Sexo, política y mujeres
DIEGO SEMPOL
"Todo cuanto ha sido escrito por los hombres acerca de las mujeres
debe considerarse sospechoso, pues ellos son juez y parte a la vez."
(Poulain de la Barre)
"¿Cómo planteamos la cuestión? Y, en primer
lugar, ¿quiénes somos nosotros para plantearla? Los hombres
son juez y parte; las mujeres también."
(Simone de Beauvoir)
Pese a que existen algunos pioneros, en los hechos la noción
de género está recién desembarcando en la academia
uruguaya. El retraso es significativo si se tiene en cuenta que esta
temática hace más de treinta años que es objeto
de debates y reformulaciones teóricas en las academias europeas
y angloparlantes. Y sin ir tan lejos, en la región el tema también
tiene desde hace un lustro una presencia fuerte en trabajos académicos
brasileños y argentinos, gracias a la existencia a nivel universitario
de cátedras de género, o teoría feminista en carreras
como sociología e historia. Este tipo de estudios aparece con
el movimiento de mujeres en los años sesenta, especialmente gracias
al aporte de las feministas. Hace ya décadas Simone de Beauvoir,
francesa y existencialista, analizaba en su excelente trabajo El segundo
sexo cómo Occidente había colonizado la "diferencia"
con sus formas de dominación y exclusión, transformando
la alteridad en sinónimo de inferioridad. "La humanidad
es macho, y el hombre define a la mujer no en sí, sino respecto
de él; no la considera como un ser autónomo. La mujer
se determina y diferencia con relación al hombre y no éste
con relación a ella; ésta es lo inesencial frente a lo
esencial. El es el Sujeto, él es lo Absoluto: ella es el Otro."
La diferencia de sexos no es contradictoria para Beauvoir, ni fruto
de una dualidad complementaria que implicaría un todo preexistente,
sino que la alteridad se cumple en lo femenino. Esta teorización,
que sentó las bases del pensamiento feminista, busca poner en
el centro del debate la diferencia y superar el esquema jerárquico
en el que estaba encerrada.
Tanto la "diferencia sexual" como la noción de "sexo"
comenzaron a pensarse como construcciones sociales y culturales y no
más como características "naturales". La condición
social del sexo (en su capacidad de reproducción y en tanto ser
sexual) pasó a ser vista como una definición política
(fruto del poder) de las mujeres. Mientras que las definiciones del
patriarcado sobre el "sexo" son inherentes, fijas, naturales
y determinadas biológicamente, para el pensamiento feminista
toda la gama de etiquetas, atribuciones, comportamientos y actos sexuales
son construcciones históricas y sociales, conformadas, entre
otras razones, para formar clases sexuales, ya que las mujeres no son
oprimidas individualmente sino en forma colectiva.
Durante los setenta la acción feminista pasó a tener dos
frentes, uno político y otro académico, campo en el que
surgen los estudios "de mujeres". Progresivamente ambas ramas
se dividen y para muchas feministas esto fue el principio de un retroceso
en la visión política que se tenía de género.
El género se convirtió en una categoría analítica
académica que intentaba desentrañar exclusivamente las
construcciones culturales e históricas que las sociedades humanas
han realizado sobre la diferencia sexual, indagando lo que distingue
a los sexos, su relación y los vínculos de poder que encierran.
"Los sistemas de género -afirma Jill Conway (1)-, más
allá de su período histórico, son sistemas binarios
que oponen la hembra al macho, lo masculino a lo femenino, rara vez
sobre la base de la igualdad, sino, por lo general, en términos
jerárquicos." Esta oposición habría tenido
distintas versiones en cada momento histórico, como individualismo
versus crianza, la razón versus intuición, la universalidad
de los rasgos humanos versus la especificidad biológica, lo público
versus lo privado. Antinomias todas que para Conway esconden el hecho
de que las diferencias entre hombres y mujeres no son tan simples ni
tajantes, lo que revela el poder y la relevancia que tienen estas diferencias.
