DENUNCIA A ISRAEL
Ellen Cantarow
Soy judía. Soy escritora.
Entre 1979 y 1989, desde Israel y Cisjordania, escribí para el
Village Voice, Mother Jones, Inquiry y otras publicaciones estadounidenses.
Durante esos años presencié el rápido crecimiento
de los asentamientos israelíes y la incautación de las
tierras y el agua palestinas para dichos asentamientos: hoy en día,
más de la mitad de los recursos de Cisjordania (y la tercera
parte de los de Gaza) están en manos israelíes.
Realicé exhaustivas entrevistas con colonos y líderes
ultraderechistas israelíes cuya consigna era: O se doblegan,
o que Israel los expulse. Entrevisté a habitantes de aldeas palestinas
que habían sido víctimas de grupos parapoliciales de colonos,
y también leí informes sobre las acciones de estos grupos
por periodistas hebreos con conciencia en HA'ARETZ y otros periódicos
israelíes.
Las acciones de estos grupos parapoliciales cubrían toda la gama
del terror: destrucción desenfrenada de la propiedad y de las
cosechas, destrozos y rotura de ventanas de autos a su paso por los
pueblos, al grito de ¡mueran los árabes!, humillación
de los civiles palestinos en las calles, palizas y asesinatos. Y desde
dentro de Israel fui testigo de la creciente polarización de
la sociedad israelí por el tema de la ocupación; el creciente
racismo virulento de las nuevas generaciones. Tomemos por ejemplo los
judíos marroquíes de Kiryat Shemona, miembros del electorado
que votó por Menajem Beguin, acerca de los cuales escribí
para el VILLAGE VOICE en 1982, cuando me decían que 'el único
árabe bueno es un árabe muerto'.
Cuando llegué por primera vez a Israel en 1979, se acababa de
redactar el Plan para el Desarrollo de los Asentamientos en Judea y
Samaria, 1979-1983. En este plan, Matityahu Drobles, jefe del Departamento
de Asentamientos Rurales de la Organización Mundial del Sionismo
escribió:
Los asentamientos [israelíes] deben establecerse no sólo
alrededor de los asentamientos de las minorías [Drobles usa aquí
el término asentamiento de las minorías'para referirse
a ciudades y aldeas centenarias, como Belén y Hebrón]
sino también entre ellas.
Los argumentos de Drobles para apoyar su plan eran que con el transcurso
del tiempo -con paz o sin ella- tendremos que aprender a vivir con y
entre las minorías [cuando dice 'minorías' Drobles se
refiere al pueblo palestino] mientras fomentamos buenas relaciones vecinales'.
Es decir que desde el principio de la ocupación, la política
israelí se formuló proyectando una colonización
permanente de Cisjordania y, más adelante, también de
Gaza. Señalar a Ariel Sharón como personificación
excepcional de la maldad israelí (sugerir que si el no estuviera
ahí, otras personas más educadas y decentes, como Simón
Peres, sabrían guiar a su país) es ignorar la historia.
El Plan Drobles no se formuló bajo el mandato de Ariel Sharón.
Tampoco fue Sharón, sino el gobierno laborista quien estableció
el asentamiento de Kiryat Arba en 1968. Los asentamientos permanentes,
la retención y la expansión de estos asentamientos, han
impulsado la política israelí bajo todos sus gobiernos
desde 1967.
Para controlar los territorios que ha ocupado militarmente, Israel mantiene
en ellos, desde finales de los años 60, un código militar
de carácter completamente diferente a las leyes por las que se
rige el estado de Israel. El ejercito, los tribunales militares y otras
instituciones imponen una ley marcial bajo la cual, desde hace 34 años,
los castigos colectivos en represalia por supuestos actos individuales
están a la orden del día. Por ejemplo, toques de queda
de 23 horas diarias mantenidos durante semanas, y demolición
de viviendas.
