¿Por qué Irak?
MANUEL CASTELLS
Vamos a la guerra con Irak (usted y yo también,
porque Aznar paga su cuota con nuestros impuestos). En este campus de
Ann Arbor (Michigan), en el corazón de Estados Unidos, donde
empezó el movimiento contra la guerra de Vietnam en los años
sesenta, poca gente lo duda. El único interrogante no es si ocurrirá,
ni siquiera cuándo (enero-febrero), sino cómo, o sea,
con qué coalición y con qué niveles de destrucción.
La única hipótesis alternativa, que se rumorea en los
mentideros de Oriente Próximo, es un exilio pactado de Sadam
Husein y sus acólitos directos que dé paso a una transición
supervisada por Naciones Unidas. Altamente improbable (aunque no imposible).
La cuestión para Estados Unidos es muy sencilla: hay que acabar
con Sadam y su régimen, a cualquier precio y ahora. Por eso,
el envío de inspectores de armas de Naciones Unidas no es sino
una argucia para obtener un mayor apoyo internacional, basado en las
negativas o los obstáculos que surjan desde Bagdad en ese proceso
de control. La negociación en curso en el Consejo de Seguridad
tiene como objetivo principal el intercambio de favores entre los implicados.
Rusia (8.000 millones de dólares) y Francia (20.000 millones)
necesitan asegurar el pago de lo que les debe el Gobierno iraquí.
Francia (Total-Fina-Elf) y Rusia (Lukoil) quieren garantías de
que sus ventajosos contratos petrolíferos con Irak serán
respetados. China quiere seguridad de que la guerra no se extenderá
a Irán, su principal suministrador de petróleo. Rusia
quiere incluir a Chechenia en la limpieza general, un tema conflictivo
con los americanos, porque Georgia está por en medio y Bush padre
adora a Shevarnadze. Se llegará a un acuerdo operativo. Y, si
no, de todas formas, Bush y Blair, jaleados por Aznar y Berlusconi,
atacarán, como ya han dejado bien claro. ¿Por qué?
Es obvio que se viviría más tranquilo en el mundo, y en
Irak, sin Sadam y su sanguinario régimen. Pero ¿basta
esta valoración para ir a una guerra de impredecibles consecuencias
y enorme coste humano? La lista de dictadores y regímenes atroces
es larga. La prioridad dada a Irak se debe a otro motivo. La historia
oficial es la posesión de armas de destrucción masiva
o la intención de poseerlas por parte de Sadam Husein. Está
claro que las tuvo (las utilizó contra Irán y contra su
propia gente) y está claro que le gustaría tenerlas, nucleares
si es posible. Y la amenaza americana es un poderoso incentivo para
obtenerlas lo antes posible, como seguro de vida. Pero ¿las tiene?
No lo sabemos, y no creo que lo sepamos hasta el momento de la verdad.
Pero sabemos dos cosas. Una, que nadie ha presentado pruebas creíbles.
En una comparación histórica, cuando Kennedy llegó
al borde de la guerra nuclear por los misiles soviéticos en Cuba,
presentó en las Naciones Unidas fotos detalladas de los emplazamientos
de misiles que cambiaron la opinión del mundo sobre el tema.
Nada semejante ha sido presentado a los ciudadanos. Todo son informes
de servicios de inteligencia sin refrendo posible. Dos: suponiendo que
existieran, la situación sería más o menos la misma
el 10 de septiembre de 2001. Y en ese momento nadie pensaba en atacar
a Irak. Por tanto, es el 11 de septiembre el que lo cambia todo. Pero
¿qué cambia? La conexión entre Irak y Al Qaeda
es tenue e improbable. La CIA la ha sugerido, luego la ha desmentido
y, de forma oportuna, en los últimos días, la ha afirmado
rotundamente, aun reconociendo que las pruebas no se podrían
defender ante un juez. Los motivos parecen otros. ¿Cuáles?
Hay teorías para todos los gustos y algunos datos sólidos.
