicia y verdad (Mart�nez Marzoa, 1975, I, 103-104). El lugar representativo de la ciudad-estado no es el palacio ni el templo, sino el �gora, el lugar donde se discute, se imparte justicia y se toman las decisiones, por la asamblea de los ciudadanos.
La forma de ciudad-estado conoci� en Roma su apogeo. Los romanos designaban la ciudad con dos palabras: urbs, cuando se refer�an al espacio urbano y sus habitantes, y civitas para designar la ciudad-estado formada por civiles o ciudadanos, es decir por personas que gozaban de ciudadan�a, sujetos del derecho civil, frente a los peregrini , que lo estaban al derecho pretorio. La diferencia entre urbe y ciudad era clara: lo urbano era lo que estaba dentro de los l�mites de la ciudad, mientras que lo ciudadano era lo que formaba parte del sistema civil. La civitas romana equivale a la polis griega; lo civil era lo pol�tico.
Una tercera dimensi�n del fen�meno urbano era la designada con el t�rmino oppidum: era el de la ciudad fortificada, en la que las murallas, aparte de su funci�n defensiva, marcaban un l�mite perfectamente definido con los campos (rura) circundantes.
Esta concepci�n de la ciudad como el espacio urbano encerrado entre murallas es la predominante durante la Edad Media. La ciudad es "todo aqu�l lugar que es cerrado de los muros con los arrabales et los edificios que se tiene con ellos", dicen las Partidas de Alfonso X. La ciudad medieval, designada con la palabra burgo, de ra�z germ�nica, pierde el car�cter de civitas, para adoptar la forma de municipio, a partir de los concilia altomedievales. La ciudad sigue ostentando, sin embargo, un car�cter marcadamente pol�tico: su autonom�a m�s o menos amplia queda fijada en las ordenanzas, cartas municipales o fueros, concedidos por los reyes o los se�ores feudales.
Durante la Edad Media, las ciudades tuvieron una funci�n econ�mica de primer orden: en ellas se desarrollaron la artesan�a y el comercio dando su origen a una nueva clase social que toma el nombre de su propia naturaleza urbana: la burgues�a.
En los siglos que median entre el renacimiento y la revoluci�n industrial, se acentu� la importancia econ�mica de las ciudades y con ello, el de la burgues�a. La autonom�a pol�tica fue cediendo ante el creciente absolutismo real, con las excepciones de aquellas ciudades no sometidas a un soberano (Italia, la Hansa...). Las murallas fueron demolidas o absorbidas en el tejido urbano, a causa del crecimiento demogr�fico y se introdujeron criterios racionalistas en la conformaci�n de la red urbana: el trazado de las calles en forma de cuadr�cula, las zonas ajardinadas, las plazas mayores...
Con la aparici�n de la revoluci�n industrial, y el capitalismo, las ciudades experimentaron trasformaciones radicales: la primera de ellas, el crecimiento acelerado de su n�mero de habitantes, incrementado bruscamente como consecuencia de la inmigraci�n de gentes desde el medio rural, atra�das por la oferta de trabajo.
Al igual que el nuevo modo de producci�n conlleva una divisi�n del trabajo basada en la segregaci�n de funciones, tambi�n se daba una segregaci�n funcional del espacio urbano: si el artesano preindustrial moraba y trabajaba en el mismo lugar, en la ciudad industrial la residencia y la f�brica son dos realidades distintas y a menudo alejadas.
La segregaci�n del espacio tiene asimismo un contenido social: En la ciudad medieval hab�a agrupaciones espaciales determinadas por una actividad econ�mica (a�n detectable por el nombre de oficios que tienen muchas calles) o por una minor�a �tnica (por ejemplo, las juder�as o los barrios de francos) que a veces quedaban separados del resto de la ciudad por su propia muralla; pero, en general, no hab�a una separaci�n espacial entre ricos y pobres, por el contrario, la casa del artesano ten�a pared com�n con el palacio, el menestral.y el noble pisaban el barro de la misma calle.
Por el contrario, en la ciudad industrial, la llegada de inmigrantes determina la construcci�n de suburbios que, desde un primer momento, son ocupados exclusivamente por el proletariado, iniciando as� un proceso de segregaci�n espacial cuyos resultados ser�n la creaci�n de �reas urbanas configuradas por la predominancia de una determinada funci�n (comercial, industrial, residencial...) y a la separaci�n espacial de las clases sociales.
As� como la sociolog�a apareci� en el contexto de la sociedad industrial, la aparici�n de la ciudad industrial y los procesos inherentes a ella provoc� el estudio sociol�gico de la ciudad, sistematizado a partir de la publicaci�n de los trabajos de la escuela de Chicago.
Hay una doble influencia que explica la perspectiva la escuela de Chicago (R�my y Voy�, 1975, pp. 195-233):
1�. Influencia de la Escuela Alemana de Sociolog�a y, en particular, de Simmel. Cierto n�mero de investigadores de la Escuela de Chicago hab�an estudiado en Alemania o le�do los trabajos de la escuela alemana y, en particular, de Simmel.
2�. El Chicago de los a�os 20. El primer objeto de an�lisis que se plantearon los autores de esta escuela fue el de la ciudad en que trabajaban y que estaba experimentando cambios cuantitativos importantes que repercut�an en la vida de sus habitantes.
