Libertad y democracia en América Latina
FERNANDO FLORES MORADOR
El triunfo de Lula en las elecciones de Brasil tiene
sin duda un carácter transformador de consecuencias imprevisibles.
Son muchas las particularidades de este acto electoral que dan al proceso
su carácter único. Es difícil imaginar una derrota
del neoliberalismo que sea más contundente. Brasil -con su combinación
de industrialización, alta tecnología y populosa mano
de obra barata- ha sido la carta más segura del capitalismo en
América Latina.
El triunfo de Lula, el anterior triunfo de Chavez (y sobre todo la derrota
al golpe organizado por USA contra el chavismo), constituyen la consolidación
de los procesos democráticos como procesos de cambio radical
de las condiciones sociales, en un continente en dónde la violencia
opresora, y la brutalidad imperialista todavía reinan. Sin duda
se construyen estos éxitos sobre el sacrificio de procesos truncos,
entre ellos la tragedia chilena de secuelas todavía vigentes.
Lo notable de estos procesos, cada uno en su particular dimensión,
radica en que son la expresión de un nuevo nivel de madurez alcanzado
por las masas electoras. Hasta no hace mucho, se cumplía la regla
de que a más hambre, a más represión, más
conservador se volvía el electorado. Hasta no hace mucho tiempo,
se inventaban caudillos, invitando a comer en los rancheríos
unos días antes del acto electoral.
Por otro lado, sabemos que el triunfo en las urnas es sólo el
primer paso. Los logros están todavía muy lejos. América
Latina se debate ante la carencia de proyectos políticos originales,
creados a su medida, elaborados de acuerdo a su historia particular,
a su gente. Nuestro continente necesita de una nueva generación
de intelectuales. Una generación preparada en un pragmatismo
riguroso y sin vocación de "mártires". Necesita
gente común y corriente que sepa resolver sin mayores dramatismos
los problemas de la hora. Es en este sentido que la producción
intelectual debe orientarse. No ya para reelaborar, administrar, adaptar,
teorías generadas en el eurocentrismo del siglo XVIII o XIX,
o en las escuelas ideológicas de USA durante el siglo XX. Teorías
que carecen de una clara relación a la base social en la que
se aplican y que además suponen el fortalecimiento de las estructuras
de dependencia intelectual y cultural. América Latina necesita
la producción de teorías sociales y económicas,
empíricamente enraizadas en las realidades propias, en la historia
política y cultural de sus pueblos.
Claro que esto no supone el aislacionismo, ni la creencia ingenua de
que es posible aislarse de la producción intelectual de otros
pueblos y culturas. Si, supone, la realización de la cultura
universal en el marco de los intereses propios, en donde la particularidad,
"lo propio", es lo más importante. Muchos podrán
ver en esta propuesta una propuesta "nacionalista", similar
a tantas otras y que supone la demarcación de los "nuestros"
contra "los demás". Ante esta crítica cabría
decir que esa es la base de las ideologías políticas que
han dado lugar a la Comunidad Europa, a la Federación Rusa, a
los nuevos estados de Europa Oriental, &c. Los nacionalismos, mas
que deseables, son inevitables. Creemos que gran parte del éxito
de ciertas formulas políticas y económicas radica en su
identificación con los sentimientos de las gentes que les aplican.
En otras palabras, el éxito de cualquier fórmula político-económica,
supone el triunfo de la fe, sobre el escepticismo. Hace poco escribíamos
en este espacio, que el escepticismo está además relacionado
a la corrupción, otro de los grandes males de nuestras sociedades.
Se nos puede objetar que es más fácil proponer que concretar.
Se nos puede objetar que ante la colonización ideológica
que sufrimos, nos sumamos al coro de lamentos. Digamos entonces algo
más. Digamos que los intelectuales latinoamericanos deben revisar
las raíces ideológicas de sus respectivos estados. Revisar
las bases que constituyeron los primeros pasos como naciones independientes.
No ya para navegar en la ola de sentimientos nacionales que esos procesos
generan. También y sobre todo, para revisar cuales de sus presupuestos
son en realidad superfluos y deben ser abandonados, o sustituidos. Creemos
además, que el análisis exitoso de estas raíces
históricas supone el análisis crítico de todas
las teorías sociales heredadas de Europa. Se hace necesaria una
reflexión especial de algunas categorías centrales para
el pensamiento político moderno, tales como las de "democracia",
"proceso electoral", "representatividad" y "libertad".
Es por ejemplo sorprendente comprobar como la noción de "democracia"
que aplicamos -y que es aplicada sin mayor reflexión en el dialogo
político internacional- difiere sustancialmente de la noción
que los griegos tenían del término. Como es sabido el
pensamiento occidental tiene en gran parte sus raíces en la cultura
griega. Sin embargo, existen dos áreas de la cultura occidental
que no tienen sus raíces en la civilización griega. Obviamente
la religión (el cristianismo) que tiene su origen en Israel,
es una de ellas. La segunda es la noción de derecho, que es de
origen romano. Si bien términos como "política"
y "democracia" son de origen griego, su aplicación
práctica está determinada por el filtrado de las ideas
romanas de "justicia" y de "ley".
Sin ánimo de profundizar en un tema casi inagotable, digamos
a modo de ilustración, y con miras a reforzar mis palabras con
ejemplos sorprendentes, que hay entre muchos un punto en el cual el
canon griego difiere sustancialmente del aplicado en nuestros días.
Me refiero a las nociones de "representatividad" y de "mecanismos
de elección de representantes". Fenómeno tan actual
en las últimas elecciones norteamericanas. Para los griegos de
Atenas de los siglos V y IV a.C., entre ellos para el mismo Aristóteles,
la elección directa de representantes era indeseable porque favorecía
a los candidatos más conocidos. Para evitar esta circunstancia
que se consideraba indeseable, se recurría al sorteo de los representantes
para la mayoría de los cargos públicos. En el caso de
la elección de magistrados de la corte, se dotaba a cada candidato
de una carta de identidad o pinakion, la cual era introducida en una
máquina de sortear o kleroterion. La máquina mezclaba
las tarjetas eligiendo alguna de ellas azarosamente.
La práctica electoral griega nos introduce a un tema muy interesante
que es el de la verdadera representatividad, o representatividad real
y no indirecta a través de partidos políticos. No escapa
a nadie, que la democracia "occidental y cristiana" sufre
hoy una profunda crisis. Cada vez es menos la gente que vota, cada vez
es menos la gente que se compromete en las acciones partidarias. El
manejo de los intereses comunes esta hoy más que nunca en manos
de administradores y políticos profesionales. Sin embargo, se
maneja el término "democracia" sin mayores preguntas.
Digamos que la herencia griega -por si nos estaba haciendo falta un
argumento histórico incuestionable- nos autoriza a cambiar mucho
de lo que se nos aparece como incuestionable.