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Algo
de Jack
La
presencia del argentino Edgardo Andrew entre los pasajeros del Titanic,
que fue detectada por la revista Caras y Caretas el 8 de junio de 1912,
nunca había sido reconstruida, hasta ahora, más allá
de los recuerdos desmembrados de los descendientes y de sus ecos fragmentados
en la sociedad riocuartense. Si bien el Titanic fue siempre un mito, a
partir de que el oceanógrafo Robert Ballard ubica los restos, en
1985, la magia se tonifica, reverdece el interés mundial por sus
historias y, finalmente, parece llegar el clímax con la cuarta
película que se le dedica al hundimiento, la de James Cameron,
estrenada el jueves en Buenos Aires, que, fiel al objeto que evoca -en
1912 la mayor cosa móvil hecha por el hombre-, es promocionada
como la película más cara que se hizo jamás. Pero
si es verdad que la película costó 280 millones de dólares
-con réplica escenográfica del barco incluida- el verdadero
Titanic le sigue ganando: se estima que si hoy se lo construyera igual
que a principios de siglo costaría 400 millones.
Con
una excelencia conmovedora, Cameron ensambló una historia de amor
ficcional con una puntillosa reconstrucción histórica y
además lo combinó con una fusión de imágenes
reales y artificiales (50 y 50) de los restos que se hallan a 4.000 metros
de profundidad. Lo interesante es que para la reconstrucción histórica
se valió de las investigaciones realizadas durante 20 años
por Don Lynch, cuyo libro Titanic, an illustrated history también
sirvió de base para animar situaciones y diálogos de los
protagonistas del filme, Jack Dawson y Rose de Witt Bukter, quienes no
figuran en la lista de pasajeros auténtica sencillamente porque
nunca existieron.
Es
cierto, por ejemplo, que en medio del naufragio un camarero amonestó
a un pasajero, un suizo llamado Norris Williams, que rompía una
puerta de madera para rescatar a otro, diciéndole "tendré
que denunciarlo por haber dañado propiedad de la compañía",
pero en la película esto le ocurre a Jack (Leonardo Di Caprio),
y dado lo absurdo de la situación es probable que a mucha gente
le cueste aceptar que no se trata de un gag sino de un episodio narrado
por testigos.
Pues
bien: aunque Jack no existió, es probable que el personaje se haya
nutrido de alguien como Edgardo Andrew, un pasajero de segunda clase,
prácticamente de la misma edad de Jack, solitario, libre, que le
está buscando el rumbo a la vida y que termina sus días
en las frías aguas del Atlántico Norte. |
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Alfredo
no sólo invitó a su hermano Edgardo -a quien le llevaba
12 años- a su casamiento en Trenton, Nueva Jersey, sino que le
escribió convidándolo con la nueva fortuna. En la compañía
de "su prometida Mrs. Fisher" había lugar para otro Andrew.
Edgardo pensó que al lado de Alfredo, al que admiraba, iba a aprender
más de ingeniería naval que en los rígidos institutos
ingleses. Es probable que también haya soñado con hacer
en Estados Unidos una vida más holgada, que no lo atara a las remesas
que su padre, Samuel Andrew, administrador de la estancia El Durazno,
le giraba con escasa frecuencia desde Río Cuarto.
El destino
de Edgardo se torció por la aparición de la viuda rica pero,
en realidad, lo que habilitó su ingreso en la tragedia fue una
huelga del gremio del carbón. Su pasaje a Nueva York en el buque
Oceanic, que iba a zarpar el miércoles 17 de abril se convirtió
en un papel inútil cuando supo que la White Star Line había
cancelado el viaje. Como la expectativa mundial no hacía recomendable
que se demorara la salida del Titanic y el carbón no llegaba a
Southampton, la compañía naviera utilizó todo el
combustible que tenía en otros buques y lo concentró en
la estrella del momento. Por eso el Oceanic, el Majestic y el New York
(con el cual casi choca el Titanic al zarpar) se quedaron en el puerto,
inertes.
Al Oceanic,
irónicamente, le iba a tocar recoger del mar, un mes más
tarde, el bote salvavidas número 14 del Titanic, el último,
que estaba a la deriva con tres cadáveres.
Edgardo
fue a las oficinas de la White Star Line y cambió su boleto para
el Titanic, mucho más caro. No fue el glamour ni la aureola legendaria
que en Buenos Aires como en todo el mundo ya tenía el inmenso "paquebote"
lo que motivó a Edgardo a convertirse en protagonista de ese viaje
inaugural. Ni siquiera su vocación personal y el parentesco con
la ingeniería naval, materia que florecía en todos los comentarios
sobre el Titanic, sea por su inapelable sello de "inhundible"
o por sus dimensiones inéditas.
A Edgardo
al principio le incomodó adelantar una semana la partida. Después,
en algún momento, se asumió como pasajero del Titanic, que
no era lo mismo que ser pasajero de cualquier barco.
Su ecuación
era clara: Estados Unidos era una meta deslumbrante, impostergable, y
no ver a Josey le resultaba pesado, quizá más que las 46
mil toneladas ancladas frente a él en el muelle de Southampton
que fascinaban a la multitud, esa mole de casi tres cuadras de largo a
la que él, en una declaración de amor escalofriante, había
osado imaginar hundida.
Edgardo
se asumió como pasajero del Titanic y como miembro de la clase
media, la incipiente clase media argentina. Desechó la tercera
clase, ni pensó en la primera, y pagó las 12 libras que
le exigieron por su cucheta (ida sola, dicho esto sin intención)
en la segunda clase: para él un dineral. Eran 60 dólares
de entonces (hoy serían diez veces más), en tiempos en que
un camarero del Titanic ganaba 3 libras y 15 peniques por mes y el capitán
del barco, E. J. Smith, 105 libras mensuales (unos 6.000 dólares
de ahora), aunque en el caso de Smith abril iba a ser el último
mes; después vendría la jubilación. |
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Del
Titanic a Cordoba: Edgardo le envio esta postal a su hermano Wilfred a
la estancia. El original vale miles de dolares. Cuando navegaba hacia
Cherbourg, primera escala, a Edgardo se le ocurrió comprar en la peluquería
(que ofrecía pisapapeles, platos de pared y otros recuerdos) una postal
del barco para enviársela a la estancia de San Ambrosio a su hermano Wilfred.
La escribió en el salón de lectura y, por fin, la despachó desde Queenstown,
Irlanda, el último puerto antes de cruzar el océano.
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