Dodecálogo ético
Camilo José Cela, periodista
Rosa Zeta de Pozo
Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura en 1989, acaba de
morir luego de 85 años de pasión literaria.
Muchos artículos se escribirán en torno al autor de La
familia de Pascual Duarte, la novela española más traducida
después de El Quijote, y en ellos se elogiará principalmente
su arte de escribir en el plano literario. Mas, yo quiero recordar en
este momento su perfil periodístico.Y es que en Cela, como en
muchos literatos en el mundo, se dio también esa conexión
entre periodismo y literatura. Contó por casi medio siglo con
carnet de periodista, exactamente el número 1.044 del registro
oficial.
Ahí están los los 276 números de la revista literaria
independiente Papeles de Son Armadans, a la que dedicó 24 años
de su vida, perteneciente a su etapa mallorquina y que publicó
mensualmente desde abril de 1956 a marzo de 1979. Gonzalo Santonja afirma
que Cela siempre escribía los editoriales, curiosa rueda de sus
muy plurales preocupaciones, a los que agregó 70 y tantos artículos,
de manera que también se alzó con el puesto de primer
y más constante colaborador de la revista.
Fue habitual colaborador de ABC. Allí encontramos su último
artículo "El color de la mañana: Chiflidos espirituales",
publicado el domingo 13 de enero de 2002, y un especial interesante
de su vida y obra.
Como periodista me interesa destacar su Dodecálogo de deberes
del periodista, presentado en mayo del año pasado en la universidad
madrileña Camilo José Cela, en la que el Nobel clausuró
el ciclo Comunicación y Sociedad en el Siglo XXI.
En clase, con mis alumnos de Deontología Informativa, analizamos
este dodecálogo y veíamos cómo este literato defendía
el tema de la verdad en la información periodística, reconocía
el riesgo de la subjetividad del informador y valoraba la objetividad,
la precisión, la independencia de criterio y la corrección
en el uso del lenguaje.
Para Cela el periodista ha de partir de los siguientes supuestos para
el buen ejercicio de la profesión. El periodista debe:
I. Decir lo que acontece, no lo que quisiera que aconteciese
o lo que imagina que aconteció.
II. Decir la verdad anteponiéndola a cualquier otra consideración
y recordando siempre que la mentira no es noticia y, aunque por tal
fuere tomada, no es rentable.
III. Ser tan objetivo como un espejo plano; la manipulación y
aun la mera visión especular y deliberadamente monstruosa de
la imagen o la idea expresada con la palabra cabe no más que
a la literatura y jamás al periodismo.
IV. Callar antes que deformar; el periodismo no es ni el carnaval, ni
la cámara de los horrores, ni el museo de figuras de cera.
V. Ser independiente en su criterio y no entrar en el juego político
inmediato.
VI. Aspirar al entendimiento intelectual y no al presentimiento visceral
de los sucesos y las situaciones.
VII. Funcionar acorde con su empresa -quiere decirse con la línea
editorial- ya que un diario ha de ser una unidad de conducta y de expresión
y no una suma de parcialidades; en el supuesto de que la coincidencia
de criterios fuera insalvable, ha de buscar trabajo en otro lugar ya
que ni la traición (a sí mismo, fingiendo, o a la empresa,
mintiendo), ni la conspiración, ni la sublevación, ni
el golpe de estado son armas admisibles. En cualquier caso, recuérdese
que para exponer toda la baraja de posibles puntos de vista ya están
las columnas y los artículos firmados. Y no quisiera seguir adelante
-dicho sea al margen de los mandamientos- sin expresar mi dolor por
el creciente olvido en el que, salvo excepciones de todos conocidas
y por todos celebradas, están cayendo los artículos literarios
y de pensamiento no político en el periodismo actual, español
y no español.
VIII. Resistir toda suerte de presiones: morales, sociales, religiosas,
políticas, familiares, económicas, sindicales, etc., incluidas
las de la propia empresa. (Este mandamiento debe relacionarse y complementarse
con el anterior.)
IX. Recordar en todo momento que el periodista no es el eje de nada
sino el eco de todo.
X. Huir de la voz propia y escribir siempre con la máxima sencillez
y corrección posibles y un total respeto a la lengua.
XI. Conservar el más firme y honesto orgullo profesional a todo
trance y, manteniendo siempre los debidos respetos, no inclinarse ante
nadie.
XII. No ensayar la delación, ni dar pábulo a la murmuración
ni ejercitar jamás la adulación: al delator se le paga
con desprecio y con la calderilla del fondo de reptiles; al murmurador
se le acaba cayendo la lengua, y al adulador se le premia con una cicatera
y despectiva palmadita en la espalda.
Una lección de periodismo para tenerla en cuenta en nuestro ejercicio
profesional.
* Rosa Zeta de Pozo es profesora de la Facultad de Comunicación
de la Universidad de Piura, en Perú.