La nueva geografía de
los conflictos internacionales
MICHAEL T. KLARE
(Publicado en Vía Alterna)
En octubre de 1999, en una rara alteración de la geografía
militar de Estados Unidos, el Departamento de Defensa cambió
el mando general de las fuerzas estadounidenses en Asia Central al trasladarlas
de la Comandancia del Pacífico a la Comandancia Central. Esta
decisión no produjo titulares en la prensa ni otras muestras
de interés en Estados Unidos, y sin embargo representó
un cambio significativo en el pensamiento estratégico estadounidense.
Asia Central se había considerado antaño un asunto periférico,
un rincón alejado de las principales áreas de responsabilidad
de la Comandancia del Pacífico (China, Japón y la península
de Corea). Pero esa región, que se extiende desde los Montes
Urales a la frontera occidental de China, se ha convertido hoy en importante
objetivo estratégico debido a las grandes reservas de petróleo
y gas natural que se cree yacen bajo el Mar Caspio y sus alrededores.
Como la Comandancia Central ya tiene a su cargo las fuerzas de Estados
Unidos en la región del Golfo Pérsico, su toma del control
sobre Asia Central significa que esta área recibirá ahora
una atención más cercana de parte de aquellos cuya tarea
primaria es proteger el flujo de petróleo hacia Estados Unidos
y sus aliados.
La nueva preeminencia de Asia Central y de su potencial riqueza petrolera
no es sino un signo de una transformación mayor en el pensamiento
estratégico estadounidense. Durante la Guerra Fría, las
áreas de mayor interés para los planificadores militares
eran las de confrontación entre Estados Unidos y el bloque aliado
soviético: Europa Central y del sureste y el Lejano Oriente.
Sin embargo, desde el fin de la Guerra Fría, estas áreas
han perdido mucha de su importancia estratégica para Estados
Unidos (salvo, quizás, por la zona desmilitarizada entre Corea
del Norte y Corea del Sur), en tanto que otras regiones - el Golfo Pérsico,
la cuenca del Mar Caspio y el Mar de la China Meridional - están
recibiendo cada vez mayor atención del Pentágono.
Tras ese cambio de la geografía estratégica hay un nuevo
énfasis en la protección al suministro de recursos vitales,
sobre todo, el petróleo y el gas natural. Mientras en la era
de la Guerra Fría se creaban divisiones y se formaban alianzas
siguiendo lineamientos ideológicos, en la actualidad la competencia
económica rige las relaciones internacionales y, por lo mismo,
se ha intensificado la competencia por el acceso a esas vitales riquezas
económicas. Como cualquier interrupción en el abastecimiento
de recursos naturales tendría graves consecuencias económicas,
los principales países importadores consideran hoy que la protección
de ese flujo es una importante preocupación nacional. Además,
con un consumo global de energía cuyo aumento se estima en 2%
anual, la competencia por el acceso a las grandes reservas de energéticos
sólo puede ser más intensa en los años venideros.
Por consiguiente, los funcionarios de seguridad han empezado a prestar
una atención mucho mayor a los problemas que origina la creciente
competencia por el acceso a materias primas cruciales, en especial aquellas
que, como el petróleo, con frecuencia yacen en áreas en
disputa o políticamente inestables. Como observó el Consejo
de Seguridad Nacional en el informe anual sobre política de seguridad
redactado en 1999 por la Casa Blanca: "Estados Unidos seguirá
teniendo un interés vital en asegurar el acceso a los suministros
de petróleo del exterior". Por tanto, concluía el
informe, "debemos mantenernos conscientes de la necesidad de estabilidad
y seguridad regionales en áreas clave de producción, a
fin de garantizar nuestro acceso a esos recursos tanto como su libre
circulación."
Líneas de falla
Desde luego, la preocupación por el acceso a los recursos globales
ha sido durante mucho tiempo tema importante en la política de
seguridad estadounidense. Por ejemplo, en la década de 1890,
el capitán Alfred Thayer Mahan, destacado estratega naval de
la nación, obtuvo un apoyo generalizado al sostener que Estados
Unidos necesitaba una flota numerosa y capaz a fin de reforzar su posición
como potencia comercial en el mundo. Esta perspectiva también
moldeó el pensamiento geopolítico de los presidentes Theodore
Roosevelt y Franklin Delano Roosevelt.