Los estudios de la Escuela de Chicago configuran una nueva forma de an�lisis: la Ecolog�a humana, definida por su iniciador Park como un intento por investigar los procesos mediante los cuales se mantiene el equilibrio social y el bi�tico una vez que este equilibrio es alcanzado, y los procesos mediante los cuales, cuando el equilibrio social o el bi�tico se ven amenazados, realizan la transici�n desde un orden estable a otros (Diez Nicol�s, 1972, p. 23).
Si definimos la ecolog�a como el estudio del ser vivo al medio ambiente, entenderemos la ecolog�a humana como el estudio de la adaptaci�n del ser humano al medio ambiente. Ahora bien, el objeto de la ecolog�a humana no el ser humano individual, sino la comunidad. Park define la comunidad como "una poblaci�n organizada territorialmente, m�s o menos arraigada en el suelo que ocupa, cuyas unidades individuales viven en relaci�n de mutua interdependencia que es simbi�tica m�s que social" (citado por Diez Nicol�s, 1972, pp. 21-22).
La ciudad es, por tanto el producto de los equilibrios establecidos, por una parte, entre la comunidad y el territorio y, por otra, entre los miembros de la comunidad.
Dichos equilibrios dependen de tres principios; el de competici�n, el de dominaci�n y el de sucesi�n. Diez Nicol�s (1972, pp. 21-22) ha resumido los planteamientos de Park acerca de estos principios del modo siguiente:
Al igual que ocurre en el mundo animal y en vegetal, la competici�n es un hecho presente en las sociedades humanas. Su intervenci�n en el restablecimiento del equilibrio es explicada por Park del modo siguiente: "toda crisis que inicia un periodo de r�pido cambio, durante el cual se intensifica la competici�n, desemboca finalmente en un periodo de equilibrio m�s o menos estable y en una nueva divisi�n del trabajo. De esta forma, la competici�n produce una situaci�n en la que la competici�n se ve superada por la cooperaci�n".
El principio de dominaci�n en la sociedad humana, seg�n Park, se da bajo varias formas (econ�mica, pol�tica, militar y moral) y tiene una funci�n similar a la que cumple en el mundo vegetal: "Determina la distribuci�n ordenada en el territorio y en la pir�mide ocupacional de todos los individuos que la sociedad, tal y como est� organizada, puede mantener, y elimina aqu�llos para los que no tiene sitio".
El concepto de sucesi�n debe referirse no s�lo a los movimientos de poblaci�n y los cambios culturales que generan, sino que debe "describir cualquier serie ordenada e irreversible de acontecimientos, siempre y cuando est�n correlacionados en tal medida con otros cambios sociales menos evidentes y m�s fundamentales como para ser utilizados como �ndices de estos cambios". Los cambios que interesan a la ecolog�a son "los movimientos de poblaci�n y artefactos, los cambios de localizaci�n y ocupaci�n; cualquier clase de cambio, en definitiva, que influya sobre una determinada divisi�n del trabajo o sobre la relaci�n de la poblaci�n con el territorio".
Otro de los principales autores de la escuela de Chicago, McKenzie denomina procesos ecol�gicos a la tendencia en el tiempo hacia formas espec�ficas y de subsistencia de las unidades que comprenden una distribuci�n ecol�gica.
Los principales procesos ecol�gicos estudiados por la ecolog�a humana son la concentraci�n, la centralizaci�n, la segregaci�n y la invasi�n.
La concentraci�n es la tendencia de un n�mero creciente de personas a asentarse en una determinada �rea. El estudio de las distintas �reas implica el estudio de las densidades que sucesivamente presenta esa �rea. De dicho estudio resulta un indicador de la atracci�n o repulsi�n da cada �rea para la poblaci�n que se concentra en ella. El proceso inverso a la concentraci�n es la dispersi�n.
La centralizaci�n es un resultado de la especializaci�n funcional de unas determinadas �reas en las que se localizan unas actividades. La reuni�n en un mismo lugar de varias actividades que tengan inter�s para la poblaci�n asentada en un �rea confiere a dicho lugar un car�cter central. Los procesos de centralizaci�n dan lugar a funciones de circulaci�n entre el lugar central y los diversos puntos de su �rea de influencia.
La segregaci�n es el resultado de la concentraci�n de tipos de poblaci�n pertenecientes a una misma comunidad en determinadas �reas, seg�n criterios espec�ficos de dichos tipos de poblaci�n. El factor predominante de los procesos de segregaci�n suele ser el econ�mico. La segregaci�n econ�mica es e' resultado de la competencia econ�mica y, a partir de ella, se constituyen las unidades b�sicas de otras fuerzas de segregaci�n (el lenguaje, las ideas...).
La invasi�n es el desplazamiento de unos grupos por otros. En los procesos de invasi�n, un grupo humano expulsa y sucede a otro, en el �rea en el que �ste estaba asentado.
La teor�a puesta en circulaci�n por la Escuela de Chicago tuvo su primera y m�s destacada concreci�n en el an�lisis de los procesos se�alados en la ciudad de Chicago alrededor de 1920, por Ernest Burguess, hasta el punto de que su estudio pas� a ser conocido como el modelo de Burgess.
Este modelo se basa en la disposici�n del suelo urbano en c�rculos conc�ntricos o zonas que se numeran en orden creciente de dentro afuera. En la zona 1, est� la zona comercial central; La zona 2 es de transici�n, de deterioro de edificios, invadida por las actividades terciarias y la industria ligera; es la zona de llegada de gentes con pocos medios econ�micos. En la zona 3 est� la residencia de los obreros huidos de la zona 2 y que aspiran a salir a la zona 4. Esta zona 4 est� ocupada por residencias de las clases altas. La zona 5 es suburbana, en ella est�n las ciudades sat�lites y su distancia respecto al tiempo, medida en tiempo es de media hora a una hora.
