La discriminación legal
de la mujer
MARTA CARAVANTES
Desde que la Declaración Universal de Derechos
Humanos fuera aprobada en 1948, las organizaciones de mujeres han logrado
avances sin precedentes en la historia, tanto en la ruptura de las barreras
discriminatorias, como en el reconocimiento de sus derechos. Sin embargo,
todavía persisten en muchos países legislaciones que atentan
contra las libertades de las mujeres o bien las dejan desprotegidas
frente a delitos de agresión o discriminación. En su último
informe, la organización estadounidense Human Rights Watch (HRW)
ha denunciado "la resistencia sistemática de los gobiernos
a defender los derechos de las mujeres". Vacíos legales,
vigencia de leyes discriminatorias, consentimiento de prácticas
religiosas y tradicionales que atentan contra la vida y la salud de
las mujeres, son algunos ejemplos de las carencias legislativas que
un gran número de estados, muchos de ellos considerados como
"democráticos", deben abordar. A las mujeres se les
limita por ley la libertad de movimiento, el derecho a la herencia,
al divorcio y al trabajo, y se restringe su derecho a la educación.
En muchos casos la discriminación es alentada por los propios
representantes políticos.
En Bosnia, Perú, Sudáfrica o Rusia, las autoridades consideran
las agresiones de violencia doméstica como "delitos menores"
por producirse entre compañeros íntimos, cuando la ONU
lo ha tipificado como un delito equiparable a la tortura. Muchos sistemas
judiciales valoran más "la unidad de la familia" que
la protección de las víctimas. Una de cada tres mujeres
en todo el mundo ha sufrido malos tratos, violaciones o golpes por parte
de los hombres, y la mayor parte se encuentran con obstáculos
insuperables cuando intentan denunciar la agresión. La impunidad
contribuye a rebajar y a consolidar el estatus secundario de las mujeres.
En Guatemala, aunque se ha aprobado una ley contra la violencia doméstica,
la adopción de una legislación específica contra
la discriminación laboral no ha sido una prioridad para el gobierno.
Las trabajadoras domésticas guatemaltecas -la mayoría
indígenas- no tienen reconocida la jornada de ocho horas o el
salario mínimo, y se les niega el derecho a la atención
sanitaria de la seguridad social. En Estados Unidos los abusos sexuales
contra mujeres detenidas o encarceladas son un grave problema y más
de quince estados del país no cuentan con leyes penales que prohíban
estos abusos en el ámbito penitenciario. En Marruecos la ley
sobre la familia somete la autonomía de las mujeres a la tutela
y autoridad masculina. Decenas de miles de mujeres viudas en Ruanda
no pudieron volver a sus propiedades después del genocidio cometido
en su país pues las leyes tradicionales les prohíben el
derecho a la herencia. A las mujeres de Kuwait todavía no se
les ha reconocido el derecho al voto.
En Arabia Saudí no pueden conducir, ni viajar al extranjero sin
el permiso de un hombre de la familia, y si alguna sale de su casa sola
o acompañada por quien no sea su marido puede ser detenida por
violar los códigos de morales. En la India los hombres de castas
altas abusan sexualmente con toda impunidad de las mujeres de castas
inferiores y en Pakistán cada año cientos de mujeres son
asesinadas acusadas de deshonrar a su familia sin que la ley castigue
a los agresores. A veces incluso cuando las propias mujeres llegan a
puestos de responsabilidad política legislan en contra de sus
derechos. Ese fue el caso Isilay Saygin, Ministra de la Mujer y Asuntos
Familiares de Turquía, que defendió públicamente
durante su cargo la costumbre de hacer exámenes de virginidad
a las jóvenes.
HRW señala que muchos políticos proclaman en público
su apoyo a las mujeres, pero en la práctica implantan políticas
que socavan sus derechos. Por ejemplo, quince países que ratificaron
la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas
de Discriminación contra la Mujer han seguido negando a las mujeres
la plena ciudadanía. La hipocresía política es
muy eficaz en cumbres internacionales donde es importante ofrecer una
imagen ficticia de progresismo, mientras en el interior del país
se actúa represivamente. Los juegos retóricos y las firmas
baldías en los acuerdos internacionales implican que la real
apuesta por la defensa de los derechos de las mujeres sea lenta y en
muchos casos esté frustrada de antemano.
En el ámbito de la política internacional es muy común
utilizar el doble rasero a la hora de condenar o justificar la discriminación
de la mujer. Por ejemplo, mientras se satanizaba a los talibanes de
Afganistán por las violaciones de los derechos de las mujeres,
nada se decía de la situación de esos mismos derechos
en Arabia Saudí, aliado de occidente, donde las mujeres sufren
la discriminación sistemática en todos los aspectos de
su vida. La Unión Europea, que ha aplicado en su seno legislaciones
avanzadas y progresistas en materia de género, mantiene sin embargo
socios comerciales -como Marruecos y Argelia- que discriminan a las
mujeres. Según HRW, la UE no ha utilizado su influencia para
presionar a sus socios mediterráneos a que tomen medidas legislativas
adecuadas al reconocimiento de los derechos de las mujeres. La discriminación
queda en segundo plano si hay intereses económicos por medio.
Estados Unidos, que no ha firmado la Convención sobre la eliminación
de todas las formas de discriminación contra la mujer, prohíbe
dentro de sus fronteras lo que consiente a sus multinacionales en el
exterior. Si bien trabaja por eliminar las barreras discriminatorias
de género en su territorios, se despreocupa de las actividades
que sus multinacionales desarrollan en los países pobres y que
violan la constitución estadounidense y los derechos laborales
fundamentales. Entre las empresas y minoristas de confección
estadounidenses que mantienen contratos con maquiladoras discriminatorias
en América Latina figuran Target, The Limited, Wal-Mart, GEAR
fos Sports, Liz Caliborne y Lee Jeans, aunque todas ellas cuenten con
códigos de conducta que prohíban la discriminación.
Incluso los programas de desarrollo impulsados por el Banco Mundial
no se ocupan de este ámbito. Como denuncia HRW, "los derechos
de la mujer siguen siendo marginados en las transacciones del banco".
Aún queda mucho trayecto para que haya un compromiso internacional
real por cambiar las estructuras que sustentan y alientan los abusos
de los derechos de la mujer. La adopción de las legislaciones
en materia de género es lenta y desigual. Sin embargo, se han
logrado -siempre tras años de lucha y reivindicación-
importantes avances que resultaban utópicos hace un siglo: el
derecho al voto, al trabajo, a la salud, a la educación, derechos
sexuales, leyes de paridad, acceso a puestos de responsabilidad política
y económica, etc. En algunos países se ha legislado contra
la violencia ejercida sobre las mujeres, se ha aumentado la tasa de
escolaridad de las niñas, se ha prohibido la mutilación
genital y se han reconocido el derecho a la propiedad y a la herencia.
Para seguir progresando se necesita más participación
social y más voluntad política. Nadie puede sentirse ajeno
en la labor de la defensa de los derechos humanos. Exigir a los gobiernos
legislaciones justas y equitativas es un buen comienzo.