Pero esta restricción de la noción de género produjo
fuertes críticas en el pensamiento feminista. Para Kathleen Barry
(2), "con la de-feminización los estudios de mujeres se
legitimaron y se expandieron, pero el género dejaba de ser un
análisis del sexo como construcción social. Género
y sexo se convirtieron nuevamente en dos cosas distintas: lo físico,
fisiológico y biológico era sexo; todo lo demás
era género. De hecho, género no tuvo nada más que
ver con el ser sexual. Y el sexo no tuvo nada más que ver con
cómo usamos el sexo y cómo el sexo es usado para modelarnos".
Lo cierto es que la noción de género comenzó a
ser utilizada en todas las ramas de las ciencias sociales, y a fines
de los setenta y principios de los ochenta se produce un estallido de
estudios con esta mirada.
DE LAS HEROÍNAS A LO RELACIONAL
El ingreso de las mujeres al relato histórico se produjo a fines
de la década del 60. En un principio los trabajos eran descriptivos
y puntuales, buscando documentar todos los aspectos de la vida de las
mujeres en el pasado. El objetivo era hacer "su" historia,
y demostrar, en una suerte de rivalidad de sexos, la existencia de heroínas
mujeres, su incidencia en los procesos históricos, y hallar modelos
positivos para la acción. Para la historiadora uruguaya Graciela
Sapriza, (3) la historia de las mujeres significó una expansión
de los límites de la historia, que implicó agregar algo
que estaba faltando, pero al mismo tiempo provocó un descolocamiento
radical de la historia "en la medida que el sujeto de la historia
ha sido identificado por la historiografía occidental como un
prototipo viril: el hombre blanco. La historia de las mujeres inevitablemente
se confrontó con el dilema de la diferencia. Lo 'universal' implica
una comparación con lo específico o lo particular, hombres
blancos con los que no son blancos, o no son hombres, hombres con mujeres.
Esas comparaciones son establecidas frecuentemente como categorías
naturales, o donde se naturalizan las diferencias, más que en
términos relacionales. Por eso revindicar la importancia de las
mujeres en la historia significa necesariamente ir contra la definición
de la historia y sus agentes ya establecidos como verdaderos, o por
lo menos como reflexiones apropiadas sobre lo que ocurrió o tuvo
importancia en el pasado. Y esto significó oponerse a patrones
consolidados por puntos de vista que jamás se explicitaron, pero
que establecieron un modelo, un arquetipo del sujeto de la historia".
Esta historia de mujeres se convirtió a fines de los setenta
en una historia de género, preocupada por estudiar los cambios
históricos en los sistemas de relacionamiento de ambos géneros.
El cambio de mirada permitió superar los problemas que surgían
cuando se enfocaba exclusivamente el estudio sobre las mujeres y sus
acciones. "Estos estudios enfatizaron en los aspectos relacionales
del género expresando que no se puede concebir mujeres, excepto
si ellas son definidas con relación a los hombres, ni hombres,
salvo cuando éstos son diferenciados de las mujeres", agregó
Sapriza. Para los historiadores Georges Duby y Michel Perrot el auge
de este tipo de estudios obedece a un redescubrimiento de la importancia
de la familia como célula evolutiva en la sociedad, núcleo
que pone en evidencia las estructuras de parentesco y de la sexualidad,
así como a un enriquecimiento de la mirada que incluye a las
minorías, y las culturas silenciadas y oprimidas.
Similar aproximación se puede hacer para la relación que
existe entre género y sociología. Mucha agua ha pasado
bajo el puente desde los planteos que formuló el estadounidense
Talcott Parsons, definiendo los roles de género a partir de bases
biológicas y señalando que la modernización había
traído una racionalización de la asignación de
roles, en función de razones económicas y sexuales. Este
planteo, que destacaba la capacidad masculina para el trabajo instrumental
(público, gerencial) y la habilidad femenina para administrar
los aspectos expresivos de la vida familiar y de la crianza de los hijos,
fue sustituido hace años en la sociología por teorizaciones
como las de Anthony Giddens, que incluyen una visión de género.