El modelo de Bourgess ha sido objeta de numerosas cr�ticas que vienen a basarse ya en su falta de universalidad o en que no tiene en cuenta determinados factores.
La falta de universalidad del modelo es evidente. Burgess pretendi� dar una explicaci�n de los procesos derivados del crecimiento de las ciudades industriales norteamericanas por lo que queda descartada toda pretensi�n de universalidad.
En cuanto a los factores no tenidos en cuenta en el modelo, son de destacar la heterogeneidad interna de las zonas, la altura de los edificios y las v�as de comunicaci�n.
La heterogeneidad interna de las zonas y la indefinici�n de sus l�mites ha sido puesta de manifiesto por Hatt quien ha demostrado que no existe en el interior de la ciudad nada que sea equivalente a las "�reas naturales" utilizadas en ecolog�a. Un �rea natural (concepto b�sico en el modelo de Burgess, por cuanto las zonas conc�ntricas son equivalentes a las "�reas naturales") es una unidad espacial limitada por fronteras naturales que contiene una poblaci�n homog�nea, con un orden moral caracter�stico, y unida por unas relaciones simbi�ticas. La conclusi�n de Hatt es que en de las zonas conc�ntricas no hay una poblaci�n homog�nea sino que, por el contrario, las variaciones que se dan en su interior son tan importantes como las variaciones que se dan entre ellas (Carter, 1974, pp. 188-189).
Como ha puesto de manifiesto Harold Carter (1974, pp. 195-196), en el modelo de zonas conc�ntricas se considera la ciudad como una formaci�n bidimensional al no tener en cuenta la dimensi�n vertical de los edificios y la variaci�n del uso del espacio con la variaci�n de la altura. Este es un factor que contribuye a la heterogeneidad interna de las zonas y a la dispersi�n de las funciones. As�, en una zona residencial, la planta baja de los edificios est� dedicada a usos comerciales o de industria ligera, que no corresponden a la zona del modelo.
Sobre la incidencia de las v�as de comunicaci�n, ya en 1903, Hurd describi� unas pautas de utilizaci�n del suelo que dan lugar a una configuraci�n espacial en forma de estrella cuyas puntas est�n definidas por las v�as de comunicaci�n que convergen en el centro de la ciudad (Carter, 1974, p. 207).
Una alternativa al modelo de c�rculos conc�ntricos fue propuesta por Homer Hoyt en 1939, al estudiar las zonas de alquiler residencial en veinticinco ciudades norteamericanas. Estos estudios mostraron que la localizaci�n de las �reas residenciales de alta calidad no se distribuye al azar, sino que se extienden hacia el exterior de la ciudad a lo largo de las principales v�as de comunicaci�n constituyendo sectores que no circundan la ciudad. En la configuraci�n de estos sectores no s�lo influyen las v�as de comunicaci�n, sino tambi�n otros factores como la existencia de campo abierto, la proximidad de centros comerciales o la actividad de las inmobiliarias. Por otra parte, algunos usos del suelo atraen o repelen a los dem�s. Por ejemplo, la industria pesada y las viviendas de calidad tienden a localizarse en los m�rgenes de las principales v�as de comunicaci�n, pero la presencia de la primera repele el establecimiento de las segundas. Por el contrario, el uso del suelo como residencia de calidad atraer� el establecimiento de actividades comerciales (Carter, 1974, p. 197).
.Harris y Ullman propusieron en 1945 un modelo basado en la formaci�n de n�cleos m�ltiples y separados. Seg�n este modelo, las ciudades no crecen en torno a un �rea comercial central, sino que se van formando a trav�s de la fusi�n de una diversidad de n�cleos urbanos especializados funcionalmente (Carter, 1974, p. 199).
La existencia de una cultura espec�ficamente urbana ha sido abordada desde la perspectiva de la Ecolog�a Humana. No olvidemos que entibe las fuentes te�ricas de la Escuela de Chicago una de las m�s importantes es la sociolog�a alemana, para la cual el tema de la cultura es recurrente.
Louis Wirth, disc�pulo de Park, abord� el tema en 1938 en una obra que tiene un t�tulo francamente expresivo: El urbanismo como modo de vida. "Para prop�sitos sociol�gicos, dice Wirth, una ciudad puede ser definida como un establecimiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterog�neos" (Wirth, p. 16). Las resonancias de la obra de Simmel en la importancia que da Wirth a la cantidad y la densidad son claras: "Una doble importancia, dice Simmel, debe concederse a la cantidad. Primero, la negativa: que ciertas formas, necesarias o posibles en virtud de las condiciones vitales, s�lo pueden realizarse m�s ac� o m�s all� de un cierto l�mite num�rico de elementos. Y despu�s la positiva: que ciertas formas resultan directamente de las modificaciones cuantitativas de los grupos" (Simmel, 1977, I, p.67).