(Durante la época en que yo escribía sobre esta situación,
los castigos colectivos se aplicaban sobre todo en respuesta al lanzamiento
de piedras y a las manifestaciones callejeras. Los suicidas-bomba son
un fenómeno posterior a los acuerdos de Oslo, provocado por la
duplicación del número de colonos en los asentamientos
después de la firma de dichos acuerdos y la toma de conciencia
de que éstos no eran sino la consolidación de un plan
de 'bantustanización' permanente de Cisjordania al estilo del
apartheid sudafricano.)
Durante todas mis estancias en Cisjordania presencié personalmente
la humillación cotidiana a que son sometidos los palestinos en
los controles; el paisaje diario y las imágenes sociales del
apartheid, cuya manifestación más clara y continua eran
los puntos de control, con tratamiento distinto para los palestinos,
por una parte, y los israelíes y extranjeros por otra, así
como los diferentes colores en las placas de matrícula de los
autos: azules para los palestinos y amarillos para los israelíes.
Me entrevisté con habitantes de las aldeas cuyas casas habían
sido dinamitadas o demolidas por los soldados israelíes. Escuché
relatos de hombres y mujeres encarcelados, abusados y torturados en
las prisiones israelíes (la práctica de la tortura es
un hecho establecido y reconocido por la B'tselem israelí y las
organizaciones extranjeras de derechos humanos, y se sigue practicando
ahora mismo, mientras escribo: el FINANCIAL TIMES del 6 de abril informa
que:
la organización israelí de derechos humanos, B'tselem,
recurrió ayer al Tribunal Supremo después de recibir informes
de tortura en el centro de detenciones de Ofer, cerca de Ramala.
Prácticamente todo lo que acabo de describir apareció
abiertamente en la prensa israelí, mientras que el silencio de
la prensa estadounidense fue casi total.
Y así llegamos a la pesadilla actual. Mientras escribo esto,
los castigos colectivos se han intensificado hasta convertirse en auténticas
atrocidades de guerra que se están cometiendo en toda Cisjordania.
El ejército israelí ha penetrado en el norte de Cisjordania
así como en Gaza, desde donde recibí esta mañana
un mensaje de un voluntario estadounidense en las organizaciones de
ayuda. Desde hace una semana recibo diariamente en mi computadora mensajes
desesperados --a veces varios por hora-- que imploran ayuda de las organizaciones
internacionales de derechos humanos. Me suplican (a mí y a los
demás recipientes de las listas de correo) que llamemos a nuestros
representantes y senadores en el Congreso, que escribamos cartas de
protesta a la prensa. Uno de los autores de estos mensajes, un investigador
universitario, describe el saqueo de su casa por los soldados israelíes:
Tenía algo de dinero (unos 800 NIS) en el cajón de mi
escritorio; lo había sacado del banco el jueves cuando se esperaba
que habría una invasión... El cajón había
sido forzado y el dinero había desaparecido. Otro pasaje de un
mensaje diferente dice: sus 'visitas' a nuestras casas son como [las
visitas] de una banda de gángsters. Fueron a ... las casas de
mis vecinos, comienzan por meterlos a todos en un cuarto y ordenarles
que permanezcan allí, de cara a la pared; luego entran en todas
las habitaciones ... van a la cocina, cogen toda la comida ... empiezan
a comerla y se llevan lo que sobra ... también se llevan joyas,
dinero y aparatos electrónicos ... Dos de mis vecinos tienen
problemas cardíacos. Lo primero que hicieron cuando se enteraron
de su enfermedad fue recolectar todos los medicamentos y destruirlos
delante de sus dueños.
En el INDEPENDENT de Londres, Robert Fisk confirma: El ejército
israelí ... está demostrando una vez más -como
hizo en el Líbano- que no es la fuerza de élite que se
pretende. Es imposible descartar los abundantes informes de saqueos
en las casas de Ramala (entre otras razones porque esto es exactamente
lo que hacían los soldados israelíes en el sur del Líbano
en 1983); y el valiente profesor universitario israelí, Avi Schaaim,
ha denunciado personalmente a Israel de ejecuciones extrajudiciales
en Ramalla.
