POLÉMICA EN TORNO A LA
TAUROMAQUIA
Francisco Nieto Carroza
Pese a que en los últimos tiempos la polémica en torno
a la tauromaquia no ha dejado de estar vigente, como todos sabemos recientemente
cobró intensidad a partir de la gira europea de la representación
teatral Don Juan en los Ruedos de Salvador Távora.
Pues bien, a propósito de esto, surgió
hace algunos días en mi presencia, entre un grupo de compañeros
de trabajo, el debate de si sería apropiado o no el que se prohibiera
en España la fiesta de los toros.
En principio procuré mantenerme ajeno a la conversación,
ya que no tardé en advertir la voluntad de la mayoría
de los allí presentes de dar en la hoguera con todo tipo de celebraciones
donde interviene el animal astado. He de decir que me sorprendió
notablemente el que la casi totalidad de este colectivo confesaran no
haber presenciado jamás en su totalidad un evento taurino ("cómo
se puede criticar desde la ignorancia de una persona que sólo
conoce algo por lo que le han dicho otros, que a su vez han forjado
una opinión por referencias más o menos mediatizadas":
pensaba yo.).
En esto, uno de los contertulios me preguntó por mi punto de
vista acerca de la particular "caza de brujas" que allí
se estaba tramando. Por un momento -y por no ser yo la víctima
que acabara bajo el sambenito tras aquel auto de fe- pensé
que lo más diplomático por mi parte sería excusarme
de dar una opinión comprometida y responder con evasivas del
tipo: "dejemos a un lado el asunto de los toros y preocupémonos
de otros animales que estén en peligro de extinción",
o bien: "las tradiciones forman parte de nuestra cultura y de nuestra
historia, y no se deben destruir, sino cuidar". Pero no; yo no
podía caer en la hipocresía cobarde del que oculta sus
juicios por miedo de nadar a contracorriente; no podía dejar
de ser leal a mí mismo por el miedo al qué dirán
los demás. Por ello decidí hacer una justa dignificación
(que a continuación muestro) de algo que, lejos de toda actividad
salvaje y exterminadora, es por encima de todo uno de los artes más
bellos que ha creado el hombre: la tauromaquia.
"He de deciros a todos vosotros que, al contrario de lo que erróneamente
pensáis acerca de que el sacrificio de un animal en público
contribuye a la degradación y humillación de éste,
muy lejos de ser así, deberíais saber que las personas
que, como yo, son aficionadas a la fiesta de los toros, respetan y aman
profundamente a este animal. Sólo nuestro empeño por que
se continúe llevando a cabo esta actividad, es lo que hace que
prospere y no decaiga la especie del toro de lidia; ya que vuestra oposición
o vuestra indiferencia, lejos de proteger al animal que equivocadamente
afirmáis que defendéis, no haría sino contribuir
a su extinción. ¿Quién se iba a preocupar de la
reproducción y la alimentación de las decenas y decenas
de ganado bravo que hay en estos momentos en España si, como
vosotros pretendéis, se prohibieran los espectáculos taurinos?,
¿Quién iba a mantener todas y cada una de las reses bravas
que en ahora mismo pacen en las dehesas de Andalucía y de Castilla,
cuando la prohibición de la lidia hiciera inviable para los ganaderos
su sustento?... Habéis de saber que si el toro bravo se cría
en libertad, con todo el gasto económico que esto conlleva, y
en su propio ecosistema (privilegio del cual no gozan los cientos y
cientos de terneras que, hacinadas en granjas, son trasladadas cada
día al matadero para ser sacrificadas), es con un único
objetivo: el de, una vez superados los cuatro años, morir en
la arena. Una muerte justa y en igualdad de condiciones con el matador,
en la que el animal tiene siempre una posibilidad -por pequeña
que parezca- de ser indultado si demuestra que su bravura y su nobleza
están a la altura que requieren las circunstancias.
Aquí es donde reside la paradoja del arte de la tauromaquia:
ya que la causa de su muerte, es decir, aquello por lo que el toro muere
-la lidia-, es también la consecuencia directa de su vida, o
lo que es lo mismo, aquello por lo que el animal nace, crece y se reproduce
en total libertad.
"Por otro lado, en contra de lo que algunos de vosotros manifestáis,
las personas que participan de la lucha y posterior muerte de un animal
-tanto el público como los matadores- no son en absoluto individuos
dotados de brutalidad o barbarismo. Sino que detrás de esta actividad,
que algunos consideran primitiva o salvaje, hay todo un simbolismo que
va más allá del hecho de enfrentarse, dominar y finalmente
sacrificar al animal. Detrás de la lidia y muerte de un toro
hay toda una simbología ontológica de lo que viene a representar
el carácter del ser humano en contraposición a la condición
de los seres no humanos; es decir, la lidia simboliza la lucha entre
la razón humana (la inteligencia del hombre que se vale de recursos
y estrategias para mantenerse a salvo de la bestia) y la brutalidad
del animal; enfrentamiento del que acaba por surgir triunfante la destreza
e inteligencia del ser humano. Por tanto la tauromaquia no es aquello
que los detractores de este arte afirmáis de "brutalidad
por encima de brutalidad", sino que un evento taurino viene a representar
una alegoría de cómo la razón acaba por vencer
a la fuerza bruta.
Por último, tras exponer aquí el breve discurso que dirigí
a mis compañeros en aquel improvisado debate, quisiera hacer
una denuncia de los atentados que continuamente sufre el arte tras la
política llevada a cabo por ciertas instituciones, y en particular
por la Generalitat de Catalunya. Me refiero a cuestiones tan inverosímiles
como la prohibición a los menores de asistir a las corridas de
toros, ¿qué se intenta realmente conseguir con esto?:
se dice que esta es una medida que pretende evitar no sólo el
impacto psicológico que un espectáculo taurino podría
llegar a causar en un menor, sino también la predisposición
de los más jóvenes a la violencia. ¿Verdaderamente
a través de esta prohibición se intenta evitar que los
adolescentes no incidan en comportamientos violentos? Si ello es así
¿por qué desde el gobierno de la Generalitat no se prohíbe
también la emisión televisiva de largometrajes donde las
escenas de violencia y sangre están al alcance de los más
pequeños?, ¿es peor para un niño el hecho de ver
cómo muere un animal que el hecho de ver representado el asesinato
de un ser humano?: recapacitemos sobre ello. Pero esto no es todo, ya
que la proscripción ha alcanzado también a las obras teatrales
con componente taurino. Hace ya dos años pudimos ver cómo
la representación de la ópera Carmen, dirigida por Salvador
Távora, era desautorizada en Barcelona; y este mismo año
podemos comprobar como la obra Don Juan de los Ruedos, del mismo director,
ha sido notablemente censurada.
Personalmente creo que detrás de todo esto hay unos intereses
políticos por anular y evitar que prospere todo tipo de manifestación
artística considerada por algunos como foránea; y, al
mismo tiempo, me parece insólito el hecho de presenciar cómo
quienes ayer sufrieron viendo cómo las leyes prohibían
determinadas manifestaciones propias de su cultura, hoy se ocupen de
inventar leyes que pongan barreras a las manifestaciones artísticas
no reconocidas como propias.