Pero los cambios no fueron fáciles, ya que como señala
la socióloga uruguaya Rosario Aguirre "mi disciplina se
ha visto sacudida y ha tenido que repensar las maneras de analizar las
relaciones sociales, ya que la noción de género cuestiona
el saber establecido mostrando sesgos que se producen al no considerar
una diferencia relevante". Para Aguirre la Universidad de la República
ha tomado escasamente el tema de género debido "a que existe
una gran dificultad para reconocer las desigualdades de los géneros
y aún no se percibe con claridad la pertinencia de tener en cuenta
en sus estudios esta dimensión de la realidad social". Los
trabajos en Uruguay desde la sociología están sobre todo
centrados en género y mundo laboral, aproximaciones que indagan
antes que nada en las formas de exclusión y desigualdad de las
mujeres en la sociedad actual. Carlos Basilio Muñoz utilizó
este enfoque para el estudio de la comunidad homosexual uruguaya en
su libro Uruguay Homosexual. Pero para Muñoz la "distinción
entre sexo y género es todavía una teoría de la
diferencia natural, porque sostiene que las diferencias entre los sexos
son naturalmente dadas por el dimorfismo de la biología humana.
Hay que cuestionar la visión de sexo como natural ya que el género
es un constructo, pero también lo es la sexualidad, el cuerpo
y el sexo. Los tres son un producto discursivo y son a su vez parte
de la puesta en discurso del género. Cuando reconocemos a alguien
como hombre o mujer no estamos meramente describiendo una realidad previa
sino que la estamos construyendo socialmente. El género está
siempre implicado en los intentos de definir el sexo biológico.
Por esta razón el hecho de que los humanos nos reproduzcamos
sexualmente no es apto para basar una teoría naturalista de la
diferencia" (4).
PSICOANÁLISIS Y GÉNERO
La teoría psicoanalítica separa la sexualidad de la genitalidad
y de la reproducción. La sexualidad pierde su condición
de dato real o simple acto para convertirse en un área problemática
que atraviesa el deseo y el psiquismo del sujeto. Como señalan
Rosario Allegue y Elina Carril (5) "por sus orígenes la
sexualidad humana es esencialmente traumática. El primer encuentro
del bebé con el seno materno originará múltiples
conflictos psíquicos, en tanto se pone en juego el choque de
las pulsiones internas y el mundo externo. El encuentro con el otro
genera placer y odio". La teoría freudiana coloca a la sexualidad
como uno de los ejes interpretativos para explicar la subjetividad femenina
y masculina. Las diferencias sexuales hace años que preocupan
al psicoanálisis en la medida en que aparecen recurrentemente
en el trabajo clínico con los pacientes. Pese a ello, ambas psicoanalistas
señalan que en las corrientes mayoritarias y hegemónicas
de esta línea interpretativa la identidad sexual y la identidad
de género se yuxtaponen y confunden. "Masculinidad y feminidad
siguen siendo categorías que dependen en última instancia,
más allá de algunos sofisticadísimos artilugios
teóricos, de la anatomía. Cuando los estudios de género
ponen en visibilidad que masculinidad y feminidad no son en realidad
categorías esenciales, transhistóricas e inmutables, y
que éstas son en realidad construcciones sociohistóricas,
los psicoanalistas en general no ven, no escuchan, no hablan",
afirman. Pese a que la feminidad y la masculinidad se construyen en
la intersubjetividad y en la interacción con el resto, dentro
del psicoanálisis son minoritarias las posiciones que reivindican
la categoría de género como un mecanismo válido.
En muchos casos, como señala la psicoanalista Raquel Lubartowski,
se llega a confundir género con mujer, o en falsos "aggionarmentos"
se lo liga directamente al sexo, negándose sus ricas y múltiples
posibilidades teóricas. "La óptica psicoanalítica
de género no destituye la diferencia sexual capturada en la anatomía,
sino que la ubica en un territorio más vasto configurado por
un haz de componentes que atañen a lo subjetivo, social, cultural;
descentra el par masculinidad-feminidad de la referencia basada exclusivamente
en lo anatómico para generar un territorio de análisis
más vasto."
Este hiato entre ambos postulados teóricos obedece antes que
nada a la mala relación que históricamente han tenido
los movimientos feministas y el psicoanálisis institucionalizado.