Otros mensajes describen ambulancias detenidas a balazos, a las que
se impide llegar a su destino; hospitales invadidos por el ejército
y personal médico al que se le impide (a punta de pistola) realizar
su trabajo; gente muriendo desangrada mientras los soldados bloquean
el paso con tanques y ametralladoras al personal de asistencia médica;
cadáveres descomponiéndose en los pasillos de los hospitales
(numerosos emails advierten del peligro de brotes de epidemias); familiares
de víctimas a quienes se les prohíbe enterrar decentemente
a sus muertos (un grupo de masacrados tuvo que ser enterrado en un estacionamiento
de Ramala); civiles que se convierten en el blanco de disparos si se
aventuran a salir a la calle; saqueos y destrucciones masivas de viviendas;
invasión de instituciones culturales y destrucción de
sus archivos; sistemas eléctricos de bombeo de agua destruidos
para que zonas enteras de las ciudades se queden sin agua; miembros
de la prensa (palestinos y extranjeros) heridos por disparos israelíes.
Mientras escribo, el 6 de abril, el mensaje más urgente que he
recibido hoy describe una catástrofe en plena expansión:
Crisis humanitaria deliberadamente creada alcanza un punto intolerable.
6 de abril, 2002, 11 de la mañana. El mensaje pasa a describir
seis hospitales de campaña en Nablús con un gran número
de personas en estado grave o crítico, médicos obligados
a operar sin apenas el instrumental mínimo necesario.
En uno de estos centros médicos improvisados los cadáveres
se descomponen en el quirófano mientas los francotiradores israelíes
disparan a toda persona que intente entrar o salir. En Jenín
informan que 50 casas han sido seriamente dañadas con ataques
desde helicópteros Apache; 20
Como Nerón, el presidente Bush se ha dedicado a la música
mientras Roma es presa de las llamas. Lo que se necesita es una orden
de retirada inmediata y amenaza de sanciones económicas (eso
fue lo que hizo el presidente Eisenhower durante la crisis del canal
de Suez en 1956, resolviéndola inmediatamente). Lo que se necesita
es que Colin Powell se presente allí inmediatamente, no dentro
de una semana o el domingo que viene. Sharón, el gemelo de Milosevic,
que da las órdenes para la ejecución de estas atrocidades,
es el mismo criminal de guerra que estaba al mando de la infame Unidad
101 en octubre de 1953 cuando masacraron a 99 civiles inocentes en Kibyeh;
es el mismo que en agosto de 1977 ordenó la destrucción
de 2000 casas en Gaza y la expulsión de 16,000 civiles durante
una campaña de 'pacificación' israelí; es el mismo
que supervisaba las Fuerzas de Seguridad israelíes mientras éstas
permitían la masacre de más de 1000 palestinos a manos
de las falanges en los campos de refugiados de Sabra y Shatila (Beirut)
en 1982; el mismo que desencadenó la segunda intifada cuando,
escoltado por 1000 soldados, 'visitó' la mezquita de Al Aksa
en septiembre de 2000, y al día siguiente las Fuerzas de Seguridad
israelíes dispararon sobre los manifestantes palestinos en la
mezquita.
Tengo edad suficiente para recordar una infancia transcurrida inmediatamente
después de la segunda guerra mundial. Siento una mezcla de dolor,
impotencia, desesperación y rabia hacia Israel, que pretende
actuar en mi nombre y usar el holocausto para absolver sus crímenes,
mientras prosigue con su evidente plan de destruir la economía,
las instituciones sociales, políticas y culturales, y todas las
infraestructuras del pueblo palestino. Quienes no denuncian estos crímenes
abominables son cómplices por su silencio. Quienes absuelven
o excusan a Israel por cometerlos, son culpables por asociación.