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FATALIDAD
Faltaban
pocos días para que Josey, una adolescente porteña del barrio
de Belgrano, viajara a Inglaterra, donde, al fin, iba a encontrarse con
Edgardo. Ella no podía suponer que Edgardo planeaba abandonar Europa,
no para volver a Córdoba sino para explorar los Estados Unidos.
No la esperaría. Se lo avisó por carta.
En
esa época las cartas tardaban tanto que hasta era posible recibir una
de alguien que desde hacía varias semanas ya no estaba en este mundo.
Y ése fue el caso.
A
lo largo de su vida Josey nunca consiguió sacarse de la cabeza aquel
párrafo de la carta que Edgardo le escribió antes de dejar Inglaterra.
Y nunca en este caso quiere decir nunca, sin atenuantes: hasta su vejez cargó
en su alma con las palabras de Edgardo, palabras que a ella no le causaban
el gozo de saberse amada. La estremecían.
La
carta de Edgardo, que atravesó el siglo intacta y hoy sobrevive detrás
de un vidrio enmarcado, en una casa de Martínez, en la zona Norte de
Buenos Aires, dice en su tercer párrafo: "Figúrese
Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro
nada de orgulloso, pues en estos momentos decearía (sic) que el Titanic
estuviera sumergido en el fondo del océano".
Edgardo
escribió esto en Bournemouth, sur de Inglaterra, el 8 de abril de 1912.
Cuatro días más tarde él iba a estar en el fondo del
océano junto con el Titanic. |
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La
porteña Josefina Cowan, de 16 años, estaba lista para viajar
a Inglaterra para encontrarse con Edgardo, su novio, quien en cambio decidio
viajar hacia Estados Unidos en el Oceanic, al cancelarse el viaje debio
adelantar sus planes una semana y embarcar en el Titanic. Cuando Josefina
recibio la carta ya Edgardo habia pasado a integrar la lista de los 1517
pasajeros ahogados por el hundimiento del barco que llevaba 16 botes para
2.223 pasajeros. De los hombres que viajaban en la segunda clase del Titanic,
junto a Edgardo Andrew se ahogo el 90%. Del total de pasajeros murio el
68%. La capacidad de los botes sumaba 962 lugares pero no se llenaron |
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Una
investigación realizada por Clarín en la Argentina, Gran Bretaña
y Estados Unidos, en especial apoyada en fuentes familiares y en estudiosos
del Titanic, permitió reconstruir en detalle, por primera vez, la vida
de Edgardo Andrew, cuya participación en el legendario naufragio pasó
casi inadvertida en su propio país durante 86 años.
Edgardo Andrew
nació en la estancia El Durazno, en el sur de Córdoba, el 28
de marzo de 1895. De modo que en 1911, cuando su madre lo despidió
en la estación ferroviaria de Río Cuarto, tenía apenas
16 años, uno más que Josefina Cowan, la inspiradora de la extraña
premonición, a quien en la familia llamaban Josey.
"No puede
imaginarse cuánto siento el irme (de Inglaterra) sin verla", le
escribió. Sólo se tuteaban cuando estaban juntos.
Ambos eran
hijos de inmigrantes ingleses. Los Andrew se habían radicado en el
sur cordobés hacia 1860. Los Cowan poco después, en lo que hoy
es Belgrano.
Edgardo, igual
que sus siete hermanos, igual que Josey, ya a los 16 años viajaba solo
a Inglaterra a conocer el país de los padres (los Andrew eran de Whitby,
la pequeña ciudad portuaria de Yorkshire en la que el capitán
James Cook construyó los toscos barcos que en el siglo XVIII le permitieron
hacer su famoso viaje alrededor del mundo) y a estudiar. En su medio era algo
más o menos común ir a estudiar a Inglaterra, y para esto no
era necesario pertenecer a la clase alta. Allá estaban rodeados de
primos y tías. |
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