Y después del genoma...
¿qué?
Henry Gee
Ya tenemos el genoma humano... y ahora, ¿qué? Nadie ha
pensado en las consecuencias de ese conocimiento. La discusión
ha quedado relegada a las conjeturas a corto plazo de los titulares
diarios. Lo fundamental del genoma ha quedado enterrado entre la publicidad
del proyecto público Genoma Humano y del proyecto privado del
doctor Craig Venter y sus colaboradores, y se ha discutido largo y tendido
sobre la ética de la ingeniería genética y de las
patentes de genes.
Cuando se les pregunta sobre la utilidad de toda la información
sobre genomas, los investigadores contestan a los periodistas lo que
éstos quieren oír. Les hablan sobre los avances en la
ciencia médica, sobre curas más rápidas y baratas
para las enfermedades, sobre la comprensión del cáncer...
Y es una respuesta bastante buena, pero también utilitarista,
porque los adelantos mencionados también se podrían obtener
(aunque más lentamente) con técnicas ya probadas y utilizadas.
No dicen, sin embargo, que el genoma producirá un salto cualitativo
y una fase de cambio en todas las ciencias biológicas, tanto
en la medicina como fuera de ella.
Los ingenieros genéticos saben desde hace tiempo que el aislamiento
genoma es un asunto mucho más sutil que contar los genes de las
cadenas de cromosomas y aislar después los que estén asociados
con una enfermedad o un rasgo característico. Los genes no tienen
una correspondencia individual y absoluta con determinados efectos externos.
No hay un gen para los ojos azules, ni para los pies planos. No importa
lo que hayan leído en los periódicos: no hay ningún
gen que determine la violencia, la homosexualidad o el instinto maternal.
Los genes no trabajan solos; lo hacen en cooperación con otros
y en grandes redes. Además, muchos de ellos, por no decir la
mayoría, contienen instrucciones para las proteínas, cuya
tarea consiste en interaccionar con el ADN de otros genes, es decir,
actuar como reguladores.
Esto se sospechaba desde el nacimiento de la genética, y posiblemente
desde antes. El problema era que no sabíamos cómo afrontar
este asunto de forma general y conjunta. Hasta la llegada del genoma,
estábamos condenados tecnológicamente a estudiar los genes
de forma muy precaria, de uno en uno, lo que impedía que tuviéramos
una visión del conjunto.
Pero el consuelo de la filosofía no llega más allá.
Los principales efectos del genoma sobre la vida cotidiana, a medida
que transcurra el siglo siguiente, serán los prácticos.
El genoma nos ayudará a modificar organismos enteros hasta hacerlos
irreconocibles, para adaptarlos a nuestras necesidades y gustos. Seremos
capaces de controlar las operaciones de bases de genes, o insertar secciones
de cromosomas diseñados a medida. Pero ¿por qué
detenernos ahí? Podremos diseñar, crear y producir genomas
completos por ordenador. Hay quien afirma que ya existe la tecnología
suficiente para crear organismos sencillos, pero ¿por qué
pararse ahí? La inserción de genes aislados en plantas
comestibles, que siguen siendo reconocibles después, es algo
que se hace todos los días, a pesar de la histeria desatada por
las "comidas Frankenstein". Pero aún no hemos visto
nada.
Si podemos cambiar otros organismos, también podemos cambiar
el nuestro. La organización del genoma nos permitirá configurar
la figura humana en cualquier forma concebible. Tendremos miembros extranumerarios,
si queremos, y tal vez alas para volar y accesorios suficientes para
que un ángel se haga a sí mismo. Incluso podremos digitalizar
y almacenar genomas humanos de forma microscópica, en un chip.
Cuando llegue el momento de colonizar otras estrellas, los genomas de
millones de personas y otros organismos se comprimirán en un
chip, se colocarán en una nave espacial del tamaño de
una pelota de golf y se propulsarán más allá del
sistema solar a un 98% de la velocidad de la luz. Esto será una
realidad en el 2099.
Si esto parece ciencia ficción sin atisbos de convertirse en
realidad durante el próximo milenio, y mucho menos durante el
próximo siglo, tenemos una excelente estadística. El primer
genoma completo fue el de la bacteria haemophilus influenzae. Se publicó
en 1955; hace sólo cinco años. Hemos llegado muy lejos
en poco más de un periodo legislativo. La genética avanza
tan deprisa que debe formar parte de una estrategia política
sensata.