No obstante, durante la Guerra Fría las preocupaciones por los
recursos se subordinaron con frecuencia a las dimensiones políticas
e ideológicas de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión
Soviética. Apenas ahora, cuando la Guerra Fría ha terminado
definitivamente, la garantía de acceso a materias primas vitales
vuelve a adquirir una posición central en la planeación
de la seguridad estadounidense.
La prueba de esta reanimación del interés por los recursos
fue especialmente clara el año pasado, durante la escasez global
de petróleo y gas natural. En agosto de 2000 el presidente Bill
Clinton voló a África con la esperanza de obtener petróleo
adicional de Nigeria - en la actualidad uno de los principales abastecedores
de Estados Unidos - y alentó a los estados del Mar Caspio a acelerar
la construcción de nuevos oleoductos con destino a Europa y el
Mediterráneo. Entre tanto, el entonces gobernador de Texas, George
W. Bush, se valió de los debates de la campaña presidencial
para exigir la exploración de petróleo y gas en los territorios
vírgenes de Estados Unidos, a fin de reducir la dependencia nacional
de los suministros del extranjero. Una vez electo, una de sus primeras
iniciativas de política exterior fue su reunión con el
presidente de México, Vicente Fox, para discutir propuestas destinadas
a aumentar el flujo de energéticos de ese país a Estados
Unidos.
Un enfoque similar sobre la adquisición o la protección
de suministros de energía es evidente en el pensamiento estratégico
de otras potencias. Grandes importadores de energía, como China,
Japón y las principales potencias europeas, han hecho del aseguramiento
de la estabilidad en sus suministros una de sus prioridades máximas.
Rusia muestra hoy mayor interés en su política exterior
hacia las áreas productoras de energía de Asia Central.
Aunque siga preocupándose por los acontecimientos que ocurren
en sus fronteras occidentales, en áreas colindantes con la Organización
del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, Moscú ha dedicado
considerables recursos a fortalecer su presencia militar en el sur,
en el Cáucaso (incluyendo Chechenia y Daguestán) y en
las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central.
Del mismo modo, el ejército chino ha desplazado su concentración
de la frontera norte, con Rusia, a Xinjiang, en el oeste (fuente potencial
de petróleo), y a áreas extracosteras en los mares de
la China Oriental y Meridional.
Japón ha seguido a China a esos mares e impulsado en ellos su
propia capacidad de operación, obteniendo y desplegando nuevas
naves de guerra y una flotilla de aviones patrulla Orión P-3C
armados con misiles.
Garantizar el acceso a suficientes suministros de petróleo y
gas es también una gran preocupación de las naciones en
reciente proceso de industrialización del mundo en desarrollo,
como Brasil, Israel, Malasia, Tailandia y Turquía, muchas de
las cuales, se espera, duplicarán o triplicarán su consumo
de energía en los próximos veinte años.
Aunque la obtención de suficientes suministros de energía
se esté convirtiendo en la máxima prioridad en recursos
para algunos estados, para otros el foco principal estará en
la búsqueda de agua adecuada. Los suministros de agua ya son
insuficientes en muchas partes del Medio Oriente y del suroeste asiático;
es probable que el continuo crecimiento de la población y la
mayor posibilidad de sequía debida al calentamiento global provoquen
una escasez similar en otras latitudes. Para complicar más el
problema, los suministros del líquido no obedecen a fronteras
políticas, por lo que muchos países de esas regiones deben
compartir un número limitado de importantes fuentes de agua.
Como todos los estados colindantes con esas aguas tratan de elevar los
suministros que tienen asignados, es inevitable que aumente el peligro
de conflicto por la competencia por esos suministros compartidos.
En otras partes del mundo han estallado conflictos localizados por el
control de maderas y minerales valiosos. Por lo regular, esos conflictos
implican una lucha entre élites o tribus que compiten por el
ingreso derivado de los bienes de exportación. Por ejemplo, en
Angola y Sierra Leona grupos rivales luchan por el control de lucrativos
yacimientos de diamantes; en la República Democrática
del Congo, el conflicto atañe tanto al cobre como a los diamantes;
y en algunas partes del sureste asiático numerosos grupos luchan
por ricas zonas madereras. En Borneo hubo recientemente un importante
derramamiento de sangre por los enfrentamientos entre los dayak nativos,
que durante mucho tiempo han ocupado extensas selvas de Borneo, y los
colonos de Java y Madura que fueron llevados allí por el gobierno
indonesio para recolectar toda esa madera. Aunque no sean una amenaza
directa a la seguridad de las principales potencias, esos conflictos
pueden llevar al despliegue de fuerzas de paz de la Organización
de las Naciones Unidas, ONU - como en Sierra Leona-, para imponer así
importantes demandas a la capacidad mundial para manejar la violencia
étnica y regional.