La dimensi�n cuantitativa de la ciudad (la cantidad y la densidad), determinan la naturaleza de las relaciones sociales que en ella se dan: "El aumento de habitantes de una comunidad m�s all� de unos pocos centenares, necesariamente limita la posibilidad del conocimiento mutuo y personal de cada miembro de la comunidad" (Wirth, p. 23). La distinci�n entre comunidad y sociedad de T�nnies est� en el fondo del enunciado. "Caracter�sticamente, los hombres urbanos se encuentran unos con otros en papeles altamente segmentados. Sin duda, dependen de m�s personas para la satisfacci�n de sus necesidades diarias que los habitantes rurales, pero dependen menos de determinadas personas, y su dependencia de otros est� confinada a un aspecto sumamente espec�fico de la esfera ajena de actividades" (Wirth, p. 24).
Utilizando t�rminos de Durkheim, dir�amos que en la sociedad rural se da una solidaridad mec�nica y en la urbana una solidaridad org�nica. Por otra parte, es caracter�stica del medio urbano la heterogeneidad social y, como consecuencia, la movilidad social, el r�pido cambio de la pertenencia a grupos.
La obra de Wirth ha servido de base para diversas formulaciones te�ricas, entre las que cabe destacar el enfoque antropol�gico de Redfield, que parte de la identificaci�n de lo urbano con lo moderno y lo rural con lo tradicional, de forma que la dicotom�a rural / urbano se traduce en tradicional / urbano y en rural / moderno. As�, la sociedad rural (folk) es "de dimensi�n restringida, aislada, analfabeta, homog�nea, con un sentido extremadamente fuerte de la solidaridad de grupo. Sus formas de vida est�n codificadas en un sistema coherente llamado cultura. La conducta que predomina en ella es tradicional, espont�nea, acr�tica y personal; no hay legislaci�n ni costumbre de experimentaci�n y de reflexi�n con fines intelectuales. El sistema de parentesco, sus relaciones e instituciones se derivan directamente de las categor�as de la experiencia y la unidad de acci�n es el grupo familiar. Lo sagrado domina lo secular; la econom�a es mucho m�s un factor de status que un elemento de mercado" (citado por Castells, 1976, p. 99).
Frente a este tipo rural, el tipo urbano se configura sim�tricamente, a base de los elementos contrarios a los enumerados en aqu�l. Ahora bien, lo urbano y lo rural son, en la obra de Redfield, tipos abstractos, construcciones te�ricas que no se concretan de un modo puro; antes bien, las situaciones sociales que la realidad nos brinda pueden ser situadas en un continuum entre ambos tipos puros. La dificultad de que estos se traduzcan en realidades sociales se ve acrecentada por la falta de aislamiento cultural. Esta noci�n de continuum es recogida cr�ticamente en la obra de Dewey con un t�tulo expresivo: "El continnum rural-urbano: un hecho real, pero sin gran importancia". La tesis de Dewey es que, si bien es verdad que existen diferencias entre el campo y la ciudad, �stas son consecuencia de una distinta evoluci�n de las formas ecol�gicas, culturales y sociales, sin que se pueda afirmar por ello que las formas culturales sean consecuencia de las ecol�gicas. La prueba de ello es que puede haber difusi�n de la "cultura urbana" en el campo sin que por ello se borre la diferencia de formas ecol�gicas entre ambos. La cr�tica de Dewey toca la base del problema al enfrentar las tesis de Wirth, y en el fondo las de la Escuela de Chicago, con una constataci�n emp�rica: no se puede demostrar que haya unas formas culturales determinadas por las formas ecol�gicas del campo y de la ciudad respectivamente. En esta l�nea, Reiss ha demostrado emp�ricamente la independencia estad�stica, que en las ciudades norteamericanas se da, entre la "cultura urbana" y la dimensi�n y la densidad de la poblaci�n; y Duncan, en una encuesta extensiva, no ha encontrado correlaci�n entre la magnitud de una poblaci�n, por una parte y, por la otra, los factores que constituyen la "cultura urbana": les ingresos, las clases de edad, la movilidad, la escolarizaci�n, el tama�o de la familia, la pertenencia �tnica, la poblaci�n activa y en general, los factores que configuran lo urbano (Castells, 1976, pp. 99-100).
6. SOCIEDAD Y CULTURA DE MASAS
"Hay un hecho que, para bien o para mal, es el m�s importante en le vida p�blica europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderlo social". As� comienza Ortega y Gasset su libro La Rebeli�n de las masas haci�ndose eco de una creencia en expansi�n entre los intelectuales europeos del primer tercio del siglo XX.
Esta preocupaci�n intelectual, seg�n Nisbet (1979, pp. 73 y ss.) tiene su primera expresi�n en los escritos de Edmund Burke sobre le Revoluci�n Francesa.
Se tome o no a Burke como punto de arranque de la preocupaci�n por el advenimiento de las masas al primer plano del escenario social, que tan evidente fue en el plano pol�tico, en la Francia de 1789, le cierto es que a lo largo de los siglos XIX y XX, el t�rmino "masas" se ha repetido una y otra vez en la literatura social, unas veces en tono de lamentaci�n y otras de esperanza.
La visi�n de las masas como algo inconexo y atomizado se extendi� r�pidamente por los conservadores y los rom�nticos del siglo XIX (Nisbet, 1979, p. 74). En sus obras se encuentran la aversi�n por el protagonismo de las muchedumbres y la nostalgia por �pocas pasadas. Porque ese protagonismo no es transitorio ni acotado a un per�odo revolucionario. Esta es la �poca de la revoluci�n industrial, del nacimiento del capitalismo, del desplazamiento de la vieja aristocracia por la pujante burgues�a, del nacimiento del proletariado, de la concentraci�n de la poblaci�n en ciudades que velan modificarse r�pidamente su faz, de la ruptura, en definitiva, de un modo de vida y su remplazamiento por otro. Ferdinand T�nnies llam� comunidad al primero y sociedad al segundo.
