Una salida negociada para Chechenia
Por Mariano Aguirre, director del Centro de Investigación
para la Paz (CIP/FUHEM), Madrid.
(Artículo publicado en El Correo, 29 de octubre
de 2002)
Con una asombrosa rapidez, casi todo el mundo se ha
puesto de acuerdo en que entre casi 120 muertos y 500 intoxicados o
700 muertos es mejor la primera opción. Parece que no había
otra salida. Sin embargo, quedaba la de negociar. Se argumenta que con
los terroristas no se negocia, pero, ¿qué ocurre si el
gobierno que se arroga la posición moral de la negativa actúa
también de forma inmoral y represiva, en este caso en Chechenia?
¿Qué pasa si ninguno de los actores en conflicto tienen
autoridad moral pero de sus acciones dependen 700 vidas en Moscú,
y la suerte de alrededor de un millón doscientas mil en Chechenia?
Quizá un tercer actor podría haber mediado entre dos enemigos
sin legitimidad.
El gobierno de Vladimir Putin ordenó un ataque en el que se salvó
la mayor parte de los rehenes y fueron asesinados la mayoría
de los secuestradores. Mientras se confirma si entre los 500 intoxicados
habrá más muertos, y llueven las felicitaciones sobre
Putin, conviene reflexionar para que estemos preparados ante otros casos
similares que ocurran en el futuro.
Se dice que es preferible 120 muertos a 700. En realidad son 115 (hasta
el lunes 28/10) más los 50 del comando checheno. Los culpables
de crímenes son también personas. El corresponsal de Televisión
Española en Moscú habla de un "triunfo agridulce".
Pero el dilema no era sólo entre el número de muertos.
Los terroristas no debían haber secuestrado gente para llamar
la atención sobre su causa. Es una violación de los Derechos
Humanos y, si se consideran en guerra, de la Convención de Ginebra.
Una acción pacífica les hubiese favorecido. Pero el gobierno
de Putin también debería haber intentado otros métodos.
Podría, por ejemplo, haber convocado a la UE, al Premio Nobel
James Carter o a personalidades neutrales. El ataque se ha saldado con
aproximadamente 150 muertos. ¿Y si hubiesen sido 250?
El presidente ruso ha invocado el principio de que con el terrorismo
no se negocia. Correcto como principio moral y político (no se
cede al chantaje de la violencia). Pero su gobierno no tiene entidad
moral y política para mantener esa posición. Un gobierno
democrático que practique una política inclusiva y pluralista
puede argumentar que no cede a la fuerza. Pero Moscú lleva a
cabo una ocupación militar que viola los Derechos Humanos. Chechenia
es un territorio ocupado por 100.000 efectivos rusos desde 1999. En
Rusia no hay libertad de expresión y es una democracia de fachada.
Putin dijo que a Rusia no se la pone de rodillas, y esa es la clave
de la cuestión.
Chechenia está parcialmente cerrada a los periodistas y agencias
humanitarias. Informes de la organización Human Rights Watch
del 2001 y el 2002 dicen que las fuerzas de seguridad rusas no tienen
limitaciones jurídicas en su actuación. "En este
marco legal, las operaciones rusas en Chechenia han sido llevadas a
cabo con una arbitrariedad sin precedentes, lo que a su vez ha conducido
a violaciones masivas de los derechos humanos. Las tropas rusas han
detenido a miles de personas, muchos de los cuales no han sido nunca
registrados como detenidos". Las tropas requisan domicilios, no
hay asistencia legal y ha crecido el número de desaparecidos.
A la vez, en Moscú se traban las investigaciones sobre las misiones
militares represivas. La situación es hoy, como lo confirma un
reportaje del diario The Observer (27/10/2002) todavía peor.
El 2 de octubre pasado Le Monde afirma: "Los habitantes de Chechenia
desaparecen o son asesinados cada día por las fuerzas rusas o
por sus ayudantes locales, las milicias chechenas pro rusas. Las personas
desaparecen por miles. No existe una lista de víctimas. Los cuerpos
son encontrados regularmente en edificios en ruinas, en tierras arrasadas
o a los lados de las carreteras, a veces volados en pedazos o en ocasiones
mostrando signos de tortura".