Todos esos fenómenos -mayor competencia por el acceso a importantes
fuentes de petróleo y gas, creciente fricción por la asignación
de suministros de agua compartidos y guerra interna por valiosos bienes
de exportación- han producido una nueva geografía de conflictos,
una cartografía reconfigurada en la que los flujos de recursos,
y no las divisiones políticas e ideológicas, constituyen
las principales líneas de falla. Así como un mapa en que
se muestran las fallas tectónicas del mundo es una útil
guía sobre posibles zonas de terremotos, considerar el sistema
internacional en términos de depósitos de recursos en
disputa -yacimientos de petróleo y gas en problemas de adjudicación,
sistemas hidrológicos compartidos, minas de diamantes asediadas-
ofrece una guía a posibles zonas de conflicto en el siglo XXI.
Un mapa del mundo
Los analistas políticos aún no han creado un modelo que
represente con precisión la dinámica de poder global del
mundo posterior a la Guerra Fría. Una explicación amplia
y con perspectiva de futuro de esa dinámica debe tomar en cuenta
los diversos cambios en la política del poder y en las zonas
de conflicto. La confrontación bipolar de la Guerra Fría
se ha reconfigurado para crear una superpotencia global -Estados Unidos-
enfrentada a un grupo de centros de poder más pequeños,
de Europa Occidental a Rusia, China y Japón.
A principios de la década de 1990, la violencia en la antigua
Yugoslavia, en Cachemira y en África Central hizo que la comunidad
mundial se concentrara en la prevención de los conflictos étnicos
e intercomunitarios, pero ese enfoque en la etnicidad no fue capaz de
prever ni enfrentar la violencia en África por el control de
yacimientos de diamantes, de minas de cobre y de tierras de labranza.
La globalización económica viene convirtiendo algunas
áreas pobres en centros de prosperidad y crecimiento, pero dejando
a otras en la más abyecta pobreza, provocando conflictos que
tienen más que ver con los recursos que con el nacionalismo.
En suma, los asuntos del mundo contemporáneo desafían
las definiciones exclusivamente políticas, económicas
y de seguridad.
Un mejor análisis de las tensiones en el nuevo sistema internacional
y un mejor pronóstico de los conflictos verían las relaciones
internacionales a través del cristal de los recursos en disputa
en el mundo y se enfocarían en aquellas áreas donde es
probable que surjan conflictos por el acceso a materias primas vitales
o por su posesión.
El análisis empezaría con un mapa que mostrara todos los
principales yacimientos de petróleo y gas natural localizados
en áreas en disputa o inestables. Entre esas zonas de conflicto
potencial están el Golfo Pérsico, la cuenca del Mar Caspio
y el mar de la China Meridional, además de Argelia, Angola, Chad,
Colombia, Indonesia, Nigeria, Sudán y Venezuela, áreas
y estados que en conjunto albergan alrededor de las cuatro quintas partes
de las reservas de petróleo conocidas del mundo. El mapa también
trazaría oleoductos y rutas de buques cisterna para transportar
gas natural y petróleo de sus puntos de abastecimiento a los
mercados de Occidente; muchas de esas rutas pasarían por áreas
que a su vez experimentan una violencia periódica. Por ejemplo,
antes de llegar a una salida segura al mar, los suministros de energía
de la región del Mar Caspio deben atravesar el conflictivo Cáucaso
(que abarca Armenia, Azerbaiyán, Georgia y partes del sur de
Rusia).
Un mapa de zonas de recursos en disputa también mostraría
todos los principales sistemas hidrológicos compartidos por dos
o más países en áreas áridas o semiáridas.