Frente a esta visi�n despectiva de las masas, identificadas como populacho, se alza una concepci�n ensalzadora, que ve en las masas, identificadas como pueblo, el agente salvador de los males sociales. As� lo expresa Espronceda en su oda al Dos de Mayo:
Y vosotros, �qu� hicisteis entre tanto
los de esp�ritu flaco y alta cuna?
Derramar como hembras d�bil llanto,
o adular bajamente a la fortuna.
*** *** *** ***
Oh la canalla, la canalla en tanto,
arroj� al grito de venganza y guerra
y arrebatada en su entusiasmo santo,
quebrant� las cadenas de la tierra.
Esta dial�ctica entre la nostalgia del pasado y la esperanza depositada en las masas, ya constituyan el pueblo o la clase obrera es un tema recurrente en la historia de las ideas de los dos �ltimos siglos.
La consideraci�n de las masas como sujetos de acci�n es un punto central de las teor�as y las praxis revolucionarias. El proletariado era, para Marx, el agente hist�rico encargado de acabar con le explotaci�n y hacer posible el advenimiento de la sociedad comunista. Todo el movimiento revolucionario heredero de Marx centr� su actividad en las masas obreras. Con el triunfo de la revoluci�n rusa de 1917, el protagonismo obrero pas� a estar compartido con las masas campesinas; de Lenin en adelante, en la literatura revolucionaria la palabra clave ya no es el proletariado sino las masas. La misi�n de todo revolucionario era, seg�n Lenin, "predicar a las masas ignorantes la necesidad de la revoluci�n que madura, demostrar su inevitabilidad, explicar su utilidad para el pueblo, preparar para ella al proletariado y a todas las masas trabajadoras y explotadas" (Lenin, 1975, p. 71). "Las masas son, por lo tanto, el sujeto de la revoluci�n, su agente principal y necesario. Las masas son los verdaderos h�roes, en tanto que nosotros somos a menudo pueriles y rid�culos" (Mao, 1976, p. 127). El "nosotros" equivale, naturalmente, al Partido Comunista. Ya tenemos a las masas y el Partido, las masas y la minor�a. Pero hasta aqu� nada hemos dicho de lo que son las masas.
Ya en la �ltima d�cada del siglo XIX, Gustav LeBon hab�a explicado en su libro Psicolog�a de las multitudes que de los comportamientos de masas resulta una conducta distinta de la propia de los individuos que componen la multitud:
En ciertas y determinadas circunstancias y solo en esas circunstancias, una aglomeraci�n de hombres presenta nuevas caracter�sticas, muy distintas de los individuos que la componen. Los sentimientos e ideas de todas las personas reunidas toman una sola direcci�n coincidente, y sus personalidades conscientes se desvanecen. Se forma un esp�ritu colectivo, sin duda transitorio, pero que presenta varias caracter�sticas muy claramente definidas, El agrupamiento se transforma as�,,, en una masa psicol�gica. Constituye un nuevo ser, que est� sujeto a la ley de la unidad mental de las masas. (Citado en Newcomb, II, pp. 716-717).
LeBon inaugur� una l�nea de estudio en psicolog�a social, cuyo objeto son las muchedumbres formadas por individuos que est�n en proximidad f�sica. En esta l�nea, Kimball Young (1969, p. 11) ha enumerado los m�s importantes rasgos que caracterizan a una muchedumbre: en primer lugar, su car�cter transitorio o temporal; segundo, determinados rasgos de-distribuci�n espacial que a menudo suponen la polarizaci�n alrededor de un foco com�n de atenci�n, y tercero, una estructura laxa y, con el tiempo, u ocasionalmente, la aparici�n de alguna forma de liderazgo.
Una masa es un n�mero de individuos relativamente grande, espacialmente dispersa y an�nimo, que reacciona a uno o m�s de los mismos est�mulos pero que act�a individualmente sin consideraci�n del uno por el otro" (Hoult, cit. por Horton y Hunt, 1976, pp. 301-302). "No tiene organizaci�n social, ni un cuerpo de costumbres y tradiciones, ni un conjunto establecido de reglas y rituales, ni un grupo organizado de sentimientos, ni una estructura de roles y status, ni un liderazgo establecido. Simplemente consta de un agregado de individuos que est�n separados, desarraigados, an�nimos y, a�n as� homog�neos en lo que se refiere al comportamiento de masas (Blumer, cit. ibidem).
La presencia ubicua de las aglomeraciones en nuestra sociedad queda resaltada por el inconfundible estilo de Ortega:
Para la inteligencia del formidable hecho conviene que se evite da desde luego a las palabras "rebeli�n", "masas", "poder�o social" etc., un significado exclusiva o primariamente pol�tico, La vida p�blica no es solo pol�tica sino, a la par y, a�n antes, intelectual moral, econ�mica, religiosa; comprende los usos todos colectivos incluye el modo de vestir y el modo de gozar.
Tal vez la mejor manera de acercarse a este fen�meno hist�rico consista en referirnos a una experiencia visual, subrayando una facci�n de nuestra �poca que es visible con los ojos de la cara.