Después de la desintegración de la ex URSS, Chechenia
fue un territorio casi independiente de Rusia. Entre 1994 y 1996, se
libró la primera guerra pos Guerra Fría entre Moscú
y Chechenia, y acabó en un pacto para negociar el futuro del
territorio a cinco años. La necesidad de reforzar el poder ruso
frente al desafío independentista, las posibilidades de que por
ahí pasara un oleoducto ruso desde las reservas del Mar Caspio
hacia Occidente, y el crecimiento de la mafias y organizaciones de tráficos
ilegales produjo una la segunda ofensiva rusa a partir de 1999.
La autoridad del líder independentista Aslán Masjadov
quedó mermada por grupos armados que practicaron la extorsión,
secuestros, impusieron un sistema de tráfico de esclavos y una
república islamista fanática. La aparente intención
de dos señores de la guerra chechenos de crear una república
islámica conjunta en Chechenia y la vecina Dagestán provocó
en 1999 una crisis regional. Por otra parte, dos edificios, en Moscú
y en Volgodonsk, fueron volados por atentados en septiembre del mismo
año. Murieron 217 personas. Nunca se probó la implicación
chechena, pero Putin y los generales rusos usaron el caso para vengarse.
Al primero le sirvió para reforzar su imagen de presidente fuerte
y a los segundos para vengar la derrota que habían sufrido en
la primera guerra de Chechenia.
En un equilibrado y profético ensayo Sergei Kovalev, miembro
de la Duma y Presidente del Instituto de Derechos Humanos de Moscú,
escribió que Chechenia ponía en evidencia el cinismo y
el autoritarismo del gobierno de Putin (The New York Review of Books,
10/2/2000). Decía: "El ejército ruso está
preparado para el genocidio (...) y hay una sola forma de destruir a
las guerrillas: no hacer distinción entre sus miembros y las
personas desarmadas entre las que se esconden. Una campaña de
genocidio debe ser llevada a cabo en la región". Y añadía:
"Lo que es nuevo en este caso es que la sociedad rusa en su conjunto
está preparada para llevar a cabo el genocidio. La crueldad y
la violencia no son rechazadas. ¿Pero está Rusia preparada
para una campaña terrorista prolongada en sus propias ciudades?"
Las tropas rusas tomaron Grozni en esta segunda ofensiva dejándola
en ruinas. La gente vive en la miseria, con mínimas ayudas internacionales.
Estados Unidos y la UE ya se ocupaban poco de esta situación
antes de septiembre de 2001 para no incomodar a Putin. La lógica
implícita era que si se le criticaba entonces podría haber
inestabilidad en Rusia, volverían los neoomunistas o habría
un golpe de Estado. Para que no hubiese un gobierno represivo se apoyaba
un gobierno antidemocrático. A partir del 11 de septiembre 2001,
el desinterés por Chechenia se hizo más evidente. Putin
situó la guerra en Chechenia en la confrontación global
contra el terrorismo, y ofreció apoyo a Washington en su lucha
en Afganistán.
Nada de esto justifica que un comando checheno secuestre a civiles inocentes,
pero la guerra en Chechenia precisa una salida. Quizá no es la
independencia ni entregarle el territorio a mafiosos fanáticos,
pero las violaciones masivas de los Derechos Humanos conducirán
a más destrucción y más ataques. El presidente
Putin debió abrir negociaciones. Entre la guerra en Grozni y
el terrorismo en Moscú había que probar otras opciones.
Quizá al final hubiese tenido que ordenar un ataque, pero continuó
con lo que ha hecho desde 1999: negarse a negociar y usar la fuerza
sin miramientos. Desde el exterior deberíamos ser más
cuidadosos tanto en las extrapolaciones como en las felicitaciones,
para no quedar atrapados entre fundamentalismos y discursos de la fuerza.