Entre éstas se incluirían grandes sistemas fluviales como
el Nilo (compartido por Egipto, Etiopía y Sudán, entre
otros), el Jordán (compartido por Israel, Jordania, Líbano
y Siria), el Tigris y el Éufrates (compartidos por Irán,
Irak, Siria y Turquía), el Indo (compartido por Afganistán,
India y Pakistán) y el Amú Daria (compartido por Tayikistán,
Turkmenistán y Uzbekistán). También incluiría
acuíferos subterráneos que de manera similar cruzan fronteras,
como el Acuífero de la Montaña, que se extiende debajo
de la Margen Occidental del Río Jordán e Israel.
Finalmente, ese mapa indicaría las principales concentraciones
de gemas, minerales y árboles maderables viejos del mundo en
desarrollo. Entre esas preciosas riquezas se incluirían los yacimientos
de diamantes de Angola, la República Democrática del Congo
y Sierra Leona; las minas de esmeraldas de Colombia; las minas de cobre
y oro de la RDC, Indonesia y Papua Nueva Guinea; y las selvas de Brasil,
Camboya, la RDC, Fidji, Liberia, México, Filipinas y Brunei,
Indonesia y Malasia en la isla de Borneo.
De trazarse adecuadamente, ese mapa realmente delinearía los
lugares donde hay mayor probabilidad de que estallen luchas armadas
en los años venideros. Desde luego, la sola presencia de recursos
valiosos en un área determinada no significa que en ella sea
probable el estallido de un conflicto. También deben considerarse
otros factores, como la relativa estabilidad de los países o
las regiones implicados, la historia de las relaciones entre ellos y
el equilibrio militar local. Por ejemplo, Israel y Siria luchan por
los Altos del Golán a causa de una disputa de soberanía
que se remonta a la guerra de 1967, además de encontrarse allí
algunas fuentes del Jordán. El conflicto por materias primas
valiosas es característica importante de éste y de la
mayoría de otros conflictos en todo el mundo, por lo cual un
mapa de las zonas de recursos en disputa es un indicador de violencia
potencial más confiable que cualquier otro factor.
Temblores premonitorios
Identificar áreas de conflicto potencial por recursos naturales
también cobra creciente importancia a medida que aumenta la presión
sobre esas líneas de falla. La presión deriva de diversas
fuentes, empezando por la mecánica básica de la oferta
y la demanda. Conforme crecen las poblaciones y se dilata la actividad
económica en muchas partes del mundo, el apetito por las materias
primas vitales aumentará con mayor rapidez de la que la naturaleza
y las empresas de recursos del mundo pueden satisfacer. El resultado
será una recurrente escasez de materias primas clave, que en
algunos casos será crónica. Las tecnologías que
introducen materiales y técnicas de producción alternativas
ayudarán a superar algunas de esas insuficiencias, pero también
pueden presentar problemas propios, como la creciente demanda de electricidad
en Silicon Valley y otros centros de tecnología digital. A medida
que la escasez de materias primas cruciales aumente en frecuencia e
intensidad, será más fuerte la competencia por el acceso
a los suministros restantes de esos bienes.
Es probable que la presión sobre los suministros de petróleo
globales sea especialmente intensa. De acuerdo con el Departamento de
Energía estadounidense, se espera que el consumo de petróleo
global aumente de alrededor de 77 millones de barriles diarios en 2000
a 110 millones en 2020, o sea, un incremento de 43%. Si estas estimaciones
son exactas, el mundo consumirá aproximadamente 670.000 millones
de barriles entre ahora y 2020, o sea, alrededor de dos tercios de las
reservas de petróleo conocidas del mundo. Desde luego, durante
este periodo se descubrirán nuevas reservas y las tecnologías
emergentes nos permitirán extraer suministros considerados previamente
inaccesibles, como los del extremo septentrional de Siberia y de las
profundidades del Atlántico. Pero no es probable que la producción
de derivados del petróleo mantenga el ritmo de la creciente demanda;
las insuficiencias periódicas como las experimentadas en el verano
y el otoño de 2000 ocurrirán cada vez con más frecuencia.