Sencill�sima de enunciar, aunque no de analizar, yo la denomino el hecho de la aglomeraci�n, del lleno". Las ciudades est�n llenas de gente, las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de hu�spedes. Los trenes llenos de viajeros. Los caf�s llenos de consumidores. Los paseos llenos de transe�ntes. Las salas de los m�dicos famosos, llenas de enfermos. Los espect�culos, como no sean muy extempor�neos, llenos de espectadores. Las playas llenas de ba�istas. Lo que antes no sol�a ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio. (Ortega, 1958, pp. 35-36).
Nuestra sociedad es una sociedad de masas. Y ello es as� no solo por la constante y ubicua formaci�n de aglomeraciones humanas que aparecen con car�cter transitorio, para deshacerse m�s tarde. El car�cter masivo de la sociedad no requiere que sus miembros se hallen en proximidad f�sica. As� lo se�ala Ortega (1958, p. 38):
En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicol�gico, sin necesidad de que aparezcan los individuos en aglomeraci�n. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a s� mismo -en bien o en mal- por razones especiales sino que se siente "como todo el mundo" y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse id�ntico a los dem�s.
Dicho con un refr�n, ser� masa Vicente, porque va donde va la gente. Podr� decirse que eso no es novedoso, que la sociedad siempre ha marcado el camino por donde debe transcurrir la vida del individuo. Pero esta sociedad est� formada por "gente" y no por "gentes". En ella, el individuo se relaciona, o tiende a relacionarse, con el conjunto de la sociedad directamente y por s� mismo, sin intermediarios sociales.
La sociedad de masas es una sociedad donde las relaciones informales, propias de los grupos primarios-(la comunidad de T�nnies) han sido reemplazadas por relaciones contractuales, propias de los grupos secundarios; la sociedad de masas se caracteriza por el anonimato, la movilidad, la especializaci�n y segmentaci�n de los roles y status y la posibilidad que los individuos tienen de escoger sus valores (Horton y Hunt, 1976, p. 302).
En la cultura propia de la sociedad de masas, los valores, las ideas, las creencias y las pautas de conducta, tienden a ser uniformes para todos sus miembros. Los grupos primarios se reducen y el individuo se encuentra s�lo ante el resto de la sociedad. Utilizando el titulo de un famoso libro de Riesman (1968), podemos decir que la sociedad de masas est� formada por una muchedumbre solitaria.
7. LOS ESTUDIOS SOBRE LA CULTURA DE MASAS: APOCALIPTICOS E INTEGRADOS
Umberto Eco (1968), con unos t�rminos que han tenido notable �xito, ha dividido a los soci�logos y cr�ticos dedicados al estudio de la cultura de masas en apocal�pticos e integrados. En realidad, la distinci�n se refiere a la pol�mica suscitada en los Estados Unidos durante los a�os que median entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la d�cada de los sesenta. Esta pol�mica est� viciada desde su origen por su car�cter valorativo: se trata de estar "a favor" o "en contra" de la cultura de masas y de los medios de comunicaci�n que les son propios, m�s que de explicar su naturaleza. En el punto central de la pol�mica se sit�a la distinci�n hecha por Van Wyck Broos en 1915, entre highbrow y lowbrow, es decir, entre la alta cultura y la cultura vulgar o brutal. Es decir, se parte de una definici�n puramente valorativa de las distintas formas de cultura: hay una buena cultura, alta y refinada frente a una mala cultura, baja, brutal y vulgar. La distinci�n entre ambas se da por sabida, como si fuera evidente. De este modo, la pol�mica se centra en si los medios de comunicaci�n de masas corrompen la alta cultura extienden la cultura brutal (postura apocal�ptica) o si, por el contrario, ejercen una funci�n benefactora poniendo la alta cultura al alcance de las masas (postura integrada). En Norteam�rica, los cr�ticos de la sociedad de masas cuentan con obras precedentes como la de Thorstein Veblen, en cuya obra late la a�oranza de la Norteam�rica rural anterior a la edad dorada de los trusts y los grandes financieros (Bottomore, 1970, p. 38). La cr�tica de la cultura de masas se vio reforzada por la llegada en los a�os treinta de los m�s destacados pensadores de la Escuela de Franfurt. Horkheimer, Adorno, Fromm, Benjam�n, Marcuse y otros llegaron a los Estados Unidos huyendo del nazismo e introdujeron en su nuevo pa�s los elementos te�ricos del psicoan�lisis, la teor�a del conocimiento y el marxismo, influyendo as� notablemente en la cr�tica social norteamericana precisamente en un momento en que la cultura de masas entraba en su apogeo.
Entre los apocal�pticos hay que destacar a Dwight MacDonaId, cuyo planteamiento tiene un inicial punto de contacto con el de los fil�sofos y escritores conservadores a los que antes se ha hecho referencia:
Las masas son, en el tiempo hist�rico, lo que la muchedumbre es en el espacio una gran cantidad de personas incapaces de expresar sus cualidades humanas no est�n ligadas unas a otras ni como individuos ni como miembros de una comunidad.
