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La noche del
domingo 14, cuando el barco chocó con el iceberg, Edgardo estaba en su
camarote. Durante la hora posterior al accidente, él fue uno de los cientos
de pasajeros que subestimaron la situación, de la que poco sabían.
En la tercera clase la alarma era mayor porque el ruido y las vibraciones habían
sido allí más intensas.
Edgardo salió
al pasillo y se encontró con Winnie. Juntos le preguntaron a un tripulante
por qué se había detenido el barco.
-Fue sólo
un iceberg -les contestó.
Era una noche
estrellada y afuera todo parecía tranquilo. El mar estaba calmo.
Con el correr
del tiempo las especulaciones se multiplicaron. El agua inundaba los compartimientos
inferiores. Pero muchos se seguían negando siquiera a admitir la hipótesis
de un peligro importante. Y entre esos muchos, además del capitán
del buque, estaba Edgardo.
Cuenta Lynch
en su magnífico libro que Winnie Troutt vio a un tripulante gritando
que todos los pasajeros debían ponerse los salvavidas y subir a la
cubierta alta "por precaución" y que luego podrían
volver a los camarotes.
Algunos pasajeros
hacían bromas sobre las órdenes. Winnie se topó entonces
con Milling y con Edgardo. Sobre ese instante, Lynch reproduce un diálogo
elocuente: -¿Qué está pasando, señorita Troutt?
-preguntó Milling-. ¿Qué significa todo esto? -Una despedida
muy triste para todos -respondió la muchacha emocionada-. El barco
se hunde.
-Imposible
-se rió Edgardo. Milling notó lo alterada que estaba y le tomó
las manos.
Edgardo y
Winnie se movían juntos por el barco, que a esa altura ya era un caos.
Y en la segunda hora -la última- todo se agravó, sin tregua.
Morir
o vivir
En un primer
momento Winnie había perdido las esperanzas de salvarse. Ella entendió
que muchas parejas se estaban separando para no verse nunca más y no
le parecía justo que se salvara una mujer sola.
Winnie era
una mujer especial, con una fuerte personalidad. El naufragio le dejó
grandes trastornos emocionales y durante casi 40 años no habló
del tema. Pero después se convirtió en una celebridad, en buena
medida como sobreviviente del Titanic. Se casó tres veces, pasó
casi toda su vida en California, y murió en 1984, cinco meses después
de cumplir cien años y un año antes de que el Titanic fuera
hallado.
Edgardo era
diez años menor. Había entre ellos una relación de compañerismo
cimentada a partir de Southampton -donde ambos tomaron el Titanic por no poder
abordar el Oceanic- en la intensa convivencia de la vida a bordo. Con Winnie,
Edgardo ejercitó por última vez la cortesía.
Entre los
hermanos, los sobrinos y los sobrinos nietos de Edgardo siempre se dijo que
él le cedió su salvavidas a ella y que después se arrojó
al agua. Su cuerpo nunca fue hallado.
Winnie confirmó
la versión familiar cuando comenzó a hablar en público
sobre la tragedia. Dijo que el pasajero argentino tenía colocado ya
su chaleco salvavidas y viéndola a ella desesperada, se lo cedió
para después arrojarse al mar.
Sin menospreciar
el gesto de Edgardo, es necesario advertir que en el Titanic el chaleco salvavidas
era una condición necesaria pero no suficiente para sobrevivir.
En todo caso,
ella se salvó por una razón increíble: cuando estaba
decidida a morir en el barco, un hombre que tampoco quería pelear para
salvarse le puso un bebé en sus brazos. Eso le habilitó, tanto
en sentido moral como práctico, una posición en un bote. El
bote número 13.
Tampoco todos
los que consiguieron lugar en ese bote soportaron el tremendo frío
y el estrés del naufragio, un macabro espectáculo de explosiones,
gritos y muertes -entre ellas la de Edgardo- que esas personas observaron
desde una distancia de aproximadamente dos kilómetros. Winnie soportó
la situación con el bebé en sus brazos. Al día siguiente
se lo entregó a la madre en el Carpathia, el buque que los rescató.
El bebé se llamaba Essid Thomas y sólo vivió hasta los
20 años: falleció en 1932, de gripe.
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