De la misma manera es inquietante la situación del agua en el
mundo. El agua se considera un recurso renovable porque regularmente
recibimos nuevos suministros de la lluvia y las nevadas. Pero la cantidad
de agua sustituible de que disponemos actualmente para el consumo humano
en cualquier año determinado es bastante limitada. Por ahora
usamos alrededor de la mitad de ese total (para bebida, baño,
fabricación de alimentos, manufacturas, navegación y tratamiento
de desperdicios), pero continuamente aumenta la demanda de suministros
adicionales. Muchas áreas del Medio Oriente y de Asia padecen
ya de persistente escasez de agua, y se espera que el número
de países que experimenten estas condiciones se duplique en los
próximos 25 años, conforme aumente la población
y más gente se establezca en áreas urbanas. Para 2050
la demanda de agua podría acercarse a 100% del suministro disponible,
produciendo una intensa competencia por esta sustancia esencial en todas
las áreas del planeta, salvo las mejor irrigadas.
Las tendencias ambientales, como el calentamiento global, también
afectarán la disponibilidad de muchos recursos a escala mundial,
entre ellos, el agua y la tierra de labranza. Aunque temperaturas más
altas producirán mayor precipitación pluvial en áreas
localizadas cerca de los océanos y otros grandes cuerpos de agua,
las regiones del interior generalmente experimentarán condiciones
de mayor sequedad, con prolongadas sequías como fenómeno
recurrente. Las temperaturas más altas también aumentarán
la velocidad de evaporación de ríos, lagos y depósitos.
Por tanto, es probable que se pierdan muchas áreas cultivables
importantes, sea por sequía o ampliación de las extensiones
desérticas del interior, sea por inundación de las costas
y elevación del nivel de los mares globales en las regiones marítimas.
Los mecanismos de mercado pueden aliviar la mayor parte de las crecientes
presiones en el suministro existente de materias primas vitales en el
mundo. Junto con la elevación de precios, la demanda en aumento
estimulará el desarrollo de nuevos materiales y procesos que
permitan a las empresas de recursos buscar nuevos yacimientos y hacer
disponibles los que antaño se consideraron inaccesibles. Pero
la tecnología no puede revertir por completo las presiones demográficas
y ambientales, y algunos países y regiones no podrán sufragar
los elevados costos de las tecnologías alternativas. En tales
circunstancias, la oferta y la demanda globales se volverán cada
vez más desequilibradas.
Vecindades peligrosas
Lo que hace tan preocupante esta tendencia es el hecho de que muchas
fuentes de materias primas vitales se localizan en áreas en disputa
o crónicamente inestables. Algunas de las fuentes más
prometedoras de petróleo y gas natural se localizan en áreas
mar adentro, cuya propiedad es tema de feroces disputas. Por ejemplo,
los cinco estados costeros del Mar Caspio todavía no se han puesto
de acuerdo en cuanto a un plan para dividir sus zonas de recursos costeros;
la situación en el Mar de la China Meridional es aún más
caótica, pues siete estados reclaman toda la región o
alguna parte de ella. También encontramos importantes desacuerdos
con respecto a la propiedad de regiones fronterizas y yacimientos petroleros
marítimos en las regiones del Golfo Pérsico, del Mar Rojo,
del Mar de Timor y del Golfo de Guinea.
Aun cuando la propiedad de determinadas reservas no esté en disputa,
como en los principales yacimientos continentales de Colombia, Irán,
Irak, Arabia Saudita y Venezuela, no podemos dar por sentada la futura
disponibilidad de estos suministros; sin embargo, la intranquilidad
política y social, tal vez desvinculada por completo de los problemas
de recursos, podría ponerlos en peligro. Aunque hasta ahora el
régimen saudita haya tenido éxito en suprimir toda expresión
de sentimiento antigubernamental, la oposición a la monarquía
parece crecer (como se refleja, por ejemplo, en la frecuencia de los
ataques terroristas), por lo que no hay garantía de que pueda
contenerse para siempre. Las tensiones internas en Irán e Irak
son más evidentes, y en ninguno de ambos casos parecen disminuir.
Colombia se halla en medio de una guerra civil, y en Venezuela las condiciones
políticas se han tornado sumamente volátiles. Muchos otros
países con importantes suministros de petróleo y gas -Argelia,
Angola, Indonesia, Nigeria y Sudán- también son propensos
a desórdenes políticos y sociales.
Las amenazas a los suministros de agua son más o menos similares.
