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Así
es el mundo...
"Muy
bien sé que la noticia de mi partida será muy dura, pero
paciencia, así es el mundo", le dijo Edgardo a su enamorada
antes de embarcarse en el Titanic, aunque no se sabe en qué orden
Josey recibió las buenas y malas noticias aquel 1912: la carta
con confesiones sentimentales de Edgardo, el hundimiento del Titanic y
la certidumbre familiar de que él, el único argentino que
iba en el barco, era una de las 1.517 víctimas de la mayor catástrofe
naval en tiempos de paz.
Una
viuda adinerada había torcido el destino de Edgardo. Su hermano
mayor, Silvano Alfredo (quien prefería que le dijeran Alfredo),
había sido el primero de los Andrew en dejar la estancia para estudiar
en Inglaterra. Pasó un año en Whitby y más de seis
años en Stockton, en cuyo Instituto Técnico estudió
ingeniería naval y se convirtió en un experto constructor
de barcos. Cuando volvió a Buenos Aires ingresó en la Marina.
En
1911, Alfredo, que entonces tenía 28 años, fue enviado a
Estados Unidos, a pedido del almirante Manuel Domecq García, para
inspeccionar la construcción de barcos de guerra argentinos. Primero,
en Quincy, Massachusetts, donde se fabricaba el buque Rivadavia. Después,
en Nueva Jersey, donde se construía el acorazado Moreno (mientras
en Belfast la White Star Line estaba terminando el Titanic). Pero en 1912
se enamoró de una viuda rica, muy rica, bastante mayor que él,
llamada Harriet Fisher, de cuya mano abandonaría después
la carrera militar y la ciudadanía argentina para destacarse como
ejecutivo en la industria mecánica, más precisamente como
director de la firma Fisher & Norris Anvil Works, que era proveedora
del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. |
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A
la derecha, Josefina Cowan. El 8 de abril de 1912 Edgardo le escribio "Muy
bien sé que la noticia de mi partida será muy dura, pero paciencia, así es
el mundo" escribio
«"Josey», desconcertada, estaba lista para viajar hacia Inglaterra
y reunirse con Edgardo, hasta que llego esta carta anunciandole que no la
esperaria y que viajaria hacia Estados Unidos: su vejez cargó en su alma con
las palabras de Edgardo, palabras que a ella no le causaban el gozo de saberse
amada. La estremecían.
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Alfredo
no sólo invitó a su hermano Edgardo -a quien le llevaba
12 años- a su casamiento en Trenton, Nueva Jersey, sino que le
escribió convidándolo con la nueva fortuna. En la compañía
de "su prometida Mrs. Fisher" había lugar para otro Andrew.
Edgardo pensó que al lado de Alfredo, al que admiraba, iba a aprender
más de ingeniería naval que en los rígidos institutos
ingleses. Es probable que también haya soñado con hacer
en Estados Unidos una vida más holgada, que no lo atara a las remesas
que su padre, Samuel Andrew, administrador de la estancia El Durazno,
le giraba con escasa frecuencia desde Río Cuarto.
El destino
de Edgardo se torció por la aparición de la viuda rica pero,
en realidad, lo que habilitó su ingreso en la tragedia fue una
huelga del gremio del carbón. Su pasaje a Nueva York en el buque
Oceanic, que iba a zarpar el miércoles 17 de abril se convirtió
en un papel inútil cuando supo que la White Star Line había
cancelado el viaje. Como la expectativa mundial no hacía recomendable
que se demorara la salida del Titanic y el carbón no llegaba a
Southampton, la compañía naviera utilizó todo el
combustible que tenía en otros buques y lo concentró en
la estrella del momento. Por eso el Oceanic, el Majestic y el New York
(con el cual casi choca el Titanic al zarpar) se quedaron en el puerto,
inertes.
Al Oceanic,
irónicamente, le iba a tocar recoger del mar, un mes más
tarde, el bote salvavidas número 14 del Titanic, el último,
que estaba a la deriva con tres cadáveres.
Edgardo
fue a las oficinas de la White Star Line y cambió su boleto para
el Titanic, mucho más caro. No fue el glamour ni la aureola legendaria
que en Buenos Aires como en todo el mundo ya tenía el inmenso "paquebote"
lo que motivó a Edgardo a convertirse en protagonista de ese viaje
inaugural. Ni siquiera su vocación personal y el parentesco con
la ingeniería naval, materia que florecía en todos los comentarios
sobre el Titanic, sea por su inapelable sello de "inhundible"
o por sus dimensiones inéditas.
A Edgardo
al principio le incomodó adelantar una semana la partida. Después,
en algún momento, se asumió como pasajero del Titanic, que
no era lo mismo que ser pasajero de cualquier barco.
Su ecuación
era clara: Estados Unidos era una meta deslumbrante, impostergable, y
no ver a Josey le resultaba pesado, quizá más que las 46
mil toneladas ancladas frente a él en el muelle de Southampton
que fascinaban a la multitud, esa mole de casi tres cuadras de largo a
la que él, en una declaración de amor escalofriante, había
osado imaginar hundida.
Edgardo
se asumió como pasajero del Titanic y como miembro de la clase
media, la incipiente clase media argentina. Desechó la tercera
clase, ni pensó en la primera, y pagó las 12 libras que
le exigieron por su cucheta (ida sola, dicho esto sin intención)
en la segunda clase: para él un dineral. Eran 60 dólares
de entonces (hoy serían diez veces más), en tiempos en que
un camarero del Titanic ganaba 3 libras y 15 peniques por mes y el capitán
del barco, E. J. Smith, 105 libras mensuales (unos 6.000 dólares
de ahora), aunque en el caso de Smith abril iba a ser el último
mes; después vendría la jubilación. |
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