Botellones y macrofiestas
EMILIO SANZ SANCHEZ
Tienen mucha razón las autoridades cuando dicen que, para solucionar
el llamado problema del botellón de los jóvenes, no basta
con dictar leyes que lo regulen, lo controlen, o incluso lo prohíban,
sino que hace falta que las familias proporcionen más formación
a los jóvenes. La inmensa mayoría de los hombres no hemos
matado nunca a nadie, ni tenemos intención de hacerlo. Y no lo
hacemos, no porque haya una ley que lo prohíba, que la hay. No
lo hacemos porque tenemos una serie de valores incorporados a nuestra
vida que nos impiden hacer determinadas cosas, sencillamente porque
no son buenas.
Ninguno diríamos que ese impedimento que tenemos dentro para
matar a nadie sea en realidad una limitación que coarta nuestra
libertad. Diremos más bien que se trata de algo grande que tenemos
dentro, difícil de describir pero fácil de notar. Las
cosas que nos hacen ser más humanos no son limitaciones: son
como los raíles sobre los que circula el tren: no le quitan la
libertad al guiarle, sino que le permiten ser precisamente tren y cumplir
su finalidad. La persona humana tiene instintos, y tiene también
inteligencia y voluntad. Los movimientos instintivos tienen como una
especie de vida propia, que sin el control de la voluntad y la razón
puede acabar deshumanizando aspectos importantísimos de la vida
de una persona.
En pequeña escala, a veces nos sucede que descuidamos un pequeño
deber por culpa de una afición, o de un capricho, o de algo que
en ese momento nos apetece más. Habitualmente tendrá poca
importancia, pero una persona normalmente constituida se dará
cuenta enseguida de que no debe seguir por ese camino, pues corre el
peligro de arraigar un vicio, aunque sea pequeño.
Otras veces se puede fallar en cosas mayores, sobre todo si no se ha
corregido el rumbo en aquellos otros detalles pequeños. Nadie
dirá que ese autocontrol que normalmente tenemos las personas
para no caer en ese tipo de hábitos supone una limitación
a nuestra personalidad: diremos más bien que ese rechazo de lo
instintivo, cuando lo instintivo pretende contradecir lo razonable,
es precisamente un acto de ejercicio de libertad, que enriquece la personalidad:
hace que quien manda dentro de mí sea lo más humano que
tengo, que es la inteligencia y la voluntad. Pues bien: sucede que con
el querer pasarlo bien se puede caer en un cierto descontrol de los
propios actos: la naturaleza humana es así, y tenemos que ser
conscientes de que podemos caer en vicios de lo más insospechado,
y también debemos ser valientes para llamar a las cosas por su
nombre.
Parece urgente plantearse una serie de cuestiones, para saber luego
explicarlas a los jóvenes. Pero no olvidemos que el mejor modo
de explicar algo a un joven no es colocarle un sermón como este
que me estoy marcando yo en este artículo, sino presentarles
modelos vivos de conducta, a través de los cuales descubran esos
valores y se sientan animados a hacerlos vida de su vida. Perdamos el
miedo a que nos tachen de anticuados, o de más cosas, y atrevámonos
a plantearnos cómo presentar a los jóvenes esos modelos
de conducta. Es bueno pasarlo bien: es más, es necesario. Pero
sin perder nunca de vista que en todo momento debemos estar gobernados
por la inteligencia, y no por el apetito. No lo olvidemos: no todo lo
que contraría es malo. Muchas veces hay que hacer que la razón
y la voluntad pongan en su sitio a lo que simplemente nos apetece. Y
eso no podemos dejarlo para que lo legislen sus señorías:
eso es cosa de cada uno.