Versión romántica: el hijo que tiene que acabar la tarea
del padre y vengar el intento de asesinato de Bush en Kuwait por agentes
iraquíes. Versión cínica: el mantenimiento de la
tensión de un país en guerra asegura el apoyo político
a una Administración de Bush que está conduciendo el país
a la crisis económica y algunos de cuyos más altos cargos
están bajo sospecha por sus conexiones con los fraudes y estafas
que han proliferado en las grandes empresas. No se puede criticar a
un presidente en medio de la batalla. Y, si se gana contra los iraquíes
y Al Qaeda, la reelección está asegurada.
Hay un análisis más estratégico: el control del
petróleo iraquí mediante un Gobierno proamericano es un
elemento esencial de la ecuación. Irak cuenta con las segundas
reservas de petróleo del mundo (113.000 millones de barriles)
después de Arabia Saudita. Y el Gobierno americano estima que
puede tener otros 220.000 millones de barriles aún no descubiertos,
de forma que el total de las reservas iraquíes cubriría
las importaciones de petróleo de Estados Unidos por un siglo.
Una guerra con Irak beneficia a las grandes empresas petroleras americanas
de dos formas. En el corto plazo, provocará un aumento sustancial
de los precios del petróleo, que afectará gravemente a
la economía mundial pero que incrementará el valor del
petróleo actualmente almacenado por las petroleras. A largo plazo,
la apertura de la explotación del petróleo iraquí
a las empresas estadounidenses y a aquellas empresas cuyos países
participen en la destrucción de Sadam representa un enorme beneficio
potencial para las empresas, sobre todo americanas, que puedan explotar
los yacimientos iraquíes. Tanto más cuanto que esta producción,
directamente controlada por Estados Unidos, debilitaría el control
actual ejercido por la OPEP sobre el suministro mundial. Hay además
una implicación política fundamental de la nueva situación
que se crearía en la posguerra. La implicación de parte
de la élite saudí en la financiación de Bin Laden
aparece cada vez más clara. Pero Estados Unidos no puede enfrentarse
directamente con el régimen saudí mientras no tenga una
alternativa equivalente en el suministro de petróleo. Con Irak
bajo control, los halcones de Washington estarán en condiciones
de exigir la limpieza policial del fundamentalismo saudí.
Todos estos factores concurren en la guerra. Pero, aun siendo importantes,
sobre todo el control del petróleo, no explican por sí
solos la intransigente determinación de Estados Unidos. El factor
esencial, como siempre en política, es político. Es la
toma del poder, en la Administración de Bush, por parte de un
grupo de halcones en política exterior, ideológicamente
convencidos de la necesidad y la conveniencia del unilateralismo estadounidense,
mediante la utilización de su superioridad militar-tecnológica,
para poner orden en un mundo cada vez más peligroso. Con Pearl
como ideólogo, Wolfowitz como estratega político, Cheney
como líder y Rumsfeld como operativo, este grupo vio la posibilidad,
a partir del 11 de septiembre, de aplicar la política que habían
propuesto anteriormente. Con un Bush sin conocimiento ni experiencia
en política internacional y una Condoleezza Rice convertida en
confidente del presidente y antagonista de Colin Powell, este grupo
belicoso, convencido de la bondad para el mundo del pleno ejercicio
de la superpotencia americana, encontró en el sentimiento popular
de vulnerabilidad tras el 11 de septiembre el apoyo político
que faltaba a su proyecto. En torno a esta coherente estrategia se articulan
los sentimientos personales de Bush, la conveniencia política
de los republicanos, los poderosos intereses de las empresas petroleras,
la búsqueda de una alternativa a la OPEP y a Arabia Saudí
y la posibilidad para Sharon de una solución militar del conflicto
palestino. Pero el quid de la cuestión apunta a una hipótesis
mucho más grave para el mundo: la decisión de la actual
élite política estadounidense de dominación unilateral
global por medios militares, permitida por la inexistencia de poderes
o voluntades que contrapesen esta voluntad de dominación. Se
crea así una dinámica irreversible que desestabiliza el
mundo nuestro de cada día por un largo periodo venidero.