Para la teórica argentina Ana María Fernández esta
relación conflictiva obedeció a una "intuición
política", ya que las feministas detectaban en la teoría
de la sexuación naturalizaciones del postulado patriarcal, en
tanto se da carácter de construcción inconsciente a diferencias
que obedecen a una construcción social. Para Allegue y Carril
el género es "como uno de esos esquemas preexistentes y
preminentes a la fantasía individual en niñas y varones.
Es decir, las significaciones de género circulan en un espacio
previo y exterior a la mente, que luego la trayectoria individual, la
historia personal, les va dando las variaciones que en cada individuo
serán irrepetibles". El género, para estas psicoanalistas,
en tanto se construye en la intersubjetividad, constituye, más
que otro punto de vista teórico, una categoría psicoanalítica.
¿EL FIN DEL GÉNERO?
Desde la década del 90 la noción de género viene
siendo duramente criticada dentro del pensamiento feminista tanto por
razones teóricas como por su carácter políticamente
neutro. Las críticas más duras provienen de la teoría
feminista francesa, que utiliza fundamentos conceptuales provenientes
de la semiótica, la filosofía y las teorías psicoanalíticas
del sujeto. Esta corriente interpretativa sostiene que el campo social
al coexistir con relaciones de poder y formas de conocimiento, se transforma
en una suerte de red que involucra al mismo tiempo estructuras materiales
y simbólicas. Para las feministas francesas un análisis
adecuado de la opresión de las mujeres debe involucrar tanto
el lenguaje como el materialismo y no limitarse exclusivamente al estudio
de uno solo de estos campos. La noción de género aparece
en esta visión como excesivamente anclada en los factores sociales
y materiales en detrimento de los aspectos semióticos y simbólicos.
También hay autores que critican la noción de género
porque "constriñe" la reflexión feminista a
un marco conceptual de una oposición sexual universal (femenino-masculino)
que dificulta visualizar las diferencias que existen entre las propias
mujeres. Esta diferencia dentro de la diferencia permitiría para
Teresa de Lauretis (6) rescatar a los sujetos y a su vez cuestionar
la construcción de género en su doble condición
de producto y representación social.
La polémica entre la academia anglosajona y la francesa tiene
innumerables derivaciones interpretativas. Pero tal vez unos de los
aportes más interesantes son los formulados por las pensadoras
feministas étnicas que destacan el peso que tiene lo étnico
y lo racial en la constitución de una subjetividad femenina.
Tal vez un sugestivo punto de síntesis en esta polémica
lo plantea la feminista estadounidense Joan Scott en uno de sus últimos
artículos. Esta autora sostiene que la noción de género
abarca múltiples variables de opresión, lo que permitiría
comprender mejor los problemas derivados del sexo, la clase, la raza
y la edad, todos ellas claves fundamentales de diferenciación.
Scott intenta definir al género como una intersección
del lenguaje con lo social, proponiendo que se reinterprete esta noción
como un cruce entre lo simbólico y lo material y entre la teoría
y la práctica. Un intento de repolitización del término
que lo aleje de las aguas ambiguas de lo neutro.
Notas
1. "El concepto de género." Jill Conway, Susan Bourque
y Joan Scott en Qué son los estudios de mujeres. M Navarro, C
Stimpsom (compiladoras). fce, Buenos Aires, 1998.
2. Desconstruir el desconstruccionismo o ¿qué le pasó
a los estudios feministas? Kathleen Barry. cecym. Buenos Aires, 1991.
3. "Historia y género." Graciela Sapriza en Género
y sexualidad en el Uruguay. A Araújo, L Behares y G Sapriza.
Trilce, Montevideo, 2001.
4. "Adiós al sexo y al género." C Basilio Muñoz
en Género y sexualidad en el Uruguay. Ob. cit. 5. "Psicoanálisis,
sexualidad y género. Entredichos." Rosario Allegue, Elina
Carril en Género y sexualidad en el Uruguay. Ob. cit.
6. "La tecnología del género." Teresa de Lauretis
en Mora, revista del Area Interdisciplinaria de Estudios de la Mujer
Nº 2. Noviembre 1996, Facultad de Filosofía y Letras. UBA