En efecto, no est�n ligados de ninguna forma entre s�, sino solo a un factor personal, abstracto, cristalizante. En el caso de las muchedumbres, tal factor puede estar representado por un partido de f�tbol, por una liquidaci�n, por un linchamiento; en el caso de las masas, puede ser un partido pol�tico, un programa de televisi�n un sistema de producci�n industrial. El hombre masa es un �tomo solitario uniforme id�ntico a los millones de otros �tomos... una comunidad en cambio es un grupo de individuos ligados uno a otro por intereses concretos, algo parecido a una familia en la que cada miembro tiene su lugar y funci�n especiales, compartiendo al mismo tiempo los objetivos econ�micos del grupo (balance familiar), las tradiciones (historia de la familia) los sentimientos (peleas familiares, bromas familiares), los valores ("�En nuestra familia somos as�!"). La escala de los valores debe ser bastante sutil y minuciosa para permitir que "haya una diferencia" entre lo que hace cada uno -esta es la primera condici�n de la existencia humana opuesta de la masa-, Lo que resulta parad�jico es que el individuo, en el �mbito de una comunidad, est� mucho m�s �ntimamente integrado en el grupo de los que est� el hombre de masa y, al mismo tiempo, es m�s libre para desarrollar su propia personalidad. En efecto, un individuo puede ser definido s�lo en relaci�n con una comunidad. Una persona sola en la naturaleza no es un individuo, sino un animal. Robinson Crusoe se salv� gracias a "Viernes". Los reg�menes totalitarios, que han tratado conscientemente de crear un hombre de masa, han destrozado sistem�ticamente cualquier lazo comunitario -familia, iglesia, sindicatos, asociaciones locales y regionales, incluso los c�rculos de ajedrecistas o esquiadores- y los han forjado de nuevo, con miras a enlazar directamente al individuo atomizado con el poder central (1969, pp. 74-75).
Antes de que la expansi�n de la sociedad de masas rompiera con los lazos comunitarios, coexist�an, paralelamente y sin interferirse, la alta cultura, propia de la aristocracia, y la cultura popular, propia de la plebe. La ruptura de las fronteras entre aristocracia y pueblo que pol�ticamente se expresa en la democracia, ha acabado con la alta cultura y con la cultura popular, sustituidas ambas por la cultura de masas o masscult.
El masscult es una fuerza din�mica, revolucionaria, que rompe las antiguas barreras de clase, de tradici�n y de gusto, disolviendo toda tradici�n cultural. El masscult mezcla y revuelve todo produciendo lo que podr�a definirse como cultura homogeneizada... (Mac Donald, 1969, p. 78).
La materia prima de la cultura de masas es el kitsch cuya aparici�n es explicada por Greenberg (1969, pp. 202-203):
Se ha verificado (...) un fen�meno cultural. Se trata de lo que los alemanes llamaron con el maravilloso nombre de kitsch: arte y literatura comercial, popular, con sus cromotipos, sus portadas de revistas, sus ilustraciones, los anuncios comerciales, la narrativa sensacional y seudorrefinada, los comics, la literatura del estilo Tim Pan Alley, las pel�culas de Holliwood, etc., etc...
El kitsch es un producto de la revoluci�n industrial que ha urbanizado a las masas de Europa Occidental y de Am�rica, y ha fundado lo que se llama el analfabetismo universal.
Anteriormente, el �nico mercado para la cultura "alta", distinta de la popular, estaba constituido por los que, adem�s de saber leer y escribir, ten�an a su disposici�n tambi�n tiempo libre y los recursos que acompa�aban siempre a la instrucci�n de un cierto tipo. Esto se hab�a asociado entonces indisolublemente con el alfabetismo. Pero con la introducci�n del alfabetismo universal, el saber leer y escribir se convirti� casi en una habilidad secundaria, como saber conducir un autom�vil, y no sirvi� para distinguir las actividades culturales de un individuo puesto que ya no eran la �nica cosa concomitante del gusto superior. Los campesinos que se establecieron en las ciudades como proletariado y peque�a burgues�a aprendieron a leer y escribir para ser m�s eficientes, pero no conquistaron el tiempo libre y los recursos necesarios para obtener ventajas de la cultura tradicional de la ciudad. Sin embargo, hab�an perdido el gusto por la cultura popular, cuyo fondo era el campo, y hab�an descubierto al mismo tiempo una misma capacidad para aburrirse; por ello, las nuevas masas urbanas empezaron a ejercer presiones sobre la sociedad para obtener un g�nero de cultura id�neo al consumo. Para satisfacer la demanda del nuevo mercado, se descubri� un nuevo tipo de mercanc�a: el kitsch.
El masscult, viene a decir Mac Donald, ha suplantado a la cultura popular: El arte popular era una instituci�n del pueblo, un huerto privado protegido por una cerca que lo aislaba del gran parque formal de los se�ores. Pero el masscult derriba la cerca, integrando a las masas en una forma degradada de alta cultura y convirti�ndose as� en (...) un instrumento de dominio (1969, p. 81).
El masscult es el m�s bajo nivel de la cultura, el lowbrow, lo opuesto a la alta cultura o cultura de calidad, el highbrow. Un tercer nivel lo constituye el middlebrow, o cultura de la median�a que constituye el midcult:
La alta cultura se ve amenazada por un peligro constituido no tanto por el masscult como por un especial h�brido nacido de las relaciones contra natura de este �ltimo con la primera. Ha visto as� la luz una cultura media, que amenaza con absorber a sus dos progenitores. Dicha forma intermedia -que llamaremos midcult- posee las cualidades esenciales del masscult -la forma, la reacci�n controlada, la falta de otro patr�n de medida que no sea la popularidad- pero las esconde bajo una hoja de parra cultural. En el masscult el truco queda al descubierto: complacer a las masas a toda costa. Pero el midcult encierra una doble trampa: finge respetar los modelos de la alta cultura mientras que, en la pr�ctica, los diluye y vulgariza (Mac Donald, 1969, p. 109).
