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Guerra de símbolos Francisco Umbral La guerra del Norte, que empezó queriendo ser una guerra muy fáctica y muy concreta, una campaña antifranquista, se ha convertido en una guerra de símbolos donde ya los propios símbolos vascos luchan entre sí unos contra otros. La guerra de símbolos no es sangrienta, pero acaba resolviéndose en una guerra de sangre.El primer y gran error de la II República española fue izar aquella bandera tricolor con una franja morada. Yo tuve una caja de cerillas, después de la guerra, con aquella franja, y la guardé durante mucho tiempo como un tesoro porque mis padres eran algo republicanos.Cuando la caja de cerillas se me perdió comprendí que para mí no significaba nada y que además estaba vacía. Pero su bandera había tenido una facticidad como expresión directa de que algo diferente, que no era exactamente lo de siempre, se extendía en el horizonte como un crepúsculo violáceo. Luego he sabido que había una España liberal, intelectual, culta y renovadora que era la que estábamos esperando y la que yo llevaba en mi caja de cerillas. Pero es que a los niños suelen explicarnos tarde las cajas de cerillas y los billetes de banco. La guerra de los símbolos es tan irracional que no difunde ideas sino alegorías, como digo, y no difunde paz sino victoria. Los símbolos tienen su grandeza en los museos del pasado, pero puestos en presente no significan sino guerra y más guerra, oro y sangre, barras y estrellas, la fuerza y la lírica, pero una lírica barata y al alcance de la sensibilidad de los pueblos hipnotizados.Y digo hipnotizados porque los símbolos son hipnóticos, conducen a la horda guerrera con la mirada fija en la llama de la bandera y no en la paz del cielo azul que está sólo un poco más arriba. En esta circunstancia española hemos desviado la guerra de los muertos hacia la guerra de los símbolos. Los catalanes se envuelven cotidianamente en la senyera, aunque no haga frío, y gracias a eso se mantienen pacíficos. Pero la guerra de las banderas es sólo un rodeo que hemos dado hasta volver a caer en la guerra de los muertos, que en realidad no ha cesado. Lo que da fuerza al símbolo son sus muertos, a los que luego, en el funeral, se les pone una bandera diferente, por llevar la contraria. La bandera o el estandarte empezaron siendo solamente un trapo característico que servía al ejército para saber por dónde iban los suyos. Tuvo un origen práctico, pues, y al perder este sentido de practicidad es cuando ganó un sentido lírico, como pasa con todo. Pero los políticos, que son muy brutos, han insistido siempre en el carácter beligerante de los símbolos, en ostentar la bandera como una ofensa para que el otro se cabree, y así es como entraremos en seguida en la guerra de los muertos, que es la buena y la nuestra. |
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