Como dos o más países comparten muchas de las fuentes
importantes de agua en el Medio Oriente y Asia, es esencial que esos
estados alcancen acuerdos mutuamente aceptables sobre la asignación
de los suministros disponibles. No obstante, pocos gobiernos han optado
por hacerlo. En 1959 Egipto y Sudán acordaron dividir el caudal
del Nilo, pero declinaron proveer cualquier suministro a Etiopía
y otros estados que dependen de las aguas fluviales, lo que constituye
un arreglo obviamente inestable. Irak y Siria han llegado a un acuerdo
sobre sus respectivos aprovechamientos del Éufrates, pero dicho
río nace en Turquía, nación que a la fecha se ha
negado a firmar cualquier pacto sobre el reparto de aguas. Israel no
ha llegado aún a un acuerdo con Siria sobre las fuentes del río
Jordán y todavía no ha cumplido la promesa hecha en 1994
a Jordania respecto a proyectos de irrigación cooperativos en
la cuenca del río. El único convenio importante que ha
mostrado algún grado de perdurabilidad es el Tratado de Aguas
del Indo, llevado a cabo en 1960 entre la India y Pakistán, pero
incluso este acuerdo precursor depende de la futura estabilidad en las
relaciones de ambos países. Allí y en todas partes, las
disputas internacionales por la asignación de suministros existentes
será más intensa a medida que crezcan las poblaciones
y que el proceso de invernadero acelere el calentamiento global.
La bolsa o la vida
Idear maneras de resolver pacíficamente la creciente competencia
por recursos naturales es tanto más urgente por cuanto muchos
estados todavía consideran el control de ciertos recursos naturales
como una exigencia de seguridad nacional y algo por lo que vale la pena
luchar. Por ejemplo, en Estados Unidos el presidente Jimmy Carter declaró
en 1980 que cualquier intento de potencias hostiles por interrumpir
la circulación de petróleo del Golfo Pérsico se
"consideraría como un ataque contra los intereses vitales
de Estados Unidos", ataque que este país repelería
"por cualquier medio necesario, incluso la fuerza militar".
Los mandatarios posteriores han hecho declaraciones similares, y en
la actualidad están desplegadas permanentemente en el Golfo Pérsico
nutridas fuerzas estadounidenses a fin de sostener esa política.
Otras naciones han sido menos explícitas respecto de sus políticas
de protección de recursos, pero no hay duda de que sustentan
ideas similares. Por ejemplo, China ha declarado al Mar de la China
Meridional parte de su territorio marítimo nacional y ha afirmado
su derecho a emplear la fuerza para protegerlo. Aunque sin mencionar
a China por su nombre, Japón ha advertido sobre una amenaza a
sus rutas de comercio vitales (aproximadamente 80% del suministro de
petróleo a Japón llega por barcos cisterna a través
del Mar de la China Meridional) y haprometido tomar medidas de protección
en consecuencia. La agresiva postura de China ha estimulado a otros
países vecinos, entre ellos, Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia
y Vietnam, a reforzar sus propias capacidades aéreas y navales.
Como el petróleo y el gas natural, el agua ha inspirado negociaciones
de seguridad nacional. "Para Israel el agua no es un lujo",
declaró en cierta ocasión el viceprimer ministro Moshe
Sharett. "No es sólo un complemento deseable y útil
a nuestros recursos naturales. El agua es la propia vida." En un
tono similar, cuando era ministro de Estado para Asuntos Exteriores
de Egipto, Boutros Boutros Ghali afirmó dramáticamente
en 1988 que "la siguiente guerra en nuestra región será
por las aguas del Nilo, no por política".
Algunos gobiernos también han amenazado con usar su control de
suministros de agua como instrumento de coerción: por ejemplo,
en 1989 el presidente turco Turgut Özal advirtió a Siria
que su gobierno cortaría el flujo del Éufrates a menos
que Siria frenara las actividades de los terroristas kurdos que operaban
desde bases sirias. El actual recurso a la fuerza para resolver disputas
de agua ha sido relativamente raro: por ejemplo, la guerra de 1967 en
el Medio Oriente fue provocada en parte por el plan de los estados árabes
de desviar las fuentes del río Jordán para hacer que éste
circunvalara a Israel hacia Jordania. Pero combinada con el reducido
número de acuerdos viables sobre reparto de aguas, la creciente
presión sobre suministros vitales creará choques más
frecuentes.