Uno de los m�s notables integrados, Edward Shills, admite expl�citamente la distinci�n entre cultura superior, mediocre y brutal:
La cultura "superior o refinada" se distingue por la seriedad de sus temas, es decir por el car�cter central de los problemas de que se ocupa, la penetraci�n aguda y la coherencia de sus percepciones, la sutileza y abundancia de los sentimientos expresados, el repertorio de la cultura superior incluye las grandes obras en el terreno de la poes�a, la novela, la filosof�a, la teor�a y la investigaci�n cient�fica, la escultura, la pintura. las composiciones y las ejecuciones musicales, las obras y las representaciones teatrales, la historia. los an�lisis sociales y pol�ticos, la arquitectural, la artesan�a. Resulta superfluo decir que la categor�a de cultura superior no se refiere al status social, es decir, a la calidad de la cultura del autor o del consumidor de las obras en cuesti�n, sino solamente a la verdad y a la belleza de estas.
La categor�a "cultura mediocre" incluye obras (que, prescindiendo de las aspiraciones de sus oradores, no satisfacen los criterios empleados para juzgar a las obras de la cultura superior; es mucho m�s reproductora; se explica de ordinario en los mismo g�neros que la cultura superior, pero tambi�n en algunos g�neros relativamente nuevos, que no se han incorporado plenamente hasta ahora a la cultura superior, como la comedia musical, Eso podr�a ser debido a la naturaleza del genero, o al hecho de que este no haya atra�do hasta ahora a los grandes talentos.
En el tercer nivel est� la "cultura brutal", en donde la elaboraci�n simb�lica es de un orden m�s elemental, En este nivel, algunos de los g�neros son id�nticos a los de la cultura mediocre y refinada (representaciones pict�ricas y pl�sticas, m�sica, poemas, novelas y relatos) pero incluyen tambi�n juegos, espect�culos (como el pugilato y las carreras de caballos) y acciones m�s directamente expresivas con un contenido simb�lico m�nimo. La profundidad de penetraci�n carece casi siempre de importancia. La sutileza falta en absoluto y una caracter�stica com�n la constituye una general rudeza de sensibilidad y percepci�n (1969, pp. 162-163).
La distinci�n entre los tres niveles de cultura va, seg�n Shils, m�s all� de la calidad intr�nseca de cada uno de ellos: la riqueza de los contenidos depende de lo que ha recibido de generaciones precedentes y de otras sociedades. La cultura superior es incomparablemente m�s rica de contenido, porque no solo contiene la producci�n contempor�nea, sino tambi�n muchos elementos de la producci�n refinada de �pocas anteriores. La cultura mediocre tiende a ser m�s pobre, no solo a causa de su inferior calidad de lo que produce a lo largo de su propia generaci�n, sino porque sus productos culturales tienen una trayectoria de vida. En el nivel cultural m�s bajo, hay una dependencia del pasado debido a que en cada generaci�n hay poca creaci�n original (1969, p. 164).
Estos tres niveles que se encuentran en la sociedad de masas, tambi�n estaban presentes en la sociedad preindustrial. Pero en la sociedad de masas, viene a decir Shils, hay un hecho novedoso: el gran incremento del consumo de cultura. Bien es cierto que el crecimiento se ha dado, sobre todo, en sus niveles mediocre y brutal, pero tambi�n ha crecido en consumo de cultura superior y, sobre todo, �sta ha dejado de ser patrimonio exclusivo de las �lites.
Por su parte, Daniel Bell contempla el advenimiento de la sociedad de masas como el fin de la separaci�n entre la elite y las masas:
El tema de la igualdad -simbolizado en el siglo XIX del modo m�s evidente en la exigencia del sufragio universal, y en el siglo XX en la de la igualdad de oportunidades-, el hecho de que las masas ya no acepten su "exclusi�n" de la sociedad, se convierte en la caracter�stica determinante de la sociedad de masas. El estilo de vida, los derechos, las normas y los valores, los deseos, el acceso a los privilegios, la cultura propiedad anta�o de una �lite, pertenecen ahora a todos. En una sociedad de masas democr�tica, el hecho de tener un puesto en la sociedad significa tambi�n otras cosas; no solamente compartir los frutos de la sociedad, sino adem�s, tener el derecho -y la oportunidad- para elegir a los legisladores, elegir un oficio o una profesi�n, elegir d�nde vivir, elegir los propios amigos, elegir qu� comprar. En suma, tener derecho a concebir y pronunciar juicios en todos los sectores de la vida, desde la pol�tica hasta las artes.
Todo esto ha llegado a ser posible gracias a la aparici�n de la producci�n y del consumo de masas, y gracias a la consiguiente nivelaci�n de los estilos de vida que distinguen a las clases... En este aspecto, los medios de comunicaci�n de masas desempe�an en el camino de las costumbres un papel que no se limita a estimular exigencias, como se ha propuesto la publicidad desde sus comienzos (1969, pp. 20-21).
Las cr�ticas de los apocal�pticos quedan as� reducidas a una postura aristocr�tica, enemiga de la igualdad y, dando un paso m�s, antidemocr�tica.
En las posturas de Mac Donald por un lado, y de Shils y Bell por otro, se reproducen una vez m�s las actitudes que han diferenciado a los intelectuales en torno a la sociedad y la cultura de masas a lo largo de los dos �ltimos siglos.
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