Por último, la protección de ricas minas, pesquerías
y explotaciones madereras se ha vuelto un asunto de interés vital
para países pobres que cuentan con pocas fuentes más de
riqueza. Por ejemplo, los gobiernos de Angola y Sierra Leona han dedicado
gran parte de su ingreso nacional a esfuerzos prolongados por reafirmar
su control sobre los yacimientos de diamantes ocupados en la actualidad
por organizaciones rebeldes. Así mismo, el gobierno de Papua
Nueva Guinea ha lanzado varias campañas para reconquistar la
isla de Bougainville, territorio rebelde que alberga la mayor mina de
cobre del mundo. Este tipo de contiendas seguirá presentándose
en tanto los cabecillas de grupos insurgentes y otras facciones internas
de esos países perciban un potencial beneficio por tomar y explotar
importantes depósitos de materiales valiosos.
Acuerdos adecuados
Las insuficiencias y los conflictos por los recursos no representan
más que una pequeña parte de la atiborrada agenda de los
responsables políticos internacionales. Pero esas perturbaciones
con frecuencia se vinculan con otros problemas, como la degradación
del ambiente, el desorden económico, el crecimiento de la población
y el crimen transnacional. Los problemas de recursos también
figuran en muchos conflictos que se caracterizan de otro modo, como
por ejemplo, las guerras étnicas o las rivalidades políticas.
Por tanto, un análisis de las tendencias en cuanto a los recursos
globales y sus fenómenos políticos y geográficos
asociados ofrecería a los responsables de las políticas
una poderosa lente a través de la cual examinar el conjunto más
general de los problemas de seguridad.
Un análisis de este tipo también ayudaría a los
líderes a elaborar prescripciones de política general.
Los gobiernos deben dedicar un esfuerzo mayor al desarrollo de combustibles
y sistemas de transporte alternativos, ya sea mediante un mayor apoyo
financiero a la investigación y el desarrollo, o mediante incentivos
al sector privado para que invierta en esas áreas. Es más,
a fin de garantizar un suministro adecuado de agua, debe dedicarse más
dinero al estudio de nuevas técnicas de desalinización
e irrigación agrícola más eficiente. También
necesitan más apoyo los esfuerzos por negociar un nuevo régimen
internacional para la protección de las selvas tropicales.
Pero estas tareas deben ir acompañadas de iniciativas multilaterales
encaminadas específicamente a reducir el riesgo de conflictos
violentos por el uso de fuentes de materias primas vitales compartidas
o en disputa. Por ejemplo, la comunidad mundial debería presionar
a los estados que lindan con el Mar Caspio o el Mar de la China Meridional
para que resuelvan de manera pacífica todas las disputas pendientes
por la propiedad y el desarrollo de recursos de mar adentro. Las organizaciones
e instituciones internacionales también podrían recomendar
que disputas similares en torno al Golfo Pérsico, el Mar Rojo
y el Golfo de Guinea se zanjaran de este modo. De manera simultánea,
la comunidad mundial debe persuadir a los estados que bordean los sistemas
fluviales del Nilo, el Jordán y el Tigris y el Éufrates
a negociar un régimen cooperativo en la distribución de
suministros de agua compartidos. En otro frente, la cooperación
multilateral podría poner en marcha planes para la certificación
de diamantes africanos, a fin de excluir a todos los que procedieran
de áreas ocupadas por los rebeldes de Angola y Sierra Leona.
La anterior no es, de ninguna manera, una lista definitiva de recetas
políticas, pero sugiere el tipo de pasos que los funcionarios
deben dar para evitar crisis y conflictos futuros. Sin embargo, este
tipo de progresos sólo puede darse si los responsables políticos
ponen gran atención a los problemas relacionados con los recursos
globales y abordan estos asuntos de manera coordinada y en forma de
amplio frente. Pero ello implica, al menos, la elaboración de
mapas de tendencias en cuanto a recursos globales y la identificación
de las áreas problemáticas que exigen atención
internacional. Además, implica desarrollar planes al más
alto nivel para evitar futuras crisis de recursos y garantizar la permanente
disponibilidad de materias primas vitales. Sólo de ese modo podemos
confiar en que el planeta permita llegar a acuerdos que den viabilidad
a los 9.000 o 10.000 millones de seres humanos que se espera lo habiten
para 2050.
(*) Michael T. Klare imparte la cátedra Five
College of Peace and World Security Studies en el Hampshire College
y es autor de "Resource Wars: The New Landscape of Global Conflict".
(Publicado por la revista Foreign Affairs en español)